El discurso de lo fantástico y lo real como discurso

La literatura fantástica como forma de reflexionar sobre la ficción

por Maia Lucía Bradford

La literatura, como toda forma de arte, explora la realidad. Su esencia es paradójica pues se trata de un mundo de ficción que, sin referir a lo que entendemos como verdaderamente existente, nos remite a ello, a sus formas, a los acuerdos que lo sustentan. El discurso literario interpela las nociones de realidad y verdad, pone el foco en el evidente carácter situacional de esos conceptos. Evidencia que son construcciones, acuerdos tácitos intersubjetivos, situados históricamente, como los sujetos que los proponen.

Sin embargo, no siempre el hecho literario fue abordado desde esta perspectiva. A principios del siglo XX surgieron los primeros intentos por otorgar a la literatura un abordaje que le fuera propio, desprendido de marcos teóricos ajenos a su especificidad, como la historia o la psicología. Desde entonces, la literatura como objeto de estudio ha sido abordada a partir de distintas perspectivas teóricas. Algunas de las primeras iniciativas plantearon que esta expresión artística debía ser estudiada en sí misma, es decir, sin tener en cuenta el contexto en el que era producida y leída. En consecuencia, la literatura sería un sistema de textos caracterizados por el dominio de la función estética de su lenguaje y no se contemplaba la relación del hecho artístico con la coyuntura histórica o cultural del momento de producción y recepción. De allí que estas posturas se consideren inmanentistas, pues entendían que el texto literario se vuelve autosuficiente para definirse; todo lo que lo identifica como literario está en él. Puede inferirse, entonces, que se considera al texto como una estructura fija, autónoma, que produce y organiza su sentido. Nos referimos a posturas como por ejemplo la del formalismo en sus etapas iniciales o el estructuralismo francés de la década del sesenta.

Si bien hay quienes aún encuentran en esos modelos las premisas para el análisis de la literatura, hoy son otras las perspectivas teóricas desde las que se piensa el hecho literario. Aceptamos que la concepción de la literatura se determina en correlación con el marco en el que se la escribe y se la lee. Esto quiere decir que se la entiende como expresión de un lugar y un momento determinados y que es por ello posible encontrar sus huellas en el lenguaje, en el discurso; discurso que, a su vez, surge sólo dentro de esas coordenadas históricas y culturales. Así, los tres elementos de la comunicación literaria –autor, texto, lector- tienen entidad social (López Casanova y Fernández 2010: 32).

Entonces, todo texto literario, en tanto producción de sentido de determinada coyuntura histórica, explora la realidad de los sujetos lectores desde los postulados del mundo ficcional que presenta. Aceptamos que la literatura, en general, bordea los límites de lo real al proponer como elemento esencial la ficción. Pero consideramos que es la literatura fantástica, más que ninguna otra forma literaria, la que nos enfrenta con el ejercicio ineludible de visitar y redefinir esos límites. ¿Cuándo sucede lo fantástico? Según David Roas (2001, 95) “Lo fantástico se produce cuando nuestras convicciones sobre lo real dejan de funcionar”, cuando la historia narrada nos enfrenta con lo imposible: un evento improbable interviene la realidad y produce una vacilación. Podemos pensar en textos reconocidos como, por ejemplo, Axolotl o La noche boca arriba de Julio Cortázar. A diferencia de otros géneros como el maravilloso, donde lo sobrenatural forma parte del mundo narrado, o de la ciencia ficción, donde hechos inquietantes pueden ser explicados por premisas científicas o tecnológicas que se suponen desarrolladas en un futuro poco o muy lejano, en el fantástico hay un espacio irreconciliable entre los hechos narrados y el mundo en el que se representan, una especie de ruptura del verosímil. Lo sobrenatural contradice las reglas de ese mundo ficcional que se presenta similar al nuestro. Como explica David Roas (2001: 8):

la literatura fantástica es el único género literario que no puede funcionar sin la presencia de lo sobrenatural. Y lo sobrenatural es aquello que transgrede las leyes que organizan el mundo real, aquello que no es explicable, que no existe, según dichas leyes. Así, para que la historia narrada sea considerada fantástica, debe crearse un espacio similar al que habita el lector, un espacio que se verá asaltado por un fenómeno que trastornará su estabilidad. Es por eso que lo sobrenatural va a suponer una amenaza para nuestra realidad, que hasta ese momento creíamos gobernada por leyes rigurosas e inmutables. El relato fantástico pone al lector frente a lo sobrenatural, pero no como evasión, sino, muy al contrario, para interrogarlo y hacerle perder la seguridad frente al mundo real.

El centro está puesto en la transgresión. Se transgreden las leyes físicas que sustentan las explicaciones sobre lo real. Ningún otro género contrapone nuestro mundo habitual frente a lo imposible; por ello lo fantástico supone duda. Pero una duda que no propone el escape sino que, muy por el contrario, desestabiliza al lector y le exige la redefinición de su mundo.

Asistimos a un choque entre lo posible y lo imposible en el orden de lo real, entendido como una percepción personal y subjetiva pero que es refrendada por lo colectivo. Allí reside la inquietud que lo fantástico genera. Según Reisz (citado en Roas, 2001: 206):

el relato fantástico descansa sobre la problematización de esa visión convencional, arbitraria y compartida de lo real. La poética de la ficción fantástica no sólo exige la coexistencia de lo posible y lo imposible dentro del mundo ficcional, sino también el cuestionamiento de dicha coexistencia, tanto dentro como fuera del texto.

De este modo, lo fantástico exige que el fenómeno que se describe sea contrastado con la lógica construida en el texto y con la lógica extratextual. Las evidencias y las verdades, las certezas desde las que el hombre construye su saber sobre el mundo y su relación con él son cuestionadas aquí. En este sentido, creemos que no es sólo la inclusión de un elemento extraño lo que caracteriza la literatura fantástica sino su modo de lectura. Así como es el único género que, según explica Roas, no puede existir sin el elemento que configura lo sobrenatural, es también el tipo de texto literario que, más que ningún otro, nos sitúa frente a los modos en que leemos y entendemos el mundo. Es por ello que cualquier reflexión acerca de lo fantástico hace necesario considerar lo que entendemos por realidad. Y es la noción de realidad entendida como dimensión absolutamente cognoscible, regulada por leyes dadas y conocidas, la que es puesta en entredicho. Plantea la posibilidad de una grieta, un intersticio por el cual lo imposible, lo que no puede ser pensado ni nombrado, aparece en convivencia con “lo que es”. Esa aparición de lo extraño, de “lo que no es”, sitúa al lector frente a la duda; aparece la posibilidad de lo imposible y el lector percibe el mecanismo que lo hace posible, observa la construcción de ese discurso. Pero, y aquí lo interesante, no permanece en ese nivel discursivo, sino que luego esa duda puede trasladarse al espacio de lo “verdaderamente” existente. La realidad que se vive y comparte aparece entonces como otra construcción, como un discurso diferente, un discurso más.

Así, consideramos que la transgresión de las leyes que explican lo real empírico, elemento característico de este género, posibilita la observación de la construcción de aquello que es transgredido. Queda descubierta la estrategia que da sentido a lo que se experimenta en el encuentro con lo otro, lo que no pertenece a lo real. Y en ese movimiento se descubre también el carácter frágil de lo que consideramos “realidad”.

Cuando hablamos de literatura oscilamos entre la noción de realidad, entendida como el mundo de la acción, y la representación, percibida como una modalidad artística sujeta a convenciones. Nos resulta difícil de aceptar que nuestros modos de percepción puedan ser artificiales y que nuestras ideas sobre la realidad puedan ser asimismo convenciones, como cualesquiera otras. Cuando esas distinciones se derrumban, y advertimos que no estamos fuera de la entidad realidad, sino inextricablemente integrados en ella, cualquier tipo de representación se convierte en tremendamente problemática. La noción de mímesis pierde su base tradicional en el momento en que la posibilidad de imitar o de recrear implica el acceso a una realidad a priori. (Nandorfi, citado en Roas, 2001: 244)

Siguiendo a la autora, resulta obvio pensar en el espacio de la mímesis como un lugar donde imperan las convenciones y el artificio, sin embargo, darle tal carácter a las verdades que sostienen nuestro mundo, no resulta tan sencillo. La literatura fantástica pone en el centro de la escena esta tensión.

Las reglas del relato fantástico contradicen a las del mundo real. Lo fantástico es lo inesperado, que se logra subvirtiendo las "normas fundamentales". Pero, ¿cuáles son las normas del mundo real?, ¿cuáles son sus reglas fundamentales?, ¿cuál es la expectativa del lector que se rompe para producir el efecto de lo inesperado? Éstas, se nos plantean como preguntas de difícil respuesta o, más bien, de respuestas que dependerán del momento y el lugar en el que se planteen.

Entendemos la literatura fantástica no como un género sino como un modo de leer; una convención de lectura que, como todas ellas, puede modificarse según las circunstancias que condicionan dicha lectura. Internet, esa herramienta fundamental de nuestra cotidianeidad, sería un elemento fantástico en las primeras décadas del siglo XX. Del mismo modo, asimilar los postulados de la mecánica cuántica inclusive hoy en día se nos presenta como una tarea difícil de asumir; se trata de asunciones, por momentos, hasta absurdas. En consecuencia, el contenido de lo que resulta inverosímil carece de objetividad, es una variable histórica muy amplia y una constante completamente abstracta. En este sentido, Blas Matamoro (2011) propone que un texto fantástico es un discurso que se “desemantiza”, es decir, sus referencias semánticas son inconstantes, su significado y sentido varía de acuerdo con el contexto histórico en que es recibido.

La literatura fantástica ha tenido en Argentina su reconocido florecimiento a partir de la década de 1930, con representantes como Manuel Mujica Láinez, Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Antonio Di Benedetto, José Bianco y Julio Cortázar, entre otros. Mucho se ha reflexionado y dicho en torno a ciertas obras de estos autores enmarcadas entre 1930 y 1970, aproximadamente, que comparten la presencia de lo fantástico bajo diversas formas. Desde ese momento a esta parte, si bien no ya como un “género” en apogeo, autores argentinos como las escritoras Angélica Gorodischer y, más actualmente, Samantha Schweblin, han continuado desarrollando esta literatura, aunque resulta muy difícil encontrar reflexiones teóricas actualizadas sobre el asunto e inclusive no sabemos de la existencia de antologías que reúnan aquellas obras que puedan organizarse bajo ese paraguas común. Se trata de autores que evidencian que si la realidad se piensa como una entidad completamente accesible y acogedora, lo amenazante aparece por fuera de ella, como “lo otro”. De allí “ese enfrentamiento siempre problemático entre lo real y lo sobrenatural que define lo fantástico” (Roas 2001: 32). Sin embargo, no se propone el discurso de lo fantástico desde la concepción de un mundo estable, inmutable, sino que el objetivo de esta literatura es justamente problematizar nuestra percepción de ese mundo. Hacernos caer en cuenta de que lo que experimentamos en relación con lo real es resultado de lo que nuestros sentidos, muchas veces engañosos, nos permiten alcanzar; de lo que desde nuestros horizontes culturales hemos construido como verdades inobjetables.

Por ello, lo fantástico es lo que experimenta el lector en ese continuo ir y venir del relato a la realidad, de lo textual a lo extratextual. Si el lector anula el mencionado enfrentamiento entre lo real y lo sobrenatural que caracteriza esta literatura entonces dejará de estar frente a un relato fantástico. Si lo que los hechos narrados le presentan como extraño o no natural no es concebido dentro del ámbito de lo imposible sino lo contrario, o es “acomodado” para encajar dentro de los límites de lo posible, el relato que se lee no puede ser considerado fantástico. Por ejemplo, si un evento como la transmutación sufrida por el protagonista de Axolotl, que en determinado momento se convierte en dicho animal, es interpretado por el lector como un evento sucedido dentro del mundo onírico de ese personaje, es decir, como un sueño, entonces la posibilidad de lo fantástico desaparece, se disuelve en tal explicación, pues:

La participación activa del lector es (…) fundamental para la existencia de lo fantástico: necesitamos poner en contacto la historia narrada con el ámbito de lo real extratextual para determinar si un relato pertenece a dicho género. Lo fantástico, por tanto, va a depender siempre de lo que consideramos como real, y lo real depende directamente de aquello que conocemos. (Roas 2001: 20).

Al no verse el lector sorprendido, en su lectura empírica, por la duda ni la amenaza y, si por el contrario, acepta lo sobrenatural como natural, no hay lugar para lo fantástico. Si la experiencia del mundo real del lector incluye los fantasmas, las apariciones o los milagros como sucesos posibles, su aparición en un relato que presenta como escenario de ficción un mundo similar al nuestro no será interpretada como un fenómeno, sino como un elemento habitual, conocido, no fantástico.

De esta manera, insistimos, no es únicamente la inclusión de un elemento extraño en el relato lo que define a la literatura fantástica sino su modo de lectura. La experiencia del lector al leer. Cuando observa la construcción de ese discurso y compara esa construcción con su realidad.

(…) el efecto que produce la irrupción del fenómeno sobrenatural en la realidad cotidiana, el choque entre lo real y lo inexplicable, nos obliga (…) a cuestionarnos si lo que creemos pura imaginación podría llegar a ser cierto, lo que nos lleva a dudar de nuestra realidad y de nuestro yo, y ante eso no queda otra reacción que el miedo. (Roas 2001: 32).

Cierto, el lector experimenta miedo, o al menos inquietud. Pero proponemos que la experiencia del lector no se acaba allí; esa vacilación no siempre conduce únicamente al temor o la incomodidad sino que hace posible un movimiento más: el de comparación de la construcción del discurso fantástico con el de lo real. La literatura fantástica permite al lector pararse a observar el mecanismo de construcción y funcionamiento de la ficción. Entonces, el juego de la ficción se hace evidente y la posibilidad de lo imposible desaparece. Pero en ese movimiento, la duda del mundo ficcional se traslada a la realidad. La realidad ya no aparece como marco de referencia de lo posible sino que se traslada al centro de la escena. La historia fantástica plantea la duda, y con esa duda el contexto, lo real, adquiere el carácter de posibilidad. La realidad se percibe como otro discurso, como otra ficción. En este sentido, ese discurso literario puede estar contando nuestra propia historia (cf. Peón, 2001). El mecanismo que ha quedado develado puede explicar la construcción de lo que concebimos como real.

De esta manera, lo fantástico nos enfrenta con el evidente carácter discursivo de lo real. Ofrece la posibilidad de observar cómo los sujetos leemos el mundo; bajo qué supuestos ponemos sentido a lo que consideramos realidad; cuáles son las verdades que asumimos en nuestro acontecer cotidiano y la debilidad de cada uno de estos supuestos.

Bibliografía consultada

López Casanova, M. y Fernández, A. (2010) Enseñar literatura, Buenos Aires, Manantial, Universidad Nacional General Sarmiento.

Matamoros, B. (2011) “¿Qué es la literatura fantástica?” Disponible en www.thecult.es (consultado el 22/03/14).

Nandorfi, M. “La literatura fantástica y la representación de la realidad” en Roas, David [comp.] (2001) Teorías de lo fantástico. Madrid, Arco Libros.

Peón, M. (2011) De la noche del mundo o del origen de la subjetividad. UNNE (Inédito).

Reisz, S. “Las ficciones fantásticas y sus relaciones con otros tipos ficcionales” en Roas, David [comp.] (2001) Teorías de lo fantástico. Madrid, Arco Libros.

Roas, D. [comp.] (2001) Teorías de lo fantástico. Madrid, Arco Libros.