De la teoría literaria a la teoría de la ficción

Presentación del número

por Grupo Luthor

El sábado 9 de agosto se realizó la Primera Jornada “Mundos ficcionales y teorías de la ficción” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, organizada por nuestro grupo y con el aval académico del departamento de Letras. El presente número de la revista está dedicado a esta Jornada, y todos los artículos publicados fueron originalmente presentados como exposiciones.

Además de los seis artículos que figuran en la portada de la revista, hemos incluido el resto de las exposiciones como un Dossier descargable en PDF. En la sección “Jornadas” pueden encontrarse detalles del evento, que contó también con mesas de debate y la presentación del libro Ficciones posibles de Cristina Ambrosini y Rubén Padlubne. Nuestro propósito en este artículo, además de presentar esta información en general, es explicar brevemente el recorrido que dio origen a esta Jornada, la primera que organizamos como grupo. Dado que estas cuestiones fueron descritas por Mariano Vilar en su conferencia de inauguración de la jornada, gran parte del texto que compone esta introducción fue tomado directamente de allí.

Desde su creación, la principal preocupación de nuestro grupo ha sido desarrollar espacios donde se valorice la discusión acerca de problemas teóricos y metodológicos relacionados con el estudio de la literatura y otros fenómenos culturales aledaños. Todos los años se realizan muchas jornadas y congresos, pero la mayoría de ellos o están vinculados con un autor, un período, una lengua o una zona geográfica. Quizás lo más cercano sean aquellos abocados a las “Literaturas comparadas”, pero incluso en esos casos es a veces difícil encontrar trabajos sobre cuestiones teórico-metodológicas. Con esta jornada nos propusimos dar un lugar temporal y espacial concreto para reunir personas interesadas en estos problemas.

No se nos oculta que el nombre de la jornada tiene un nexo coordinante que puede prestarse a confusiones: “Mundos ficcionales Y teorías de la ficción”. Somos perfectamente conscientes de que es posible (y se hace a menudo) pensar el problema de la ficción sin utilizar el concepto de “mundo ficcional”. Muchos de los trabajos presentados en la Jornada no trabajan desde el marco teórico específico de los mundos ficcionales. A la inversa, es más difícil pensar el problema de los mundos ficcionales desentendiéndose por completo de los elementos (pragmáticos o semánticos) los definen como tales. Si decidimos incluirlos en el título, es porque la investigación que actualmente estamos desarrollando los ubica en un lugar central, aunque en diálogo con otras teorías.

Esta Jornada en particular nace de un proyecto de investigación de nuestro grupo iniciado en el 2012. Originalmente se pensó dentro del marco de los “PRI” (proyectos con reconocimiento institucional), pero dado el estancamiento burocrático que se produjo alrededor de esos proyectos desde entonces, siguió desarrollándose de forma independiente de toda estructura formal.

En la carrera de Letras de la UBA, el problema de los mundos ficcionales rara vez es abordado de forma directa, y en general, no predominan los planteos que problematizan el status de la ficción, sino en todo caso aquellos que problematizan el status de lo literario, lo que involucra problemas muy diferentes. Por nuestra parte, llegamos a estas teorías a partir de la narratología: nuestro interés por Heterocosmica de Lubomir Doležel nos llevó a Fictional Worlds de Thomas Pavel, y de allí a otros textos de autores como Umberto Eco, Marie-Laure Ryan y Ruth Ronen.

Este recorrido se fue plasmando en varios artículos de Luthor. Ya antes de que comenzáramos formalmente con esta investigación, estos temas aparecieron en el artículo de Guadalupe Campos “Modalidad mimética y mundos posibles” [1]. En el 2012 Mariano Vilar publicó su artículo “Introducción a la teoría de los mundos posibles” y Guadalupe Campos continuó su reflexión en “Mundos ficcionales imposibles”. Ya en el 2013, Ezequiel Vila empleó algunos aspectos este marco teórico para reflexionar sobre el Minecraft (“Minecraft: una interpretación”). En los números más recientes de la revista pueden encontrarse más artículos que toman elementos de estas teorías, como por ejemplo el de Esteban Ruquet titulado “Los cráteres de Gran A’Tuin” y “En Westeros no hay microprocesadores” de Guadalupe Campos.

¿Qué es concretamente lo que nos llamó la atención de las distintas perspectivas teóricas que ponen el acento en la conformación de los “mundos ficcionales”? En primer lugar, nos interesó la posibilidad de desprenderse del estructuralismo sin por eso caer en las aporías permanentes de la deconstrucción, ni en el tipo de análisis que se hace desde los “estudios culturales” y con el que no nos sentimos particularmente a gusto. La llegada del enfoque de los mundos posibles desde el ámbito de la filosofía analítica hacia los estudios literarios estuvo mediada, justamente, por el deseo de autores como Thomas Pavel y Lubomir Doležel de estudiar los modos de representación literaria saliendo del ámbito de la lingüística estructural y de las limitaciones del “giro lingüístico”. Desde estas teorías, se trata de pensar la representación ficcional como una forma peculiar de crear marcos de referencia aplicados a distintos modos de existencia, entre los que figura, precisamente, la existencia ficcional. Gracias a esto, es posible plantearse preguntas que no se desprenden tanto del soporte lingüístico-textual, sino que interpelan a las construcciones que llamamos “mundos ficcionales”. Al mismo tiempo, y por contraste con algunas ramas de la crítica ideológica hoy en boga, este cambio de perspectiva posibilitó nuevas formas de pensar los objetos ficcionales como objetos estéticos dotados de una configuración propia que amerita ser descrita y analizada tanto en términos particulares como generales.

Los autores que dieron los primeros pasos para desarrollar este marco teórico tomaron distintas tradiciones en cierta medida confluyentes. Entre ellos se destacan la noción pre-teórica de “mundo imaginario”, frecuente en los estudios literarios y manejada intuitivamente con bastante frecuencia, y la teoría de los “mundos posibles” de la lógica modal, que a su vez tienen un antecedente en Leibniz. Además, podemos suponer la influencia (no siempre declarada explícitamente) de algunas corrientes literarias del siglo XX, particularmente vinculadas con el uso de ucronías y de ciencia ficción, y por ciertos conceptos tomados de la física de divulgación, donde es común oír hablar de mundos o dimensiones paralelas. Hay intentos de plantearse si esta capacidad para pensar en “otros mundos” depende de alguna propiedad de nuestro cerebro, de hábitos generados por las exigencias de la vida social, o como consecuencia de represiones y constreñimientos que nos afectan como especie. Sea como sea, la capacidad y la necesidad de pensar espacios donde las cosas funcionan de otro modo a aquello que conocemos por nuestros sentidos, y a postular alternativas frente a lo que reconocemos como existente, parece acompañarnos como seres humanos en lo que va de nuestra historia.

La relación entre el problema de los mundos ficcionales y la filosofía analítica dio pie a que aparecieran preguntas desplazadas por los enfoques más característicos del estructuralismo y el post-estructuralismo, ligadas a problemas como la “referencia” ficcional, y también, en el caso de autores como Doležel, a un estilo de teoría muy diferente del que suelen practicar los autores franceses que leemos más a menudo en nuestra formación en Letras. Aparece a menudo una preocupación por la precisión y por definir criterios de “verdad” para referirse al contenido de los mundos ficcionales, o para establecer una “homogeneidad ontológica” en relación con el tipo de problemas a trabajar. Aunque no siempre coincidamos con algunos de los presupuestos de este tipo de preocupaciones, no deja de ser refrescante a veces encontrarse con planteos sobre el análisis literario provenientes de enfoques tan distintos de los que estamos habituados.

Como es de esperarse, uno de los principales objetivos que aparecen en los textos de estos teóricos (Pavel, Doležel, Ryan) consiste en comprender estatuto de la ficción. Por este motivo, el discurso ficcional suele ser comparado (por lo general con fines contrastivos) con los “contrafácticos” que empleamos en nuestro uso del lenguaje, por un lado, y por otro, con la noción estrictamente filosófico-lógica de “mundo posible”. Frente a esto existen distintas posturas, aunque por lo general, predomina la idea de que es importante mantener la diferencia entre enunciados contrafácticos y enunciados ficcionales, ya que los primeros implican un juego diferente entre aquello que se dice y el contexto en el que se dice. No es lo mismo, en otras palabras, decir en el contexto de una discusión “en un mundo en el que los hombres pudieran quedar embarazados, el aborto sería legal y gratuito en todas partes” y escribir una ficción que sucede en un mundo ficcional donde esta premisa y esta conclusión son verdaderas o falsas, ya que el último caso involucra una serie de procedimientos propios de la enunciación ficcional que establecen grados adicionales de distanciamiento.

En cuanto a los mundos posibles postulados desde la lógica modal, las diferencias dependen respecto del modelo que se tome, pero una que es señalada por todos los autores, y que tiene importantes consecuencias para pensar la ficción a partir de los mundos ficcionales, es el carácter radicalmente “incompleto” de estos últimos. Los mundos ficcionales están compuestos por lo que sabemos (porque explícitamente está declarado o mostrado en el dispositivo semiótico a través del cuál estamos reconstruyéndolo), y también por una serie de presupuestos asumidos culturalmente, y que podemos denominar, siguiendo a Eco, “enciclopedias”. Pero esto significa que queda una gran área de incongoscibilidad en cada mundo ficcional, incluso en aquellos que se caracterizan por un gran nivel de saturación. Nunca podemos conocer todos los detalles del cuerpo de un personaje, y mucho menos su estructura atómica. Desde la lógica, en cambio es posible postular mundos posibles que se limiten a una serie muy reducida de elementos enteramente determinados.

En relación con este problema, la cuestión que suele aparecer es si la ficción es susceptible de ser definida desde la semántica, o si sólo puede ser comprendida como un fenómeno puramente pragmático. En el primer caso pensaríamos que hay propiedades inherentes a la forma de referir que están determinadas por la estructura de un mundo ficcional y/o del dispositivo mediante el cuál accedemos a él, y en el segundo, la cuestión principal estaría determinada intencionalmente: un texto será ficcional si es planteado como tal en un contexto particular.

Tal como sucede en otros ámbitos, la postura pragmática es hegemónica, y la posibilidad de interpretar que un enunciado es ficcional aludiendo a su estructuración interna y a la forma en la que construye y representa sus componentes, sin recurrir a operadores pragmáticos relativos a la situación de enunciación, parece por lo general tan descartada como la idea de que existe una “literaturidad” recuperable por fuera de cualquier contexto.

Los análisis que ponen el acento en la pragmática, o sea en la praxis de la ficción, como los de Searle y Jean Marie Schaeffer, no suelen preocuparse de forma específica por la noción de mundo ficcional, pero en cierta medida la presuponen al reflexionar sobre la forma en la que nos sumergimos en la ficción y reconstruimos los universos que existen tras los dispositivos semióticos que manejamos. Las perspectivas pragmático-cognitiva apuntan a determinar el proceso por el cuál esos mundos se instituyen en nuestra imaginación, y suelen estar vinculadas al estudio de la ficción como una forma lúdica, vinculada con distintos juegos agrupados bajo el nombre de “make-believe” acuñado por Kendall Walton. La posibilidad de establecer vínculos entre la forma de los juegos y la formas canónicas de la ficción ha sido particularmente trabajada por Schaeffer y Ryan (en su caso, tomando en cuenta la teoría de los mundos ficcionales), quienes reconocen en los juegos de rol y en los videojuegos instancias artísticas que combinan la creación y recreación de mundos con modos de inmersión que no pierden sus vínculos con los dispositivos más consagrados.

En sus aspectos más concretos, la forma de análisis privilegiada por estos marcos teóricos posibilita plantearse tanto los mundos posibles dentro de cada mundo ficcional como las reglas que determinan su funcionamiento interno y que modelan el desarrollo de la trama. Aparecen así preguntas como: ¿qué mundos se abren o cierran como posibilidades en base a las elecciones realizadas por los individuos que los pueblan? o ¿qué es lo que cada agente de una narración acepta como posible, imposible o necesario? En términos mucho más generales, este enfoque nos permite pensar formas productivas de entender cómo circulan socialmente estos mundos ficcionales. Esto implica reflexionar sobre las versiones de estos mundos en distintos dispositivos semióticos y los constreñimientos que estos últimos les imponen. ¿Cómo se recortan o amplían los mundos ficcionales cuando se producen estas migraciones? ¿Cómo reconocemos la identidad de un mundo ficcional o de una serie de personajes cuando estos transitan distintos mundos?

Además, existen muchas posibilidades para reflexionar sobre los vínculos entre las teorías de la ficción y de los mundos posibles en su relación con los "imaginarios" o con la imaginación en general. Es evidente que un estudio colectivo de las características de los mundos ficcionales en un determinado período o contexto pueden ofrecer aportes en este sentido. Muchos estudios que ya se han hecho sin partir de este marco teórico han trabajado sobre posibilidades como esta. Sería cuestión de ver cómo estos enfoques pueden dialogar para aportar elementos concretos útiles para vincular cómo se imagina lo ficcional, y también, como se ficcionaliza la imaginación.

Algunos postulados sobre la “realidadficción” (como los de Josefina Ludmer en sus textos sobre literaturas post-autónomas) plantean que la división entre lo real y lo ficcional ha perdido, o va perdiendo su sentido en el mundo contemporáneo. No somos los primeros, en todo caso, en encontrar esta afirmación carente de sentido. No se nos ocurre ningún motivo para pensar que lo que separa realidad y ficción sea más fuerte o más débil en un período que en otro, ni creemos que el capitalismo tardío sea en sí más ficcional que el feudalismo. Se dirá, de todos modos, que el valor descriptivo de la propuesta de Ludmer no es aquí tan importante como el valor productivo: ¿nos sirve pensar que la dicotomía realidad y ficción ya no es operatoria? Si el objetivo es identificar relatos particulares para destacar su carácter liminar, o su hibridez real-ficcional, no parece que colapsar ambas categorías vaya a ser particularmente útil, sino al contrario. Si el objetivo es analizar los mundos reales como mundos ficcionales, y viceversa, no sabemos cómo podríamos justificar metodológica o éticamente la declaración de que podemos discutir sobre ambos constructos en los mismos términos. La distinción entre lo real y lo ficcional, con todos sus cambios históricos y sus zonas de complejidad e hibridación, parece ser necesaria si queremos afirmar, de alguna manera, que podemos decir algo pertinente y valioso sobre la ficción. Pretender analizar mundos ficcionales como si fueran mundos a los que se puede viajar tomando un avión es propio de la crítica más ingenua. Pretender analizar el mundo real y las operaciones que en él suceden como si fueran idénticas a las de lo que solemos entender por ficción, es caer en un relativismo cuasi cínico. [2]

Para finalizar, una cuestión que también surge cuando uno se plantea estos problemas es el de la etiqueta bajo la cuál circulan en ámbitos académicos como el que nos encontramos. ¿Desde donde hablamos de lo ficcional? En cierta medida, parece claro que las “teorías de la ficción” tienen puntos en común con lo que se denomina “teoría literaria”, aunque esto no debería hacernos confundir (como señala frecuentemente Ryan en sus libros) lo literario con lo ficcional, ya que no todo lo que se entiende como literario es ficcional, ni todo lo ficcional literario. Por este mismo motivo no podemos suponer que la teoría literaria sea una “rama” de la teoría de la ficción, ni tampoco lo contrario.

La pregunta por los “límites” de la teoría literaria, o por su definición precisa, probablemente no dé lugar a nada especialmente interesante. A menudo la adoptamos por una mera convención pragmática, o por conveniencia. Decir entonces que la “teoría de la ficción” es la superación (o la salvación) de la teoría literaria implicaría una imprecisión, si no una falsedad. Lo que queremos decir, en todo caso, es que desde nuestra perspectiva como grupo de investigación, la reflexión sobre la ficcionalidad y sobre los mundos ficcionales es una vía fértil para multiplicar las posibilidades de análisis y de reflexión teórica más allá de la canonización de ciertas formas de “teoría” establecidas a mediados del siglo XX y repetidas desde entonces a menudo de forma automática.

Notas

[1] Este artículo fue incluido en la compilación Entender, destruir y crear. Tres años de la revista Luthor

[2] Es posible pensar que la idea de una “realidadficción” no es más que una manera desafortunada para hablar de "imaginación (o imaginario) social" (Ludmer habla de "imaginación pública"). Al decir que la imaginación pública se rige por el modo ambivalente de la realidadficción Ludmer no estaría haciendo otra cosa que intentar aislar el dominio de lo imaginario de categorías como real y ficcional (categorías que se suele considerar erróneamente como una dicotómicas pues la primera pertenece al dominio de la ontología y la segunda al de la pragmática). Esto puede funcionar si pensamos, como Husserl y la fenomenologia, en la conciencia individual. Pero si pretendemos hablar de la imaginación de una sociedad el concepto no parece adecuarse tan bien. Mientras uno imagina un mundo, antes de que haya una instancia de socialización, se puede hablar de imaginación sin ficción, pero cuando ya hay una instancia de socialización entran en juego cuestiones pragmáticas y ya no se puede evitar la categoría de ficción. Pretender saltar por sobre estas categorías pragmáticas por un puro acto de voluntad crítica no nos ayuda en nada.