Sin conexión (La vida no está en otra parte)

Una fábula sobre maneras de pensar la internet, la vida y el pensamiento

por Rodrigo Baraglia

La vida es indiferente respecto de la internet, pero la internet se diferencia de la vida. El lector puede pensar que la forma de la oración anterior conspira contra su significado. Si ya en la sintaxis uno opone la internet y la vida, la diferencia es mutua: “La vida blablabla... pero... la internet blablabla”. Y si predicamos una cosa de la vida y predicamos otra cosa de internet, ya predicamos una diferencia entre ambos términos. Entonces si desde la enunciación ya está planteada la diferencia mutua entre dos cosas, es absurdo pretender que una sea indiferente a la otra. Pero este razonamiento es una trampa.

El juego de diferencias entre nuestras palabras no determina las relaciones entre las cosas. Hablamos, pensamos, jugamos, manipulamos, y así inscribimos en las cosas nuestra relación con ellas. Podemos interpretar esta inscripción como las cosas y podemos interpretarla como sólo una inscripción realizada sobre las cosas como fondo. Pero la cosas son indiferentes a esta inscripción, porque las cosas son indiferentes en última instancia a nuestra relación con ellas . Y nuestra inscripción es parte de esta relación. Las cosas son y eso es suficiente para ellas. Nosotros nos encontramos con las cosas, pero eso no es suficiente para nosotros: eso nos da qué pensar. Por más que lo intentemos con todas nuestras fuerzas, nuestros juegos nunca van a ser indiferentes a las cosas y sus relaciones porque no cesamos de encontrarnos con ellas. (“Todo el mundo tiene un plan hasta que le pegan en la cara”, decía Mike Tyson). Pero las cosas y sus relaciones siempre serán en última instancia indiferentes hacia nosotros. Por eso nos encontramos con ellas.

En otras palabras, las cosas son indiferentes respecto de nosotros, pero nosotros nos diferenciamos de las cosas. Y cuando digo esto finalmente no importa que en la sintaxis de mi discurso los términos se opongan de manera recíproca. Pues la indiferencia de las cosas respecto de nosotros ya es indiferente respecto de las diferencias que estructuran nuestra lengua. Por supuesto que esto no neutraliza la tensión entre la forma y el contenido de lo que digo. En la forma de mi discurso los términos no dejan de ordenarse según oposiciones recíprocas. Pero esto significa que la sintaxis de mi lengua es indiferente a mi intención de realizar una determinada inscripción en ella. La inevitable contradicción performativa que implica mi enunciado resulta ser una ocasión para mostrar el encuentro de la diferencia de mi pensamiento con la indiferencia de las cosas en el medio del discurso.

La vida es indiferente respecto de la internet, pero la internet se diferencia de la vida. Lo más inocente siempre fue pensar a internet y a la vida como dos cosas separadas: dos espacios, dos tiempos, dos mundos, dos teatros. En la vida tenías un nombre que te habían dado tus padres y varios otros que te habían dado tus conocidos (no siempre tus amigos); en internet no tenías ningún nombre pero podías ponerte los que quisieras. En la vida eras responsable por los comportamientos que estaban vinculados a todos esos nombres; en la internet eras libre como el viento que recoge tu lamento y tu pesar. Había gente que vivía en internet y gente que tenía una vida. La vida era a la internet lo que la calle era a la vida.

Pero la calle y la vida nunca fueron dos cosas separadas. La calle nunca fue más que el lugar mítico de la experiencia y la experiencia nunca ha ocurrido fuera de la vida. En todo caso, si la calle fue necesaria como teatro de la experiencia, era porque la vida se había llenado de otros espacios en donde la experiencia no podía tener lugar: las instituciones. En ese sentido, la calle y las instituciones sí se oponían como la vida y la ausencia de vida, porque la vida quedaba del lado de la experiencia. Pero las instituciones no quedaban afuera de la vida, porque en última instancia no había otro mundo en el que pudieran existir. Había una escisión en el medio de la vida: diferencia entre la vida-viva de la experiencia y la vida-muerta de las instituciones. Esta oposición parecía la diferencia entre la vida verdadera y la falsa vida. De allí que se llegara a decir, en el medio de las instituciones, que la vida está en otra parte. Pero la relación entre la vida-viva y la vida-muerta era impensable e imposible fuera de la vida a secas. Así que había otra diferencia en el medio de la vida: la diferencia entre la vida como proceso y la vida como espacio. Las instituciones estaban en el espacio de la vida, pero el proceso de la vida ocurría fuera de las instituciones. El espacio de la vida entonces comprendía el proceso de la vida pero también otros espacios que se oponían al proceso de la vida. La calle, como espacio de la experiencia, de la vida-viva, de la vida-proceso, era parte de la vida a secas, de la vida-espacio, junto con las instituciones, espacios de la vida-muerta. Y había gente en la vida que tenía calle, que tenía experiencia, vida-viva; pero también había gente que no: gente que vivía en las instituciones como en frascos de formol, gente conectada a sistemas de vida-muerta por toda la duración de su vida a secas. Por eso lo más inocente siempre fue pensar a internet y a la vida como dos cosas separadas. Por eso pensar que una cosa era tener una vida y otra cosa era vivir en internet no iba a llevar a ningún lado. Porque la vida en internet tenía lugar en la vida a secas igual que la vida-viva de la calle y la vida-muerta de las instituciones. Y oponer la internet y la vida como dos cosas separadas era oponer la vida-viva a la vida-muerta. Estábamos pensando internet sobre el calco de las instituciones.

No podemos pensar la vida fuera de la vida y la vida siempre tiene alguna forma. Siempre que intentamos instalarnos en un rincón para pensar la vida a cierta distancia, seguimos en medio de la vida a secas. Y si desde ese rincón pensamos la vida como una vida-así o una vida-asá, esa vida que pensamos es diferente de la vida a secas. Pero la vida a secas es indiferente respecto de esa vida que pensamos. Así que siempre que pensemos la vida poco importará para la vida a secas, aunque toda forma de vida que pensemos sea una inscripción sobre el fondo de la vida a secas. Pero sí importa, para nosotros, o al menos para nuestro pensamiento, que siempre que pensemos la vida-así o la vida-asá no pensamos simplemente y de una vez la vida, sino que pensamos una vida-así-o-asá sobre la vida a secas. Y ese rincón desde el que pensamos en medio de la vida a secas ya es siempre también una vida-así-o-asá.

Pensábamos la relación de internet con la vida de la manera más inocente. Calcábamos la imagen de internet sobre la figura de las instituciones. Era fácil. La vida-viva, la experiencia, la calle conservaba su posición relativa a la vida-muerta de las instituciones. La aparición de internet no modificaba la economía de las diferencias. Vivir en internet era como vivir en la casa de los viejos, en la escuela, en la Iglesia, en el código civil, en la RAE, en el canon occidental. Pero casi con la misma inocencia había otra forma de pensar internet. Sólo que era un poco menos inocente su forma de pensar la vida. La imagen de internet ya no se calcaba de la figura de las instituciones como una forma de vida-muerta sino que se superponía con la calle en el lugar de la experiencia y la vida-viva: teatro de la subjetividad, escenario de novelas de aprendizaje, locus amoenus, corte ciega y sorda para el fin’amor.

La superposición entre internet y la calle como espacios de la vida-viva puso de relieve otra diferencia. Una cosa era tener calle. Quien tenía calle había forjado una subjetividad a través del rigor dialéctico de vivir en la lucha con las vicisitudes de la vida. La dialéctica de la calle daba derecho a cantar “Café la humedad” y a decir: “A mí no me la contaron, te lo digo yo porque lo viví”. Tener internet en cambio significaba otra cosa. Tener internet significaba haber dejado el nombre propio y el yo a la entrada del baile de la diferencia y repetición. Para la calle, un sujeto era aquel que había confrontado la fuerza de la vida-viva y había sido transformado por ella; para la internet en cambio un sujeto era una máscara de la vida-viva. Para la internet entonces el sujeto de la calle era una máscara más. Pero para la calle el sujeto de la internet era una máscara mortuoria: vida-muerta disfrazada, mala imitación de la vida-viva. Tener internet era indiferente respecto de tener calle, pero tener calle era diferente a tener internet. Desde la calle, entonces, internet era pensada sobre el calco del revés de su propia diferencia: si yo, calle, me opongo a eso, internet, eso se opone por igual a mí; si yo, calle, soy vida-viva, eso, internet, es vida-muerta: aunque se parezca a mí, porque se parece a mí.

Pensar internet desde la calle era todavía pensar la internet de la manera más inocente. De hecho, pensar internet calcada de las instituciones ya siempre había sido pensarla desde la calle. Y a fin de cuentas la calle sólo se podía determinar como espacio de la vida-viva opuesto al espacio de la vida-muerta si se la pensaba desde las instituciones como el fantasma de su otro feliz: utopía o arcadia de la experiencia sin condiciones. Pensar internet desde la calle entonces no era solamente pensarla calcada de las instituciones, sino también desde las instituciones, pero invertidas en el fantasma de su contrario. Para el fantasma de la calle internet era una institución dedicada a imitar la vida-viva para capturarla y negarla, como las fotografías que le robaban el alma a los navajos. La internet quedaba del lado de la representación, del lado de la ilusión, del lado del espectáculo: el espejo falaz que separa la vida de sí misma; que le pone cercos a su desplazamiento natural a través de la seducción de su propia imagen. ¿Era distinta internet a todas las otras formas de imitación de la vida dedicadas a capturarla? A través de esta imagen de internet las instituciones se pensaban a sí mismas. El fantasma de la calle era el opuesto utópico de las instituciones donde la vida-viva existía en plenitud y el fantasma de internet era una imitación falaz de la vida-viva. La internet como vida-muerta era pensada como aquello que produce la imagen ilusoria de la vida-viva. Pero todas las instituciones producían una imagen ilusoria de la vida-viva. Eso era el fantasma de la calle. Así que pensar a internet desde el fantasma de la calle era pensar las instituciones como el opuesto de su opuesto. Y era pensarlas como la operación por la que se constituían. Todo siempre sin dejar de pensar desde las instituciones. Todo sin salir del espacio de la vida que se determinaba a sí mismo como lugar de la no-vida.

Tener calle era diferente a tener internet pero tener internet era indiferente respecto de tener calle. Las instituciones se individuaban por medio de la diferencia con el fantasma de la calle. El fantasma de la calle se individuaba por medio de la diferencia con un fantasma de internet. Esta imagen de internet se superponía con la internet a secas. Pero la internet no necesitaba oponerse al fantasma de la calle para individuarse. Tampoco a las instituciones ni a un fantasma de las instituciones. La individuación del fantasma de la calle por medio de la diferencia con el fantasma de la internet cerraba un círculo de representaciones. Ese círculo era el teatro de individuación de las instituciones. Pero internet era indiferente respecto de ese círculo. De hecho el círculo se cerraba sólo precariamente. Porque el fantasma de internet nunca alcanzaba un momento de individuación. La individuación recíproca de internet era un supuesto operativo de la individuación del fantasma de la calle. Pero el fantasma de internet no era más que el calco de la operación de proyectar representaciones. Esa operación generaba cada uno de los momentos del círculo de individuación de las instituciones. Como tal, entonces, el fantasma de internet entonces no se oponía a uno de los momentos del círculo: ni al fantasma de la calle ni a las instituciones. La operación generatriz se oponía a todos los momentos del círculo como productos de su movimiento. Así que no había lugar en el círculo para un momento de individuación que le correspondiera. El círculo sólo se podía cerrar si incluía un momento que representara el mismo movimiento que lo trazaba. Esto era imposible. El círculo quedaba siempre incompleto. La internet a secas, sin embargo, era también indiferente a esto.

Quizás la vida-viva no había sido más que un fantasma del proceso de individuación de aquellas formas de vida que interpretaban su diferencia con la vida a secas como vida-muerta. Quizás la indiferencia de la vida a secas respecto de las formas de vida que se diferenciaban de ella en su seno había sido interpretada por algunas de éstas como rechazo. Y este supuesto rechazo había sido interpretado como el rechazo de algo muerto. Entonces estas formas de vida se habían visto a sí mismas como formas de vida-muerta rechazadas por una forma de vida-viva originaria y activa. Así que la vida-viva habría nacido como un fantasma superpuesto sobre la indiferencia de la vida a secas: un fantasma proyectado como parte de un teatro de individuación en donde algunas formas de vida se interpretaron y representaron a sí mismas como vida-muerta. Nada de esto hizo jamás diferencia alguna para la vida a secas, indiferente como siempre, quizás hasta de sí misma.

Mientras tanto, gozando de su propia indiferencia respecto de la dialéctica de la calle, internet había quedado del lado de la vida-viva. Pero no porque internet fuera el lugar en donde finalmente habríamos de encontrar una vida-viva que no fuera un fantasma. Ya no se podía sostener que la vida-viva fuera algo más que otra máscara. Internet había quedado del lado de la vida-viva porque el fantasma de la vida-viva se superponía sobre internet. De hecho, el fantasma de la vida-viva se superponía sobre internet y sobre la vida a secas. ¿Acaso la común indiferencia de internet y la vida a secas respecto de la vida-viva implicaba alguna afinidad secreta entre ellas?

La vida es indiferente respecto de la internet, pero la internet se diferencia de la vida. Habíamos llegado a pensar internet como el medio de inmersión de la vida: como si fuera lo más inmediato, aquello dado por medio de lo que se da todo lo demás, la condición absoluta de la experiencia. No había vida fuera de internet. Era cierto que no podíamos pensar internet sin la vida. Pero también era cierto que ya no podíamos pensar la vida sin internet. Si queríamos pensar la vida, no podíamos sino pensarla desde algún espacio de la vida. Pero todos los espacios de la vida se habían superpuesto con internet. La vida a secas se había superpuesto con internet e internet se ha superpuesto con la vida a secas hasta un gran medio indistinguible fuera del cual no había experiencia. Si queríamos pensar internet, no podíamos pensarla más que desde algún lugar de la vida. Pero toda la vida se había superpuesto con internet. Entonces sólo podíamos pensar internet desde su superposición con la vida. Y sólo podíamos pensar la vida desde su superposición con internet. No hizo falta esperar para que nuestra idea del pensamiento corriera a fusionarse con ambas. Ya sabíamos nosotros que el pensamiento siempre tiene lugar en la vida. Sabíamos también que por eso el pensamiento no puede ser pensado sino desde la vida. Y por eso también sabíamos que el pensamiento no puede ser pensado sino como superpuesto sobre la vida. Ahora entonces el pensamiento se pensaba desde la superposición entre la vida e internet. Y además era pensadocomo superpuesto a esa superposición. El pensamiento se diferenciaba de la superposición entre la vida y la internet, pero ésta era indiferente respecto del pensamiento. Sabíamos entonces que si queríamos pensar el pensamiento fuera de su superposición con la vida-internet sólo podíamos hacer una cosa: pensarlo como la negación de la vida-internet en la que ya estaba inmerso. Pero habíamos aprendido que esa manera de pensar nos llevaría por el mismo camino que cuando pensábamos la internet como opuesta a la calle: vida-viva contra vida-muerta. Conocíamos todos los problemas que arrastraríamos con nosotros si intentábamos pensar el pensamiento como forma de vida-muerta. Volveríamos a poner en marcha el teatro de la individuación, el círculo imposible de oposiciones recíprocas que jamás podría completarse de manera satisfactoria. Entonces, la única manera no inocente de pensar el pensamiento ahora era pensarlo como indiferente respecto de la mutua superposición entre vida e internet. Por lo tanto había que pensar al pensamiento como absolutamente superpuesto a la internet-vida. La superposición recíproca entre el pensamiento, la vida y la internet llegaron a conformar entonces el horizonte completo del ser: internet-vida-pensamiento. Nada más.

Pero de hecho en toda esta manera de pensar estábamos pensando internet calcada de una manera muy particular de pensar el pensamiento. Se trataba de una manera de pensar el pensamiento como opuesto a una determinada forma de pensar la vida. Y esta forma de pensar la vida estaba calcada a su vez de una forma presupuesta de pensar el pensamiento. Esta forma presupuesta de pensar el pensamiento suponía que el pensamiento ya ha sido pensado suficientemente al asumirlo como algo ya dado, como lo más inmediato por medio de lo cual todo lo demás se da.

En esta forma de pensar el pensamiento como lo ya dado, la vida aparecía como aquello que era dado por medio del pensamiento. El pensamiento era presupuesto allí como un término absolutamente negativo que ya siempre requería de un opuesto para individuarse. Ese opuesto del pensamiento era allí la vida como fantasma y utopía del pensamiento. En cuanto positiva, la vida aparecía como la negación del pensamiento. La negación de la negatividad del pensamiento por medio del fantasma de la vida era necesaria para la individuación del pensamiento como algo positivo. Pero como sólo el pensamiento era dado de inmediato, la positividad de la vida debía ser dada por medio de la oposición con el pensamiento. Sobre el fantasma de la vida entonces se proyectaba un fantasma del pensamiento como negación de la vida: vida-muerta que copia la vida-viva. Como negatividad dada inmediatamente, el pensamiento necesitaba la vida para individuarse, pero como positividad mediata la vida sólo puedía individuarse por medio del pensamiento; entonces el pensamiento se proyecta a sí mismo como negatividad mediata sobre la vida. En esta instancia, al proyectarse como negatividad mediata, el pensamiento se representaba a sí mismo como su propio movimiento de individuación por medio de la oposición. Este movimiento no se podía individuar como negación de la vida porque en cuanto movimiento no podía constituirse como un momento en el círculo de la individuación. El movimiento del pensamiento como generador de individuación por oposición se oponía entonces a la totalidad de sus momentos como sus productos. Así, el movimiento del pensamiento se individuaba por la oposición a sus propios momentos de individuación sin cerrar jamás el círculo. Este movimiento del pensamiento como negación mediata se diferenciaba del pensamiento como negatividad inmediata, originariamente dada, que había constituido ya siempre la primera instancia de la individuación del pensamiento. Pero el pensamiento como negación inmediata era indiferente respecto de su propio fantasma. De este modo el pensamiento se diferenciaba de sí mismo al mismo tiempo que no se diferenciaba de sí mismo; nunca alcanzaba a individuarse plenamente ni llegaba a encontrarse con nada que fuera diferente de sí mismo... salvo él mismo. En cuanto a la vida, ¿qué podía ser aparte de una mera fase de este desencuentro?

Habíamos creído que para evitar caer en el círculo absurdo del teatro de la individuación teníamos que aceptar que la superposición recíproca entre el pensamiento, la vida y la internet ya estaba dada. Pero de hecho estábamos presuponiendo exactamente lo que queríamos evitar. Habíamos concretado el colapso de todo lo que podía ser dado en el medio de aquello que damos por descontado como inmediatamente ya dado. Habíamos logrado reducir la totalidad de la experiencia a sus condiciones.

La posibilidad de presuponer el pensamiento como algo ya inmediatamente dado siempre va a ser un obstáculo a la hora de pensar la vida. Pero quizás nuestro intento de pensar internet no nos habría llevado hacia esa trampa si no hubiéramos llegado a pensar la internet precisamente como un calco de la vida. Y esto ocurrió cuando llegamos a pensar que la vida e internet eran indiferentes entre sí. Sucedió en ocasión del momento en que se volvió evidente que, como la vida a secas, internet también era indiferente respecto de la vida-viva. Esa común indiferencia hacia la vida-viva fue interpretada como característica capaz de unificar internet y la vida a secas: como si coincidir en la indiferencia respecto de un tercer término fuera una diferencia específica que las pudiera volver indiferentes entre sí.

Pero la común indiferencia de internet y la vida a secas respecto de la vida-viva no significa que ambas sean indiferentes mutuamente entre sí. La indiferencia de internet respecto de la vida-viva no es lo mismo que la indiferencia de internet respecto de la vida a secas. De hecho, la indiferencia entre internet y la vida-viva es diferente a la indiferencia entre la vida a secas y la vida-viva. Y la indiferencia de la vida a secas respecto de la vida-viva es indiferente respecto de la indiferencia de la internet respecto de la vida-viva. Pero como el fantasma de la vida-viva siempre se superpone sobre el fondo de la vida a secas, es posible interpretar la indiferencia de internet respecto de la vida-viva como indiferencia de la internet respecto de la vida a secas. En cuanto a la vida a secas, esta sí es indiferente respecto de internet. La vida a secas es indiferente tanto respecto de internet como respecto del fantasma de la vida-viva. Internet es indiferente respecto del fantasma de la vida-viva, pero no respecto de internet. Si internet y la vida a secas fueran indiferentes mutuamente ambas se superpondrían de manera absoluta. De ese modo ya toda pretendida distinción entre una y la otra pondría en marcha nuevamente un teatro de fantasmas como el que había producido al fantasma de la vida-viva. Es internet la que se superpone a la vida, no la vida la que se superpone a internet.

La vida es indiferente respecto de la internet, pero la internet se diferencia de la vida.