Nunca más oportuno: Muerte y resurrección del autor (1963-2005), de Marcelo Topuzian

Los complejos devenires de la relación entre autor, crítica y teoría

por Yael Tejero

Muerte y resurrección del autor (1963-2005)
Marcelo Topuzian
Universidad Nacional del Litoral
390 páginas
2015

Como es de común conocimiento para cualquier lector de suplementos culturales argentinos, en 2011, el escritor Pablo Katchadjian fue víctima de una no tan insólita demanda por plagio de parte de María Kodama. Dos años antes, el joven autor había publicado de manera independiente la propia edición de su obra El Aleph engordado, que, como se indica en una postdata, utiliza el cuento “El Aleph” de Borges como material para elaborar su reescritura (y ampliación) y homenajear al célebre autor muerto en 1986. Aunque indignante por las dimensiones absurdas que cobró tan vil acusación -sobre todo en cuanto al desperdicio de recursos del Estado argentino en demandas injustas e inconducentes-, el caso presenta aristas apasionantes para los estudios literarios, irrevocablemente necesarios en la defensa, llevada a cabo por el abogado y también escritor Ricardo Strafacce. La acusación -que pasó del sobreseimiento a dos apelaciones ulteriores- fue finalmente revocada, pero la estela de la figura de autor recobró su espesor: si alguna vez se habló de un definitivo declive de la teoría, este caso demostró que la historización de nociones de autor, de sujeto, de sentido, de obra y de escritura todavía son centrales. No sólo en los estudios literarios académicos sino en los discursos sociales en donde la literatura es objeto y material, tal como el periodismo cultural, marco donde reverberan también las columnas que reflexionan sobre la construcción de una imagen de autor o escritor a partir de las redes sociales (otro ámbito que demanda por sí mismo un cruce con la noción de autor y de sujeto). El investigador y profesor universitario Marcelo Topuzian, cuya obra Muerte y resurrección del autor (1963-2005) nos proponemos comentar a continuación, afirma en el prefacio de su libro que la teoría literaria siempre ha tomado posición en torno a estas nociones. Su hipótesis es que se puede seguir hablando hoy en día de esas categorías.

La obra, que continúa las preocupaciones por la cuestión del sujeto planteadas en su tesis doctoral, se presenta en dos partes: la primera se titula “La teoría de ’la muerte del autor’ y el estudio de la literatura” y revisa las condiciones teóricas, históricas e institucionales para el surgimiento del famoso tópico que pronunciara Roland Barthes en 1968. La segunda parte lleva por título “Las condiciones contemporáneas para volver a interrogar a la figura del autor”. Al justificar la pertinencia de este tema, que al decir de Jorge Panesi en la contratapa del libro, atraviesa por completo la historia de la Teoría Literaria, Topuzian señala que si el sujeto y el autor son un efecto de formaciones históricas y culturales específicas, habrá varias formas de subjetividad y autoría.

Desde el Prefacio, el investigador presenta un sucinto recorrido de diversas vertientes como la deconstruccionista, que se orienta a exponer el carácter contingente de las instancias de subjetivación en nombre de una différance constitutiva; o bien la teoría descolonial, que ofrece una posible mediación entre la deconstrucción y la crítica política en el contexto de los discursos académicos sobre las identidades (con especial mención a Edward Said y Gayatri Spivak, quienes aportan modelos de análisis como el intelectual migrante o sujeto subalterno). El principal énfasis que pone en estas vertientes es que las nociones por ellas propuestas se resisten a todo tipo de sustancialización. Y es que este estudio advierte sobre ciertos errores comunes: por ejemplo, el que se adjudica al conjunto de perspectivas englobadas bajo el rótulo de “posmodernismo”, de las que se desprende una idea de sujeto como un particularismo más (equivalente a una identidad). Optar por analizar cómo se produjo el falso efecto de universalismo del que se desprendieron las nociones de sujeto, tomando como modelo las grandes rupturas que se suele identificar con Marx, Nietzsche y Freud sería caer en el polo opuesto del recurso al sujeto trascendental. Topuzian se pregunta, entonces, cómo situar el lugar de un sujeto capaz de operar en una situación concreta sin renunciar a sus pretensiones universalistas. Primer gran desafío teórico.

Muerte y resurrección del autor ofrece diagnósticos que requieren una amplia perspectiva del asunto. Un ejemplo es cuando se afirma que al poner en cuestionamiento operaciones de la historia y la crítica literaria académicas anteriores a la década del ’60, la teoría habría pasado de desplazar la idea de un sentido unitario del texto enteramente determinado por un autor, a cuestionar toda posible configuración de la relación de sujeto y texto, cayendo en un idealismo pantextualista. En los últimos años y como resultado de su reducción a la noción de identidad, la figura del autor pasó a ocupar un lugar fundamental (aunque más o menos dado por sentado) en los estudios académicos, y ciertos rasgos identitarios se convirtieron en condición de las operaciones interpretativas. Estas nociones se resisten a ser sometidas al denostado modelo del gran escritor burgués (europeo, blanco, varón, etc.) que imponía la tradición de los estudios literarios antes del impacto de la teoría y se vinculan con la discusión sobre los cánones de las literaturas nacionales y de la “gran literatura occidental”. Pero esto dio lugar a reapropiaciones que, para los investigadores que se habían formado en la sospecha sobre la figura de autor, parecían regresivas. Frente a este panorama, Topuzian sostiene que no es el autor el que resulta marcado por sus pertenencias culturales sino el modo mismo en que se constituye su figura (que parece des-sustancializarse y convertirse en un constructo nuevamente).

A partir de este diagnóstico, el libro encara su recorrido con un conjunto de interrogaciones: ¿cómo puede pensarse el autor como esa figura universal rechazada a favor de las múltiples modalidades de construcción del autor?, ¿hay en el autor algo que desde lo cultural o lo identitario se sustraiga a lo construible? En caso afirmativo, ¿cómo recuperar ese resto sin caer en reapropiaciones idealistas de la tradición estética?

Para esto, lo primero que se propone es analizar el tópico de la muerte del autor, pues al borrarse éste de la investigación literaria, es ampliamente factible que reaparezca operando en los presupuestos de la teoría. Se trata de una figura que es constitutivamente institucional. Es así que Topuzian se propone centrar el debate en las recientes transformaciones de la institución literaria misma, donde los propios autores instituyen las condiciones de su propia práctica e imagen. Volver a plantear la noción de autor permitirá, según palabras de Topuzian, ir más allá de los modos actuales de pensar la literatura y la cultura, influidos por los estudios culturales académicos y las nuevas humanidades surgidas de las disputas de la década del 80.. El análisis, que parte de las propuestas de Roland Barthes, Michel Foucault, Paul de Man, entre otras, continúa con figuras como Roger Chartier, Giorgio Agamben, Jean-Luc Nancy, Seán Burke, Donald Pease, Cheryl Walker, Paisley Livingstone, Peter Lamarque, Alexander Nehamas, etc.

¿De qué estás hablando, Roland?

La introducción al estudio, como no podía ser de otro modo, arranca con una pregunta retórica: ¿qué es un autor en la literatura? Ante todo, recala en el análisis lingüístico y uno de sus referentes, Émile Benveniste, quien en tiempos de hegemonía estructuralista demostró que el lenguaje es condición necesaria en la constitución de la subjetividad (sin obliterar la lingüística saussureana como condición de posibilidad para la disciplina). Roland Barthes, ya cerca del final de los años ’60 y en textos como “La muerte del autor” y “De la obra al texto”, hizo del autor una modalidad del cruce de códigos y textos que era para él la literatura. Michel Foucault (1969), desde su perspectiva arqueológica, prefirió hablar de la función-autor ubicada en los límites del discurso y la realidad extra discursiva y ligada a la clasificación y control del sentido de los enunciados. Cada uno tendrá su capítulo específico.

En esta introducción se ofrece un bosquejo de análisis de algunos rasgos de la imagen del autor en la literatura contemporánea. Estos giros recientes de los estudios literarios académicos son un síntoma de las transformaciones sufridas por la institución literaria desde por lo menos fines de los años ’60. Topuzian identifica, en los modos en que la literatura circula en la contemporaneidad, al tópico de la muerte del autor como influencia. Sin embargo, ya no se trata del modelo del “utópico tejido intertextual” anunciado por Barthes, sino en la imposibilidad de mediación entre una concepción clásica de referencialidad y la relativización o puesta en duda de cualquier referencia posible. El autor ha cambiado su función en un mercado literario cada vez más global, con nuevas condiciones de producción, circulación y recepción del discurso literario. Aceptar las consecuencias de la muerte del autor tradicional, aquella que declaró Barthes, significa la clausura de la imagen que lo postula como amo trascendente de cada aspecto de su obra. Los textos literarios se exponen a la intertextualidad por sobre la unidad constitutiva.

Pero ¿en qué consiste la muerte del autor tradicional? La primera parte del libro revisa este tema a través de varios apartados que exploran de manera pormenorizada el tópico. La introducción a esta primera sección analiza las posiciones claves en el campo de los estudios literarios de los años ’60 a ’80 ligadas a “la muerte del autor” (a menudo vinculada con “la muerte del sujeto”). La primera tarea a realizar es el análisis del modo en que Roland Barthes y Michel Foucault, en sus trabajos “La muerte del autor” (1968) y “¿Qué es un autor?” (1969) [1], cuestionan las nociones aparentemente naturalizas de autor que, si bien todavía gozaban de cierto lugar en el espacio académico, ya habían sufrido críticas.

En “La historia literaria académica francesa y la Nueva Crítica” se revisa el surgimiento de la declaración de la muerte del autor (de la que se reconocen anticipos teóricos), como reacción contra el modelo ya caduco de análisis literario, deudor del positivismo del siglo XIX. Esta postura, según Barthes, tomaba la figura nunca analizada del autor como modo de establecer correlaciones entre obra literaria y contexto de origen, lo que reducía la lectura a términos exclusivamente históricos o biográficos. Entre estos modelos críticos tradicionales, Topuzian menciona a Saint-Beuve, Hyppolite Taine, Gustave Lanson o Raymond Picard. Lo que se denominó “Nueva crítica” tuvo que ver, en los años ’60, con la constitución de un conjunto de lecturas críticas de los clásicos franceses que dejó de lado la crítica universitaria tradicional, y priorizó diversas corrientes filosóficas (tales como el existencialismo, la fenomenología, el marxismo) y las ciencias sociales atravesadas por la lingüística saussuriana (como la antropología o el psicoanálisis). Otro de los cuestionamientos fundamentales de Barthes a la crítica académica fue su resistencia a preguntarse por el ser de la literatura, como si este fuera eterno e inmutable, ligado a instituciones también fijas. La nueva crítica presta atención al conjunto de elementos que se tejen dentro de la obra. Privilegia el análisis inmanente, antes de operar por analogía. Pero ante todo, desarrolla, junto con la crítica estructural, la noción de obra como un sistema de funciones, a la par de T. Todorov y G. Genette. El capítulo examina también la propuesta sartreana contra el modelo histórico positivista externo y pretendidamente objetivo.

En “La crítica fenomenológica”, se despliega una revisión de la fenomenología como vocabulario para pensar la obra literaria como un hecho de conciencia. En este sentido, la verdadera vida vivida por el autor, en sentido biográfico es reemplazada -en la literatura- por la única vida posible, que es la de la conciencia, que se conoce a sí misma en su propia obra y sólo así se expone a la indagación crítica.

A continuación, en un breve capítulo titulado “La crítica literaria marxista”, Topuzian nos recuerda que el marxismo aboga por una noción de sujeto que pueda integrarse a los grandes procesos colectivos del devenir histórico de la humanidad. A menudo, se ha presentado como el rescate de la autonomía del sujeto ante el peligro de la alienación. Lo importante es que este sujeto autónomo no es de naturaleza individual sino colectiva. Por esa razón, se menciona la propuesta de Lucien Goldmann en Para una sociología de la novela (1967): pensar un sujeto colectivo como herramienta de análisis.

En “La revolución estructural y sus límites”, el autor pasa de la revisión de la fenomenología y el marxismo al estructuralismo, con especial énfasis en Émile Benveniste y la Teoría de la Enunciación, quien “deja en claro que no podrán encontrarse en el lenguaje signos cuyo significado sea el sujeto o la conciencia” (65). Es así que se concluye con la afirmación de que no hay sujetos sino interlocutores. Topuzian rastrea la influencia de estas ideas en “Introducción al análisis estructural del relato” (1966), de Barthes, y encuentra que en el cruce con la naciente narratología, cuando se llega al nivel del autor [2], es necesaria una noción de sujeto pleno, tal como la que ofrecía el biografismo. También advierte que cuando se analizan los principios que organizan la obra literaria como fuente de significación, se vislumbra la dependencia del sentido respecto de una unidad original, tal como lo era el sujeto trascendental de la fenomenología. Hacia el final de los años ’60, y en el marco de una crítica al primer estructuralismo, Barthes declara el consabido enunciado.

“Diferencia, escritura, significancia y texto” ofrece un recorrido del canon del estructuralismo francés en tiempos de maduración. A partir de la lectura de Jacques Derrida y Julia Kristeva, se revisa la noción de différence/différance y el golpe que sufre la noción de signo a partir de la noción de juego de las diferencias, huellas o gramas que reemplazan la idea de presencia de cualquier elemento por la idea de trazo que de él han dejado otros elementos del sistema. Se recorren las nociones de estructura que aún conservaban una raíz fenomenológica y un telos intencional para empezar a pensar también la subjetividad como efecto de différance.

La zona neurálgica de la obra es el capítulo dedicado al tópico en cuestión: “La muerte del autor”, en donde Topuzian revisa las implicaciones de este enunciado en la teoría, atravesando los textos de Barthes. La escritura moderna no expresa a un sujeto que la antecede sino que ella misma es realización, ejercicio o ejecución efectiva del sujeto en su naturaleza verbal; estas son consecuencias literarias de los análisis de Benveniste sobre la enunciación y su carácter interlocutivo. En “La muerte del autor” (1968), la escritura es un lugar neutro donde se disuelve la identidad, donde el sujeto huye como resultado del ejercicio intransitivo del símbolo. En S/Z (1970), Barthes aboga por un autor que sea considerado un texto como los otros. Pero para la época, el autor sigue siendo una figura dominante y central en los estudios literarios, en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revistas, etc. En este punto, Topuzian realiza una observación de sumo interés: Barthes ve en este tópico del autor en la cultura contemporánea una contención institucional o una resolución ideológica de la apertura al otro que implica el funcionamiento mismo de la escritura literaria tal como lo está develando la joven ciencia estructuralista. De manera afín a Julia Kristeva, Barthes encuentra fértil la idea del sentido como efecto de la ejecución misma de la escritura, noción que será desarrollada en S/Z y “De la obra a la escritura”. La escritura con fines intransitivos a la que se refiere Barthes en “La muerte del autor” supone la disolución de cualquier instancia de referencia frente a las relaciones textuales. La noción de texto y de intertextualidad que postula es la de un espacio de múltiples dimensiones que concuerdan o contrastan y donde ninguna es la original, puesto que el autor se limita a imitar un gesto anterior. Y esa cita de textos anteriores no se reduce a la influencia (un concepto que ya existía en las historias literarias) sino que define la escritura constitutivamente. El reencuentro que Topuzian nos propicia con las hipótesis barthesianas es indiscutiblemente necesario en tiempos de debates copyright/copyleft y en torno a las polémicas sobre las leyes de propiedad intelectual.

La lectura ideológica e institucional que realiza Roland Barthes respecto del papel histórico del autor es sumamente incisiva, puesto que cuando una concepción de la lectura está dominada por la figura autoral, se naturalizan más fácilmente las instituciones de la crítica literaria, “entregada por definición al desciframiento privilegiado de lo que el autor puso en el texto para que solo el crítico fuera capaz de desplegarlo de acuerdo con los protocolos de su disciplina.” (102). Topuzian pone el foco en el final del artículo de Barthes, donde ingresa la figura del lector, pero no como aquel que descifra un significado dado sino como el que construye el sentido a partir del trabajo con el texto. Así es como incluye las figuras del autor, el lector y el crítico, otrora consideradas externas a la obra. Esta inclusión no es menor: en ella radica una concepción de la lectura como labor significante y una desnaturalización de la obra como creación soberana de un autor. La declaración de la muerte del autor implica una concepción de la teoría que expresa la clausura de toda posición metalingüística y la garantía de una supuesta cientificidad del análisis textual como resultado del desplazamiento del sujeto.

En adelante, Topuzian se encargará de examinar las condiciones teóricas coyunturales de estas formulaciones y sus consecuencias también teóricas en obras como “De la obra al texto”, S/Z, El placer del texto, Sade, Fourier, Loyola, El susurro del lenguaje, etc. El autor señala la interrogación generalizada que realiza el estructuralismo respecto del sujeto. El sujeto trascendental husserliano, que había sentado las bases para oponerse al sustancialismo de las definiciones propuestas por disciplinas sociales del siglo XIX (como la psicología, la sociología y la antropología, entre otras), se revelaba caduco. Es así que Barthes, en los años ’60, ofrece una noción de autor concebido como “hipóstasis ideológica” [3] de la crítica para legitimar su propia entidad como discurso. De este modo, se asienta un cambio metodológico fundamental. El autor de este libro observa inteligentemente que la declaración de la muerte del autor en palabras de Barthes no constata un hecho sino que ejerce una acción performativa. En adelante, se examinará la rehabilitación del sujeto en los años ’70, las críticas historicistas y culturalistas a la muerte del autor y el nacimiento del lector como autor de la ejecución y performance del texto.

El apartado dedicado a Michel Foucault se titula, con toda precisión, “¿Qué es un autor?” y señala el derrotero teórico de este clásico que comienza con una crítica a las versiones textualistas de la muerte del autor. Foucault es quien se opone a una cierta pretensión de universalidad de la performance propuesta por Barthes entendida como mezcla irresoluble de códigos. Examina los principios éticos de la escritura contemporánea, basados en dos temas: por un lado, la referencia constitutiva a su propio tener lugar como tal en su propio despliegue, y lo que implica en las nociones de expresión y representación; por otro, el de su parentesco con la muerte, manifiesto sobre todo en la desaparición y confusión que introduce en los rasgos de la individualidad del escritor. Lo que ve el filósofo francés es la instauración de una ausencia radical. Topuzian encuentra, en esta zona de la producción de Foucault, los aportes de Maurice Blanchot y Jacques Derrida.

Uno de los logros de Muerte y resurrección del autor es poner el foco en las paradojas, aporías o peligros teóricos de ciertos planteos. Pensar la condición general de todo texto y el espacio por el que se dispersa supone, para Foucault, conceder a la escritura el verdadero estatuto de sujeto trascendental. Pensar de manera generalizada la performance de la escritura en el marco de una teoría del texto conlleva el riesgo de trascendentalizar la práctica de la producción discursiva efectiva. Topuzian observa que el alejamiento de Foucault del estructuralismo literario y la crítica de Tel Quel responde a que estas corrientes erigen un saber sobre la literatura de un modo similar a la crítica académica historiográfica heredera de Lanson. Si la crítica estructuralista y telquelista intentaba demostrar cómo el texto exhibía sus mecanismos dejando de lado cualquier planteo sobre sujeto, representación o significación, para Foucault, la muerte del autor como condición del ejercicio de la escritura es una estrategia de supervivencia: “se desprende de sus rasgos empíricos pero para construir una autoridad todavía más fuerte basada en la posibilidad que esa ’reducción’ abre de dar con las condiciones generales del ejercicio del símbolo, ya no atadas a una circunstancia concreta.” (130).

Contra el predominio de la escuela fenomenológica francesa en la que se formó, Foucault sigue de cerca los avances de Benveniste acerca del acto que funda el lenguaje. Pero después de La arqueología del saber y a finales de los años ’60, ya no tendrá sentido preguntarse por los límites del análisis lingüístico estructural para pasar a analizar cómo la libertad del sujeto puede animar desde adentro las reglas del lenguaje ni pensar la literatura como transgresión tal como lo habían hecho Maurice Blanchot y George Bataille. Foucault observa que se trata de un camino erróneo porque la noción de performance del símbolo es deudora de una oposición que él intenta desarmar: el enfrentamiento entre la apertura de la historia y la inmovilidad de las estructuras. Topuzian percibe desde, por lo menos, Las palabras y las cosas, este tipo de recaudos antimetafísicos. En cuanto a su posición respecto de la lingüística de la enunciación, Foucault demuestra que los deícticos no funcionan del mismo modo en los textos dotados de la función-autor. El sujeto pensado como una variable se convierte en una entidad abstracta y formal. Pero cuando se trata del narrador, es necesario otro tipo de categoría. En este recorrido, vemos cómo Topuzian sigue de cerca los rincones en donde el tópico se encuentra sin salida y donde es forzoso hacer concesiones o encontrar la solución teórica al problema.

Finalmente, la primera parte se cierra con “El sujeto de la deconstrucción norteamericana: Paul de Man”. En este apartado, se observa que Paul de Man es constituido como objeto de análisis histórico bajo condiciones que nunca fueron interrogadas apropiadamente. Por eso, el autor se pregunta cuáles podrían ser las condiciones de un análisis profundo de sus textos vinculados con este tema y ligados con la puesta en cuestión de los límites y alcances de los estudios literarios que sacudieron a la disciplina a partir de los años ’80. Es así que propone una lectura de los textos de de Man que no deje de lado los aspectos institucionales con los que están ligados.

La primera parte finaliza con algunos interrogantes que darán lugar a la sección siguiente:

¿Puede la categoría de autor intervenir en las tareas de la crítica sin darla tarde o temprano de alguna manera por obvia, es decir, puede ella misma ser sometida a una interrogación radical por parte de los estudios literarios o culturales, o es esto una mera ilusión, resto de los viejos proyectos fracasados de transformación epistemológica de la disciplina? (207)

El autor se pregunta qué está en juego si el problema vuelve a plantearse y cuáles son las razones por las que se ha dejado de lado. Este es el punto de partida de la segunda parte, titulada “Las condiciones contemporáneas para volver a interrogar la figura del autor”. Uno de los razonamientos más valiosos para dar por concluida la primera sección sugiere que si la declaración de la muerte del autor fue una estrategia para la legitimación de los estudios literarios en el campo de las ciencias sociales, la reintegración del autor a las herramientas del investigador en literatura coincidirá con su normalización en lo relativo a su compartimentación institucional y epistemológica, que nunca se había visto realmente conmovida. [4]

¿Quién dijo que las segundas partes nunca fueron buenas?

Para resolver algunas aporías y paradojas de la teoría, el camino teórico y crítico desarrollado en Muerte y resurrección del autor, requiere una vuelta de página. La segunda parte se titula “Las condiciones contemporáneas para volver a interrogar la figura del autor”. Ésta analiza las ulteriores ampliaciones, desplazamientos y críticas al tópico de la muerte del autor y la noción foucaultiana de la función-autor. Y este propósito parte de la hipótesis de que el “retorno del autor” no se constituyó como una polémica teórica con las tesis mencionadas sino como cambios en la doxa de los estudios literarios. Lo que hace el investigador es recorrer los testimonios de esos cambios y sus implicaciones, así como las consecuencias de las implicaciones originales de Barthes, Foucault y de Man.

La sección introductoria revisa la propuesta de Donald Pease en el artículo “Author” (1995), publicado en Critical Therms of Literary Study. De allí se rescata la idea de que la cuestión del autor es cultural e histórica, y su abordaje también deberá serlo. Se trata de dar cuenta de la noción a partir de la descripción de usos específicos y no de la descripción de una categoría trascendente.

“Una crítica ejemplar al textualistmo” expone los cuestionamientos a la célebre formulación barthesiana por parte de Paisley Livingston, desarrollados en su artículo “From Text to work” (1993). Al tomar las propuestas de Barthes como hipótesis empíricas, Livingston demuestra que el paso de la obra al texto por el que abogaba Barthes no es tan practicable ni tan deseable como muchos críticos suponen. Una de las críticas de Livingston tiene que ver con la falta de precisión en cuanto a la naturaleza de las relaciones intertextuales. Lo que está en juego con estos cuestionamientos, dice Topuzian, es el valor de la crítica como institución académica y la legitimidad del conocimiento que es capaz de producir. La teoría entendida como pragmática de la literatura es para Livingston la articulación conceptual de un status quo institucional. En esa articulación, la función de la categoría de autor es hacer de un texto una obra. La perspectiva pragmática que propone pretende superar la oposición entre análisis estilístico-formal e histórico-social. La revolución textual definida según Livingston como “una exploración transgresora y transdisciplinaria de los campos abiertos de la práctica textual” es pensada como motivada por ideales emancipatorios y debería encuadrarse en un marco de análisis sociopolítico. Ese marco, que para Livingston incluye las presuposiciones intencionalistas, es fundamental para analizar cualquier fenómeno cultural. Si no se puede contar con una noción de intencionalidad, la literatura no podría cumplir ninguna función transformadora. Por eso, el teórico enfatiza la interacción entre autor y lector (y las expectativas de ambos) como aquello que da unidad y coherencia a la obra, la instituye como tal y ofrece un marco de garantía para la crítica. Topuzian cuestiona el olvido, por parte de Livingston, de las interacciones que suponen las polémicas internas de la crítica; y observará el regreso a la categoría de autor, pero con un “barniz relativista o pragmático” (243) como herramienta para evitar las acusaciones de idealismo. La crítica más interesante que ofrece a este regreso es el hecho de que “el retorno del autor” es el nombre de una operación mediante la cual los estudios literarios y culturales parecen volver a un trabajo que excluye de su consideración sus propios presupuestos, de modo que puedan sostenerse como programas de investigación válidos.

“El que se va sin que lo echen: la estrategia interpretativa de Sean Burke”, es un bello capítulo que ofrece un examen de la obra La muerte y el regreso del autor. Crítica y subjetividad en Barthes, Foucault y Derrida (1992), donde se revisan, entre otras cosas, las críticas a las lecturas que la academia norteamericana realizó respecto del método de Barthes, pues según Burke, pasó de ser un método propedéutico (quitar al autor del centro de la escena para estudiar el funcionamiento del lenguaje en su especificidad) a ser considerado verdad revelada del texto en sí. También juzga como errónea la precipitada asociación de la muerte del autor con la muerte del sujeto o del autor de la crítica tradicional con el modelo de sujeto absoluto del idealismo filosófico, lo que habría generado una serie de confusiones: la equivalencia entre autor y conciencia y la visión del autor como amo absoluto de todos los aspectos del texto. Así se explica, concluye Topuzian, la necesidad de “matar” al autor. A partir de la intervención de Burke en la polémica, se puede extraer la hipótesis de que la muerte del autor -tal como la declaró Barthes- si bien es una posible solución al problema de las trascendentalización teórica del autor, es de igual modo trascendental. Y este tipo de aporías se reiteran en la mayoría de las revisiones ulteriores del tópico barthesiano, revisadas por Topuzian, lo que demuestra su destreza para hallar contradicciones.

En “ ’Muerte del autor’, función-autor y anti-intencionalismo desde un punto de vista analítico”, son precisamente las lecturas analíticas y filosóficas las que cobran protagonismo, particularmente las de Peter Lamarque (“La muerte del autor: una autopsia analítica”, de 1990) y Alexander Nehamas (“Escritor, texto, obra y autor” de 1989), recopiladas en la antología de William Irving ¿La muerte y la resurrección del autor?

“Más allá de la estela deconstructiva: de la firma y el nombre del autor a su imagen” se dedica a los aportes de Steven Knapp y Walter Benn Michaels en “Contra la teoría” (1982) y sus ulteriores polémicas sobre la intención autoral, en las que interviene Peggy Kamuf con su obra Firmas. Sobre la institución de la teoría (1988); Además, recala en los aportes de Jean-Noel Marie (“¿Por qué Homero es ciego?”, 1986) y de Jean Luc Nancy y Federico Ferrari (Iconografía del autor, 2005).

“La herencia dispersa de Foucault” estudia la recepción del filósofo francés en tres líneas: la historiográfica, la filosófica y la literaria o cultural. Con respecto a la primera línea, se dedica un espacio a la obra El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII (1992) de Roger Chartier, quien toma las contribuciones de Foucault en su historia de la edición, circulación y recepción de los libros, no solo desde los cambios técnicos sino ante todo, desde las prácticas de uso, apropiación y comentario. La línea filosófica incluye la lectura que Giorgio Agamben formula en “El autor como gesto” (1995), en donde el sujeto-autor es pensado como gesto que inaugura la expresión e instaura en ella un vacío central. Finalmente, la línea cultural indaga las propuestas de un conjunto de académicos franceses en las Actas de un coloquio realizado en 2000, tituladas ¿Es posible una historia de la función autor?, lo que demuestra la vigencia, la convocatoria y la constante revisión que aún sigue teniendo la temática.

Las conclusiones del libro permanecen abiertas, pero no como aquel “final abierto” de la ficción, librado a, por lo menos, dos interpretaciones, sino en el sentido de un imperativo por seguir pensando la problemática, pues si hay un error frecuente es el de tener por saldada la cuestión. Junto con la enorme cantidad de interrogantes que cierran el libro, se enuncian algunas certezas: si hay textualidad, hay textos en plural y esa pluralidad forma una red de remisiones sin la cual no es posible hablar de significado. La imposibilidad de apelar a un punto de anclaje del sentido no implica su fuga al infinito. Hay que evitar pensar al autor como una instancia más dentro de la situación específica del discurso literario ni pensar que algún tipo de trascendencia respecto del texto dará la clave de algún modo de autoría, pues esta no se reduce a una configuración meramente lingüística de la enunciación ni puede identificarse con una interrogación sobre el estatuto social, cultural o institucional de escritor. Si la crítica no puede prescindir del autor es ante todo porque funciona como “operador” que apunta a la verdad de los textos. Y si puede hablarse de obra y no solo de textos, dice Topuzian, es porque en la literatura hay también verdades cuya realización es tarea de la crítica. Pero también es tarea de la crítica (y especialmente de la teoría) preguntarse por el tipo de verdades que la literatura construye y la relación de esas nociones de verdad con una noción de sujeto adecuada a una metodología de la investigación literaria.

Muerte y resurrección del autor no es una obra de lectura sencilla. Es un texto eminentemente teórico con una sintaxis compleja. Ofrece un mapa de la teoría que intenta abordar todos sus rincones. Con la lupa puesta en los textos que intervinieron en uno de los debates de mayor alcance en los estudios literarios, logra hallar la crítica disruptiva que cada autor realiza en la infinita red de remisiones (pues los teóricos de la literatura también son autores en el tejido intertextual). Y a su vez sabe encontrar el recoveco en el que se cuela la visión que se intenta derribar. Así como se acerca a los detalles de las propuestas teóricas, expone una gran destreza para alejarse lo suficiente y aportar, desde una amplia perspectiva, una visión coyuntural de cada intervención. Como resultado de una investigación, es un punto de llegada, pero también puede resultar un excelente punto de partida para investigadores o estudiantes que pretendan conocer la polémica e ingresar a las lecturas de los principales epígonos y continuadores de Barthes y Foucault que hicieron del autor su principal preocupación.

La temática del autor (desde todas las perspectivas analizadas en este libro) salpica -o arrastra consigo- otras problemáticas propias de los estudios literarios que, al igual que el tópico en cuestión, se vinculan con el funcionamiento de las instituciones literarias, las políticas de investigación y el mercado editorial. Si bien Topuzian no se centra en las nuevas formas de circulación de textos en la Web, no pierde oportunidad de vincular los postulados teóricos con las transformaciones en los modos contemporáneos de acceso a los textos, que según él, imposibilitarían la concepción del autor como mero foco de una unidad intencional. Y aunque no se dedique especialmente a la virtualidad, presenta un camino de lecturas e hipótesis insoslayables en un horizonte de redefinición de la cultura escrita.

Notas

[1] Las reacciones contra el modelo de la historia literaria, basado en el recuento de fuentes y en la contextualización histórica y social, con especial foco en el autor aparecen en textos de Barthes previos al de 1969. Topuzian observa ya un distanciamiento a dichos modelos en Sobre Racine (1963), Ensayos críticos (1964) y Crítica y verdad (1966).

[2] Recordemos que en ese artículo, Barthes entiende la narración como la instancia en donde se integran las unidades de los niveles inferiores.

[3] El término es de Marcelo Topuzian.

[4] Cfr. p. 208.