Spoilers de final de temporada

Futuro pasado de la teoría

por Marcelo Topuzian

Frente a las pretensiones internacionalistas e, incluso, universalistas de la teoría en su época clásica, hoy su fragmentación e insularización son evidentes. Pero no son solo geográficas, sino, sobre todo, disciplinares e institucionales: la difusión de los estudios culturales hizo en su momento proliferar, entre las humanidades y las ciencias sociales en general, la actitud teórica; el perfume de la teoría aparece por doquier, aunque a ella –cual Greta Garbo de los estudios literarios– se la ve cada vez menos en persona.

La muerte de la teoría es un fenómeno singular. No es como la Muerte de una disciplina de la que habla Gayatri Chakravorty Spivak (2003) en su libro sobre el estado actual de la literatura comparada: no está simplemente desactualizada en un mundo en que las conexiones transnacionales se han vuelto algo cotidiano y trivial. Es interesante comparar ese libro de Spivak con los lamentos de Terry Eagleton en Después de la teoría (2003): si la teoría nace de la crisis de las humanidades tradicionales, del acabamiento de sus pretensiones idealistas de ser el reservorio espiritual de la humanidad y de una idea de la literatura como sede de valores absolutos –simples máscaras de sus constitutivos imperialismo, sexismo y conservadurismo–, y por esto aquella coincide con el momento de más alta politización izquierdista de los estudios literarios, su muerte consistiría en la dispersión de esa politicidad; tras el ‘giro cultural’, la política fluye en los estudios literarios y se vuelve inespecífica, difusa y abstracta, dado que cualquier cuestionamiento de cualquier normatividad es inmediatamente definido como político, dice Eagleton. La teoría moriría, entonces, por haber triunfado: ella se ha dispersado en un conjunto de disciplinas y de prácticas, se ha generalizado, y por eso ha desaparecido en tanto tal. Entre lo inactual y lo actualísimo, entre la difusión máxima y el universalismo, la teoría se sustraería hoy al juego clásico de la novedad en los estudios literarios: de aquí que, a los habituados a ellos, nos parezca muerta: Garbo zombi.

¿No murió, entonces, la teoría? Extraña muerte que puede equivaler tanto a su pérdida total de hegemonía como, al contrario, a su dominación y expansión tan marcadas y completas que la han vuelto imperceptible, como el aire que respiramos.

¿Qué era la teoría?

La teoría tiene una larga genealogía. Pero aquí no nos hace falta caer en una nueva explicación de sus orígenes que nos llevaría, por lo menos, hasta Aristóteles; para eso está Wikipedia. Para lo que nos interesa ahora, la palabra ‘teoría’ la usa ya Shklovski en “El arte como artificio”, preocupado por establecer una nueva distribución, un nuevo reparto –tras la experiencia romántica– entre racionalidad y sensibilidad en literatura. Pero el uso que me parece, históricamente, más significativo es el de Louis Althusser (1965). A veces nos olvidamos de su importancia en la historia de la teoría literaria: Foucault y Derrida estudiaron en la École Normale Supérieure, donde enseñaba. Su influencia fue capital en el marxismo británico de los años 60 y 70, en Eagleton y Stuart Hall, es decir, también en los estudios culturales ingleses; y también, por supuesto, en Latinoamérica: un libro central de la teoría literaria latinoamericana como Producción literaria y producción social, de Noé Jitrik (1975), no habría existido sin Althusser.

Por supuesto que en La revolución teórica de Marx de 1965 (traducción latinoamericana más explícita que el lacónico Pour Marx francés), la teoría de la que hablaba Althusser era el materialismo dialéctico, no la teoría literaria. Sin embargo, reconoceremos varias familiaridades. Como Althusser estaba interesado en desembarazar el marxismo de todo el lastre historicista e idealista decimonónico para convertirlo en nuevo órganon de las modernas ciencias sociales revolucionadas por el estructuralismo, sostuvo que no es una determinada concepción de la historia o de la sociedad lo que lo define como tal, sino una lógica, un modo de pensar la contradicción que es estructuralmente común a la práctica teórica y a la práctica política marxistas. Entiendo que en esta idea althusseriana de la teoría está el germen de la modalidad de politización a la que hace un rato se refería Eagleton: la filosofía puede tener un carácter transformador y revolucionario más allá de cualquier simplificación sobre su capacidad de influencia sobre las conciencias, porque ella es capaz de producir verdadero conocimiento objetivo como resultado de sus operaciones sobre la ideología. La teoría es necesaria precisamente porque el conocimiento no es de naturaleza meramente positiva a partir de una captación empírica pretendidamente desinteresada de los objetos por parte de una conciencia virgen, sino fundamentalmente negativo: el objeto de conocimiento se construye a partir de un trabajo disruptivo, transformador, que opera en el medio mismo de la ideología (de aquí la figura del “corte epistemológico”, que Althusser toma de Bachelard). Reconocemos aquí el modo en que la teoría literaria solía operar sobre las preconcepciones estéticas de lo literario, desde el realismo artístico y el ‘pensamiento por imágenes’ de Potebnia para el formalismo, a la historia literaria y la crítica temática para el estructuralismo. La teoría es, así, un modo de plantear los problemas, no un campo de estudio aparte; hay aquí una lección, sin dudas, sobre la difícil institucionalización de la teoría, aquí y allá, ya sea en cátedras, departamentos, centros e institutos, especialmente si la comparamos con su herencia aparente, los estudios culturales.

Las prácticas, teóricas o políticas, del marxismo suponen para Althusser una teoría común, pero no la afirman explícitamente, solo la muestran, la señalan, aunque no la dan a conocer. Corresponderá al filósofo explicitarla; y algo parecido dice Althusser sobre el arte y la ideología en la famosa carta a André Daspré sobre el conocimiento del arte, campo en el cual entiendo que la explicitación corresponde al crítico teórico. La teoría es el trabajo de construir los enunciados teóricos correspondientes a esas prácticas (el activismo y el pensamiento marxistas, la literatura y la crítica literaria), que ellas solo señalan: es conocimiento verdadero de esas prácticas. ¿Y por qué es necesaria? Porque las prácticas en acción necesitan su concepto de ellas mismas, afirma Althusser, “para no encontrarse desarmadas frente a las formas cualitativamente nuevas de este desarrollo (situaciones nuevas, nuevos ‘problemas’), o para evitar las caídas o recaídas posibles en las diferentes formas del oportunismo”. Según este modelo, la teoría sería capaz de producir conocimiento en áreas sustraídas todavía al movimiento de las prácticas efectivas, e incluso de originar prácticas anticipando sus “condiciones formales”. Las salidas eclécticas y más o menos oportunistas de la crítica literaria académica reciente frente a las situaciones nuevas y los nuevos problemas son la muestra más clara de lo acertado, en este punto, de la perspectiva de Althusser.

La teoría explicita, entonces, las condiciones formales de posibilidad de las prácticas, pero no las sobrevuela desde afuera: ellas mismas la señalan como tal, digamos, ‘preconceptualmente’. Un mismo movimiento dialéctico, negativo, opera en todo este proceso de producción de conocimiento, por el cual la teoría en cierta forma se deduce de las prácticas a las que habilita a conceptualizar.

Futuro pasado de la teoría

Un punto de llegada de este recorrido que se inicia con Althusser podría ser, quizás inesperadamente, la obra de Paul de Man. Uno de los puntos de partida de “La resistencia a la teoría” (1982) era la dificultad para establecer los límites del corpus teórico, dado lo habitual de la dependencia de la teoría, históricamente hablando, de definiciones más o menos sustanciales, pre-críticas, es decir, ideológicas, de lo literario, a pesar de sus aspiraciones formalizantes al conocimiento de la generalidad. Pero De Man no acepta todavía sin más, en 1982, lo que muy pronto sería el veredicto de los estudios culturales sobre la única vía de legitimidad de un discurso teórico-formal sobre las prácticas, que es, exclusivamente, el que reitera interminablemente la pertenencia siempre situada y contextual de aquel (Grossberg 2010). Desde el punto de vista de la teoría de los estudios culturales, esta contextualización radicalizada es también definitiva, y por tanto ya no puede redundar en una nueva necesidad de teorización, como suponía Althusser, sino más bien –como ha quedado demostrado– en el retorno oportunista al historicismo literario y a la sociología de la literatura, aunque sin servirse de esas denominaciones. Por el contrario, de Man insiste en reclamar a la teoría una coherencia general impersonal que le permita desplazar lo que él sigue considerando sustancialidad ideológica; y en esto, De Man procede a la manera del materialismo dialéctico tal como lo entendía Althusser. De hecho, de Man seguiría entendiendo explícitamente la teoría como una manera de desarmar o destruir aberraciones ideológicas, aunque, según él, estas tengan que ver, ahora, simplemente con confundir el lenguaje con la percepción de la realidad efectiva. Spoiler de final de temporada: Paul de Man es… Althusser.

Para de Man la teoría sigue implicando desde el inicio el corte epistemológico de una consideración especificante de lo literario, que trata de dar con ello a través de la superación de las ideologías estéticas gracias a las estrategias de formalización que le proporciona la lingüística estructural; pero a la vez no puede sino cuestionar sistemáticamente, y de manera recursiva, las lógicas estéticas de la autonomización del lenguaje literario como algo cualitativa, sustancialmente distinto de otros usos –más ‘triviales’– del lenguaje. Según de Man, hay una diferencia fundamental entre la estética de la autonomía literaria y la literariedad tal como la piensa la teoría: la que va de “imaginar significados”, aunque estos sean los propiamente estéticos, ligados son la sensibilidad, la emoción y la subjetividad, a “leer” significantes sin términos positivos, solo definibles diferencial y opositivamente, según la larga estela de la herencia saussuriana. Sin embargo, de Man también es consciente de que no hay tal punto definitivo más allá del significado, más allá del esteticismo literario: considera inevitable que la atención concentrada en el medio lingüístico derive en algún tipo de formalismo estetizante.

Conocemos la conclusión de de Man: la teoría literaria no puede formar parte sin más del universo de la ciencia social (este era el proyecto estructuralista, tal como podía entenderse a partir de la inspiración de Althusser) porque ella misma opone resistencia a su realización como conocimiento positivo. La negación, que en Althusser era garantía del corte epistemológico y de la fundamentación del marxismo como ciencia estructural, es en de Man, como consecuencia llevada al extremo de los presupuestos de la lingüística estructural –desde el valor saussuriano a la différance derridiana–, indecidibilidad radical de la lectura: si la lingüística estructural nos mostró lo arbitrario de la irrupción del significante en lo real, es decir, que el lenguaje no está hecho a la manera del mundo –no está hecho para representarlo directamente, por ejemplo–, no cabe que la teoría nos proponga, gracias a sus recursos interpretativos, un acceso reconciliado al mundo desde los resultados confiables de la interpretación literaria. En la teoría, donde Althusser veía la posibilidad de un fundamento de las prácticas a partir del estudio de sus condiciones formales, de Man ve, por el contrario –pero simétricamente–, la más radical y definitiva desfundamentación de cualquier pretendido saber acerca de la literatura: la teoría literaria, atenta al espesor retórico de la lengua, a sus resistencias a la significación, es decir, en última instancia, a la lectura –tal como de Man la concibe, en abierta confrontación con las teorías de la recepción–, no puede ser más que teoría de la imposibilidad de la teoría –en el sentido althusseriano al menos, es decir, de la imposibilidad última del corte epistemológico en lo que a literatura, lenguaje y lectura se refiere.

El famoso artículo de Paul de Man se cierra con una declaración oracular: “la teoría literaria no está en peligro de hundirse; no puede sino florecer y, cuanta más resistencia encuentra, más florece, ya que el lenguaje que habla es el lenguaje de la autorresistencia. Lo que sigue siendo imposible de decidir es si este florecimiento es un triunfo o una caída”. Nos encontramos, parece, ya en los años ochenta, ante un diagnóstico similar al del dualismo actual del que hablábamos al principio: ¿puede ser que la teoría muera precisamente por alcanzar una difusión máxima? Sí: en efecto, es difícil encontrar hoy investigaciones que no estén teóricamente más o menos enteradas, incluso las plenamente enmarcables dentro de una historia literaria rediviva como tarea por excelencia del crítico y el investigador literarios. ¿Pero se puede decir que la teoría ofrezca resistencia a sí misma en estos usos actuales a la manera en que la entendía de Man?

Si recordamos que la teoría pudo pensarse como la vía académica de una pretensión de delimitación formal de lo literario a partir de una deformación específica de aquello que se define como su medio más propio, el lenguaje, y de este modo se constituyó como análisis de las condiciones materiales de su significación, que a veces pudieron extenderse a las condiciones de toda producción de sentido; y si, siguiendo a de Man, entendemos que un análisis radical de esas condiciones no puede sino terminar cuestionando su mismo punto de partida en tanto posibilidad fundada de su formalización sin resto, dado que las relaciones entre lenguaje y mundo fenoménico, entre significante y referente, se caracterizan precisamente por su descoordinación, por su falta de coincidencia, por su diferencia radical, entonces, en la creciente falta de resistencia a la teoría, en el marco de aquello que se suele resumir como el ‘después de la teoría’ e incluso como su ‘muerte’, deberíamos encontrarnos con un desplazamiento de este modo general de pensar la disciplina, más allá de la cuestión específica de sus usos de la metodología y la terminología de la lingüística estructural y sus derivados. Lo que hoy vemos proyectado, en teóricos tan diferentes entre sí como Eloy Fernández Porta, Josefina Ludmer o Dominique Maingueneau, entre muchos otros, ya sea como evoluciones del objeto, de la cosa literaria, que por su mismo despliegue nos impediría a los críticos seguir leyéndola como lo veníamos haciendo –según los reiterados ‘ya no’, ‘ya no’ de “Literaturas posautónomas” de Ludmer–; ya sea como modificaciones del estatuto institucional de los estudios literarios y de sus afiliaciones epistemológicas (con las humanidades tradicionales, con la lingüística estructural, con las ciencias sociales en sus desarrollos más o menos actuales, con las herramientas digitales), lo podemos pensar en el elemento mismo de la teoría, es decir, en el de la elaboración conceptual. Pero esto implica desplazar la idea misma de que la teoría se ocupa de las condiciones de producción de la literatura, de que esa elaboración consiste privilegiadamente en un trabajo negativo sobre una práctica significante que es más o menos reflejo del que esa misma práctica llevaría a cabo sobre la realidad. Lo que muere hoy en la teoría es la idea de que el foco que en última instancia justifica y legitima el estudio de la literatura por parte de la crítica, y del que ésta en cierta forma emana, es una resistencia de la significación respecto de ella misma que se encarna en la literatura a través de lo que se supone es su trabajo sobre la ideología, y cuyo medio por excelencia es la lectura. La teoría sería capaz de reponer en la literatura un momento original, genético, pero en el plano estrictamente formal: el del lenguaje poniendo a significar lo real, construyendo el orden y el reparto de las significaciones del mundo.

Si el medio por excelencia de la literatura es el lenguaje, y a la vez en ella se postula una resistencia respecto de sí de aquello que el lenguaje le hace al mundo, que es ponerlo a significar, es decir, construirle un sentido y un orden, pero completamente arbitrarios y constitutivamente desgajados de lo real, la teoría tiene que ser, entonces, el momento de la crítica literaria en que, en cada lectura efectiva, se recupera este mito lingüístico del origen del mundo. Sin embargo, hoy varias zonas de nuestra experiencia social e histórica conspiran contra la credibilidad de este mito de origen reactualizado en cada lectura. La idea de que el lenguaje construye la realidad de manera inmanente, que la produce –sobrepasadas las simplificaciones que a este propósito se identificaron con el llamado ‘posmodernismo’–, nos resulta crecientemente inverosímil; salvo, por supuesto, en el campo de los estudios literarios, donde a propósito de la literatura seguimos hablando de la construcción del narrador y de los personajes, de la producción del sujeto, de la construcción de los espacios y la temporalidad, de la producción de sentido, y desde lo metodológico, de la construcción de los objetos de investigación y del carácter también construido de la misma literatura. Y cuando nos interesamos en la recepción y en el consumo literarios, lo hacemos para inmediatamente cantar loas al carácter productivo de la lectura, a cómo el receptor construye, en realidad, el hecho literario hasta no hace mucho considerado exclusiva manufactura del autor. Toda esta retórica productivista y constructivista que embarga los estudios literarios como resultado de la herencia teórica estructuralista y posestructuralista, y de su paradigma lingüístico constitutivo, pretende recubrir con esta proliferación de figuras, con esta exagerada mímica, la desconfianza que nos genera la idea de que nuestro estar en el mundo depende solamente del establecimiento de un orden autónomo de significación, de que necesitamos dotar más o menos adánicamente de sentido al mundo para vivir, y sobre todo de que una intervención crítica sobre la realidad depende de una desnaturalización cualquiera de ese orden cualquiera, de una recuperación vacía y abstracta de ese momento mítico original de arbitrariedad y de inmanencia, de deslizamiento radical del sentido, que suponemos está siempre en su origen perdido; y, finalmente, de que no hay nada mejor que la literatura y la lectura para hacer esto.

Solo tomarse en serio la decadencia de este verdadero idealismo de lo simbólico y atravesar este ‘autoimaginario’ de la teoría literaria podrá confirmar si la disciplina está cancelada o es capaz de renovar por una o varias temporadas más.

Referencias

Althusser, Louis. 1965. La revolución teórica de Marx. México: Siglo XXI, 1967.

De Man, Paul. 1982. “La resistencia a la teoría”. En La resistencia a la teoría. Madrid: Visor, 1990.

Eagleton, Terry. 2003. Después de la teoría. Barcelona: Debate, 2005.

Grossberg, Lawrence. 2010. Estudios culturales en tiempo futuro. Cómo es el trabajo intelectual que requiere el mundo de hoy. Buenos Aires, Siglo XXI, 2012.

Jitrik, Noé. 1975. Producción literaria y producción social. Buenos Aires: Sudamericana.

Spivak, Gayatri Chakravorty. 2003. Muerte de una disciplina. Santiago de Chile: Palinodia, 2009.