Horizontes liberadores

Presentación del número 30

por Grupo Luthor

La decisión de que este número de Luthor funcione como un espacio de reflexión sobre las condiciones actuales de la “teoría literaria” obedeció a muchos motivos. Desde su origen nuestra revista buscó plantarse lo más firmemente posible en el territorio arenoso de la teoría, lo que implicaba oponerse a la idea de que se trata de una forma discursiva condenada a morir con el postestructuralismo francés. Aunque nunca dejamos de considerarnos una revista “de teoría”, el significado de esas palabras no dejó de variar con el paso del tiempo. ¿Hacemos teoría porque nos consideramos herederos de la Gran Tradición teórica del siglo XX? ¿Hacemos teoría porque queremos mostrar que esa Gran Tradición no agotó el horizonte de problemas que supo abrir? ¿Hacemos teoría porque consideramos que sólo a partir de la reflexión teórica pueden desarrollarse metodologías creativas para el análisis de objetos puntuales? ¿Hacemos teoría porque creemos que es inevitable hacerlo? ¿O es sólo porque nos gusta?

Las preguntas se podrían multiplicar y todas ellas contendrían al menos una parte de la verdad. Una respuesta que abarcaría a varias de ellas es: hacemos teoría porque implica un mayor grado de libertad que cualquier otra alternativa más o menos establecida de los saberes acerca de lo literario, lo ficcional y/o los fenómenos culturales en general. La teoría, en su permanente fluir entre el ser y el no ser, entre el cientificismo formalista y el cajón de sastre, la caja de herramientas y la formulación de grandes preguntas, la jerga especializada y el chamuyo más desvergonzado, no plantea límites de ningún tipo, ni siquiera respecto de lo “literario”. Del tan comentado y analizado (a veces, en estas mismas páginas) debate entre Roland Barthes y Raymond Picard ¿qué nos queda, si no es la afirmación de Barthes de que puede hablar de lo que se le antoje?

Entonces, ¿podemos decir acaso que existe un ocaso de esta libertad teórica? En la entrevista que le hicimos para este número, Miguel Dalmaroni señala que por la situación institucional de los últimos años, con el considerable crecimiento del CONICET en la última década (hoy desfinanciado por el gobierno de Cambiemos), muchos investigadores y estudiantes de posgrado sienten que el vértigo producido por las preguntas teóricas es un riesgo que no se puede correr frente a la mirada de evaluadores. Yendo hacia atrás, Juan Manuel Lacalle y Majo Migliore se refieren a las consecuencias de la inestabilidad política en los vaivenes de la formación en teoría literaria ofrecida por la Universidad de Buenos Aires. A su vez, es posible preguntarse si, en cierto modo, la canonización más o menos terminada de un corpus teórico implica también una limitación tácita. Ser especialista en teoría literaria entonces no es ser capaz de elaborar determinado tipo de problemas, sino únicamente conocer bien la historia, los cruces y las biografías intelectuales de quienes “hicieron” teoría. Se espera de él o ella lo mismo que se espera de un especialista en una determinada literatura: que pueda ordenarla, mostrar lo que en ella no salta a la vista, periodizarla y explicarla con claridad frente a personas de diferente grado de especialización.

Podemos también pensar en el tópico del ocaso en otro sentido. Existe la sensación de que es más difícil ubicar en el presente grandes líneas teórico-metodológicas. Esto es lo mismo que hablar de la decadencia del rock por la mayor dificultad de encontrar grandes bandas como las que existían en los ‘80-’90s. En ambos casos, el argumento es rebatible (sí, existen escuelas teóricas vivas y funcionando hoy, lo mismo que bandas de rock para todos los gustos), pero esto no implica que carezca por completo de efectividad. Lo mismo que con el rock, la sensación de que había una forma de estar “adentro” de su Universo, que las grandes bandas explotaron como nadie, ya no se desprende con facilidad de una serie de marcas identificatorias establecidas.

Si hablamos de teoría y libertad, sin embargo, parece que estamos dejando de lado algo que estuvo muy presente en los primeros años de esta revista, y es la relación entre teoría (literaria) y ciencia. La ciencia, solemos pensar, es la antítesis del discurso libre. En este número, Pablo Luzuriaga reflexiona sobre la interacción entre ciencia y teoría a partir de los textos de Jean-Marie Schaeffer. Ya no se trata, claro está, de la lingüística estructural, sino de las formas en las que el conocimiento de ciertos aspectos de la biología interactúan con las preguntas que la teoría quiso instalar en determinado momento y desmontan las falsedades ideológicas del imaginario estético. Desde otro ángulo mucho más tradicionalista, los parámetros de la filología más cientificista (en el sentido de rigurosidad metodológica) parecen seguir representando un espacio “otro” (a menudo hostil, pero no siempre) a la teoría que también ponía en juego su libertad y su existencia.

¿Pero sigue viva esta tensión? En su artículo, Marcelo Topuzian señala que la dispersión de la teoría, a partir de su transformación en estudios culturales y su recorrido por diferentes instancias de institucionalización parece debilitar la resistencia que, según Paul de Man, era constitutiva de su existencia. A nivel más general, como hemos señalado más de una vez desde estas páginas, es la ideología lo que parece justificar con más claridad la “misión” de la teoría y la justificación de su importancia. En una entrevista de 2014, Fredric Jameson señalaba que, desde su perspectiva, la teoría se diferencia de la filosofía porque esta última, en su sentido propio, es metafísica, y la metafísica siempre es ideológica. La teoría, en cambio, es consciente de su propio lugar de enunciación e intenta (quizás vanamente, dice el mismo Jameson) salir de esta posición ideológica. ¿Es la misión de desmontar las construcciones ideológicas (por ejemplo, las del capitalismo patriarcal tecnocrático especista) lo que justifica la existencia de la teoría? ¿Es libre la teoría sólo en la medida en que esta libertad sea puesta en funcionamiento para una crítica de la ideología más eficaz? ¿O, más adornianamente, la libertad de la teoría es en sí misma una forma de crítica de la ideología incluso cuando se ocupa de temas que no parecen a priori vinculables con problemáticas ideológicas?

No son las únicas alternativas para encarar el problema. Estas formulaciones no parecen otorgar un lugar privilegiado a la dialéctica entre método y objeto en la que también ha sabido encontrarse una tierra fértil para las preguntas teóricas. El interés que hemos mostrado, y seguiremos mostrando en esta revista para pensar objetos como videojuegos, canciones, cómics o series de TV, además de ser un ejercicio de la libertad, es también una forma de resaltar los problemas teóricos que surgen de estas dinámicas y que no necesariamente van por el camino de la crítica de la ideología. En estos casos, la teoría funciona a menudo como un marco general para preguntarse por lo que sucede al transferir conceptos entre disciplinas o subdisciplinas. Aunque quizás el menos declarado, este es probablemente uno de los ángulos más explorados en Luthor desde su creación en 2010. La vieja definición de la teoría como “caja de herramientas” tiene mucho que ver con esto. La libertad de la teoría, en este sentido, no depende de su misión anti-ideológica ni de la resistencia que se ejerce sobre ella, sino de la fabricación autorreflexiva de formas de leer, de escuchar, de mirar y de jugar utilizando componentes importados de cualquier zona de la realidad que esté a mano, ripe for the taking.

Queda una cuestión más. La cuestión de si se puede hablar o no de “método” en las ciencias humanas siempre trae de la mano la respuesta que no, que sólo podemos abrirnos a las preguntas que surjan de nuestra interacción con el mundo. La libertad de la teoría y la posibilidad de su ocaso entonces implicaría dilucidar si las grandes preguntas que alguna vez la definieron (¿qué es la literatura?, ¿qué es un relato?, ¿qué es el lenguaje?, ¿qué puede decirse de la literatura que sea verdadero?, ¿qué es la ficción?, ¿por dónde empezar?, etc.) están desde hace un tiempo relegadas frente a otras preguntas de alcance más modesto.

Si queremos mantener la amplitud de miras, se abren dos caminos: retomar las viejas preguntas con la esperanza de proveer respuestas nuevas, o plantear preguntas nuevas igual de ambiciosas. Para nosotros, ambos confluyen, ya que la única forma de recuperar el significado y el poder de esas viejas grandes preguntas es a través de otras preguntas que provengan de nuestro propio horizonte. De ahí nuestro interés en las preguntas sobre el estatuto de la ficción y las cuestiones que surgen cuando se la enfoca como objeto central de la reflexión teórica.

Dicho en pocas palabras, no creemos que haya ni un “ocaso” ni un “después” de la teoría: fue una excusa para armar este número, y estamos altamente satisfechos con los resultados.