En busca del lenguaje “argentino” del heavy metal (o cómo escribir teoría del heavy ¿nacional?)

Reflexiones sobre Se nos ve de negro vestidos: Siete enfoques sobre el heavy metal argentino (GIIHMA)

por Romina Wainberg

Palabras preliminares.

El lenguaje argentino del heavy metal no existe… Todavía. Se nos ve de negro de vestidos (SNVNV), escrito por miembros del Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (GIIHMA), compilado por su coordinador Emiliano Scaricaciottoli y publicado por La Parte Maldita en 2016, constituye el primer paso en la superficie de esa búsqueda [1]. Dicho mejor, es a la vez la apertura del espacio textual y el manifiesto de su pertinencia. A pesar de parecer la pertinencia de la búsqueda su condición de posibilidad, voy a apurarme a sugerir lo contrario: Es en virtud de que se cree que la “pertinencia” es sustancial para abrir el espacio de la teoría del heavy metal que se refrena la propia posibilidad de una teoría del heavy metal [2]. Es en la medida en que el manifiesto de esa relevancia incide en el nivel de la escritura que la escritura metálica galopa menos de lo que se agazapa.

En la solapa del libro y en el “Ajuste de cuentas” con que Scaricaciottoli antecede los artículos que compila, se ofrecen razones por las cuales es menester que exista una teoría del heavy de inflexión argentina. Estas razones son: la imposibilidad de forzar conceptos de la teoría del metal británico en el heavy local, el costo de hacer ingresar a la currícula el heavy metal como objeto de estudio, la impertinencia de la identificación del metal con un mero “objeto” de irrealidad analítica y la miopía unidimensional de los discursos existentes sobre heavy argentino; la mayoría de los cuales proviene de instituciones académicas o de la prensa cultural especializada. Amén de la contradicción entre algunas de las justificaciones previas [3], lo que señalan es la presunta necesidad de su propia aparición en la inauguración de la teoría del heavy nacional.

Esta necesidad puede ser entendida de dos formas: primero, como un modo de despertar en el desconocedor un interés por el heavy metal vía su dignificación. Segundo, como una manera de enmascarar en retrospectiva y de menospreciar la omnipresencia de un motor consustancial a la escritura del libro pero inmune a la lógica marketinera de la pertinencia: LA PASIÓN. A pesar de que Scaricaciottoli invoca este motor dos veces, cuando dice estar involucrado hasta la pija (14) y cuando repone el verso que antecede el del título del libro: “Por sentimiento, locura y pasión / se nos ve de negro vestidos” (15); esa invocación no le parece suficiente excusa. En otras palabras, se supone que se requiere todavía de algo así como un “justificativo razonable” –y es la academia, no el heavy metal, la que exige la ridiculez de este tipo de justificativo– para autorizar la apertura de un territorio y el otorgamiento de una dignidad a la teoría del heavy argentino.

Esta vergüenza academicista por el apasionamiento, rastreable en la necesidad de auto-excusarse, obtura la potencialidad del lenguaje futuro del heavy metal argentino. Aparece, como se dijo y como se verá, como un problema en el lenguaje. No obstante, esta voluntad de enmascaramiento de la pasión no anula un hecho ineludible: Se nos ve de negro vestidos es a pesar de sus coartadas el epifenómeno, la materialización, uno de los modos de devenir o de ser de esa misma pasión no reductible a la lógica de los motivos razonables. Es al menos en parte el exceso consustancial a ese apasionamiento: su testimonio; y es por las preguntas que el apasionamiento permite abrir, por la cadencia con que esas preguntas ocupan de pronto la superficie textual, que vale la pena leerlo. Escuchar su musicalidad. Verlo volver a interrogarse por lo que cierto ejercicio acomodado de la teoría y de la crítica considera cosas de niños o de aficionados. O de amantes.

Como ensayaré elucidar, es en las instancias de suspensión de esa pasión que el libro pierde ímpetu; o se confunde con otros textos-que-tematizan-más-o-menos-académicamente-X. No obstante, es en la tensión entre su residuo academicista y su voluntad de abandonar el nido de la academia que el libro abre el territorio de un desplazamiento posible; haciéndose o por hacerse… Se nos ve de negro vestidos es fiel a la pasión en la medida en que opera ese desplazamiento y viceversa. Los apartados que siguen militan la dimensión apasionada del libro y cuestionan, para volver a convocarla, los intervalos de su ausencia.

Introducing… Se nos ve de negro vestidos: siete enfoques sobre el heavy metal argentino.

La brevedad de este apartado está fundada en la síntesis explicativa de otro: un extracto del prólogo que Sandra Gasparini escribe para el libro del GIIHMA. Sus párrafos centrales son lo bastante claros para explicar que, en las páginas de SNVNV,

…se abordan lecturas del heavy metal argentino ya sea como tribu urbana, como sistema de metáforas, como conjunto de prácticas y enunciados alrededor de un personalismo que ronda la figura de Ricardo Iorio, como modo de resistencia y de discusión con los aparatos de control y en su tensión con ellos … Si bien la escena local tiene representantes de varios subgéneros del heavy metal los ensayos aquí compilados merodean un corpus cuyos límites se dibujan mayormente en el ámbito de la poética del compositor, vocalista y bajista Ricardo Iorio en V8, Hermética y Almafuerte. Los autores abordan un conjunto de problemas que surgen de la letrística, como la representación de sujetos sociales, realización de motivos tan clásicos como el del viaje o bien la inserción de la música heavy en el mercado de bienes culturales (10-11).

Las palabras de Gasparini son a sus fines sintéticos tan eficaces que hasta permiten adelantar de qué habla el libro cuando se refiere a “heavy metal argentino”. Ninguna definición rigurosa o historiográfica del concepto es imprescindible a este análisis, en la medida en que: por un lado, SNVNV se hace cargo de que la definición de heavy metal argentino siempre excede el corpus que la publicación escruta y de que, en cuanto que selección, este corpus no puede sino hablar de lo que es el heavy metal en forma metonímica. De manera complementaria, SNVNV justifica la selección de su corpus específico a través de varias aristas de un recorrido histórico que demuestra, como si al metalero hiciere acaso falta, que las bandas que analiza el libro son representativas. Por último, SNVNV arguye que esa presunta representatividad de las bandas que elige es ella misma discutible como criterio de selección en la medida en que el concepto de heavy metal argentino es poroso: no reductible al concepto de “género” en cuanto que éste no cesa de señalar su deuda a un servilismo mercantil o a un sustancialismo cuyo rechazo el libro tematiza.

En todo caso, el análisis de las bandas que el libro estudia caracteriza al heavy metal argentino, antes que como un género, como una subcultura de la violencia de género [4] (112). Una cultura de la resistencia que, por ser un núcleo o un puño duro, no cesa de hacer espacio potencial para “los que están podridos de aguantar” (V8, “Brigadas metálicas”). Si la elección del corpus no es explicable entonces en términos de representividad ni de esencialismo –en conformidad con el cual las bandas elegidas serían arquetipos de lo que debe entenderse por heavy metal–; ¿en qué clave puede aprehenderse la selección de bandas de SNSNV y buena parte de sus hipótesis?

Vuelvo a ensayar mi corazonada: la pasión. El involucramiento pasional –y no sólo ni, diré, primordialmente político– hasta la pija. El imperativo incluso para-ideológico de evitar el ablande, una urgencia inalienable de una ética o una fe; o ese modo propio de existir de la fe que hace incluso al ateo-por-izquierda decir: “Acá está la religión” [5].

La falsa paradoja preliminar o “la distancia entre cómo se dice que se hace y cómo se hace [teoría del heavy metal]”.

A pesar de que tanto el prólogo como el “Ajuste de cuentas” subrayan los méritos del libro, hay una tensión inquietante entre las palabras inaugurales de Gasparini y las de Scaricaciottoli. Esa tensión puede explicarse por la defensa que cada uno de ellos hace de dos modalidades diferenciales de la escritura. En sus párrafos prologares, Gasparini elogia al libro su capacidad de constatar que “lo heavy no quita lo académico”; tres páginas más tarde, Scaricaciottoli dice que el GIIHMA busca precisamente escindir sus producciones escritas de todo prestigismo académico como tal, en la medida en que el efecto de cientificidad que decantan los papers y las monografías le da asco. Como contrapartida, Scaricaciottoli rescata “las fauces terroristas del ensayo como plataforma de discusión” (15).

Lo que ocurre es claro. Gasparini ve en y elogia del libro aquello que Scaricaciottoli dice que el libro busca con esfuerzo evitar: sucumbir a la retórica acartonada de la monografía, volver a mamar de la convencionalidad academicista para hablar de lo que, en cuanto que a ella se resiste en su pluridimensionalidad insurrecta, merece ser escrito de otro modo. Lo inquietante en este punto no es, por supuesto, la contraposición entre el elogio de Gasparini a la dimensión académica y su condena por parte de Scaricaciottoli; ambas podrían coexistir como valoraciones divergentes respecto de un tipo de ejercicio del discurso crítico. Lo que parece paradojal es que Gasparini vea en el libro aquello que Scaricaciottoli anuncia que en el libro va a estar ausente. ¿Cómo puede explicarse la cohabitación de una y otra perspectiva, entonces, y qué añade esta cohabitación respecto del libro; en la misma medida en que su explicación no es capturable en la síntesis temática que Gasparini esboza en el prólogo?

En primera instancia, esta cohabitación de perspectivas podría entenderse como una diferencia entre explicitación de intención y diagnóstico/resultado. Es decir, si bien Scaricaciottoli puede aseverar que lo que hará el libro es X y B, que la manera en la cual SNVNV responderá a la pregunta por “el lenguaje ‘argentino’ de la música metálica” (15) será el ejercicio del ensayo; bien podría ser que el libro no colme las exigencias de su voluntad explícita. Bien podría ser que el GIIHMA haya ido en busca de (otra) escritura y haya vuelto de la búsqueda con los enfoques cargados de resonancias escolares. El anterior es un modo posible de disolver la paradoja: Gasparini puede ver academia en lo que Scaricaciottoli dice que busca ser ensayo porque la búsqueda del ensayo no garantiza la escritura efectivamente ensayística. La escritura de SNVNV puede ser entendida como el intento fallido de la encarnación del ensayo; y diganosticada por tanto como una escritura “terrorista en intención, pero academicista en encarnadura”.

Otro modo de disolver la paradoja, que se me hace a mi más justo en su carácter matizado, es que lo que Gasparini pondere sea una dimensión del libro que Scaricaciottoli no exalta sin negar por completo su existencia. Como Scaricaciottoli enuncia, ningún miembro del GIIHMA ocluye de manera cabal su paso por la academia; y es ese paso mismo el que permite la elección de un distanciamiento para con la máquina hedonista e iterativa de fabricar papers. Eso no significa, sin embargo, que el distanciamiento se opere o pueda operarse ya en una distancia abismal entre la escritura del heavy metal y la escritura académica. Si en efecto SNVNV es un primer intento apartado de sus antecesores, entonces es posible que haya dimensiones del libro que muestren todavía demasiado su deuda al discurso académico o sugieran demasiado tímidamente su fuga de ese presunto campo de concentración discursivo. Esas son las dimensiones que exalta el fragmento citado de Gasparini. A la par, es posible que el libro contenga fragmentos, párrafos o, dicho mejor, fraseos, que interrumpan el continuum del confort masturbatorio y resuenen más al lenguaje específico, apasionado y prometido de la música metálica.

Esta cohabitación de ambas dimensiones permite además entender la coexistencia de otro punto de tensión entre Gasparini y Scaricaciottoli: mientras que la primera identifica SNVNV como una transformación del objeto de la pasión en objeto de estudio, el segundo exalta la indagación a un sujeto de investigación que se encuentra menos ante la irrealidad de un X objetificable que atravesado por la materialidad de una fuerza desde la que se extrae la necesidad de la escritura. La primera fórmula aparece entonces como el correlato de un tipo de escritura académica; la segunda como la coartada que funda la necesidad de una tradición específica, hasta ahora inexistente, del ensayo argentino.

A la luz de este contrapunto de perspectivas, y a pesar de la disolución de la paradoja vía la comprensión de la lectura de Gasparini y de Scaricaciottoli como exaltaciones de dos dimensiones presentes ambas en la trayectoria de SNVNV, algo del orden de lo inquietante parece seguir resonando: ¿Cómo es posible que el diagnóstico general de la lectura Gasparini difiera tanto de la promesa de Scaricaciottoli?, ¿hay algún factor que permita explicar este diferimiento sin negar lo expuesto en los párrafos previos?. Creo que sí. Creo que lo que permite explicar la disonancia entre una lectura y otra es la fracción del espacio que ocupa en la textualidad de SNVNV la dimensión formal y no sólo temáticamente “terrorista”. Es decir, lo pocos que son los pasajes en los que la configuración y el acompasamiento del texto tienden a algo así como el lenguaje que promete el “Ajuste de cuentas” de Scaricaciottoli.

Una lectura enfoque por enfoque, contrastada con la descripción que hace de cada uno el prólogo de Gasparini, puede resultar útil a este respecto. En el prólogo, se enuncia que:

Los artículos de Manuel Bernal y Diego Caballero y de Juan Ignacio Pisano reubican a la figura del líder de Almafuerte como un sujeto bien enraizado en el siglo XIX: de la vida urbana a la ruralidad de Coronel Suárez (itinerario que es posible seguir en sus letras) y al planteo de lo rural como “instancia vital” Iorio propone al canto … en tanto palabra que se juega en relación con una verdad. Emiliano Scaricaciottoli analiza el cambio de subjetividades que trajo aparejada la crisis de 2001 y se pregunta qué imagen de Iorio, entre varias posibles, es más “real” a propósito de la emblemática estampa de la remera de Hermética de Darío Santillán (11) [6].

Un indicador posible de la distancia entre la ausencia de descriptivismo academicista que Scaricaciottoli promete para el libro y la efectiva aparición de ese descriptivismo en la configuración de los enfoques, es el corrimiento de éstos con respecto al resumen que de ellos aparece en el prólogo. En una palabra, si abro el texto de Pisano con la expectativa de encontrar la (tematización de la) proposición de Iorio del canto en tanto “palabra que se juega en relación con una verdad” y encuentro, en efecto y en términos generales, esa tematización à-la-trabajo-monográfico; entonces el diagnóstico de Gasparini no es desconcertante. Si, por el contrario, me acerco al texto con la predisposición de mi costumbrismo académico y el texto me recoloca en un sitio de perplejidad, entonces el resumen de Gasparini se me aparece pobre o, cuanto menos, inadecuado. En lo que constituye mi modesta lectura, abierta para ser combatida, salvo el escrito de Bernal y de Caballero y, sobre todo, el de Scaricaciottoli, todos los enfoques son poco sorprendentes con respecto a las expectativas anticipadas en el prólogo. Sólo el texto de Scaricaciottoli, con su escritura fragmentaria y acompasada, de momento ensayística y de momento académica, por parcelas incluso narrativa, deja a la síntesis de Gasparini desfasada en su ausencia de reverberación. Es decir, en el lugar mismo en el que el libro espera dejar a los resúmenes propios de las contratapas y de las reseñas. Los demás textos, estructurados en general por el didactismo de un orden cronológico, enfocados desde una perspectiva +/- historiográfica, sociológica y/o teórico-literaria, sostenidas sus posturas por citas a esta o aquella fuente de autoridad no ajena al cuartito en que se masturba la academia; parecen colmar el concepto mismo de lo que el “Ajuste de cuentas” impugna. Dicho sin rodeos: estos enfoques podrían ser monografías, artículos de revistas especializadas o trabajos finales de seminario.

Por si las generalizaciones y la altanería tonal del párrafo anterior pudieren dar a entender algo distinto de lo que quiero decir, aclaro: Esto no significa que el texto de Scaricaciottoli o el de Bernal y Caballero valgan más la pena que los otros; no se juega aquí una cuestión cualitativa en relación con la consistencia o la potencialidad analítica de los enfoques. No se juega, tampoco, un criterio de medición deudor de una idea de posibilidad de “ranking” entre textos y modos de acercamiento a la escritura. En todo caso (repito), lo que intento es una comprensión de la distancia entre el diagnóstico de Gasparini y la promesa de Scaricaciottoli; y sí, una crítica a la soberbia con la cual Scaricaciottoli desprecia a la retórica academicista para luego compilar aquello que, al menos por ahora, sigue pareciéndosele demasiado.

Esta crítica tiene asimismo el propósito de recalibrar el “asco” que Scaricaciottoli dice tener por la retórica del paper y dignificar (o matizar) el lugar de esa retórica en la búsqueda de un lenguaje futuro. Si, como sugiero en la introducción, el bagaje de la academia es condición de posibilidad de una escritura que desde ella se desplaza, si ese desplazamiento se produce no por fuera sino en la tensión misma entre un discurso hipostasiado por conocido y uno que es inminente empezar forjar; entonces quizás el problema no sea la retórica del discurso conocido sino la misma empleada para la función para la cual fue forjada en primer lugar. En otras palabras, quizás la retórica monográfica no sea desdeñable sino fértil una vez vuelta contra su circuito previsible en el mercadito intelectual y una vez entrecrucijada (término de Scaricaciottoli) con otros registros, perspectivas y modos de circulación de la escritura.

La falsa paradoja de la impostura “intelectual”: El problema de las interpretaciones políticas en retrospectiva.

Hay por lo menos dos problemas fundamentales que atraviesan Se nos ve de negro vestidos... Uno, que merodeo en los apartados anteriores, es el de la búsqueda de un lenguaje “argentino” del heavy metal; que redunda en una tensión entre habitación y desplazamiento de la retórica académica. Otro, que está atravesado por o atraviesa el primer problema, es el del tipo de exégesis que los enfoques operan sobre (las letras de) el heavy nacional. Este tipo de lectura es problemático en las instancias del libro en las cuales reviste las características de lo que llamo una impostura “intelectual”.

Una lectura como impostura “intelectual” está atravesada por tres instancias superpuestas: La primera de ellas es el intento de tomar distancia retrospectiva de un texto híper-conocido para verlo o colocarlo “en perspectiva” analítica; en este caso, es el gesto por el cual el que escribe sobre las letras de heavy –después de haberlas escuchado mil veces en bondis, juntadas y estadios–, pretende retornar a ellas desde cierta premeditada lejanía y desenterrar de/en su textualidad cierto sentido escudriñable. La segunda instancia es la imposibilidad –aquí, del metalero-involucrado-hasta-la-pija– de tomar esa distancia quirúrgica. La tercer instancia es la ausencia de registro de esa imposibilidad o su enmascaramiento vía el empleo de un estilo retórico que –en su deuda con cierto objetivismo academicista (sí, el que Scaricaciottoli detesta)–, produce un efecto disonante. En el ejemplo de SNVNV, ese efecto se produce cuando los artículos hacen el intento de atribuir a las letras un sentido orgánico que es insostenible vía el análisis de las letras mismas.

Este sentido es a menudo político. Es decir, lo que con frecuencia se opera es una lectura que desprende, de las densas y ambivalentes de letras del heavy, excesivas conclusiones que son inverosímilmente orgánicas en su cohesión política. Así, Gustavo Torreiro afirma que las letras de Hermética hablan de “una reivindicación de la política como proyecto colectivo para transformar la realidad” (32) y Ezequiel Alasia postula que en las letras de V8 el origen de la “enfermedad” social es el estado; siendo que en ellas “destruir el virus es terminar con el estado burgués en una suerte de revolución con un matiz nihilista y de carácter anarco darwinista” (126). En la misma dirección, su ensayo arguye que “para luchar hay que organizarse” (119) y rastrea esa necesidad de organización en los conocidos versos de V8: “Los que están hartos de ver / las caras que marcan el ayer / vengan todos aquí hay un lugar / junto a la brigada del metal” (119). No obstante, es claro que hay un salto interpretativo no menor, un surplus de sentido que no es reposición, entre lo que la letra dice y lo que se sugiere que dice la letra. En estos casos: Hay una distancia marcada entre la apertura de un locus (el de la brigada del metal) para “los que están hartos de ver” y la organización subversivo-política. Hay una grieta –no insalvable, pero visible– entre “luchar por el metal” y reivindicar un proyecto político colectivo.

A este ejercicio interpretativo llamo aquí impostura “intelectual”: a la imposición enmascarada de un horizonte u objetivo político sobre un significante textual que, ni siquiera en su contextualización histórica o sociológica, da como resultado ese contenido político como su interpretación más plausible. Y llamo “intelectual” entre comillas a esa impostura porque, a mi parecer, no opera a través de ella una voluntad demagógica de manipulación de las letras con fines politizantes; sino algo mucho más noble: una fe. La verdadera convicción de estar descubriendo en las letras un sentido que en efecto sólo funciona puesto en juego con la pasión y con el trasfondo político de ciertos receptores.

Bajo esta perspectiva, la aparente paradoja de la impostura “intelectual” se deja ver: ¿Cómo es posible que el resultado de una vuelta en retrospectiva analítica sobre las letras del heavy sea una interpretación precisamente tendenciosa en el sentido de su organicidad política? Y la disolución de la paradoja aparece también con claridad, sino en los apartados anteriores, en los párrafos previos: Esta presunta contradicción es posible porque hay un desfasaje entre el estilo con el que los enfoques están escritos (que sugiere cierta distancia “analítica”) y la imposibilidad de esa distancia de ser siquiera tomada por aquel que escribe. Al mismo tiempo, la imposibilidad de esa toma de distancia hace implausible que la impostura sea de lleno intelectual; en la medida en que el plus de sentido sobre las letras no puede operarse desde la frialdad calculadora sino desde un complejo que es a la vez analítico y pasional.

¿Pero no es así en cierta medida siempre? ¿Por qué una impostura “intelectual” es problemática? O mejor: ¿qué hay de cuestionable en la apertura, a partir de la lectura de las letras del heavy, de un horizonte y una potencialidad políticas? Considero que lo único problemático de la impostura “intelectual” es su enmascaramiento: el ocultar retóricamente el lugar de enunciación desde el cual esa interpretación de las letras del heavy es, aunque más o menos delirante, posible. En otras palabras, el problema es hacer pasar por la “interpretación más plausible” una lectura que requiere para ser posible de un abono y de una articulación de sentido muy productivas por parte del que escribe. Y esto es un problema no sólo porque, enunciada como la interpretación más factible o la interpretación que se sigue con cierta facilidad lógica de las letras, ésta es inconsistente; sino también porque, el hecho de pasar por alto la obviedad de esa inconsistencia, constituye una subestimación del lector del libro. O bien, la presuposición de que el lector del libro posee el mismo bagaje que sus autores. En otras palabras: O bien el lector es subestimado en su capacidad de darse cuenta de que hay una clara brecha entre “luchar por el metal” y “un objetivo político colectivo”, o bien el lector es ya a priori identificado como aquel a quien las letras del heavy nacional le suscitan una asociación similarmente política. Una vez más, el carácter “intelectual” de la impostura me permite sugerir que la subestimación no es intencional porque la intención no es demagógica. Y, de nuevo, nada hay de cuestionable en que las letras del heavy tengan ese potencial asociativo de disparar pensamientos articulables en términos de una coherencia política.

El problema es otra vez el primero de todos: cómo escribir. Cómo abandonar el efectismo siempre fallido de querer enunciar “lo que las letras significan”, para hacer evidente que se trata, en todo caso, del potencial político que esas letras poseen en interacción con sus receptores específicos. Es decir, con nosotros. Cómo abrazar la dimensión apasionada de una escritura del nosotros, en lugar de sufrir el peso de la censura academicista cada vez que la impronta del nosotros se hace demasiado presente. Porque por qué debiera ser un problema, para la teoría del heavy metal, que el nosotros esté tan presente como a flor de piel; como en la oscuridad de un recital a punto de empezar o en una olla de pelos largos sacudiéndose.

En esta sintonía encuentro el texto de Scaricaciottoli cuando, hablando de las interpretaciones de una foto [de Alicia] tomada por Lewis Caroll, dice: “El lado B de la crítica habló de pedofilia. Yo elijo el lado A, un deseo”. Elegir el lado del deseo, y hacerse cargo de elegir el lado del deseo, es en su caso inclinarse por cierta interpretación de la figura de Iorio (la de su foto en la remera de Darío Santillán) y por cierta ponderación del “peso específico del metal nacional entre las barriadas militantes estudiantiles del conurbano” (142). No obstante, es también admitir con modestia “las contradicciones de esta selección de tensiones referenciales asociadas a la tendencia nacionalista revolucionaria” (142). Enunciar desde el deseo implica el compromiso de dejar ver aquello que el deseo excluye en su forjamiento; y aquello que éste añade como un plus de sentido en función de su exceso pasional.

El problema de la impostura “intelectual” se desarma entonces cuando se abandona la patologización de la pasión y el lugar de enunciación del apasionado. Cuando se tira la toalla de la pretensión –siempre imposible, pero en este caso especialmente– de disociación entre apasionamiento y potencia de análisis. El problema deja de ser tal cuando estar-involucrado-hasta-la-pija no es lo que se disimula sino lo que se celebra.

Reflexiones provisorias o “más preguntas sobre cómo escribir teoría del heavy metal”.

Si el tercer apartado hacía hincapié en la tensión entre las palabras de Scaricaciottoli y las de Gasparini, las últimas líneas del apartado anterior iluminan cierta tensión entre las palabras de Gasparini y las mías: En su prólogo, se anuncia que debemos a los integrantes del GIIHMA “el comienzo de un camino que pone la relieve un pensamiento crítico sobre la cultura metálica nacional en una escritura que no esconde sus pulsiones sino que, afortunadamente, las celebra” (11). En el apartado anterior, lo que critico es precisamente la constricción de la celebración vía el enmascaramiento retórico de esas pulsiones. En otras palabras: allí donde Gasparini lee una escritura celebratoria en su academicismo, yo leo una escritura reprimida en virtud de su deuda todavía muy íntima con la academia. [7]

Creo que el “Ajuste de cuentas” de Scaricaciottoli me concedería este punto: La condición de posibilidad de una teoría terrorista del heavy metal es la efectividad del desplazamiento, aunque fuere parcial, del “prestigismo académico y de toda la vanidad infantil de la Institución” (14-15). Si esto es así, la escritura que resuena aún demasiado a las exigencias formales de ese prestigismo no es la que responde al imperativo (político y pasional) del nuevo lenguaje sobre el heavy metal. Si esto es así también, entonces una escritura signada por las imposturas “intelectuales” y por el estilo académico que Gasparini exalta está todavía un paso más acá de la celebración.

Ahora bien, afirmar esto es enmascarar lo que Scaricaciottoli no me concedería y lo que yo no le concedería a Scaricaciottoli; a saber: de su parte, que el tipo y el estilo de escritura de los enfoques compilados en SNVNV se corresponde con aquellos que yo señalo en los apartados anteriores. De mi parte, que el desplazamiento del hedonismo academicista implica deshacerse de “toda la vanidad infantil” (14). Por el contrario, como adelanto en la primera introducción y parafraseo apartados más tarde, creo que una de las conquistas más significativas de SNVNV reside en su infancia: En la frescura con la que el libro vuelve a hacerse preguntas que cierta crítica y cierta teoría, cómodas desde la mecedora de la costumbre, descalificarían por presuntamente arcaicas. Preguntas, como ya se dijo, por cómo escribir: por cómo re-comprender las formas de la escritura y por cómo forjarlas a la medida de la exigencia de un sujeto al que entrecrucija una pasión. Y no cualquier pasión, por cierto, sino esa que galopa eléctrica por la espina, bien inalienable, que es la pasión por el heavy metal.

Si algunas de las respuestas que SNVNV ofrece a las preguntas por la escritura son todavía demasiado adyacentes al territorio del que busca apartarse, esto es ineludible en principio. A ninguno le es dado aparecer al otro lado del camino tan pronto como empieza abrirlo. Antes incluso, quién quisiera: quién es el idiota que abre el espacio del camino sólo para perderse el placer del viaje. En este sentido, hay otro mérito del ímpetu infantil de SNVNV: el de la dimensión lúdica de “seguir buscando la escritura” (15), el de no querer tan pronto llegar a la otra orilla sin experimentar la resistencia del trayecto. Que se entienda: la curiosidad y el juego infantiles no se identifican en este marco con la ignorancia o la desideologización. En el seno de su espíritu lúdico aguarda un potencial destructivo/productivo en sentido político: la posibilidad de desjerarquizar y rebarajar con soltura el estatuto de discursos múltiples para “romper las barreras de los campos disciplinarios y sus lenguajes fascistas” (15).

La infancia en su doble dimensión lúdica e interrogadora –en el sentido de su apertura al juego y al misterio, a la perplejidad–; es entonces de lo más fértil del proyecto del GIIHMA. La exaltación y no la vergüenza en relación con esta dimensión es una forma posible de seguir rebuscando el lenguaje futuro del heavy. Es más: un nuevo sumergimiento en el espíritu de la infancia, un fotograma antes en el rewind de la preguntas por cómo escribir, puede también servir para volver a poner sobre la mesa cuestiones elementales: Por caso, en la solapa del libro se funda la necesidad de un lenguaje “argentino” del heavy metal en la imposibilidad de apropiarse de las propiedades idiosincráticas y etnolingüísticas del heavy británico. ¿Por qué “no podemos apropiarnos”?, ¿no podemos o no es deseable que lo hagamos, puesto que hay una inadecuación específica entre el lenguaje que correspondería al heavy británico y el lenguaje que correspondería al heavy argentino? ¿Constituye ésta una relación inter-discursiva de necesaria exclusión entre un lenguaje y el otro, o hay posibilidades productivas de apropiación voraz e interpenetración no colonizante?. Aun si se concediese que hay cierta especificidad del heavy nacional que reclama maneras específicas de escritura y análisis, ¿hay, puede haber o es deseable que haya un único lenguaje que se le corresponda (todavía si ese tipo de lenguaje es hablado por una pluralidad de voces o de enfoques)?

A este respecto y en gesto kamikaze, voy a sugerir que la lectura de los escritos de teoría del black metal estadounidense actual –nucleados en publicaciones como Hideous Gnosis (2010), Glossator (2012) y Floating Tomb (2016)–; pueden ser útiles a los fines de repensar cómo escribir teoría del heavy argentino. Con todas las distancias que merecen ser puestas de relieve, la procedencia interdisciplinaria de los autores, los sitios de incomodidad que usurpan en las academias que los emplean, sus perspectivas políticas y, sobre todo, su afán por la búsqueda de una escritura que hable junto con (y no por encima de) el amor por el heavy metal; los colocan en un lugar de extraña familiaridad con el GIIHMA. Tal vez, otra de las preguntas pertinentes que surja de una lectura conjunta sea si esa familiaridad es en realidad extraña: si no hay algo del heavy metal que, amén de las inflexiones locales que merecen ser sin duda estudiadas en su especificidad, palpita en todas sus manifestaciones. Esta pregunta traería aparejada otra igualmente infantil en el sentido de fundamental: Qué papel juega la dimensión sonora, o la imbricación entre sonido y letra, en el heavy metal como pasión. En este sentido, tanto la teoría del heavy que exponen los enfoques de SNVNV como la teoría del black metal estadounidense, están a menudo centradas en el análisis de las letras; o bien, estos análisis operan algún tipo de impostura “intelectual”, añaden alguna clase de sentido impostado, al sonido metálico.

¿Cómo se libera entonces en la escritura el modo en que el compuesto a la vez lingüístico y sonoro atraviesa, hace vibrar literalmente, el cuerpo apasionado del metalero?. Quizás los lenguajes futuros del heavy metal tengan que preocuparse no solamente por qué [8] o por cómo [9] decir, sino también cómo sonar. Algo menos del orden de la descripción que de la cadencia del poema.

Notas

[1] Como nota Sandra Gasparini en el prólogo del libro, “Cultura Metálica. Ponencias, debates y exposiciones de la 1era Feria del libro heavy de Buenos Aires (2014) y Cultura Metálica 2. Ponencias, debates y exposiciones de la 2nda Feria del libro heavy de Buenos Aires (2015), editados ambos por Gino Minore para el sello Clara Beter Ediciones, constituyen un antecedente fundamental” (11).

[2] Como se hará evidente con el transcurrir de este ensayo, la acepción de “teoría” aquí presupuesta es incompatible con la noción de meta-discurso y con una escritura hecha a la medida de una retórica enlatada. Antes bien, mi acepción está inspirada en la definición de Nicola Masciandaro de la teoría metálica como escritura del amante; y es cercana también a la noción barthesiana de escritura que Emiliano Scaricaciottoli evoca en entrevistas y en las palabras preliminares del libro Se nos ve de negro vestidos: Siete enfoques sobre el heavy metal argentino.

[3] ¿Para qué mencionar la dificultad de hacer ingresar el heavy metal como objeto de estudio a la academia si no sólo no es deseable hacerlo ingresar al corsé institucional, sino que ni siquiera se trata aquí de un “objeto” de estudio?

[4] Un ensayo por completo distinto reclama el discutible uso de la expresión “violencia de género” para referirse a la porosidad musical y a los modos de producción y de circulación para-comercial del heavy metal.

[5] Literalmente: “Tenía razón Larralde: Acá está la religión” (15)

[6] El prólogo continúa con su enumeración resumida de todos los enfoques incluidos en el libro; los trabajos mencionados permiten probar suficientemente el punto de este análisis y por tanto no se procede a la inclusión y contraste exhaustivo entre todo enfoque y su presunto resumen.

[7] Y más: en la tension entre esa deuda y la falta de registro de esa deuda.

[8] “Y si se te apareciera un ángel guerrero o un demonio del infierno y te preguntara: ¿Qué es la pasión para vos? ¿Qué le dirías?” Cultura Metálica I.

[9] E.g., decir “la pertinencia del heavy metal” a la manera de “las fauces del ensayo terrorista” (14).