Lo otro del archivo

Un diálogo imaginario sobre imprecisiones conceptuales

por Mariano Vilar

Ver en versión PDF

A1: ¿Qué es lo otro del archivo?

A2: No entiendo la pregunta.

A1: ¿Qué parte de la pregunta no se entiende?

A2: Ninguna. En primer lugar ¿a qué llamás “lo otro”?, ¿al concepto opuesto? ¿o todo lo que no es “archivo”? En segundo lugar, tampoco sé a qué estás llamando “archivo”.

A1: Empecemos por decir “archivo” en el sentido en que aparece en el discurso de las humanidades desde hace unos años con alusiones a personajes como Foucault o, sobre todo, Derrida.

A2: Eso no aclara mucho las cosas…

A1: Quizás no, pero al menos nos pone en un marco de referencia común, que suele ser lo más próximo a una comprensión que podemos tener de fenómenos como estos. Pero sí me interesa más la otra parte de la pregunta. Digo “lo otro” en el sentido de que para definir un enfoque (o una serie de enfoques con algún vínculo entre sí) necesitamos tener alguna idea de qué es lo que está “del otro lado”. Por ejemplo, con el posestructuralismo, el estructuralismo cientificista, o el biografismo del otro lado del formalismo. En la filosofía, el realismo especulativo tiene como “otro” al reduccionismo lingüístico, o a cierto idealismo, etc.

A2: Algo voy entendiendo... Bueno, en primer lugar, Derrida mismo en el célebre Mal de archivo hace la oposición entre mnéme e hypómnema. La primera tiene que ver con la memoria vivida, la experiencia, el segundo con la exterioridad, los dispositivos documentales que son necesariamente propios del archivo.

A1: Esto me recuerda a uno de los mejores capítulos de la serie Sherlock, “His Last Vow”. En el episodio, el villano, Charles Augustus Magnussen, tenía la capacidad de extorsionar a una serie de figuras del poder gracias a que poseía un vasto archivo con sus pecados, crímenes y secretos. Sherlock pasa gran parte del episodio especulando sobre la posibilidad de que este archivo estuviera digitalizado y se proyectara en los lentes especiales de Magnussen. Pero el resultado final es mucho más terrorífico. Magnussen no tenía ningún archivo físico o digital. Simplemente se encerraba en un cuarto vacío y usaba su espectacular memoria para recordar toda la información que había recopilado.

A2: Pero entonces, ¿se puede decir que tenía un archivo, si existía solo en su cabeza?

A1: Bueno, en este caso la exterioridad se basaba en las creencias del resto. El archivo mental de Magnussen era efectivo porque aquellas personas que se dedicaba a extorsionar efectivamente creían en la existencia de un archivo material (y, claro, porque tenía la información en su mente). La ausencia de un correlato, de hypónmena, era el secreto.

A2: Aunque el caso es interesante, no sé si va estrictamente a la cuestión. En el ámbito de los estudios literarios o culturales, creo que un archivo no puede corresponderse con la memoria de un sujeto individual.

A1: Bueno, no puedo evitar pensar en Eric Auerbach en Mímesis. Pero él también tenía una biblioteca allá en Estambul. En ese sentido, lo otro del archivo sería la interioridad pura, la experiencia directa de la conciencia sin “suplementos” técnicos o materiales. Podría uno generalizar un poco y decir entonces que todo este “giro archivístico” (derridiano o no) tiene que ver con el esfuerzo por sacar a los estudios humanísticos de una idea anticuada de la inmaterialidad de los discursos, o de formas de transmisión que van a través de las almas independientemente de sistemas de registro, almacenamiento y distribución.

A2: ¿Cómo sería eso?

A1: Estoy pensando en una imagen algo burda, pero quizás no del todo inexistente, de la hermenéutica y de la “fusión de horizontes” que explicaría cómo las conciencias humanas atraviesan todo tiempo y espacio y se iluminan entre sí. Creo que esta idea está en cierta forma implícita en muchas declaraciones sobre el “tesoro” de la cultura, y ciertamente se relaciona con algo que dice muy bien Peter Sloterdijk al final del famoso “Reglas para el parque humano”. Vale la pena citarlo, no sin recordar antes que él asocia en este texto la comunicación humanista con el correo.

Una masa postal que ya nunca será entregada, que deja de ser un envío a posibles amigos, se convierte en objeto de archivo. También esto, que libros clásicos de antaño hayan dejado cada vez más de ser cartas a los amigos, que ya no se encuentren en las mesas de noche ni de día de sus lectores, sino que se hayan hundido en la intemporalidad del archivo: también esto ha quitado al movimiento humanista la mayor parte de su antigua pujanza. Cada vez menos archiveros descienden en la profundidad de los textos para verter enunciados primigenios en lemas modernos. Quizás ocurra de vez en cuando que con tales investigaciones en los muertos sótanos de la cultura, esos papeles largamente abandonados comiencen a irradiar como vacilantes relámpagos lejanos. ¿Podrá también el sótano del archivo convertirse en claro? Todo indica que archiveros y archivistas han tomado el relevo de los humanistas. Para los pocos que todavía rebuscan en los archivos, se impone la idea de que nuestra vida es la respuesta indecisa a preguntas. Preguntas que ya olvidamos dónde fueron formuladas.

A2: Entonces, ¿el interés por los archivos sería el síntoma de un humanismo moribundo? O quizás es una especie de último refugio, en el que decimos: ya no puedo fingir que extraeré una gran sabiduría de este conjunto de palabras viejas, solo puedo decir algo sobre sus formas materiales de existencia y distribución, y en todo caso, generar nuevas mecánicas que favorezcan la continuidad de su existencia

A1: ¿incluso si esa continuidad ya no tiene una justificación por fuera de sí misma?

A2: ¿Pero es eso lo que pasa con los textos sobre archivo que circulan por nuestro ámbito? Quizás en algunos casos, pero ciertamente no en la mayoría. Pareciera que el tópico del archivo no tiene tanto que ver con lo que dice Sloterdijk en el sentido de que él está haciendo un contraste entre “cartas a los amigos” (el modelo básico de transmisión de saber humanístico, al menos desde Cicerón y Séneca) y el archivo polvoriento, y en general, me parece ver que muchas veces cuando se habla de “archivos” ahora se está pensando en operaciones de lectura y de crítica, y no en formas concretas de almacenar memoria exteriorizada. Pero es difícil precisarlo, porque uno se encuentra rápidamente con una metaforización muy profusa.

A2: También es difícil precisar si los archivos son algo bueno o malo. Si son algo malo, tenemos que destruirlos, y lo otro del archivo sería este impulso “anarchivista” sobre el que se viene escribiendo bastante.

A1: ¿Malo en qué sentido?

A2: En el más obvio. Algo opresor, dispositivos de poder estatal y empresarial que atentan contra la felicidad colectiva. Es como al final de Fight Club, cuando el acto de terrorismo heroico es destruir los edificios que contienen los archivos de los deudores de las tarjetas de crédito. Hoy pensaríamos quizás en Cambridge Analytica y toda la compra-venta de información personal obtenida por las redes sociales y utilizada con fines demagógicos, coloniales, policíacos y marketineros. En este sentido lo “otro” del archivo somos aquellos que apuntamos, como los personajes de esa película, a ver esos archivos arder y des-archivar nuestras condiciones de vida. Los archivos no bajan a la calle.

A1: Suena a un vitalismo anárquico muy ingenuo, o por lo menos demodé. Además, para los que habitamos países cuyas condiciones de archivación histórica y documental son menos que ideales, la idea de quemar cosas parece poco práctica. Creo que más bien se trata, en muchos estudios recientes, de reflotar archivos olvidados y de mostrar su importancia.

A2: Es posible que mucho de lo que se discute bajo el lema del “archivo” en el ámbito humanístico-académico-literario se relacione, más que con una crítica a los poderes fácticos, a un deseo de revalorizar lo “menor”. La tarea del archivista suena burocrática y pedestre en comparación con la del Creador o la del Interpretador o Exégeta. El canon brilla por su propia luz, el archivo necesita iluminación artificial. La crítica que se inscribe de un modo u otro en el “giro archivístico” contemporáneo estaría proveyendo esa luz tanto sobre las tareas del archivador como de la potencialidad de los archivos para producir efectos del tipo más variado.

A1: Es interesante que hayas mencionado el canon. ¿No podría ser el canon lo otro del archivo?

A2: Resulta complicado plantearlo en términos antagónicos, porque pareciera que ambos conceptos se superponen en muchos casos. El canon podría ser un recorte selectivo del archivo que se sostiene en base a una serie de políticas culturales y mecanismos de poder o capital simbólico, mientras que esa parte del archivo que aparece como lo otro del canon (lo que no quiere decir lo anti-canónico) quedaría relegada e identificada como “meramente” archivística. Su rol más habitual sería servir de contexto y trasfondo para aquellas obras culturales que logran convencernos de que sobreviven en base a su potencia interna, independientemente de mecanismos externos de registro y distribución archivísticos. El Cancionero de Petrarca está ahí en el canon y se mantiene como un clásico siempre vital, mientras que el Africa o la mayoría de las obras que escribió en latín pertenecerían al archivo renacentista.

A1: Este contraste relativo entre canon y archivo me recuerda a lo que plantea Franco Moretti en sus aplicaciones del big data a los estudios sobre las novelas. ¿Podemos entender la singularidad de Dickens o Flaubert sin tener una noción de las miles de obras del género en una época? En ese caso, el archivo empezaría a asimilarse con otro concepto que no parece haber hecho mella en la crítica académica aún: la base de datos.

A2: Lev Manovich plantea la importancia de la base de datos como recurso fundamental de los “nuevos medios” (o sea los medios digitales), pero él está pensando sobre todo en las bases de datos de imágenes y sonidos que utilizan los artistas audiovisuales. No es tan fácil pensar en la base de datos, que es un concepto muchísimo más reciente que el de archivo, en el ámbito de los estudios literarios. O mejor dicho: es difícil hacer del concepto de base de datos un objeto atractivo para la metaforización y la especulación. Bases de datos de textos literarios hay muchas y muy buenas, y cabe suponer que habrá cada vez más, hasta que quizás un día las humanidades pasen a ser una especie de biblioteca de Babel borgeana...

A1: Es verdad que la base de datos como concepto resalta el problema del archivo en sus condicionamientos estrictamente materiales. Una base de datos, justamente por su falta de brillo metafórico, es difícil de pensar sin alguna base material. En cambio parece que podemos hablar del concepto de archivo en un sentido cada vez más abstracto. No se trata, pareciera, de “encontrar” archivos o revelar su importancia, sino de construir archivos de una forma en cierto sentido análoga a la que se construyen corpus críticos, al punto de que la diferencia a veces parece difuminarse

A2: Es verdad que uno a veces lee sobre operaciones archivísticas en el plano de la crítica que resuenan más con nuestra idea más o menos establecida de construcción de corpus. Todos aceptamos como verdadero (y creo que con razón) que nuestros objetos de estudio no se encuentran ahí existiendo “en sí”, sino que son productos de nuestras operaciones críticas que los configuran como objetos. No creo que esto sea cierto del Universo (porque si no caemos en la famosa doxa de que “todo es una construcción social”) pero no creo que podamos negarlo respecto de los objetos que construimos en el ámbito de los estudios literarios. Si bien es obvio que el crítico no crea un objeto ex nihilo sino que este forma parte de un complejo entramado discursivo y no discursivo, está claro que no se puede ningunear su agentividad para hacerlo. Pero ¿basta un crítico para crear un archivo?

A1: Diría que los archivos forman parte de una clase de objetos que por definición exige más elementos para existir que la capacidad imaginativa de un crítico. En esto se diferencia de un corpus, que es una creación mucho más circunstancial, ¿no?

A2: Supongo. Uno puede escribir un artículo y decir que se va a hablar del Joker, y que ei corpus serán determinadas versiones, y bueno, ya con ese solo acto ilocutivo parece suficiente. Alguien puede responder, como a menudo pasa: “ahh, pero ¿por qué incluiste esto y no esto?”. Si, por ejemplo, alguien quisiera hacer un análisis del Joker en el cine y tomara solo la versión de Tim Burton y Todd Philipps, parecería muy fácil objetar la ausencia de la de Christopher Nolan. Pero eso no invalidaría, me parece, la posibilidad de que efectivamente uno decida ignorarla y ya. Siempre se puede encontrar una justificación (“solo me interesan los Jokers que bailan”).

A1: Entonces, ciertamente el corpus no es lo “otro” del archivo, aunque a veces en los textos críticos contemporáneos pareciera que se pasa de un uso al otro sin distinción, y cualquier constructo crítico puede ser un “archivo” aunque no tenga más densidad que el acto ilocutivo que lo proclama.

A2: ¿Y si nos ponemos de acuerdo muchos y empezamos a hablar del archivo latinoamericano, ya con eso bastará?

A1: ¿Pero el archivo latinoamericano (o argentino, o no sé, Occidental para el caso) es algo que existe en alguna biblioteca, en algún servidor o algo así?, ¿o es la suma de todos los archivos que contienen información sobre Latinoamérica?

A2: Ni idea. Ya sé que no estoy diciendo nada nuevo, pero supongo que si ahora parece relativamente fácil hablar todo el tiempo de archivos más allá de espacios físicos llenos de papel es porque todos nos hemos vuelto archivadores digitales semiexpertos. Los humanistas somos generadores de contenidos y administradores de archivos, básicamente. Más aún ahora en el contexto de la pandemia, en donde la ilusión socrático-cristiana de que la verdadera enseñanza es puramente oral se pierde en el horizonte remoto.

A2: En última instancia, pasa con el concepto de “archivo” lo que pasa con tantos otros conceptos que se vuelven comunes en el habla crítica. Si uno no tiene alguna idea más o menos precisa de qué es lo que está por fuera de ese concepto, inmediatamente pierde valor descriptivo. Si todo o casi todo es rizomático, todo es iteración, todo es significante, todo es dialógico, todo es político, todo es ideológico, todo es micropoder, etcétera; si estos conceptos pierden su otredad, se vuelven verdaderas máquinas productoras de banalidades. Lo mismo puede pasar con “archivo”, y me parece que en algunos casos ya está pasando.

A1: Quizás haya algo más para decir aparte de eso. Ese modelo del que hablábamos al principio, propio de imaginario humanístico, que se opone al archivo porque se basa en el contacto entre almas que se transmiten sabiduría a través de los siglos podría ser un efecto del modelo general del libro (incluso del libro manuscrito) que, al volverse tan habitual y ubicuo a lo largo de más de un milenio, tiende a eclipsar su medialidad. El objeto libro desaparece tras su contenido en la fusión de horizontes de la hermenéutica. Los medios digitales por primera vez rompen con esa ubicuidad y ahora, al resurgir la materialidad de la cultura libresca por contraste con la “inmaterialidad” (aunque sería mejor algo como “nuevas materialidades”) de la cultura digital, de repente el archivo como tópico comienza a brillar con luz propia.

A2: No sé si entiendo ese último razonamiento.

A1: Sí, no es muy claro. Reformulo desde otro ángulo: al archivo como tópico implica, casi siempre, algún compromiso con lógicas extra-literarias. Materialidad, soportes de almacenamiento, políticas de conservación, etcétera. Si uno piensa en el estructuralismo (el eterno ejemplo a mano por su relativa claridad epistemológica), también ahí se atacó la idea de la interpretación como una transmisión eterna de saberes humanizadores; sin embargo, se la atacó poniendo al texto a producir significados a partir de sus propios juegos significantes. Ahora, incluso en los usos más metafóricos del archivo, estamos volcando nuestra atención a cuestiones más históricas, bibliográficas e incluso biográficas (se habla mucho de archivos de autor o autora), institucionales, mediales...

A2: Es tentador sentir que estamos atrapados siempre en una misma dialéctica basada en la búsqueda de una materialidad que se nos escapa. Fuimos hacia el significante para escapar de la idea abstracta del significado “en sí”, luego hacia la ideología para buscar una base material, luego hacia los cuerpos, los objetos, el poder. Vamos hacia el archivo y en ese proceso de ir hacia ahí, lo convertimos de nuevo en una metáfora demasiado inmaterial para satisfacer nuestras ansias. Quizás el fin de las humanidades sea yacer en un silencio extasiado frente a una roca fría y pesada. O, quizás, en la búsqueda de un elemento químico nuevo que sea totalmente impermeable al discurso.

A1: Eso sería parte de la misma dialéctica. Y ya se ha visto.

A2: ¿Ya está archivada esa dialéctica? lo nuevo también puede ser considerado “lo otro del archivo”. Creo que lo leí en algún texto de Boris Groys.... ah, y por cierto, no sé si sabías: en la novela de Fight Club, lo que iban a volar no eran bases de datos de tarjetas de crédito: era el museo nacional.

A1: Podríamos imaginar una versión en la que viajan al pasado con el objetivo de volar en pedazos a Auerbach y su biblioteca. Pero el héroe lo impide: no por salvar el canon auerbachiano, cuya inteligibilidad se eclipsó con la amenaza nazi, sino porque necesitamos su gesto archivador.

A2: Iba a preguntar para qué, pero siento que esto se ha extendido bastante. Además, no es una gran pregunta.