Escritura académica: situación existencial

Motivación e iluminación de interiores.

por Mariano Vilar

0. La habitación cerrada

Empecemos por la página en blanco, o la luz de ese color emitida por el monitor cuando abrimos un documento nuevo en nuestro procesador de textos. Antes de tipear el primer carácter, ya sabemos mucho sobre el interlineado (1.5 o doble), el tamaño y tipo de letra (Times New Roman 12) y la extensión mínima y máxima con la que podemos manejarnos (5 páginas en una presentación al CONICET, 8 en una ponencia, 10 en algún informe, 15 en una monografía, 20 para alguna publicación de cierta importancia, etc.). Sabemos también que la sección "Bibliografía" no puede faltar, y en principio, tampoco las "Conclusiones", si es que el plural no resulta demasiado pretencioso.

Aun por fuera de los requisitos formales, sabemos que la pantalla en blanco nunca está completamente virgen. Si estamos intentando producir un texto académico es porque en algún momento asumimos la obligación de hacerlo. La profesión académica se elige, por lo general, de forma bastante libre (¿quién puede decir que se hizo académico por que no le quedaba otra opción?). A menudo pareciera que nuestra subjetividad se pone en juego primeramente en esa obligación y sólo en un sentido derivado y secundario en lo que de hecho estamos por comenzar a escribir.

Pero aunque volvamos sobre él una y otra vez, ese compromiso está en el pasado. Ahora es el tiempo de la acción. Lo que me propongo pensar en este artículo es la situación existencial en la que se encuentra quien se lanza a la empresa de producir un texto académico, y en particular, un texto académico cuya conexión con el presente social no es inmediata. Muchas de las cosas que voy a intentar describir seguramente no se le ocurrirían a un sociólogo intentando describir las condiciones de explotación de los esclavos rurales en la Argentina actual, mientras que en cambio son frecuentes en quienes, como yo, se dedican a trabajar textos de un contexto histórico y geográfico diferente.

Levantemos la vista de la hoja (diría “del monitor”; pero uno no levanta la vista del monitor) antes de tratar de comenzar y definamos un espacio imaginario. Primero, estamos solos. Es lo que Lubomir Dolezel llamaría un one-person world. No importa si estamos en una biblioteca o en un instituto. La especialización a la que nos somete la vida académica implica que estaremos solos durante la mayor parte del recorrido. Y aun si hemos discutido nuestras ideas preliminares, seguimos estando solos al momento de la escritura. Está bastante oscuro, de hecho, pero no del todo. Si aguzamos la vista (si nos hemos acostumbrado a cierta oscuridad, esto resultará más fácil) distinguimos cuatro fuentes de luz a nuestro alrededor. Cuatro ventanas ensombrecidas por el hollín.

Antes de acercarnos a ellas y tratar de percibir el grado y tipo de luz (¿natural, artificial, cegadora, crepuscular, fluorescente?) que de ellas emana, hemos de aceptar algunos postulados básicos. El primero consiste en afirmar que existen acciones significativas (nobles, heroicas, altruistas, iluminadoras) y otras que no lo son (apáticas, interesadas, meramente funcionales, automáticas, tristes), y que las primeras ofrecen motivaciones para la producción que tienden a mejorarla tanto en términos de experiencia como de resultados. El segundo postulado es que es posible indagar sobre la relevancia de una actividad (la producción académica en nuestro caso) de forma independiente de la base económica-burocrática que la sustenta. Esto último implica pensar que es posible reencontrarse significativamente en el proceso de producción académica sin derribar el capitalismo y su lógica cultural. Muchos dirán que esta es una afirmación imposible de sostener. El único motivo por el que puede resultar válido aceptar este postulado es que nos interesa pensar en la inmediatez del trabajo académicos lejos de cualquier destino mesiánico-apocalíptico. De otra forma, terminaríamos nuestras reflexiones aquí diciendo que sólo un cambio en la base estructural del sistema económico internacional podrá inspirar una práctica académica más genuina, con lo que estaríamos diciendo una de esas verdades que son tan ciertas que no dicen nada. No nos queda más que intentar una salida del nihilismo que funcione provisionalmente para el mundo presente.

Nuestro último postulado, más fácil de aceptar, consiste en negar cualquier especulación sobre el conocimiento que se base en su mera acumulación. Pensar el ámbito de la cultura como un gigantesco hormiguero que deberá ser llenado con hojitas A4 que algún día saturarán todos los casilleros posibles del saber no ofrece ningún tipo de motivación para cimentar la práctica. Esa ventana está bloqueada hace mucho, si es que alguna vez existió. Queda automáticamente descartada.

Ahora sí entonces, intentemos establecer cual es el origen y la pertinencia de esas cuatro enturbiadas fuentes de luz, y veamos si podemos encontrar en ellas alguna motivación adicional, no burocrática, para ennoblecer nuestra actividad.

1. Cartas del pasado

En un reciente artículo ("Sobre los hombros de los gigantes") hice mención al significado de la tradición en la hermenéutica, al menos según la entendió Gadamer en Verdad y método. A grandes rasgos, decíamos entonces que la posibilidad de conocimiento aparece siempre estructurada en el marco de una tradición de pensamiento, cuyas limitaciones y prejuicios no sólo no perjudican la producción de saber, sino que ofrecen una marca ineludible y necesaria de su historicidad. Por supuesto, las diversas rupturas con las que nos encontramos regularmente son también parte integral de esta tradición, que no debe entenderse de forma estrictamente lineal.

Una primera ventana entonces nos permite levantar la vista de nuestro proyecto de ponencia embrionario hacia una gran continuidad de saberes en los que estaría inscrita. Se trataría, al escribir, de establecer un contacto entre esos horizontes del pasado que conforman nuestro corpus y el horizonte de nuestras preocupaciones y prejuicios actuales, que aparecerán en nuestra prosa inevitablemente. Si nuestro objeto de estudio pertenece al presente inmediato la situación no cambia en lo esencial, sino que se invierten los términos, y nuestro trabajo estará orientado al establecimiento de esos lazos con el pasado de nuestra tradición crítica (indistintamente de si trata de un pasado de continuidades o de rupturas).

Fantasear con la tradición nos permite especular con una cadena infinita de amigos en el pasado, que escribieron para ser leídos por nosotros, y otra infinidad en el futuro, cuyas ansias lectoras intentaremos satisfacer. Algún día, quizás este texto de 8 páginas interlineado 1.5 que el académico plasma en su pantalla, será ineludible para entender como se pensaba en su época sobre otra época (o sobre si misma). Siguiendo por ese camino, podemos fantasear aun más e imaginar en los campos Elíseos las ánimas de los autores que trabajamos sonriendo benevolentes porque hemos sabido conservar, en la medida de nuestras posibilidades, la relevancia de su trabajo.

Yéndonos al extremo opuesto, nos encontramos con una variante nada original del nihilismo, que nos dice que esa gran tradición es precisamente lo que ha muerto en algún momento del siglo XX, y que intentar recapturar hoy en día su esencia es un proyecto conservador destinado al fracaso inevitable. Sloterdijk trabaja este tema en su famosa conferencia “Reglas para un parque humano”, en la que habla del humanismo como la recepción y reinterpretación de cartas del pasado. Ese modelo terminó dice Sloterdijk, y en parte terminó porque ha quedado reducido a la producción académica nada más. Si le hacemos caso, la ventana se ha cerrado ya indefectiblemente.

Veremos que en las otras fuentes de luz también tendremos una oscilación entre una fantasía exagerada como la que acabamos de presentar, y un nihilismo radical. Pero quizás sea posible sostener al menos provisoriamente que no todo en esta cadena de reinterpretaciones ha muerto (es posible leer una estrofa de Lucrecio y sentirse interpelado, aun si las siguientes 400 no dicen nada). E incluso autores que quizás preferirían catalogarse como pos-humanistas juegan con estos vaivenes de la reinterpretación reveladora como en El sexo y el espanto de Pascal Quignard, o La comunidad de los espectros de Fabián Ludueña. Por supuesto que sus lecturas son deliberadamente muy distintas a las que predominaban hace no muchos años, y sin embargo, más allá del significado que quiera atribuírsele al término “humanismo”, nadie puede negar que trabajan con textos antiguos y los redescubren de acuerdo a problemáticas contemporáneas, siguiendo en muchos aspectos el camino de Foucault en las últimas partes de su Historia de la sexualidad, o en la Hermenéutica del sujeto. Por lo demás, la reinterpretación en clave biopolítica que hace el mismo Sloterdijk sobre el Politikos de Platón en la conferencia que hemos mencionado funciona en este sentido.

Por lo tanto, aun si reconocemos que la era de oro de los studia humanitatis terminó hace siglos (principalmente porque nadie cree ya que el saber libresco sea el más importante de todos), creo que en determinadas horas del día y al menos con determinados textos, puede entrar algún rayo de luz crepuscular por esta ventana. Incluso si estamos analizando procedimientos formales específicos en textos específicamente raros, necesitamos creer que de alguna forma ese procedimiento puede volver a la vida, o al menos, la capacidad para reconocerlo debe mantenerse actualizada. Más aun si deliberadamente asumimos la necesidad de producir alguna instancia de esa “fusión de horizontes” como parte integral de nuestra forma de producir enunciados académicos.

2. La realización del método

La segunda ventana ofrece una perspectiva un tanto más estrecha. No nos encontramos aquí con el gran horizonte de la historia cultural, sino más bien con los reflejos de neón de una construcción imaginaria: el método.

La pregunta que nos planteamos cuando nuestras hojas en blanco reciben el reflejo de esta luz es: ¿puede una metodología determinada sustentar el significado de una actividad?. Podría argumentarse que un método define, además de una serie de procedimientos a la hora de armar y trabajar sobre un corpus, un espacio existencial que le otorga sentido a la práctica académica mediante la asignación de un parámetro de verdad y una noción del conocimiento que no se cierra sobre si misma, sino que instaura redes de relaciones significativas con los colegas, con la tradición y con otras disciplinas.Los metodólogos más positivistas dicen, con mucho criterio, que una buena investigación debe ser como una flecha lanzada hacia un objetivo. El método, que quizás deberíamos mejor llamar “paradigma”, nos da el arco, y una serie de objetivos. Nos queda aportar la flecha y la puntería.

Pero nuestro escritor académico conoce mejor el procedimiento standard, que consiste en lanzar una flecha contra una pared y luego dibujar un objetivo alrededor. Esto no es necesariamente malo, por lo demás, es un reconocimiento del valor productivo de la escritura como mediación entre aquello que pensábamos posible y aquello que finalmente resultó ser. Al menos en ciencias humanas, un buen método no implicaría detener la lucha con la escritura, sino más bien, en el mejor de los casos, mapearla.

Una visión pesimista nos diría que el método puede proveer varios elementos clave para organizar una investigación, pero que el propósito global de esa investigación está dado por factores externos a él (factores que determinarían la importancia incluso de detenerse a aplicar un método). Pero no nos cerremos a estas cuestiones. En términos de expectativa, la posibilidad de utilizar la escritura académica para crear, testear y enriquecer (o descartar) herramientas metodológicas (que no necesariamente deben responder a un macro esquema totalmente inteligible y abarcable inmediatamente por el pensamiento) nos permite especular con la posibilidad de trascender un corpus y crear un dominio nuevo de intercambio y producción de conocimiento.

Es posible pensar, a través de la escritura de cada texto académico, en el método como un problema que emerge simultáneamente con el texto, al menos en tanto reflexionemos activamente sobre él. En otras palabras, no se trata de concebir el método (o al menos no necesariamente) como un a priori positivista que reglamentaría una interpretación, pero tampoco como una Jerusalem celestial a la que habremos de llegar en un lejanísimo futuro. Es posible (y creo yo, deseable) pensarlo como un proceso.

No ahondaremos mucho sobre la cuestión, ya que ha sido desarrollada en varios artículos de esta revista, empezando por el Editorial en el primer número.

3. La sociedad científica.

Si nuestra primera ventana abarcaba la historia como una totalidad, y la segunda una proyección hacia el futuro, la tercera a la que nos toca asomarnos sólo tiene sentido en el presente más inmediato. Da al patio interno del edificio. Apenas hace falta decir que la soledad frente al monitor desaparece si contamos con la certeza de un público receptivo y genuinamente interesado por lo que estamos escribiendo. Si bien la existencia de este público puede ser motivo de angustia en cierto nivel (¿y si no les gusta lo que escribo?), en otros promueve una motivación concreta en la que nuestro narcisismo puede volcarse productivamente hacia el trabajo académico.

De más está decir que las Jornadas y Congresos no ofrecen una realización auténtica de estas expectativas, o si alguna vez lo hacen, es por pura casualidad. No es el lugar para ponerse a despotricar contra el funcionamiento de estas instancias, por lo demás necesarias, pero radicalmente insuficientes, del intercambio académico. La tensión general entre ejes temáticos “fuertes” pero anquilosados y especificidades monádicas hace de los encuentros significativos un raro milagro.

El universo burocrático ofrece algunos sucedáneos para el establecimiento de comunidades científicas cuya funcionalidad depende estrictamente de cada caso. Nadie duda que el ámbito universitario está plagado de proyectos de investigación fantasmas, tutores fantasmas, directores fantasmas, institutos fantasmas, grupos de estudio fantasmas, cátedras fantasmas, y en fin, fantasmas en general de cualquier tipo y color. Pero también existen casos en los que estas y otras estructuras responden a intereses intelectuales reales y no sólo a requisitos burocráticos.

Descubrir y crear sociedades científicas en el sentido más Iluminista del término, incluso en el más naif, es probablemente una de las salidas más concretas y satisfactorias frente a las dificultades que venimos enunciando. Si bien uno podría objetar que el hecho de meterse de a varios en un mismo barco no soluciona automáticamente el problema de establecer una serie de coordenadas y fijar un destino, el solo hecho de escribir teniendo en cuenta a un otro cuya capacidad y juicio realmente valoramos sitúa el problema de la producción en un ámbito mucho más significativo.

4. Onán, reivindicado.

La última de las fuentes de luz no es exactamente una ventana. Muchos dirían que es más bien un espejo, y que si las sociedades científicas representan el verdadero reino de lo simbólico con sus leyes y su paranoia, aquí estaríamos en el ámbito de las puras identificaciones imaginarias.

A menudo se dice de un trabajo académico, o de la vida académica en general, que es una actividad masturbatoria. Pero, ¿es sostenible esta acusación, y nos dice algo relevante sobre la práctica de la escritura académica?. ¿Debería contener el escritor sus ansias onanistas?. El Banquete de Platón nos ofreceria por contraste un modelo de fecundación a través del conocimiento, basado en la capacidad de engendrar bellos discursos en el alma del discípulo, luego de acostarse con él. Pero esa relación no se espeja en la práctica de la producción académica de ninguna forma reconocible. ¿Cuál sería entonces una producción académica no masturbatoria?.

Aquí es donde podría fácilmente insertarse una apasionada defensa de la necesidad de interpelar a las masas, o al proletariado, o algo así, con la intención de correr a los onanistas por izquierda. Nada más alejado de la realidad de la escritura académica tal como la enfrentamos la mayoría de nosotros, "humanistas", a diario. Dijimos que trabajaríamos pensando siempre en la situación presente, y en esta situación semejante comunicación espontánea con la comunidad no-científica no es directamente realizable. Podrían admitirse dos excepciones algo tenues: la influencia de nuestro trabajo académico en la currícula de los programas educativos de nivel medio (ya que si hablamos de universidad, naturalmente estamos dentro de la comunidad científica), y la posibilidad de ser leídos y comentados por personas interesadas en las humanidades desde una perspectiva no profesional. El primer caso sólo es factible si -como sucede frecuentemente- quien se encuentra en el proceso de escritura académica es a su vez profesor de secundaria, y si además -cosa casi totalmente imposible- considera que sus alumnos se interesarán en el aspecto específico y concreto sobre el que está escribiendo. El segundo caso (la comunicación con la república de las letras en sentido amplio) suele estar reservado para los Grandes intelectuales (hombres maduros por lo general) que puedan publicar en editoriales importantes libros cuyo interés no sea demasiado sectario.

Por todo esto, la dimensión del juego erótico frente a los propios procedimientos de escritura y producción no pueden (ni deben) vivirse con alguna culpabilidad moralizante. Llama incluso la atención que alguien pueda hoy por hoy todavía usar al onanismo, tan revalorizado en los últimas décadas por la psicología y la medicina, como insulto.

Pese a esto, hay que decir que de las cuatro perspectivas que hemos mencionado, es probable que la que ofrece la masturbación sea la más limitada, en tanto su autosuficiencia acaba por resultar engañosa. Pero también puede ser la más irremplazable. Lo cierto es que es posible descreer completamente de cualquier tesis hermenéutica sobre la gran tradición cultural, pensar que el “método” es una ilusión positivista que habría que disolver en la nada, y no participar ni siquiera remotamente de ninguna comunidad científica real... para muchos es posible vivir exclusivamente del juego erótico textual.

Por supuesto, como suele suceder en el plano de las identificaciones narcisistas, esto implica un peligro digno de mencionarse: la tradición, el método y nuestros pares nos ofrecen algún tipo de parámetro espistemológico y/o moral al que atenernos, mientras que la lógica onanista puede arrojarnos directamente a un egocentrismo absolutamente estrecho, limitado a la repetición de rutinas de escritura casi automáticas.

Podríamos lanzar acusaciones varias contra el “posmodernismo” y argumentar que su lógica fomenta este tipo de producción académica. Irónicamente son los defensores de estas prácticas los que a menudo acusan de “masturbatorio” al academicismo tradicional. Pero no es mi objetivo aquí y ahora fomentar un debate un tanto estanco, sino más sencillamente reconocer que la posibilidad, incluso la necesidad, de jugar con uno mismo en la escritura como parte del proceso y admitir con gusto que es uno de los acicates siempre disponibles para quien se encuentra imbricado en la generación de textos académicos.

5. Epílogo: un espacio habitable

Bien, nuestra mirada ha dado una vuelta ya por la habitación entera. Pasamos por la luz crepuscular de la tradición humanística, las promesas científicas de una epistemología en desarrollo continuo, el saludo gentil de nuestros vecinos, y por nuestra propia sombra transparente reflejada en el estanque de Narciso.

Está claro que nuestro trabajo todavía nos espera. Cada acto de escritura es radicalmente específico en la mayoría de sus aspectos. Nada ni nadie nos ahorrará el trabajo de lectura y de redacción, la bibliografía y la introducción no se armarán por si mismas, esa trabajosa hipótesis que parece morir de frío cada vez que se asoma a la superficie no germinará sólo por el efecto de la luz.

Frente a esta especificidad y a las altamente particulares condiciones de trabajo que impone la producción académica, la breve cartografía que aquí quisimos presentar no ofrece soluciones trascendentales. En el mejor de los casos, pretende ayudar a develar la existencia de ventanas donde antes parecía haber sólo una serie de paredes. El punto en el que el significado real de una práctica no emerge de ninguna luz que provenga del exterior, queda por fuera de los límites de este texto.