La literatura en un mundo ¿sin superhéroes?

Especulaciones sobre Luthor

por Marcelo Topuzian

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Los primeros años de este siglo, esos en que el Estado nos terminó de dejar definitivamente librados a nuestra suerte en todo –salvando el aseguramiento de la extracción cruda de plusvalía–, fueron un gran laboratorio de la autogestión. La carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires no fue excepción. Como miembro del cuerpo docente, me sorprendía especialmente en aquel tiempo que, ante la decadencia generalizada de las estructuras –resistida precariamente por la inercia institucional o por el sentido del deber pedagógico–, fueran los estudiantes los más activos, los dotados de mayor iniciativa a la hora de fundar proyectos. Hubo varias revistas estudiantiles en esa época, que se beneficiaron también, antes de ese apocalipsis llamado Facebook, del momento todavía heroico de Internet: la época de los blogs. Tenían algo de estudiantina, pero también consecuencias palpables y retroalimentación en la práctica docente y de investigación, además del gran impacto en la experiencia de cursada de los estudiantes en el edificio de la calle Puan. Es cierto que Luthor llegó tarde a este verdadero fenómeno de la formación en Letras, pero vino no solo para quedarse, sino para ser mejor.

¿Por qué Luthor?, me preguntaba en ese lejano 2010. Los intereses de los estudiantes habían empezado, por entonces, a volvérseme una incógnita: ya estaba viejo y no podía identificar en ellos mis entusiasmos y búsquedas de diez años atrás, cuando cursaba la carrera. Por un lado, era obvio: se trataba de una concepción de la literatura extendida –a las historietas, a los videojuegos, a las series de televisión– una satisfacción secreta para mí, que había tenido que dejar fuera de la facultad mis gustos vergonzantes por la ciencia-ficción, La guerra de las galaxias y Tolkien. A partir de esto, Luthor logró ser cabalmente interdisciplinaria, pero sin perderse en la inespecificidad de un enfoque culturalista, gracias a su énfasis teórico-metodológico sostenido, su rigor y, también, su rechazo militante de los modos de politización espuria que entonces empezaban a generalizarse en la academia –en la estela de los estudios culturales, anatema de la publicación.

Por otro lado, Luthor era el archivillano por excelencia, y su lema, “un mundo sin superhéroes”. ¿Quiénes eran estos superhéroes según la revista? Lo entendí al maravillarme con un proyecto paralelo del grupo de la revista por esos mismos años: TLTropes, un repertorio colaborativo de motivos o lugares comunes de la teoría literaria basado en otro gran invento de la época heroica de Internet: TVTropes. Claro: los superhéroes eran los grandes maestros teóricos, Benjamin, Barthes, Derrida, Foucault, esos que todavía enseñábamos reverencialmente en los cursos de teoría literaria, y las subjetividades críticas locales moldeadas a su imagen y semejanza, pero cuya autoridad carismática empezaba a ser objeto de duda para un estudiantado cada vez menos interesado en la pérdida del aura, la textualidad, la deriva del sentido o el pensamiento del afuera. ¿O, por lo calvo, Foucault era Luthor, y Luthor venía a proponerse como una nueva Liga de la Justicia para los estudios literarios? ¿Nuevos superhéroes? ¿O cosplayers de la crítica?

Fónicamente, Luthor podía llevar a liter, y a literatura; mejor, a lit-theor, literary theory. Pero estaba claro que ahí no aparecía la teoría que yo siempre había creído que les interesaba más a los estudiantes. No; volvían referencias lejanas y entonces despreciadas y desprestigiadas: la narratología, la teoría de la ficción y los mundos posibles, el estructuralismo… Pero, sobre todo –y en contra de lo que entonces parecía un sentido común a propósito de la teoría y, quizás, de las prácticas todas del investigador en literatura en un mundo arrasado por la instrumentalidad empresarial neoliberal–, una concepción marcadamente utilitaria y práctica de la teoría literaria, muy metodológicamente orientada. El antiteoricismo de Luthor, palpable en TLTropes y en las actitudes sacrílegas de la revista ante algunos monstruos sagrados, era en realidad un teoricismo al cuadrado, que intentaba sacar la teoría literaria del gueto subdisciplinar en que se había encastillado, tras hacer pasar por enseñanza y práctica de la teoría el lamerse tristemente sus propias heridas narcisistas en el contexto de lo que se podía interpretar como un retorno masivo de los estudios literarios a la historia literaria y a la sociología de la literatura, sus viejas archienemigas.

En el balance, me doy cuenta de que se trataba de una demanda que ya anidaba en los corazones no solo de los estudiantes –siempre angustiosamente expuestos al carácter creativamente desfundamentado del trabajo crítico–, sino también de una parte importante del cuerpo docente. Esta orientación creciente tenía en este contexto una consecuencia contraria a la cerrazón con que las humanidades académicas han tendido a identificar la reflexión metodológica: si había que pensar concretamente las prácticas de los estudios literarios en su conjunto, el estudio y los alcances de la teoría literaria debían ampliarse más allá de los modernismos y las vanguardias, hasta las literaturas antiguas, clásicas, medievales y de la primera modernidad, y también hasta las muy contemporáneas, las atravesadas por los nuevos medios, las redes sociales y el entretenimiento de plataformas.

Al mismo tiempo, la revista se desmarcaba respecto de la usual hegemonía del restringido –y, a menudo, aburrido– campo de las disputas literarias argentinas: la revista era esencialmente comparatista, en sentido amplio, pero con naturalidad, sin histerias multiculturalistas o antinacionales, y sin caer, gracias a sus referentes teóricos ‘semi-prehistóricos’, en ese pecado siempre atribuido por sus enemigos a la teoría literaria en contextos periféricos: la predilección tilinga por la última novedad proveniente del extranjero. Aunque hay que decir que Luthor sí tiene, sin embargo, algo en común con todas las grandes revistas culturales argentinas, como Contorno, Literal o Punto de vista: está asociada a un grupo reconocible como tal y tiene un propósito intervencionista en su campo de actividad. Entonces, sí: la Liga de la Justicia, los Súper Amigos…, o quizás, el Salón de la Maldad.

Luthor logró sostener y defender una posición muy crítica respecto del carácter expansivo de la teoría literaria en los estudios literarios argentinos a partir de los años 80, pero lo hizo sin caer en el desprecio de la teoría que puede desprenderse de algunas reivindicaciones antiteóricas de historización o politización en los estudios literarios. Todo lo contrario: Luthor es, ante todo, una revista de teoría literaria, pero lo es en una época en que la teoría ya no lo es solo de la lengua, el texto o la escritura, sino también de la historia literaria y de la sociología de la cultura, y cuyos principios, a su vez, no pueden considerarse meras intuiciones ya prestablecidas desde tiempo inmemorial y, por lo tanto, sustraídas a la interrogación teórica radical.

Luthor visibilizó, se ocupó y se orientó entre los problemas más acuciantes de la disciplina de los estudios literarios en los últimos años. Logró convertirse en un sismógrafo de lo que está preocupando a los investigadores más jóvenes, aunque al mismo tiempo tenga una agenda propia muy reconocible: no tanto lo que se usa, sino más bien lo que realmente importa. En esto la ayudó, sin dudas, no renunciar a su formato original y su posicionamiento limítrofe respecto del mundo más estrictamente académico de las revistas indexadas con referato. Sumergidos, como estamos los investigadores, en la maraña burocrática de las evaluaciones regimentadas de artículos, cargos, grupos y programas, efecto secundario de los sistemas de becas y carrera de investigación que –hay que decir que, de todos modos, muy afortunadamente– se desarrollaron, con obvios altibajos, desde principios de este siglo, la relación más informal de Luthor con la actualidad de los fenómenos que estudia tiene una frescura muy difícil de encontrar hoy en otra parte en la actividad profesional de profesores, críticos e investigadores. También es felizmente ajena al mundo comercializado y conquistado por la cultura de la celebridad y de la (falsa) actualidad de los suplementos culturales, los festivales literarios y el mercado editorial. Luthor sigue hablando de todo lo que nos interesa a los críticos e investigadores literarios, pero lo hace sin todos los engorros habituales de la práctica profesional y sin la pavada de lo que el mercado entiende hoy que es la literatura. Es una Fortaleza de la Soledad, pero cuya llave está, cada tres meses, a un solo clic de distancia para todos, todas y todes, y también para mí.