Por el camino del medio

Diálogo con Inés de Mendonça sobre teoría de medios y estudios literarios

por Revista Luthor

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Entre 2020 y 2021 la carrera de Letras de la UBA contó con dos seminarios que abordaron el cruce entre literatura y medialidad y que incluyeron (hasta donde sabemos, por primera vez) textos de Friedrich Kittler en la bibliografía obligatoria. El primero estuvo a cargo de Inés de Mendonça, docente de Literatura Argentina I, y tuvo como título “Registros de la voz y vocalidades escritas en la literatura argentina” (ver programa) y el segundo fue el que dimos con el equipo editor de esta revista, “Literatura y arqueología de medios: teoría, crítica y ficción” (ver programa). En este artículo Inés de Mendonça y Mariano Vilar dialogan sobre alguna de las temáticas de los seminarios y sobre el rol de la arqueología de medios en el horizonte contemporáneo de la crítica y la teoría.

¿Cómo llegamos de la literatura a la medialidad?

IdM: Debería decir que no tuve un interés previo por la teoría de medios, sino que fueron aunándose, trenzándose en el devenir de mis lecturas y búsquedas, dos intereses muy primarios, casi podría decir adolescentes. Por supuesto, esta es una interpretación posterior. Pero de algún modo, lo que me fue empujando fue la pregunta por la escritura y cierta fascinación, siempre descolocada, a medias y desde la imposibilidad, por la tecnología. Pero, sin dudas, la pregunta por la escritura, por su relación con el decir, por las formas de su inscripción, de su materialidad y de su impacto no solo en la literatura sino en la cultura estaban ordenando el camino hacia este conjunto de lecturas. En ese sentido, hay dos pasos fundamentales que son la Historia del libro y la lectura (la biblioteca ya clásica con Chartier y Cavallo a la cabeza, pero también los medievalistas como Zumthor, Coleman o los estudios de Petrucci); y luego, el trabajo de Walter Ong sobre las tecnologías de la palabra escrita y la palabra dicha.

Finalmente, el encuentro feliz con Gramophone, Film, Typewriter de Friedrich Kittler se lo debo a Julio Schvartzman, que lo trajo como propuesta de lectura a nuestro grupo de investigación hace una década, pero sin dudas que las indagaciones de Julio sobre la poesía gauchesca y la inscripción de la letra en general venían configurando un mapa de intereses atento a las formas y a los registros.

Ya en mi tesis doctoral, el problema del registro y la inscripción de la voz y del cuerpo hacia fines del siglo XIX, en textos que surgían y circulaban en un entorno urbano, donde el fonógrafo y la cámara de fotos funcionan no solo como elemento a describir sino como metáfora de ciertos procedimientos y prácticas, explica la ligazón con estas formas de pensar también a la escritura como una práctica técnica y un medio en sí misma. Y se fue complejizando con el énfasis que fueron tomando los subsiguientes grupos de investigación en los que participé, también junto a Adriana Amante, que nos fueron llevando a los problemas de cultura material, visual y de imprenta. De cualquier modo, como en cualquier grupo, no todo el mundo se queda repicando un tema, y yo me quedé ahí y seguí indagando, en este punto creo que juega un papel esa inquietud primigenia y juvenil por las máquinas; y siempre, por escribir.

MV: En nuestro caso, la primera aproximación a Kittler y a la “teoría de medios alemana” fue por la idea que tuvo Rodrigo Baraglia de traducir un artículo en portugués sobre el tema de Müller y Fellinto en el nro. 29 de Luthor. En ese momento todavía estábamos muy metidos con la escritura de Multiversos y con el proyecto de mundos ficcionales y teoría de la ficción.

Cuando decidimos dar por terminado ese período y nos pusimos a buscar temas de investigación nuevos recordamos ese artículo y en particular a Friedrich Kittler. El tema de mundos ficcionales ya nos había puesto en contacto con la articulación entre narración y tecnología (por ejemplo con el concepto de Aarseth de lo “ergódico”, o con el problema de la identidad ficcional en narrativas transmedia). También habíamos indagado en cuestiones vinculadas con las “Humanidades digitales”. Lo que nos pasaba sin embargo es que mucho de lo que leíamos en estas líneas parecía sacrificar demasiado la conceptualización y especulación teórica en pos de herramientas o categorías puramente descriptivas (ya fuera a partir de la narratología o del text-mining). Leer Gramophone, Film, Typewriter y la prosa muchas veces enrevesada de Kittler fue refrescante en ese sentido. A la teoría de los mundos ficcionales le falta un genio loco. La arqueología de medios tiene ese aspecto bien cubierto.

¿Qué materialismos discutimos actualmente en los estudios literarios? ¿cómo se relacionan con nuestros objetos de estudio habituales?

IdM: No puedo hacer una respuesta absoluta sobre todos los estudios literarios pero creo que, en nuestra facultad, seguro, en mi breve recorrido biográfico, pude ver un deslizamiento desde las preocupaciones más deconstructivas de la década del noventa, a un reinstalamiento del contexto como necesidad en el análisis, y una vuelta de lo que podríamos llamar la sociología de la literatura, vía Williams. Pero Sarlo ya había traído estas propuestas en los ochenta y, de hecho, Viñas también estaba mirando “cosas” en los textos y construyendo series que necesitaban de la historia y tramaban lecturas con ciertas formas del materialismo cultural. Esto no significa que no hubiera quienes —y lo hay hoy— combinasen lecturas derridianas y preocupaciones materialistas. Creo que en este punto hay un diálogo entre las teorías y las historias o críticas de las literaturas nacionales. Lo que empieza a ocurrir en el siglo XXI, post giro lingüístico, digamos, es, creo, el auge de los estudios del paisaje que llevan al “giro visual” y la continuidad de los estudios sobre la historia de la imprenta y el libro, la prensa y los modos de consumo. Esas dos vertientes necesitan, casi por un proceso propio del avance de las investigaciones, volver a mirar con énfasis la relación entre la cultura material y los sentidos o interpretaciones que esas materialidades asumen o producen en los textos (a los que, por otro lado, también consideramos materialidades, ¿no?).

Ahora bien, en nuestro caso específico, la Thing Theory de Bill Brown produjo algunas aperturas a temas que veníamos rondando. Sin embargo creo que la discusión sobre los realismos en literatura argentina, que se dio intensamente en la primera década de los dosmil, no tenía que ver con esta mirada más entre arqueológica y antropológica sino con ese otro devenir de las lecturas teóricas del texto en sí, con una cierta solidaridad o especularidad en las obras ficcionales, y el pasaje, o la vuelta, a lecturas más ancladas que buscaban encontrar condicionamientos o pasajes entre, para decirlo burdamente, el afuera y el adentro del texto.

Hay algo paradójico respecto de la preocupación por la cultura material y los objetos —esta reflexión que estoy arriesgando ahora me cuestiona personalmente— en nuestro contexto de desmaterialización creciente, no solo de las obras de arte sino en las formas de existir que nos permiten tanto la virtualidad como el empobrecimiento de nuestra sociedad.

Pero además... ¿Cuáles son los problemas habituales de los estudios literarios? ¿La obra? ¿El texto? ¿El autor? ¿El período? ¿La lengua? ¿La nación o las regiones? ¿La identidad? La respuesta a esa parte de la pregunta creo que nos da una brújula indicativa de las preocupaciones teóricas, filosóficas o políticas que circundan los estudios literarios. Diría que pensar hoy tanto la figura de autor, como la lengua, los soportes, e incluso la sociabilidad como formas de lo material señalan tanto a nuestros modos de mirar al pasado como de pensar el presente. Un momento de literaturas e identidades expandidas, de discursos múltiples, donde los límites son difusos… me pregunto, preocupada, si no estaremos ejerciendo una mirada melancólica por todo aquello sólido que se desvanece en el aire.

Si me saco esa prevención, diría que mirar las cosas, permite, sin dudas desencializar discursos, subjetividades, valores, rótulos… Implica pensar las prácticas, los modos de consumo y las formas de producción; y ese gesto colabora en intentar una reposición de lectores, editores, vendedores, charlistas, paseantes y muchas muchas otras formas de habitar la cultura.

MV: Creo que se superponen dos cosas. Por un lado, como vos decís, el post-postestructuralismo que nos llevó a valorar de nuevo la historia literaria, el análisis sociológico y todo lo que se asocia con el “contexto”. Esto puede llevar a revitalizar a Williams o a la post-autonomía ludmeriana, entre muchas otras posibilidades. Al mismo tiempo, están los nuevos materialismos filosóficos como los de Harman o Melliassoux, la teoría del actor-red de Latour y otras cosas en esta línea que parten de una crítica al antropocentrismo y de una búsqueda por reconocer y reflexionar sobre la agentividad de las “cosas” (lo que a veces va de la mano con la “eco-crítica”) y en particular de los objetos tecnológicos en la producción de realidades o de sentidos. Este último movimiento viene con un empuje teórico muy fuerte desde la filosofía (a veces con un cariz deliberadamente anti-derridiano) y creo que va a impactar cada vez más en la teoría y los estudios literarios. Justamente la teoría de medios es uno de esos potenciales puntos de cruce en la medida en que el reconocimiento del carácter técnico y medial de la literatura no es algo nuevo, pero su posicionamiento dentro de un ecosistema cambiante de medios técnicos puede ofrecer ángulos bastante productivos para la reflexión.

Por otro lado, existe una cierta resistencia desde lo literario frente a estas nuevas ontologías. ¿Acaso existe una literatura no-antropocéntrica? Una cosa es pensar el materialismo o las materialidades como un problema que aparece de alguna forma tematizado en la literatura, otra es considerar a la literatura en un universo de actores en red en el cual las figuras clásicas del Autor y el Lector estarían ontológicamente al mismo nivel que las partículas de polvo que caen sobre una página.

En cierta medida, esto pasa con cualquier conceptualización de la literatura. No se la puede limitar a un objeto observable desde afuera por un marco teórico-filosófico porque la literatura misma produce reflexión. Esto tiene aparejado un peligro obvio (y ciertamente visible en los estudios que están haciendo ya uso de conceptos como el “antropoceno”) y es la tematización de modas teóricas. En otras palabras: convertir un aspecto en debate en una excusa para producir trabajos en serie sobre la “representación de X” (la clase trabajadora, el patriarcado, la crisis ecológica, etc.). Hay que encontrar espacios entre la pura materialidad fáctica (muy interesante para los historiadores de los soportes físicos y cuestiones similares), el materialismo poshumanista filosófico (muy interesante para abrir la especulación hacia horizontes descuidados por el constructivismo posmoderno) y la mera tematización y selección de ficciones en las que estas cuestiones aparezcan representadas (armar un corpus solo porque aparece un fonógrafo o una cámara de fotos polaroid).

¿Cómo fue planificar un seminario sobre algunos de estos temas para la carrera de Letras?

IdM: Sin dudas, fue un gusto y una posibilidad de abrir ciertas preguntas teóricas para mí ya fundamentales a la lectura de textos que avanzaran en lo contemporáneo y que nos permitieran la hibridación de perspectivas. Muy de acuerdo con lo que plantea Mariano respecto de las modas teóricas, creo que la prevención frente al planteo de un seminario es intentar compartir algo de los recorridos acumulados pero sin caer en el nominalismo teórico ni el name dropping de autores; y, simultáneamente, pensar propuestas que puedan expandirse a intereses desconocidos para uno y que vienen en las trayectorias lectoras de los estudiantes. En ese sentido, la propuesta no era estrictamente de arqueología de medios, sino en estos cruces, en los que la reflexión sobre la medialidad permite abrir y no cerrar en etiquetas o compartimientos. Y la estratagema cronológica me ayudó a un pequeño itinerario tecnológico que partiera del fonógrafo y terminara en la video-poesía, la cyber-poesía y otras posibilidades de la literatura en campo ampliado. Pero, por supuesto, la eco-crítica, la animalidad o las fugas del antropocentrismo no están solamente en los debates filosóficos o las modas críticas sino y, sobre todo, en las obras que se producen, en los debates que estamos sosteniendo en las redes, y en las propias configuraciones subjetivas; así que, de alguna manera, están presionando sobre lo que proponemos leer y discutir. La tragedia de intentar vivir en lo contemporáneo pero sin caer subsumida en las modas es una prevención para pensar cualquier programa. Por supuesto, Agamben viene siempre a nuestro rescate, leyendo a Nietzsche, nos propone que es en el desfasaje, o en cierta anacronía, que pertenecemos a nuestro tiempo: “es verdaderamente contemporáneo aquel que no coincide perfectamente con él ni se adecua a sus pretensiones y es por ello, en este sentido, inactual” (¿Qué es lo contemporáneo?).

La selección del corpus es siempre una excusa y hasta resulta insatisfactoria, por eso la propuesta era que, desde cada unidad, cada participante pudiese, si así lo deseara, tramar su propio corpus. Puesto que un seminario —creo— debería también brindar herramientas operativas para la práctica profesional, la idea fue permitirse pensar en esos momentos previos a la construcción de un objeto de estudio. Reflexionar sobre esos órdenes para pensar, digamos. Así que desde la planificación ya estaba proyectando ciertas direcciones hacia las que podría escaparse el seminario, o las propuestas de trabajo de los participantes: no hacia la arqueología de medios como destino final sino desde o a través de esas reflexiones.

Lo que ocurrió en las primeras clases del seminario fue distinto a lo que había imaginado. Sucedió que algunos debates que había presupuesto leídos (entre ellos algunos postulados del postestructuralismo francés y, sin dudas, las cuestiones de libro, papel o imprenta) no estaban en la biblioteca, ni leída ni oída, del curso, así que, aunque pudiese parecer sorpresivo, decidí bajar el ritmo y recuperamos un paso fundamental para avanzar sobre el resto, que fue leer y discutir “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica”. Volver (o en algunos casos leer por primera vez) a Benjamin fue sumamente rico —¡y útil!— para los debates que luego sostendríamos. Después de esa vuelta a Benjamin aceleramos mucho, y pudimos recorrer gran parte de lo que había pensado. Me arriesgo a decir que hubo mucho entusiasmo y que las circunstancias particularísimas de la pandemia le otorgaron a las reflexiones y debates una espectacularidad inusitada. En las largas clases de zoom compartido, muchas veces decíamos que estábamos en un laboratorio vital probando las hipótesis que surgían en los textos. Una estudiante dijo “nunca mejor para pensar en las tecnologías y los medios que ahora”.

Como eran muchos estudiantes, en lugar de exponer “en vivo”, el ecosistema de medios nos dio una punta: cada uno pudo grabar y subir una pequeña presentación con su propuesta de investigación y esa polifonía paralela a las clases fue muy potente para todos. Porque, por supuesto, hubo quienes aportaron sus propias bibliotecas ampliando y mejorando, complementando la planificación original. Los aportes de bibliografía, pero también de memes, chistes, canciones, películas y también arduas discusiones pasaban del zoom al mail, del mail al chat, del chat al más solemne word. Y así siguen. Sin dudas, el azar y la circunstancia histórica le dieron un cariz experimental sumamente interesante al compromiso y la rigurosidad —una palabra que surgió el primer día y nos rondó todo el cuatrimestre, que usamos como bandera y escudo, también para habilitar intereses que parecían, a priori, superficiales— que construimos con ese grupo entusiasta que se dio cita los jueves de noche en algún lugar virtual de la FFyL.

MV: Nuestro seminario sí fue específicamente sobre “arqueología de medios”, aunque esto es medio paradójico porque, como suele pasar, no hay mucho acuerdo en lo que sería específico de la arqueología de medios. Fue todo un tema para pensar el nombre. Nos parecía que llamarlo “teoría de medios” a secas era impreciso y podía sonar a algo similar a lo que se ve en materias como Análisis de los Lenguajes de los Medios Masivos de Comunicación. “Nueva teoría de medios” tampoco era muy claro por obvios motivos. “Arqueología de medios” tiene el atractivo de ser un nombre poco usual y finalmente nos pareció el que más podía representar los enfoques teóricos que íbamos a estudiar.

El clásico de Benjamin nos acompañó también, y fue interesante ver el efecto que produjo al combinarlo con McLuhan (una combinación que si bien no es muy original está profundamente alejada de lo habitual en nuestra carrera, donde este texto entra en una serie con Lukacs y Adorno en base a problemas del cruce entre vanguardias, teoría estética y política). Releer lo que dice Benjamin sobre el actor de cine, que actúa para un artefacto y no para un público humano, cobra otro sentido si lo pensamos en el panorama actual de las tecnologías de la información y de la distribución de imagen. El actor de cine de Benjamin ya no se define por su diferencia por el actor de teatro, sino más bien por su similitud con la experiencia actual de actuar permanentemente en y para aparatos técnicos ¿Y qué pasa con el carácter táctil de la obra de arte técnicamente reproducida cuando literalmente tocamos las pantallas y deslizamos nuestro dedo por touchpads?

Nosotros trabajamos con un corpus literario y audiovisual cerrado. La única obra literaria extensa que formaba parte del programa era La máquina diferencial de Gibson, una elección relativamente tradicional para trabajar arqueología de medios (en su ¿clásico? What is Media Archaelogy, Jussi Parikka empieza hablando justamente del steampunk). A esto sumamos algunos de los textos que trabaja Soledad Quereilhac en su Cuando la ciencia despertaba fantasías. En lo audiovisual, Bandersnatch era un ejemplo muy a mano para pensar el problema de la interfaz tanto en la conformación del objeto en sí (por su carácter interactivo o “ergódico”) como por su representación del problema mismo de la agentividad y la libertad en un contexto técnicamente determinado. Una pregunta que apareció en varias clases fue: ¿qué pasa cuando la figura del Autor-Dios es reemplazada por la de la Máquina?

Por último: sí, como vos decís, la cuestión de dar un seminario que tenga entre sus objetos los medios y la tecnología vía Zoom o Google Meet resultaba por momentos simpática y por momentos perturbadora. Las clases que dimos sobre el ruido, un tema bastante interesante para la arqueología de medios, se vieron afectadas por el mismo problema del que hablábamos. Como se ha dicho ya en muchos memes pandémicos, la repetida pregunta de “¿hay alguien ahí?” o “¿alguien me está escuchando?” conecta las clases virtuales con las sesiones de espiritismo, otro tema del que nos ocupamos en algunas clases.

Es interesante relacionar estos problemas de orden “fático” con un tópico que reapareció muchas veces en el seminario, que es la sospecha permanente frente a los medios. Todos los medios (incluyendo la escritura alfabética) son siempre sospechosos. Es difícil establecer si se trata de una misma sospecha (la pérdida del “aura” que solo existe en la interacción oral presencial) que cambia de forma o de algo que se modifica con cada tecnología. Aunque no estudié el tema, imagino que la aparición del dinero en papel generó sospechas comparables en algún sentido a las que hoy generan las criptomonedas. Desde hace varias décadas nuestro panorama político está determinado en gran parte por la creciente sospecha respecto de los medios masivos de comunicación, aunque esas sospechas en última instancia se basan en la especulación de los intereses ocultos de seres humanos y no de aparatos o algoritmos. Esto no pasa en las clases virtuales, en donde la sospecha pasa más por el régimen de atención que surge del uso de dispositivos digitales (sospechar que somos una pestaña entre otras veinte que el alumno tiene abierta en el Chrome, y quizás, la que menos le interesa), o más generalmente, en la idea de que el importante mensaje que tenemos para transmitir está siendo mal empaquetado en señales cuyo recorrido es imposible de rastrear. Señalamos el sol con el dedo y el zoom solo capta el dedo. ¿Podemos hablar de medios sin que los medios nos hablen?

Originalmente teníamos pensada una unidad que fuera sobre enfoques posthumanistas de los medios y la literatura, pero finalmente no la incluimos en el programa porque era muy obvio que no íbamos a llegar. Más allá de esto, que es bien teórico, siento que no pudimos ahondar tanto en el tema de las operaciones de lectura más micro que se habilitan (o se vuelven más perceptibles, no sé cómo decirlo) a partir de estas cuestiones más macro que surgen de la reflexión contemporánea sobre la medialidad. Es un problema que nos interesó con Luthor desde que empezamos con narratología en el 2010 y creo que ahí hay varios desafíos interesantes pero también dificultades estructurales. McLuhan, Kittler, y otros en su estela, parecen justamente más interesados en construir grandes paisajes conceptuales (deleuzianamente podría decir “campos de inmanencia”) que en trabajar con las unidades más o menos clásicas con las que solemos identificarnos (autores, obras, textos y contextos específicos). Los arqueólogos de medios que al contrario trabajan con cosas mucho más localizadas se van muchas veces o a la historia de aparatos puntuales (como el libro de 400 páginas de Erkki Huhtamo sobre el panorama móvil) o problemas tan “materialistas” que se pierden de vista (por ejemplo, Jussi Parikka reflexionando sobre el polvo, los metales bajo la tierra, etc.).

¿El futuro de la literatura está en los medios? ¿nuestro futuro como sujetos también?

MV: Recuerdo haber leído hace un par de años sobre un software en desarrollo (del que después no supe nada más) que consistía en un procesador de texto que funcionaba de la siguiente forma: el usuario escribe texto y a medida que va armando oraciones, una ventana lateral va estableciendo conexiones con una base de datos (en principio curada por el mismo usuario). De esta forma por ejemplo si el usuario escribiera la frase “la arbitrariedad del signo” aparecería en la ventana lateral el Curso de Lingüística general de Saussure con la indicación de las páginas en donde se alude a ese concepto, pero también textos de Barthes, Benveniste y cosas más actuales. También podrían sumarse los resultados más relevantes de Google, búsquedas de los tweets más retwitteados que hablen de la arbitrariedad del signo, etc. En cierto sentido es una idea muy práctica y nos evitaría el problema común de buscar datos bibliográficos de conceptos que ya conocemos. Por otro lado, llevado a un cierto extremo, pareciera acercarse riesgosamente a sustituir una de las tareas más significativas del crítico, que es encontrar conexiones inesperadas y originales en base a su erudición o, si se prefiere, su “archivo”. ¿Cuánto de este archivo es exteriorizable y puede sintetizarse en operaciones de etiquetado y búsqueda de cadenas de caracteres?

Y por último, el problema objetivo de la cantidad. Pareciera que sobre la arbitrariedad del signo (o muchos otros ejemplos pensables) podrían existir tantas asociaciones que en última instancia ninguna ventana podría exhibirlas de manera clara, salvo que se limite a buscar en un archivo pequeño estrictamente preseleccionado por el usuario. Tanto en un caso como en otro, pareciera que la subjetividad continuaría siendo un factor determinante y que la práctica algorítmica de encontrar conexiones seguiría siendo inconmensurable respecto del montaje como un acto creativo y personal.

El tema de la búsqueda, la subjetividad y la lectura es bastante interesante de por sí planteado en términos de la larga duración. Un ejemplo clásico es el de Agustín de Hipona abriendo al azar su códice de la Biblia y encontrando un pasaje que lo convertirá definitivamente al cristianismo. Petrarca reproduce el mismo gesto en el Renacimiento, y en su caso lo que abre es un códice manuscrito “de bolsillo” con las Confesiones de Agustín. La idea de poder abrir un libro o códice en una página al azar, apuntar con el dedo y leer, si bien no es impracticable con un rollo, ciertamente no tiene la misma espontaneidad. Podemos pensar en un antecesor bastante célebre de la búsqueda online, el “Memex” de Vannevar Bush. Los e-book plantean un caso interesante, me parece, ¿acaso hay alguien que swipee la pantalla un número azaroso de veces con el objetivo de sorprenderse iluminarse con lo primero que proyecte la pantalla? Como contrapartida, los PDF con OCR, los .epub, .mobi, etc., son textos buscables. Yo pude hacer mi tesis en cinco años sobre el epicureísmo renacentista en parte porque podía abrir un PDF de 900 páginas, tocar Ctrl + F y buscar “Epicuro” (o “Lucrecio”). De otra forma hubiera tenido que trabajar con un corpus mucho más chico o demorar el doble.

Por otro lado, más allá de cómo se busque el “mensaje” (o el sentido), la idea misma de que existe algo como un “mensaje” o un sentido que va de una conciencia a otra (por ejemplo de Agustín a Petrarca) a través de los tiempos y los lugares más remotos fue, como dice Kittler, puesta en tensión por las innovaciones técnicas en el registro del sonido, la imagen y el texto a fines del siglo XIX y principios del XX. El estructuralismo y las ideas que se derivaron de sus axiomas (incluso cuando estos axiomas ya no tengan tanta aceptación) ya hacían del texto una máquina de significados y no un vehículo para transmitir algún tipo de expresión o mensaje inherentemente significativo. Pero estas estructuras seguían aludiendo, al menos en la mayoría de los casos, a cuestiones antropológicas y/o psicoanalíticas. De ahí también su carácter político, explotado luego por la deconstrucción y buena parte de la teoría de género. Podemos discutir en qué consiste este “carácter político” y hasta qué punto es comparable con otros usos de la palabra “político”, pero en todo caso, llevado a su mínima expresión, lo “político” de estos enfoques implica un compromiso subjetivo y afectivo: quiero formar parte de esto, quiero entender y desarmar estructuras y órdenes discursivos, quiero deconstruir subjetividades, etc. Es esperable que una persona quiera asumir esa posición. ¿Quién quiere ser un decodificador de señales técnicas?

IdM: La incertidumbre existencial que genera percibir que los saberes humanos serán totalmente obsoletos en breve tiempo, producto de la digitalización completa que estaría proponiendo el capitalismo financiero, mantenía sin embargo un resquicio de salvaguarda para “las tareas intelectuales”; aquello donde algo similar al gusto, al criterio y a la hiperselección podía resultar imposible para cualquier inteligencia artificial. Esta suerte de resguardo de la subjetividad como distinción frente a la máquina empieza a desmoronarse. Por un lado, tal como decís, Mariano, la misma noción de sistema en los estudios estructurales combinada con la posibilidad asociativa de lo inconsciente y lo colectivo minaba la noción de acción individual para cualquier hecho de lengua. Lo maquínico parece haber ido capturando más y más áreas de la expresión subjetiva, aunque los optimistas del progreso podrían argumentar que es en esa liberación del peso romántico de la originalidad donde el sujeto se expresa, librado al juego de las combinatorias. Lo cierto es que las máquinas podrán hacerlo por nosotros, y probablemente, mejor.

Tal vez deberíamos observar algo del presente: en una era de normalización expansiva de los discursos en el que las redes condicionan no solo extensión sino formato se producen sin freno textualidades testimoniales de vidas individuales. Todos los yoes de la red quieren (queremos, con más o menos pudor) dejar una huella, manifestar una opinión o exponer un sesgo y de un modo novedoso podríamos hablar de una democratización de esta tendencia. No se trata solamente de prácticas elitistas. Habrá que retrotaerse a Lévi-Strauss o a los psicólogos de las dinámicas grupales para revisar ese deseo de pertenencia imposible de frenar. Entonces, así como en una era de desmaterialización capitalista, reviven los intereses por las materialidades; ante este abismo de posible obsolescencia de lo humano, el relato verbal y visual de la experiencia individual -aunque consista en la réplica de muchas otras similares- resiste y crece. Tal vez la tarea de la crítica vaya mutando de la visibilización a la necesidad de aprender a dejar de mirar. ¿Dónde focalizar? ¿Qué revestirá un verdadero interés? ¿Qué potencias políticas moverán las brújulas de los cuestionamientos? ¿Cómo no caer en el lugar común multiplicado de la hipercorrección política?

¿Y qué pensar del libro expandido, la ecología de pantallas, la multilectura y muchas otras categorías que surgen para explicar qué pasa y qué pasará con estas cuestiones del decir? En algún sentido, la relación entre lectura y “otras cosas” existe desde que el libro deja de ser un asunto puramente elitista y resguardado. Escribir para conversar y conversar para escribir no es una práctica novedosa. En el siglo XX, las prácticas transpositivas, el cambio de una dimensión verbal a una dimensión visual, musical, performática, proliferan tanto en las experimentaciones más vanguardistas como en la industria cultural dominante.

Tal vez lo más interesante sea percibir —¿adivinar? ¿imaginar?— qué impactos provoca en las formas de composición, en los procesos creativos, esta proliferación de pantallas. Claro que esto debería ser igual en nuestras indagaciones sobre los siglos pasados. Me refiero a que no siempre un texto que dice o pronuncia la palabra pantalla (o fonógrafo, teléfono, radio, tele, computadora, tableta, mail, twitch, o lo que sea) está produciendo algo vinculado con ese medio. Debemos aprender a mirar lo que no se dice. Para no ser nada original: intentar recuperar sus condiciones materiales de producción y existencia.

Es muy probable que este texto que escribo ahora, en un documento de Word, que luego pego en un Google Doc, y sobre el que los chicos de Luthor van a producir algunas intervenciones, que provino de una invitación en un intercambio de mail, y luego de varios audios y textos de whatsapp, tenga un resto, una huella, algo de lo que los medios técnicos permiten en nuestra escritura que no podamos todavía descifrar. Claro que, como críticos literarios, las obras escritas, multimediales o transpositivas que producen ficciones, amplían sus mundos, sus personajes o sus formas verbales a partir de estas preguntas nos resultan fascinantes. Textos que se hacen cargo de esas marcas y las aprovechan, a veces con resultados no tan felices, pero sin dudas atrayentes para poder pensar todos los otros, los que intentan ocultar las formas de los recursos técnicos que les dieron existencia.