Persistencias de la servidumbre

Trabajo doméstico y relaciones de dominación en novelas de Ferreyra, Peyceré, Bizzio y Aira

por Mariano Carreras

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La noción de servidumbre ha perdido relevancia en las reflexiones sociológicas y políticas contemporáneas. Esto es así porque si bien existen casos de trabajo doméstico en los que pueden subsistir formas de dependencia más bien típicas de una época asociada con la hegemonía de los sectores oligárquicos, los marcos legales de las democracias actuales y el sentido común de la época en la que vivimos permiten juzgar esos casos como anacronismos condenables. Sin embargo, en los hechos, el capitalismo posindustrial sostiene lógicas de estratificación cuyos efectos socioculturales no parecen tan distantes de los márgenes de desigualdad que estructuraban las sociedades en las que las antiguas relaciones de servidumbre se integraban en el orden institucional. Con todo, ya no se habla de “servilismo” sino de “servicio”, de tareas de cuidado o de trabajo doméstico. Este desplazamiento conceptual tiene varias consecuencias. La más trascendente es quizás que si en el paradigma de la servidumbre la carencia estaba del lado del sirviente, en el paradigma del servicio, quien carece, puesto que necesita del trabajo de un otro, es el destinatario de las tareas de cuidado, a cargo de un trabajador que, por otra parte, suele requerir de cierta formación profesional (Fraisse 2018).

Este cambio de mentalidad se despliega en un contexto histórico en el que las inequidades, lejos de atenuarse, se profundizan cada día más. Sin duda los sistemas democráticos tienden a disolver las antiguas relaciones de servidumbre. Pero, de manera concomitante, las formaciones sociales contemporáneas reabsorben las desigualdades que implicaban aquellas relaciones dentro de las lógicas de funcionamiento de mercados laborales caracterizados por la precarización laboral y la exclusión (Therborn 2003, p. 24). En este sentido, aun cuando se pueda reconocer el valor descriptivo del concepto de servicio en determinados contextos de análisis, elevar dicha noción a la dimensión de un cambio de paradigma es una operación teórica que podría sugerir la imagen de un mundo de equidad y reconciliación social que en términos históricos no existe. Frente al riesgo de relativizar los procesos de reproducción de la desigualdad, una serie de propuestas literarias argentinas relativamente contemporáneas se desmarca de la noción de servicio y construye universos ficcionales en los que la servidumbre persiste como realidad.

Las cuatro ficciones literarias argentinas que se van a analizar en este trabajo se escribieron y se publicaron en un período comprendido entre dos procesos históricos de enorme significación política. El primero está relacionado con la caída del bloque socialista de Europa del Este y la consolidación del neoliberalismo a nivel global. El segundo coincide con la crisis del neoliberalismo y la emergencia, ya en el siglo XXI, de gobiernos latinoamericanos progresistas que iniciaron procesos socioeconómicos de inclusión social, pero que a su vez desarrollaron políticas a través de las que no lograron profundizar y sostener en el tiempo las transformaciones sociales en curso (cf. Svampa 2017). Estas cuatro ficciones encuentran modos distintos de reflexionar acerca del problema de las contradicciones de clase a partir del tópico de la servidumbre en un período histórico en el que, durante varios años, los gobiernos neoliberales parecieron tener el poder suficiente para estabilizar ad infinitum procesos regresivos desde el punto de vista de los derechos sociales, y pusieron en jaque la propia hipótesis del conflicto social como factor determinante de las transformaciones históricas.

Además, es importante señalar que, en el marco de la literatura argentina, el tópico de la servidumbre se conceptualiza como tal en la década del 60 a partir de una célebre intervención crítica de David Viñas (2005). Preocupado por la recurrencia de estrategias narrativas tendientes a naturalizar la dependencia servil en la literatura producida por los escritores liberales, Viñas plantea que en esos textos los sirvientes funcionaban como figuras satelitales cosificadas desde la perspectiva de la clase dominante. Su hipótesis de lectura consiste en que los escritores de la burguesía ponderaban los rasgos y comportamientos de los “criados favoritos” en los que podían ver reflejados sus propios valores de clase. [1]. La premisa que se pone a prueba en este trabajo es que algunas ficciones literarias argentinas contemporáneas disuelven ese núcleo de sentido y configuran en torno al problema de la servidumbre una constelación semántica distinta. La operación crítica de Viñas acerca del lugar de los sirvientes en la literatura argentina no solo ha funcionado como la explicitación y el agotamiento de un esquema narrativo que ya no se puede reciclar, sino también como el señalamiento de las posiciones ideológicas desde las cuales resulta actualmente imposible sostener un discurso literario acerca de la servidumbre.

En El amparo, de Gustavo Ferreyra (2015) [2], Adolfo sirve a su señor en una casa en la que entró hace algunos años y de la cual espera nunca ser despedido. A resguardo de un afuera tan difuso como temido, el encierro y los rigores de la servidumbre son vividos por el personal de la casa como los signos de un precario confort que es preciso esforzarse para conservar. No está claro cuál es el anclaje espaciotemporal del relato. Algún país en Latinoamérica, presente o futuro más o menos próximo, lo cierto es que todas las pistas de localización histórica y territorial convergen en una construcción distópica sin referencias precisas. En ese contexto de encierro, aunque Adolfo hace todo lo que puede para no perder su lugar, su trabajo es tan penoso como singular, puesto que se desempeña en el oficio de “receptor de carozos”: recibe con la boca los restos de las aceitunas que come su señor. Sin embargo, no percibe su tarea como un trabajo degradante. Cuando lo pierda y sea desplazado al área de limpieza, enfrentará ese cambio circunstancial como una pesadilla y se esforzará para recuperar su puesto en la sala comedor. Como si esto fuera poco, los aspectos técnicos y subjetivos de su función representan para él tal complejidad que resulta necesario ajustar la ejecución a un ideal para el cual es preciso desarrollar cierta destreza.

El carácter obsesivo con el que Adolfo cumple sus obligaciones y se desenvuelve en la casa es narrado por una voz en tercera persona que despliega un discurso analítico y detallista con igual grado de obsesión. Así, el relato recupera formalmente la lógica de un personaje no solo encerrado en el interior de la casa en la que sirve, sino también en el laberinto infinito de sus deliberaciones. Y si la naturaleza improductiva de su trabajo no se materializa en obra, Adolfo es inmensamente productivo en el desarrollo de su monólogo interior. Sin embargo, aunque en sus reflexiones es muy prolífico, ese pensamiento no tiene voz: la novela no se escribe con las elucubraciones internas del sirviente, sino con una voz despersonalizada que traduce cada una de esas inflexiones mentales. Adolfo está expropiado del sentido de lo que hace, de lo que piensa y de lo que es, pero la narración adquiere la dinámica obsesiva de su forma de pensar. Y, a diferencia de lo que ocurre en el corpus de Viñas, donde la objetivación de los criados se producía siempre desde la perspectiva del amo, en el texto de Ferreyra, el punto de vista de la narración no sólo no coincide con la perspectiva del señor, sino que, además, el sirviente es el centro de gravitación de toda la novela.

Por su parte, en Los días sentimentales, de Nicolás Peyceré (2005), todo gira en torno de María iluminada, señora de la casa, narradora de la historia y esposa de un conspirador contra el segundo gobierno de Yrigoyen. Pero Dionisia, una joven wichi de quince años, recién llegada del norte del país para incorporarse al plantel de sirvientes del matrimonio porteño, es un personaje secundario tan relevante como los que pertenecen a la clase dominante. Si para Viñas el sirviente era en la literatura liberal un objeto más de la casa, en la novela de Peyceré el proceso de cosificación de la sirvienta implica la singularización de su cuerpo como objeto de deseo. Para la propia María Iluminada, que la persigue con la mirada y en la escritura, incluso hasta la excitación. Pero también para su sobrino, para quien el abuso sexual es un derecho, y la resistencia de Dionisia un obstáculo a salvar. María Iluminada observa al niño en plena lucha con Dionisia, y si bien en su fuero interno desaprueba esos excesos, no interviene para detenerlos. Tampoco lo hace cuando encuentra a su sobrino recostado detrás de la puerta del baño de las sirvientas, mientras Dionisia toma su baño matinal. Aunque la presencia de su tía es suficiente para que el joven voyeur se escabulla y desaparezca de la escena. Si la dueña de casa no lo reta, es quizás porque lo comprende, puesto que a ella le pasa un poco lo mismo que a él. En efecto, cuando su sobrino se escapa, es ella quien ocupa su lugar detrás de la puerta y espía la intimidad del baño de la joven sirvienta.

Dionisia casi no tiene voz. Pronuncia en toda la novela apenas unas pocas palabras, cuya legibilidad depende de la mediación de la escritura de María Iluminada. Si es verdad que la historia la escriben los vencedores, en este caso es con la voz de la señora con la que se escribe la historia. No es casual que sea la esposa de uno de los ganadores en ese proceso destituyente que derivó en la Década Infame. En cambio, Dionisia pertenece a la clase de los derrotados. Por eso calla y se limita a servir. Su novio, Fablito, un soldado que defiende el gobierno de Yrigoyen, después de la asonada, termina preso. También pertenece a la clase de los que pierden. Una y otro sirven respectivamente a la oligarquía y a la patria, entidades que los condenan a la derrota. En Dionisia, sometida a las torsiones y a los matices de una escritura “exquisita”, adorada en secreto y usada en la praxis, se entrelazan los vectores de una perspectiva estetizante y racista a la vez. Esa perspectiva se articula en una escritura que frustra sistemáticamente toda expectativa de lectura: cada frase contiene el enigma indescifrable de la que le sigue. Dicho desconcierto puede ser entendido como uno de los efectos de lectura de una escritura poética que encuentra en la libertad expresiva un principio constructivo. Pero también como el producto de un hermetismo que funciona como estrategia de construcción de poder.

En Rabia, de Sergio Bizzio (2004), Rosa trabaja en la mansión de los Blinder hace un par de años. Y, aunque no lo sabe, las desventajas de su posición subalterna se compensan, en la medida de lo posible, en virtud de los esfuerzos de un insospechado habitante de la casa que le cuida las espaldas. Se trata de José María, el albañil de una obra en construcción cercana a la casa de los Blinder, que ella conoce en el supermercado y con el que a su vez había comenzado una relación amorosa. Prófugo de la ley, José María se filtra en la casa, de cuya amplitud se vale para pasar desapercibido y escapar a las indagaciones de los agentes de la justicia. Situada en el comienzo del siglo XXI, Rabia es una historia de amor entre la sirvienta de una familia de clase alta en decadencia y un obrero que deviene “fantasma” de carne y hueso. Si en los textos de los escritores liberales las relaciones de servidumbre se naturalizaban porque se contaban desde el punto de vista de la clase dominante, en Rabia se perciben las aflicciones de la desigualdad porque la historia se cuenta desde la perspectiva de un trabajador. Lo crucial de la novela es que todas sus intervenciones compensatorias, tendientes a moderar las desproporciones de la desigualdad en el espacio doméstico, no provienen del orden institucional, sino de la posición clandestina de un prófugo.

Cuando Rosa queda embarazada de un vecino que no está dispuesto a asumir su paternidad, quien ocupa ese lugar es José María. Pero lo hace desde la invisibilidad. Rosa cuenta además en ese trance con el apoyo de la señora Blinder. Las pequeñas acciones con las que José María vela por el bienestar de su novia son para Rosa parte de los cuidados que le dedica su patrona. En este juego de equívocos virtuosos, la relación entre ellas mejora y deriva en un vínculo relativamente fraternal. Pero la generosidad de la patrona tiene sus límites. Por eso, cada vez que puede, José María añade a la lista de las compras de la señora Blinder pequeñas delicias capaces de satisfacer los antojos de Rosa. El intruso copia la letra de la patrona para completar una lista nunca lo suficientemente generosa como para cubrir los deseos de la empleada doméstica. El gesto de apropiación de la letra de la señora para producir un texto que la sirvienta no puede formular por sí misma, invierte el procedimiento, convencionalizado en una tradición literaria y extraliteraria de larga data, que consiste en la apropiación, desde la cultura letrada, de la voz de los de abajo. José María da vuelta el sentido de ese recurso formal y lo convierte en un instrumento de negociación tramposo a favor de la sirvienta en el espacio de la ficción. Por lo demás, si Rosa no puede escribir su deseo no es porque le falten habilidades técnicas, sino porque desde su posición no puede percibir su deseo como un derecho.

Con La villa, de César Aira (2006), aparece un problema nuevo en relación con el tópico de la servidumbre: lo que importa no es tanto la relación entre sirvientes y patrones, sino la vinculación entre los pobres y los jóvenes de clase media. En una primera instancia, los jóvenes no pueden entender de qué viven los pobres. Jéssica ve el reflejo de Adela, la sirvienta que trabaja en uno de los departamentos de su edificio, en una de las ventanas de un edificio de enfrente, pero lo que ve le parece una danza o una coreografía abstracta. Maxi se encuentra con Adela en la villa de Flores de casualidad, y más tarde recuerda que ya la conocía como un reflejo en el espejo de su cuarto. Tanto para Jéssica como para Maxi, jóvenes de clase media, las escenas de trabajo doméstico que ven se desrealizan, se convierten en curiosidades pertenecientes al universo de las fantasías ópticas. Aira no explora el lugar de la sirvienta en el espacio doméstico porque sus personajes no lo pueden ver como lo que es: un lugar de trabajo. Aun así, se establece allí una relación, una alianza entre personajes de distinta extracción social, entre los condenados al hacinamiento y a la pobreza por las políticas neoliberales que en el terreno histórico local derivaron en la crisis del 2001, y figuras que se inscriben en la renovación generacional de las capas medias porteñas. Sólo que se trata de una alianza que todavía no tiene traducción política. Cuando Vanessa, la hermana de Maxi, recurre a Adela, lo hace para que le proporcione información sobre la venta de droga en la villa, y lo que busca es en realidad salvar su pellejo. Y si Maxi se dedica a colaborar desinteresadamente con los cartoneros, lo hace porque siente que todavía no ha encontrado un destino: su solidaridad funciona más bien como el resultado espontáneo de una desorientación adolescente.

Es verdad que Maxi no carece de buenas intenciones. Pero la ayuda que les ofrece a Adela y al “linyerita” se agota en las idas y vueltas de un enredo amoroso. En última instancia, es mucho más trascendente la ayuda con que Adela le devuelve el favor a su benefactor, puesto que en esa devolución lo que estaba en juego no era ya la suerte amorosa del joven pequeñoburgués, sino su propia vida. El empeño colaborativo de Maxi funciona para él como un pasatiempo, como un compás de espera mientras madure en su interior una vocación que le proporcione una “utilidad social”. Pero el relato no excluye la posibilidad de que ese pasatiempo sea parte del proceso de maduración de una vocación vinculada con sus gestos de solidaridad con los que menos tienen. Por otra parte, Maxi cuestiona los condicionamientos socioeconómicos que perpetúan las relaciones de servidumbre a las que se ven sometidos los pobres, pero la propia Adela no parece tenerlo tan claro, y él mismo agota sus esfuerzos en una forma de asistencialismo individual que, si bien ayuda efectivamente a los cartoneros en el día a día, es incapaz todavía de generar condiciones asociativas transformadores.

Durante el proceso histórico en el que se diluían los proyectos revolucionarios, Ferreyra imagina una pesadilla distópica cuyo contenido es un retorno de la servidumbre que recuerda más bien los tiempos de la aristocracia. En el contexto de la salida argentina de la era neoliberal, Peyceré, Bizzio y Aira reconducen en sus novelas el tópico de la servidumbre dentro de coordenadas históricas identificables. Peyceré, apoyado en las premisas conceptuales de la novela histórica, escribe sobre las derivas recreativas de la burguesía porteña durante la restauración conservadora de la década del 30. Bizzio reinscribe la tradición literaria de las historias de forajidos en el espacio de una mansión porteña que en cualquier momento se vende y se convierte en la embajada de una nación emergente. Aira narra los esbozos de una alianza política posible entre clases no antagónicas, pero en esa articulación incipiente los personajes no se ponen de acuerdo en cuanto a la percepción de la contradicción principal. Las novelas de Ferreyra y Peyceré ficcionalizan el sueño de los conservadores. Las novelas de Bizzio y Aira, narran las dificultades de la reconstrucción de un tejido social deteriorado por la retirada del Estado benefactor y por la crisis socioeconómica a la que condujeron los gobiernos neoliberales.

Los textos de Ferreyra y Peyceré pueden ser leídos como las dos caras de una misma moneda. Dionisia es el objeto de la mirada de una señora para quien el cuerpo de la sirvienta funciona como un fetiche. Adolfo no puede evitar la intensa fascinación que le produce mirar de soslayo a su señor cada vez que puede, con todos los recaudos necesarios para que esas incursiones escópicas no sean advertidas y se interrumpa el servicio. En ambos movimientos, la mirada es el medio por el cual se refuerza una forma de relación que pareciera trascender los elementos específicos de un vínculo asociado con el mundo del trabajo. Ambas ficciones ponen en evidencia que las relaciones de servidumbre se sostienen, en buena medida, gracias a una serie de comportamientos aparentemente marginales, ligados con la espectralidad de la seducción y con las exigencias del disimulo. Si en las lecturas de Viñas los “criados favoritos” vivían sumidos en una existencia alienada que les permitía construir una ilusión de reciprocidad con los dueños de casa (Viñas 2005, p. 75), en las ficciones contemporáneas esa ilusión se desvanece: los textos dejan al descubierto los gestos laterales que explicitan y garantizan la desigualdad. Y si, en aquellas lecturas, el modesto prestigio del sirviente dependía de la continuidad en el trabajo y de la eficacia en las tareas domésticas; en estas últimas, la eficacia se da por descontada y narrativamente queda relegada a un segundo plano.

Así, se produce un desplazamiento desde lo que Viñas conceptualizó en los términos de una “legalidad doméstica”, entendida como una “ética económica”, hacia una ilegalidad óptica en la que el espacio doméstico se convierte en una especie de laboratorio de miradas cautivas. La paranoia de Adolfo no alcanza para aplacar su curiosidad y ahorrarse los riesgos de inclinar la mirada para ver el rostro del señor mientras mastica. La elegancia porteña de María Iluminada no es suficiente para imponer un control sobre sus impulsos sensuales a la hora de mirar y narrar a Dionisia. El sirviente que construye Ferreyra y la señora que ficcionaliza Peyceré se lanzan en carreras experimentales que desbordan los límites de la economía doméstica y producen puntos de fuga narrativos que relativizan la legalidad. Ahora bien, nada de esto pone en peligro el dispositivo de dominación. Por el contrario, la desigualdad pareciera encontrar un reaseguro en esas pequeñas licencias. Por supuesto, existe una diferencia importante entre los permisos que se concede Adolfo y aquellos de los que goza María Iluminada: donde el sirviente arriesga su puesto o su permanencia en la casa, los deslices de la señora no la podrían perjudicar en nada.

Por otra parte, las novelas de Bizzio y Aira responden a un régimen de visibilidad que permite leer relaciones completamente distintas. Por un lado, en Rabia, José María lo ve todo, y lo que escapa al alcance de su mirada lo puede reconstruir con la imaginación a partir de lo que sí puede ver. Si su presencia es invisible, deja rastros evidentes que no lo delatan pero que inciden en las interacciones cotidianas de los habitantes de la casa. Por otro lado, en La villa, si a los ojos de los jóvenes de clase media las escenas de trabajo de Adela parecen abstracciones, la circulación de los cartoneros en las calles de la ciudad está bien lejos de pasar para Maxi desapercibida. En un caso, el obrero que no se somete a las humillaciones que le exigen los personajes que encarnan el statu quo del trabajo y del barrio se convierte en prófugo, y desde ese lugar puede ver y atenuar las penurias que implica la posición de la sirvienta en el interior de la casa burguesa. En el otro, el adolescente de clase media puede ver y se vincula con los habitantes de la villa que recorren el barrio de Flores porque todavía no ha encontrado la ocupación que lo insertará en la vida adulta. En los dos textos, la visibilidad de los de abajo y las posibilidades relativas de reconstruir los lazos sociales horadados por la desigualdad dependen de dos formas de subjetividad que resisten el orden institucional y se mueven en los márgenes del sistema.

Para José María, la desigualdad es intolerable. La “rabia” del título de la novela es el sentimiento de un trabajador que no está dispuesto a ceder en todo, pero que está muy lejos de reciclar su odio en un instrumento de transformación colectiva. Por eso se convierte en forajido, en una especie de fantasma enamorado de una sirvienta a la que no le suelta la mano, pero por la cual es realmente poco lo que puede hacer. A Maxi, hijo de un “comerciante acomodado”, las desigualdades que no sufre en carne propia le parecen mal: son el resultado de una dinámica social sin reglas, sin regulaciones que cubran las necesidades y moderen las expectativas individuales del conjunto de la sociedad. Discute sobre el tema con Adela, quien en cambio considera que si todos hacen todo lo que pueden por tener todo lo que quieren el sistema se regula solo. La sirvienta tiene claro que el hecho de que sus patrones digan que “ya no hay pobres” tiene más que ver con la metáfora de que “los pobres se quedaron sin mundo” que con la existencia de un proceso histórico en el que las desigualdades vayan en camino a desaparecer. Pero, aun así, inserta en el hilo de sus argumentos un enunciado de raigambre liberal con el que Maxi no puede comulgar. En un sentido semejante, es sintomático que la idea de regulación estatal que imagina José María antes de romper con el orden legal esté relacionado con un programa de asistencia económica para escritores, y no con políticas que mejoren las condiciones de existencia de la clase a la que pertenece.

Las formas de la servidumbre persisten en la literatura, acaso porque la desigualdad insiste como factor estructural en las formas de ordenamiento social de las democracias contemporáneas. La literatura piensa las desigualdades del capitalismo posindustrial a través de las formas de la dependencia del pasado, del presente y de un futuro imaginario, en ficciones que dibujan una trama de relaciones y que reconfiguran con distintas estrategias narrativas el tópico de la servidumbre. Ya no se trata de relatos en los que se naturalizan los vínculos serviles, sino de textos en los que se explicitan los mecanismos de funcionamiento de la sumisión. A su vez, los sirvientes no se limitan a cumplir roles marginales y utilitarios, al servicio de la continuidad del relato o en pos de la centralidad de los personajes protagónicos para quienes prestan servicio, sino que asumen una centralidad que permite explorar los matices ideológicos, morales y afectivos que presuponen las particularidades del trabajo doméstico (Rossi y Campanella 2018). Las propuestas narrativas abordan los procesos de cosificación de las clases subalternas, pero no lo hacen como síntoma textual de una clase dominante que se erige como “fuente de toda razón y justicia” (Viñas 2005, p. 74). Más bien, los textos ponen en evidencia que los patrones fetichizan los cuerpos que usan porque tienen el poder material para fijar los límites de la justicia y de la razón.

Por un lado, la recreación ficcional de la servidumbre del pasado y la imaginación de un servilismo distópico, dos modos en cierto sentido opuestos y complementarios en que la literatura puede interrogar la encrucijada de un presente que se tensa como un instante de vacilación entre dos catástrofes, una ocurrida y otra posible. Por otro lado, dos construcciones narrativas que refieren a las formas del trabajo doméstico del presente, cuya visibilidad depende de la perspectiva del intruso o se desvanece en los efectos ópticos disolventes de una clase media que percibe el trabajo de la sirvienta de otros como danza o fantasía. Las narraciones acerca de la servidumbre van de las intimidades de un servilismo aparentemente inquebrantable a las dificultades para percibir y eliminar los resabios de trabajo servil en el siglo XXI. Entre el recuerdo inquietante de las sumisiones del pasado, los reductos de servilismo de la actualidad y el horizonte de un futuro por lo menos incierto, la literatura contemporánea argentina hace foco en las contradicciones de clase. Y lo hace a través del tópico de una forma de relación social que persiste como un desequilibrio irreductible, cubierto por un largo proceso de naturalización.

Bibliografía

Aira, C. (2006). La villa. Buenos Aires: Emecé Editores.

Bizzio, S. (2005). Rabia. Buenos Aires: Interzona.

Ferreyra, G. (2015). El amparo. Buenos Aires: Clubcinco.

Fraisse, G. (2018). “Servicio o servidumbre”. En Rossi, M. L. y Campanella, L. (Eds.). Los de abajo (pp. 227-235). Rosario: UNR Editora.

Peyceré, N. (2005) .Los días sentimentales. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Rossi, M. L. y Campanella, L. (2018). “Prólogo. ¿De qué hablamos cuando hablamos de servicio?”. En Rossi, M. L. y Campanella, L. (Eds.). Los de abajo (9-23). Rosario: UNR Editora.

Svampa, M. (2017). “Cuatro claves para leer América Latina”. En Nueva Sociedad, Nº 268. Recuperado a partir de https://nuso.org/articulo/cuatro-claves-para-leer-america-latina/

Therborn, G. (2003). “La crisis y el futuro del capitalismo”, en Sader, E. y Gentili, P. (Comp.) La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social (pp. 19-25). Buenos Aires: Clacso. Recuperado a partir de http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20100609030645/latrama.pdf

Viñas, D. (2005). ““Niños” y “criados favoritos”: de Amalia a través de La gran aldea hasta recalar en algunas mujeres”. Literatura argentina y política (pp. 68-96). Buenos Aires: Santiago Arcos.

Notas

[1] Viñas construye un corpus a partir de la relación entre “el niño y uno de los criados favoritos”. Quizás el caso paradigmático de la serie es el de La gran aldea, de Lucio Vicente López (1884), donde la perspectiva periférica del niño y la condición marginal de los criados confluyen en la figura topográfica del rincón doméstico (Viñas 2005, pp. 68-72).

[2] La primera edición de la novela de Gustavo Ferreyra fue publicada por Editorial Sudamericana en 1994. Remitimos a la versión de 2015 porque incluye un posfacio del autor con algunos planteos relevantes para pensar el contexto de producción de la obra.