Disciplina literaria para superar la crisis

Reseña de Sans Objet: Pour une épistémologie de la discipline littéraire (2021) de Annick Louis

por Mariano Vilar

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Annick Louis retoma en Sans Objet una pregunta que le hizo Josefina Ludmer a sus estudiantes cuando se creó la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en 1985: ¿los estudios literarios, en tanto disciplina, deben ser considerados una ciencia social (es decir, incorporarse a esta nueva unidad académica)?, y si la respuesta fuera afirmativa, ¿qué tipo de ciencia social podrían ser? Como también recuerda Louis, la respuesta a la primera pregunta fue que no, y hoy la carrera de Letras continúa estando en la misma sede que Filosofía, Historia, Artes, etc. y no con Sociología, Ciencias Políticas, Relaciones del trabajo, etc.

En 2012, en las Jornadas Actualidad de la investigación literaria: Prácticas de la crítica, tuvo lugar una discusión hasta cierto punto comparable. En un contexto dominado por el crecimiento acelerado del Conicet, que se había convertido no hacía mucho en una opción real y no-tan-elitista de dedicarse a la investigación en literatura (sea por un tiempo o permanentemente) como trabajo full-time, una de las expositoras defendió la academización del estudio de la literatura y su inclusión en los programas y protocolos de la ciencia (social). Frente a esto, Daniel Link respondió, casi con indignación, que esto era abominable y que arruinaría nuestro campo de estudios, cuya matriz era la filología y no la ciencia.

Tal como señala la misma Louis, el primer problema que surge cuando asociamos ciencias sociales con estudios literarios es la palabra “ciencia”, que difícilmente se corresponde con la percepción que tenemos de nuestro propio trabajo. Recuerdo muy bien el día que en una clase de Teoría y Análisis Literario (probablemente la primera o la segunda semana de cursada del año 2003), Jorge Panesi preguntó qué pensábamos que era la teoría literaria, y yo levanté la mano para decir: “¿es el estudio científico de la literatura?”. Panesi respondió que la ciencia no era lo nuestro.

La pregunta de Ludmer, sin embargo, se vuelve más interesante si no la limitamos a la cuestión de ciencia vs. no ciencia (una oposición que, si no está contextualizada, no sirve de mucho). El problema, como repite Louis a lo largo de todo su libro, es en gran parte institucional. La pregunta de Ludmer surgía en un contexto de debate sobre la conformación de unidades académicas y planes de estudio luego de la última dictadura militar. La apuesta de Louis es retomarla en un contexto muy diferente, en el que por un lado la profesionalización y la burocratización de los protocolos de la investigación literaria están notablemente consolidados, pero al mismo tiempo, crece la percepción de que existe una crisis de legitimidad que no hará más que empeorar:

Lo que me interesa subrayar aquí es que la insatisfacción con el estado de nuestro campo, la dificultad para proyectar la disciplina hacia el futuro y el desconcierto (que puede tener varias causas, incluidas las elecciones individuales, la mala comprensión de un sistema institucional, o un cambio de orientación), son compartidos por un cierto número de actores. Nuestro recorrido nos permite también volver a lo que hemos considerado como los factores de transformación de la disciplina literaria: por un lado, los cambios en los modos de producción y circulación de la palabra escrita; por otro lado, el movimiento descrito por el desarrollo de disciplinas dentro de las ciencias humanas en Occidente. (p.165) [1]

Hay muchas respuestas posibles a esta crisis. Por ejemplo, podemos negar su existencia, declararla como parte de un proceso mucho más extenso (¿la secularización de las letras? ¿la transformación antropológica que acompaña el fin de la era Gutenberg? ¿el capitalismo de datos?) cuya teleología es por ahora inabarcable, o proponer algún tipo de respuesta. Podemos aspirar a refugiarnos en valores tradicionales asociados con la formación humanística y defender el conocimiento sobre la literatura como una manera de mejorar (humanizar, o quizás deshumanizar) al individuo y por extensión la sociedad, o como una manera de vincularnos con la belleza (aunque la estética esté bastante devaluada), o quizás como una manera de resguardar un patrimonio considerado valioso (aunque habría que definir por qué y para quién). Una opción más realista es aceptar que las instituciones académicas de las que la mayoría de los estudiosos de la literatura formamos parte son el espacio natural de la disciplina literaria, y construir desde allí una manera de validar nuestros saberes. La expresión “disciplina literaria” (poco común, sino inexistente, en Argentina) es una de las propuestas de Louis para marcar un quiebre con la tradición decimonónica de los estudios literarios y asumir frontalmente la necesidad de una mayor articulación con las ciencias (sin llegar al extremo de hablar de una “ciencia literaria”).

Para que esta disciplina pueda existir y prosperar, necesita preguntarse por sus condiciones de existencia, y la teoría literaria, con su historia de genios excéntricos, no es de mucha ayuda. De ahí la propuesta de Louis: es necesario desarrollar una reflexión epistemológica sobre la disciplina literaria. La reflexión se basará en la naturaleza del “objeto” literario, pero también (y quizás, incluso en mayor medida) del “sujeto” investigador y de las prácticas reales en las que está inmerso. Para esto, Louis usará su experiencia como investigadora en Francia y en Argentina para ofrecer cuadros comparativos y para proponer una epistemología que no se centra en proposiciones y axiomas, sino que busca entender el funcionamiento de una disciplina pragmáticamente. Este es, a mi juicio, el aporte más significativo de Sans Objet: un compromiso permanente y sistemático por pensar los problemas de la investigación literaria en sus condiciones de producción institucionales concretas.

Aunque mucho de lo que acabamos de describir podría conceptualizarse a partir de las “formaciones discursivas” de Foucault (o al menos del Foucault de Arqueología del saber), la referencia principal de Louis es una que aparece mucho menos frecuentemente en los estudios literarios: la teoría de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn. Así, se pregunta si ya hemos logrado salir de una fase pre-paradigmática (es decir, la fase en la que todavía no se estableció una diferencia entre lo que es considerado “científico” y lo que es considerado “pseudo-científico”) en nuestra disciplina. El mayor problema para poder definirlo es que Kuhn considera que este salto se da en la ciencia cuando una escuela o línea de pensamiento logra superar un problema científico fundamental, y de esa manera se impone por sobre el resto de las teorías en discusión y se conforma en la base de la “ciencia normal” que tendrá lugar en el período inmediatamente posterior. ¿Cuándo sucedió algo así en los estudios literarios? ¿con el formalismo ruso? ¿con el estructuralismo de Praga? ¿con Crítica y verdad de Roland Barthes? Como también señala Louis: “en las ciencias humanas, la característica esencial parece ser la cohabitación de paradigmas” (p.142). La pregunta entonces no es solo si esto ya sucedió, sino más bien si es posible que suceda, es decir, si podemos (y si debemos) aspirar a un momento de ciencia normal en la disciplina literaria.

Todos sabemos que existen posiciones dominantes en ciertos períodos, así como existen también modas, pero no solemos considerar que ciertos enfoques sobre la literatura son “pseudo-científicos” por su marco metodológico. A lo sumo, podemos reconocer ciertos enfoques ingenuos, o incluso, aburridos. Las fronteras de lo aceptable y lo inaceptable en la disciplina existen, pero son extremadamente borrosas. Louis no busca con este libro establecer un corte. Sans Objet remite a menudo a la Pequeña ecología de los estudios literarios de Jean-Marie Schaeffer, [2]), en donde se proponía la necesidad de alcanzar alguna forma de conocimiento acumulativo en los estudios literarios, así como también la necesidad de apartarse de los esquemas normativos de análisis en pos de otros más descriptivos y capaces de articularse mejor con formas de conocimiento científico aceptadas. Louis es mucho más cautelosa en este sentido, y aunque defiende la necesidad de plantear la disciplina literaria desde las instituciones académicas en las que está enraizada, no lanza ninguna invectiva concreta contra aquellos y aquellas que, incluso dentro de las instituciones, opinan que estas son más bien un obstáculo a superar, o un mal frente al que hay que resignarse. Sans Objet no es, en ese sentido, un libro polémico. Es cierto que, sin embargo, su compromiso con la necesidad de adoptar metodologías de las ciencias sociales y con la necesidad de ajustar epistemológicamente lo que entendemos por “pruebas” e “hipótesis” está en las antípodas de las defensas que encontramos todavía del ensayo y de otras formas más estéticas o subjetivas de los estudios literarios que persisten y que a menudo son defendidas como contrapeso a la burocracia.

Quizás el problema mayor de este aspecto del libro es que apenas provee ejemplos. ¿Qué estudios o investigaciones actuales de la disciplina literaria, entendida a la manera de Louis, son dignos de destacarse? En nuestro ámbito más cercano (la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA), podemos encontrar distintas manifestaciones de la sociología de la literatura en las investigaciones sobre la literatura argentina contemporánea, donde el “archivo” (un tema clave en Louis) tiene una preponderancia notable. Convertido en uno de los tópicos predilectos de los estudios literarios de los últimos diez o quince años, el archivo es una zona de intersección bastante obvia entre el estudio de la literatura (incluyendo la filología, al menos en alguno de los sentidos del término) y la historia, la sociología y las ciencias de la información. Mientras que en su Pequeña ecología… Schaeffer defendía los enfoques cognitivos como una forma más descriptiva y científica de entender los procesos por los que se construye sentido en la literatura, en Louis predomina la necesidad de reconsiderar la circulación material de la literatura y desterrar cualquier prejuicio sobre la identidad estética absoluta del texto literario como una entidad autónoma.

La palabra “disciplina” no conlleva las implicaciones positivistas de “ciencia”, pero no por eso deja de tener una acepción castradora. ¿Reconstruir el objeto literario en un objeto disciplinar implica también disciplinarnos en tanto sujetos? No es un mero juego de palabras. El texto literario autónomo, entendido como un objeto estético dotado de sentidos infinitos y no circunscribibles a ningún contexto, soporte o intención subjetiva, es también el ámbito de la libertad interpretativa, que es contraria al conocimiento acumulable de la “ciencia normal”. Si la disyuntiva es entre el cientismo social y la libre expresión humana que asociamos tanto con la literatura como con su estudio (incluso si esta “libertad” se da en el marco de instituciones que la constriñen), es necesario demostrar que la primera alternativa es de hecho superadora y no solamente un ajuste necesario para nuestra supervivencia. Si es solo esto último, quizás prefiramos hundirnos como los músicos en el Titanic antes que ir corriendo a los botes… más todavía si consideramos que en esos botes probablemente no haya tantas personas con ganas de recibirnos. De hecho, la pregunta que hacía Ludmer a sus estudiantes en 1985 tiene una contracara interesante: ¿desearía hoy la Facultad de Ciencias Sociales recibir a los literatos?

Louis provee descripciones y recomendaciones exhaustivas de la forma en la que la disciplina literaria puede incorporar archivos, datos, encuestas, y otras herramientas que solemos asociar con las ciencias sociales. Disciplinar los estudios literarios es, a su juicio, la mejor forma de poder articularlos productivamente con otras disciplinas. Incluso si aceptamos que estamos en un mundo post-disciplinar, desde los estudios literarios necesitamos haber pasado por la disciplina para llegar ahí. De otra forma, seguimos reproduciendo una ideología en la que la literatura se presenta como una zona de encuentro de todo lo Humano. Las otras disciplinas pueden venir a nuestro jardín, admirar el paisaje y recoger plantas para ponerlas en macetas, pero solo los especialistas en literatura sabemos cuidarlas en su estado natural. Sin disciplina, los estudios literarios son una forma sofisticada de cottagecore.

La constantes apariciones de Ludmer y de Panesi en la argumentación de Louis ponen en evidencia que las propuestas epistemológicas y metodológicas de Sans objet no buscan convertir la disciplina literaria del confuso y desarreglado jardín en un monoblock estilo Bauhaus donde solo gobierne la racionalidad más rigurosa. Concretamente, Louis se refiere a la importancia de la escritura científica creativa y a la imaginación científico-literaria. Aunque allí menciona en una nota al pie su libro sobre Schliemann (L’invention de Troie) hubiera sido un excelente lugar para sumar ejemplos de distintas subdisciplinas de la literatura. ¿Qué es lo que hace que una hipótesis sea imaginativa y al mismo tiempo “científica”? La respuesta más obvia es: que sea original, o mejor dicho, relevante, pero que además esté demostrada. El trabajo de Louis sobre las distintas formas de prueba es elogiable por encarar un asunto no tan frecuentemente reconocido como problemático en los estudios literarios. Pero el problema de la prueba y la demostración vuelve sobre lo que decíamos arriba sobre la “disciplina”: ¿frente a quién tenemos que demostrar nuestras hipótesis e interpretaciones? ¿A quién le rendimos cuentas, a nuestra comunidad disciplinaria (la que evaluará nuestros papers, nuestras presentaciones a becas y subsidios, nuestros concursos docentes, etc.) o al Estado? ¿Y qué quiere el Estado de nosotros, literatos que ya ni siquiera sabemos enseñarle a leer a sus hijos, puesto que la alfabetización es un área de estudio de la lingüística y las ciencias de la educación?

En la quinta conferencia de El porvenir de nuestras instituciones educativas, Nietzsche reflexionaba sobre el papel del Estado en la educación y describía la siguiente escena:

Por su parte, el profesor habla a esos estudiantes que escuchan. Lo que piensa y hace en otros momentos está separado por un inmenso abismo de la percepción del estudiante. Muchas veces el profesor lee mientras habla. [...] Una sola boca que habla y muchísimos oídos, con un número menor de manos que escriben: tal es el aparato académico exterior, tal es la máquina cultural universitaria, puesta en funcionamiento. Por lo demás, aquel a quien pertenece esa boca está separado y es independiente de aquellos a quienes pertenecen los numerosos oídos: y a esa doble autonomía se la elogia entusiásticamente como ”libertad académica”. Por otro lado, el profesor -para aumentar todavía más esa libertad- puede decir prácticamente lo que quiere, y el estudiante puede escuchar prácticamente lo que quiere: sólo que, detrás de esos dos grupos, a respetuosa distancia y con cierta actitud anhelosa de espectador, está el Estado, para recordar de vez en cuando que él es el objetivo, el fin y la suma de ese extraño procedimiento consistente en hablar y en escuchar. [3]

Más allá de que Nietzsche aquí habla de la enseñanza universitaria y no de la investigación literaria, la tensión entre libertad, rigor y la imprecisa (pero estructural) demanda del Estado es análoga. Las defensas de la filología, de la hermenéutica y de la crítica literaria como crítica de la ideología son conservadoras en un mundo cuyos niveles de belleza, felicidad y justicia no se verán afectados por el estudio de la literatura. Pero la libertad académica que describe Nietzsche, y que era deudora de un sistema universitario en el que las Humanidades tenían un cierto protagonismo, también hoy está en crisis. Louis muestra que, al menos en Francia, muy pocos investigadores son “libres”. La lucha por la supervivencia y el financiamiento implica que a menudo se incorporen proyectos que no son los que hubieran elegido o que no tienen tanto que ver con su formación previa.

* * *

En la última parte del libro, Louis vuelve sobre la necesidad de deshacernos de las posiciones defensivas para salir del laberinto:

Mi propuesta aspira a captar los desafíos epistémicos de la reorganización actual con el propósito de no percibirla como una pura pérdida o destrucción que justificaría un retorno a la tradición, sino para aprovechar las relaciones que se pueden establecer con otras disciplinas para buscar formas de innovación. Llegado a este punto, la pregunta ya no es "¿cómo salir de esta crisis?" o "¿qué futuro hay para la literatura y los estudios literarios?" sino: "¿Qué posibilidades epistémicas abre nuestro presente?" (p.166-167) [4]

Esta última pregunta acompaña nuestra revista desde sus orígenes, así como también la sospecha de que la mera imitación de los grandes genios del ensayo (Barthes, Adorno, Derrida, Deleuze, Ludmer, Panesi, etc.) no es un camino prometedor, sobre todo si no es acompañado por una reflexión sobre las condiciones de posibilidad de esos discursos. Sans Objet es un aporte fundamental a esa reflexión. Ojalá contemos con una traducción al español y una edición local en el futuro cercano.

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Louis, Annick. (2021). Sans objet: pour une épistémologie de la discipline littéraire. Paris: Hermann.

Notas

[1“Celle qu’il m’importe de souligner ici est que l’insatisfaction par rapport à l’état de notre domaine, la difficulté à projeter la discipline vers l’avenir, le désarroi (qui peut avoir des causes variées, parmi lesquelles, les choix individuels réalisés, la compréhension déficitaire d’un système institutionnel, un changement d’orientation), sont partagés par un certain nombre d’acteurs. Notre parcours permet aussi de revenir à ce que nous avons considéré comme les facteurs de transformation de la discipline littéraire : d’une part, le bouleversement des modes de production et de circulation de l’écrit ; d’autre part, le mouvement décrit par le développement des disciplines relevant des SHS [sciences humaines] en Occident." (p.165) Las traducciones son mías

[3Citamos la traducción de Carola Tognetti

[4Ma proposition cherche à saisir les enjeux épistémiques de la réorganisation actuelle, afin de ne pas la percevoir comme une pure perte ou une destruction qui justifierait un retour vers la tradition, mais de profiter des rapports qu’on peut établir à d’autres disciplines pour tenter des formes d’innovation. Arrivés à ce point, la question n’est donc plus « comment sortir de cette crise », ou « quel avenir y a-t-il pour la littérature et les études littéraires ? » mais : « Quelles possibilités épistémiques ouvre notre présent ? » (p.166-167)