Teoría de la Historia e Historia de la Teoría

Sobre La ficción de la narrativa de Hayden White

por Mariano Vilar

Historicemos siempre —Fredric Jameson

1. Retorno a la Historia

En el panorama actual de la teoría literaria (si es que algo como un panorama siquiera existe) nos encontramos una y otra vez con la misma exigencia: volver a la historia. En un artículo publicado en el primer número de esta revista ya hacíamos referencia al tema a través del New Historicism, que levanta esta bandera de forma explícita. Lo mismo podría decirse de la obra crítica y teórica de Roger Chartier y de Anthony Grafton. En nuestro ámbito local, el recientemente publicado libro Perspectivas actuales de la investigación literaria que reúne artículos de cinco profesores e investigadores de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Martín Ciordia, Américo Cristófalo, Miguel Vedda, Leonardo Funes y Miguel Vitagliano) este movimiento aparece explicitado en las “consideraciones finales”, en donde se destacan las líneas comunes de los textos y perspectivas presentadas hablando del “espesor histórico del texto” y señalando “una clara elección por el enfoque histórico en el abordaje de problemáticas teóricas en torno a lo literario” (2011: 177).

En este contexto, Eterna Cadencia acaba de editar La ficción de la narrativa, una recopilación de ensayos de Hayden White que reúne textos publicados entre 1957 y 2007. La amplitud temporal y temática de los veintitrés ensayos que contiene, a los que se suma un prólogo muy útil de Robert Doran, hacen imposible cualquier intento de resumir todas sus tesis. Lo que me propongo en este artículo es identificar una serie de núcleos problemáticos (y eventualmente, productivos) de este retorno a lo histórico en el contexto de los debates de la teoría literaria.

Empecemos por destacar el interés que tiene la figura de White para pensar estos problemas. Su texto más conocido, Metahistoria, publicado en 1973 (en pleno auge post-estructuralista) representa el reverso del movimiento que describimos más arriba. White, un historiador, se encargó de mostrar sistemáticamente el carácter discursivo, textual, de las construcciones históricas, y a desmantelar la idea de un objetivismo capaz de producir narraciones carentes de ideología. Al menos en una primera lectura –discutida posteriormente por el propio White-, parecía que en una contraposición entre la Historia dura como ancla fáctica en donde pueden afirmarse los hechos y una conceptualización pantextualista en donde no hay más que discursos y operaciones sobre los discursos, Metahistoria se inclinaba más hacia este último lado. Entre los historiadores, profesionales, el llamado giro lingüístico causaba más sospechas que celebraciones. Chartier y Ginzburg, por citar los casos más ilustres, figuran entre sus contrincantes. Estos debates y acusaciones aparecen en la obra de White, que oscila entre la necesidad de defenderse de sus acusadores enfatizando que analizar la forma retórica de construcción de la historiografía no implica en ninguna medida negar la realidad del pasado histórico, y la adhesión frontal al posmodernismo como forma de discutir cierto academicismo histórico epistemológicamente perimido.

Independientemente de esta tensión entre facticidad y textualidad, un primer rasgo prominente de White para enfocar nuestro problema es que se trata de un historiador fuertemente imbuido en cuestiones teóricas relacionadas con la ficción en general y la literatura en particular. Si bien no hay duda de que personajes como Chartier o Grafton no desconocen estos asuntos, rara vez los encaran con el nivel de detalle y compromiso epistemológico con el que aparecen en White, quien no podría haber formulado su teoría sin autores como Norhtrop Frye o Roland Barthes, por citar sólo un par de ejemplos.

Una segunda característica es su edad. White nació en 1928, y continúa vivo y produciendo. El dato no es menor, si tenemos en cuenta que eso significa que White ya era adulto en el auge del estructuralismo, que estaba en plenas funciones en el momento de emergencia de figuras como Derrida o Deleuze, y que hoy por hoy, luego de la muerte de los máximos representantes de estas corrientes y de la puesta en discusión de sus presupuestos básicos, sigue produciendo textos y dando conferencias alrededor del mundo (incluso en Buenos Aires). A esto se le suma un dato más, y es la nacionalidad de White, que es (como nosotros) un americano, o si se prefiere –ya que finalmente a esto es a lo que aludimos- un no-francés. Esto último se percibe en la libertad con la que propone agrupamientos entre escuelas y teóricos basándose en algunos rasgos quizás no del todo concluyentes, pero de todas formas útiles para orientarnos en un panorama atravesado por disputas filosóficas y epistemológicas a menudo demasiado sutiles.

Veamos entonces, sin más preámbulos, qué puede decirnos este viejo (pero vivo) teórico/historiador americano de los problemas que resurgen con el renovado énfasis en la historia como locus inevitable para la teoría literaria (o sus restos) en el siglo XXI.

2. Historia de la teoría

No hay en La ficción de la narrativa ningún ensayo destinado a describir, o a discutir in extenso, la historia de la teoría literaria. Sin embargo, el problema aparece planteado en varios de ellos a través de dos problemas centrales: el concepto mismo de ficción y el lugar del “textualismo” en los debates alrededor del postestructuralismo y la posmodernidad.

El primero de estos problemas aparece tratado en el ensayo “La cultura de la crítica”, publicado originalmente en 1971, es decir, dos antes del gran hit en la carrera de White que fue Metahistoria. En este ensayo, White agrupa tres figuras a primera vista bastante disímiles: Auerbach, Gombrich y Popper. Si bien sólo el primero de estos tres autores aparece normalmente incluido en las curriculas de teoría literaria (en tanto Gombrich forma parte del canon de la teoría e historia de arte y Popper de la epistemología), la reflexión alrededor de los tres tiene un mismo eje: el lugar de la ficción en una cierta concepción del humanismo que perduraba aun a mediados del siglo XX, y que hoy por hoy (decía White a principios de los setenta, y decimos hoy, cuarenta años después) está amenazada o incluso, completamente desprestigiada.

Lo que caracteriza esta concepción de la cultura en relación a la humanidad y a su desarrollo histórico (tanto en el plano literario como en el artístico y científico) es la existencia de un tipo de verdades intermedias, alejadas tanto de una concepción hierática de la verdad (entendida como un valor paralizante y absoluto) como de un juego libre de la imaginación liberada al caos originario. El realismo para Auerbach y el arte griego y renacentista para Gombrich sostienen un ideal perfectible de lo humano que, tal como el método científico en Popper, está sujeto a una relación con la realidad que no impide su autonomía, en tanto esta es indispensable para su progreso mismo.

Además, White señala en estos autores (y es en Auerbach, quizás el que más nos interesa, donde esto es más evidente) la importancia de una concepción de la sintaxis como proceso de organización de la realidad en unidades estructuradas por un marco ficcional (narrativo-temporal) o pictórico (espacial): la sintaxis narrativa en la ficción o el uso de la perspectiva con bases científicas en la pintura postulan un modelo de construcción jerárquica de los planos de la realidad de acuerdo a normas plenamente inteligibles. La experiencia del tiempo y del espacio de una determinada visión de la cultura que estaríamos abandonando en pos de una nueva parataxis (es decir, de una sintaxis sin organización jerárquica, sin hipotaxis; [1]] o sostienen el esfuerzo interpretativo de esta generación última de humanistas, en la que también está incluido Frye (a quien White califica como un “erasmiano tardío”) y Lukács.

Del otro lado del asunto, una buena representación del “nuevo enfoque” pos-humanista en nuestro ámbito local es el ya clásico de Ludmer “Literaturas post-autónomas”, en donde la jerarquía de la estructuración de los discursos aparece deliberadamente cuestionada en pos de una “ambivalencia”. Si se prefiere un ejemplo internacional, el tipo de “dispersión” que postulaba Foucault en relación a los enunciados que conforman las formaciones discursivas en la Arqueología del saber claramente se distancia del modelo con el que White identifica a Auerbach, Gombrich y Popper. Este tipo de problemas no sólo tiene utilidad de satisfacer nuestra eventual curiosidad por conocer los orígenes históricos de las concepciones teóricas con las que trabajamos. Un conocimiento crítico como el que aquí se plantea y que excede la mera periodización sirve para abrir la discusión tanto en relación a la permanencia de ciertas lecturas (más allá de que pertenezcan a un paradigma de la cultura que se encontraría en extinción) como en relación a la tensión entre marco teórico y objeto. Tanto afirmar existencia de “literaturas” autónomas y/o post-autónomas “en sí” como declarar que se trata exclusivamente de formas de leer que pueden desplazarse libremente por la historia total del arte verbal resulta insatisfactorio. Sólo a través de una historización de ambos elementos podemos aspirar a ubicarnos críticamente frente a estos recortes.

En todo caso, este tipo de asuntos nos remite otra vez a la problemática (si bien necesaria) división entre teoría y método señalada por Gustavo Riva. Indudablemente White está analizando aquí, en los autores mencionados, su teoría, es decir, el conjunto de postulados que -por ejemplo- propone Auerbach para identificar al realismo “serio” como una de las manifestaciones más elevadas de la cultura occidental. Es muy significativo que para analizar esta dinámica y contraponer el pasado humanista al presente “pop”, White utilice herramientas del método Auerbachiano, es decir, la diferenciación entre estilo hipotáctico y paratáctico llevada más allá de las fronteras lingüísticas habituales.

El otro tema al que nos referiremos es el “textualismo” (lo que Jameson llama las “ideologías del texto”), en donde reaparece la cuestión de la jerarquía en relación a los modos interpretativos. White denomina “textualistas” a aquellos críticos que postulan la imposibilidad de pensar en alguna instancia “exterior” al texto (al juego de significantes) que permita validar o moderar su uso indiscriminado. La definición del texto "escribible" de Barthes en S/Z provee un ejemplo común y la frase de Derrida “no hay un fuera del texto” un lema archiconocido.

La descripción que ofrece White del textualismo en el ensayo “La interpretación de textos” (1984) no es, hay que decirlo, particularmente llamativa, y quien haya leído textos previos de Barthes como Crítica y verdad probablemente no se sorprenda demasiado: se trata de lecturas que desmontan cualquier posible jerarquía en los objetos culturales, lecturas “traviesas” frente a una determinada imagen de la autoridad (de la hipotaxis como principio organizador de la experiencia, diríamos siguiendo el ensayo al que antes nos referimos). Del otro lado del espectro, White nos presenta uno de los modelos de interpretación de Ricoeur, que busca sostener -desde una perspectiva hermenéutica- la importancia de la labor interpretativa como eje de las ciencias sociales a través de una defensa de la referencialidad inherente a los textos, sin la cual su interpretación se convierte en un juego estéril y necrofílico. Para Ricoeur, el análisis semántico-estructural sólo puede concebirse como un momento dentro de un proceso general de explicación y comprensión que extrae de los testimonios textuales (literarios o no) distintas concepciones de la experiencia que afectan nuestra percepción de nuestra propia realidad (lo que Gadamer denominaba “fusión de horizontes”). No sólo Ricoeur defiende la labor del hermeneuta en términos de la búsqueda de un significado abierto pero de todas formas identificable (y sobre el que se puede discutir) sino que la coloca en un lugar paradigmático en relación al resto de las disciplinas humanísticas.

Frente a estas alternativas, White no ofrece ni una solución dialéctica ni se decide frontalmente por ninguna de las dos opciones. En otros ensayos posteriores (como por ejemplo “Narrativa histórica y narrativa ideológica”, de 1996), más vinculados a problemas específicamente historiográficos, White se atreve a discriminar metodológicamente algunas posiciones y a defender la posibilidad epistemológica de diferenciar de forma adecuada conceptos puramente ideológicos (como el de heroísmo) de aquellos propiamente históricos (como lucha de clases). Pero incluso en estos casos, su posición no queda del todo cimentada y siempre parece susceptible de disolverse ante su propia argumentación. No por nada, el género predilecto de White es el ensayo, como señala Doran en la introducción del libro.

3. Teoría de la Historia

No intentaremos aquí describir los aspectos más generales y conocidos de la teoría de White de la relación entre historia y narración tal como aparecen preponderantemente en Metahistoria. Intentaremos más bien preguntarnos por el papel general que puede (o debe) cumplir la teoría de la historia (sea esta la de White o no) dentro de la configuración de un enfoque crítico y productivo para pensar la literatura y los fenómenos culturales en general. Para esto nos referiremos a tres autores trabajados por White: Giambattista Vico, Nothtrop Frye y (de nuevo) Paul Ricoeur. El problema general que aparece cuando White dialoga con las obras de estos autores (que a excepción de Vico, son contemporáneos suyos, aunque él los haya sobrevivido) es la relación entre historiografía y teoría de la historia. La acusación que reciben algunos estructuralistas y post-estructuralistas de “olvidar la historia” y el “retorno a lo histórico” que describimos al comienzo de este artículo parece suponer, en algunos casos, que la “historia” y sus verdades “duras” estarían directamente al alcance de cualquiera:

De modo que si uno deseara “corregir” ciertas posturas críticas recordándoles a quienes las propugnan la necesidad de un adecuado “sentido de la historia” sería igualmente legítimo corregir al corrector recordándole que podemos encontrar en la historia de la historiografía el mismo tipo de confusión acerca del “sentido de la historia” que encontramos en la historia de la crítica acerca del “sentido de la literatura” (White 2011: 396)

Frente a esta complejidad inherente a cualquier concepción de la historia, diversos autores han delineado teorías capaces de integrar sus problemas dentro de una reflexión orgánica en la que los cambios y las discontinuidades en la vida social y cultural puedan pensarse orgánicamente (o si se prefiere, estructuralmente). Por supuesto, entre los ejemplos más obvios encontraríamos a Hegel y a Marx, con sus respectivas teleologías.

El caso de Vico -que ameritaría ser trabajado con más detalle- y el de Frye ofrecen ejemplos de un formalismo historicista que, si bien a primera vista parece aun más limitante que los enfoques teleológicos que acabamos de mencionar, es rescatado por White. De todas formas, el ensayo que le dedica a Vico (“Vico y el pensamiento estructuralista/postestructuralista”) está mayormente orientado a contraponerlo con la “Sagrada Familia” postestructuralista, en tanto el humanismo filológico de Vico se contrapone al consumado amor por la trasgresión (encarnado, dice White, en la centralidad de la obra de Sade y Nietzsche) y por la denuncia del humanismo civilizatorio en personajes como Barthes, Foucault o Sollers. De nuevo White no toma una postura manifiesta y se limita a señalar diferencias, si bien pareciera posible leer un gesto irónico en las descripciones de los extremismos retóricos del postestructuralismo francés.

Frye (que reconoció la influencia de Vico en su pensamiento en varias ocasiones, sobre todo en El gran código) ocupa un lugar mucho más central en la serie de ensayos que estamos describiendo, y White no deja de prodigarle elogios cada vez que la ocasión se lo permite. El aspecto que más desarrolla surge del primer ensayo de la Anatomía de la crítica, en el que Frye postula su “teoría de los modos”, basada en la idea de una sucesión de distintas concepciones de la relación entre la literatura y la realidad cotidiana que parte del modo mítico y que termina en el modo irónico, pasando previamente por el “romance”, el “mimético alto” y el “mimético bajo”. A esta sucesión de períodos Frye le añade un aporte específicamente viqueano: la posibilidad del ricorsi, es decir, la circularidad del proceso que hace que el modo irónico pueda reconducir al mítico, tal como en la historia de la humanidad (decía Vico) luego del modo irónico helenístico se pasó al nuevo modo mítico propio de la “edad oscura” posterior a la caída del Imperio romano.

Pese a la dificultad que presenta esta teoría para adecuarse a los hechos históricos cuando se los observa con cierta minuciosidad, White se ocupa de defender el concepto de modo como herramienta necesaria para pensar una posible relación histórica propia de los materiales literarios. Los juicios modales son los que permiten definir pares de opuestos como necesidad/contingencia, existencia/inexistencia o posibilidad/imposibilidad (diferenciándose, según la teoría kantiana, de los juicios relativos a la cantidad, o a la cualidad o a la relación) [2]. La modificación histórica de los juicios que pueden extraerse de estas categorías (por ejemplo, de lo que resulta posible o imposible para la representación literaria) es lo que define los distintos modos, y estas relaciones son –nos dice White- siempre sociales en Frye, o sea, siempre están vinculadas con lo que se considera posible o imposible dentro del esquema social de una determinada comunidad.

Sin adentrarnos demasiado en el asunto, hay que decir que la operación de White sobre el texto de Frye consiste en llevar los conceptos de este último a un mayor grado de abstracción, en el que las categorías algo limitantes de “mimético alto” o “mimético bajo” no son tan relevantes como el procedimiento general que permite aislarlas, identificarlas y señalar su retorno inesperado (no necesariamente cíclico) en momentos distintos de la historia. Para White la ubicación de una teoría histórica de los modos en la primera sección de la Anatomía de la crítica define su importancia como herramienta de control y punto de referencia inevitable para los restantes ensayos.

Más importante que esto es la concepción utópico-comunitaria tan presente en Frye [3]], y que toma su filiación con la tipología como forma de lectura cristiana. La tipología (también conocida como interpretación figural) consistía en afirmar que determinados eventos históricos representan la realización plena de sucesos acaecidos en el pasado. Habitualmente, en el mundo cristiano, servía para explicar la unión entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, en tanto los sucesos de la vida de Jesús “realizaban” en su totalidad eventos que habían tenido lugar por primera vez en alguna de las peripecias del pueblo israelita. En El gran código, Frye interpreta la tipología cristiana como un modo de lectura auténticamente revolucionario que se contrapone a la anagnórisis propia del platonismo (en la que reconocemos la sombra de algo que conocimos plenamente en el mundo de las ideas puras), en tanto está proyectado hacia el futuro de la comunidad en su totalidad.

White señala inteligentemente que esta reflexión de Frye sobre la tipología no debe atribuirse a una lastimera nostalgia por formas de interpretación culturalmente más abarcadoras que las que parece ofrecernos el presente “irónico” en el que vivimos: el modelo de prefiguración/cumplimiento implica una forma de pensar las relaciones históricas (sociales o culturales) que nos permite repensar la tradición e integrarla a nuestras preocupaciones desde una perspectiva creativa. Un ejemplo clarísimo de este procedimiento puede observarse en la reutilización de Adorno y Horkheimer del mito de Odiseo en las sirenas en función del orden capitalista burgués, como señala Leonardo Funes:

“El valor de verdad de lo que se propone acerca de la razón iluminista está íntimamente relacionado con el valor de verdad de la Odisea en tanto texto fundante de la literatura occidental. Y esto se confirma en el segundo ensayo [de la Dialéctica del iluminismo] donde arman un magnífico enredo entre el mito, la poesía épica, la novela y el elemento burgués para sostener el implícito de que la Odisea habla realmente de la razón iluminista” (2011: 57)

Tanto en la teoría de los modos como en su conceptualización de la tipología, Frye se sostiene como un modelo de teórico literario que trabaja activamente con los materiales históricos al considerarlos desde perspectivas explícitamente delineadas. En otras palabras, representa una posibilidad de combinar esquematismo con historicismo y utilizar sucesivamente ambos elementos para discutir las desviaciones ideológicas de su opuesto.

El caso de Ricoeur, otro admirador de Frye, es más complejo para White y menos interesante desde un enfoque como el nuestro, más abocado a los problemas metodológicos de la teoría literaria que a una reflexión existencial sobre el sujeto moderno. No porque consideremos que este último tema carezca de interés (sería ridículo afirmar tal cosa), sino porque somos muy conscientes de la dificultad de especular sobre estos temas sin caer en banalidades bien intencionadas, como incluso le sucede –en algunos momentos- al propio Ricoeur. Sea como sea, y si bien White no deja de marcar de forma oblicua algunas críticas relativas al existencialista “buen ciudadano” (y buen cristiano) que fue Ricoeur (un personaje tan escasamente posmoderno) la importancia que le asigna White como defensor humanista de las continuidades, de una “hermenéutica de la confianza” (por oposición a las típicas “desconfianzas” postestructuralistas) y de la conciencia histórica como pharmakón de los procesos sociales y culturales de la actualidad, lo ubica en una cierta continuidad con lo que hemos dicho de Vico y Frye.

Aunque –como siempre- la postura de White nunca es del todo definida, la importancia que le asigna a las concepciones históricas que se apartan de un objetivismo cientificista o empirista y que contemplan la necesidad de una “cronosofía” (por utilizar el término de Ricoeur, que él a su vez toma de Pomian) que tenga a la humanidad como sujeto activo y que sitúe la construcción del presente y del futuro como un problema central, marcan el esfuerzo con el que busca vincular sus tesis con pensadores de base humanista como los que hemos comentado en estas páginas.

Esta tensión entre la posibilidad de los seres humanos de elegir su filiación (como los humanistas del renacimiento eligieron a los autores griegos y romanos) y las determinaciones discursivas e ideológicas con las que los historiadores intenta describir estos procesos se manifiesta claramente en la paradoja con la que White cierra su ensayo “¿Qué es un sistema histórico?” (1972):

Al elegir nuestro pasado, elegimos un presente, y viceversa. Usamos el uno para justificar al otro. Al construir nuestro presente, afirmamos nuestra libertad; al buscar mediante la historia una justificación retroactiva para nuestro pasado, nos despojamos silenciosamente de la libertad que nos permitió convertirnos en lo que somos (White 2011: 264)

Bibliografía

White, H. (2011). La ficción de la narrativa. Ensayos sobre historia, literatura y teoría. Buenos Aires, Eterna Cadencia.
Jameson, F. (1989). Documentos de cultura documentos de barbarie. Madrid, Visor.
Ciordia, M., A. Cristófalo, et al. (2011). Perspectivas actuales de la investigación literaria . Buenos Aires, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Ludmer. J. (2007). "Literaturas post-autónomas 2.0", Ciberletras. Revista de crítica literaria y de cultura, Nº 17 (Julio 2007).

Notas

[1] ¿podría plantearse que la textualidad propia de internet se acerca a este modelo? quizás, aunque no sin algunas objeciones importantes, ya que la dinámica del hipervínculo parece cercana, en algunos aspectos, a la hipotaxis. Extender el planteo de White sobre un pos-humanismo anti-jerárquico al mundo de la web parece tentador, per difícil de sostener frente a un análisis más fino

[2] Desde un enfoque diferente, centrado en la semántica y en la lógica, Lubomir Dolezel también coloca los juicios modales en un lugar central en su teoría, ya que es a través de ellos pueden caracterizarse las propiedades extensivas de los mundos posibles en la ficción

[3] [En Documentos de cultura, documentos de barbarie, Jameson reconoce esto mismo en la Anatomía de la crítica aunque discute la reorganización de Frye de los niveles de interpretación de la exégesis medieval, acusándolo de desplazar lo comunitario del pináculo del sistema.