Escenas de lectura familiar

Sobre Las voces de los clásicos en Harry Potter, de Karina Bonifatti

por Guadalupe Campos

Literature’s tropes are Perseus’s mirroring shield: they save us from the full terror of the possible. – Jerome Bruner

¿Qué lee un chico? ¿Para qué lo hace? ¿Para qué debería leer? ¿Cuál es la función que debería cumplir un adulto en ese proceso? Estas cuatro preguntas implícitas parecen ser los ejes rectores del libro de Karina Bonifatti en su lectura lúdica de los siete libros de la saga de Harry Potter. Sin embargo, nunca son planteadas abiertamente, sino que el camino que realiza es algo más sinuoso: presentar la narración de una situación de lectura dialogada que los tiene a ella y sus dos hijos como personajes centrales. Es a partir de este recurso (platónico, en definitiva) como desmenuza poco a poco un uso posible de la lectura en uno de sus entornos posibles: el hogar.

Teníamos dos libros arriba de la mesa, el de Homero y el de Rowling. Mi hija todavía no tomaba café, así que le había hecho un Nesquik. (Bonifatti 2011: 135)

A partir de esta circunstancia, entonces, se construye poco a poco una teoría de la lectura infantil, en la que se presenta un curioso plan de hermenéutica cuasi-figural como un modo de iniciar a los pequeños lectores en la tradición grecolatina, tal vez más significativo y efectivo que la simple adaptación de los mitos menos retorcidos, sangrientos y sexuales (es decir, pocos, de entre los menos interesantes y fuera de contexto), que es lo que normalmente ofrecen las herramientas didácticas para enseñar mitología a los niños. Todo esto partiendo de un presupuesto general bastante acertado: alguien que puede procesar la historia de una mujer que consigue el favor sexual de un hombre con conjuros y que se suicida cuando él huye al notar lo que pasó, y de su hijo que en la adolescencia busca y asesina a sangre fría a su padre y a sus hermanos (hijos de otra mujer) en su búsqueda de venganza y de inmortalidad [1], no necesita cuentitos que atenúen el tratamiento que recibían las esclavas de guerra y que obvien olímpicamente las tramas familiares tortuosas de Esquilo [2].

Arde Hogwarts

La estrategia de lectura es, básicamente, la de vincular la saga con la guerra de Troya, narrada desde el eje de las historias de los hijos de los grandes héroes: Hermione, hija de Helena y Menelao; Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra; y Pirro, hijo de Aquiles y Deidamia. A grandes rasgos, equipara por una parte a esos tres personajes con Hermione Granger, Ron Weasley y Harry Potter respectivamente, y por otra a los griegos con la casa Gryffindor, a los troyanos con las otras tres casas en conjunto. ¿El método? En definitiva, bastante semejante a la lectura figural medieval del Antiguo Testamento: si aquella permitía equiparar cada elemento conflictivo o difícil de explicar con su realización en el Nuevo, mediante la lectura atenta a los detalles (con la posibilidad de obviar elementos más gruesos), aquí cada elemento en el texto conocido (Harry Potter) puede leerse como reconfiguración de los mitos antiguos.

La propuesta consiste, entonces, en un rastreo bastante arriesgado de un procedimiento compositivo hipotético, en el que lo más importante es el lado más lúdico del proceso de interpretación que implica mantener el símil con cada input de información nueva, más por la riqueza de la lectura en sí que por sostener la construcción de un saber realmente falsable respecto del texto:

Asombra la capacidad de adaptación de la pluma de Rowling, o la casualidad, cualquiera de las dos cosas que sea cierta (Bonifatti 2011: 129)

Todo presentado a modo de ejemplo de uso de un tipo de material de lectura como puerta de entrada para uno más lejano y más complejo, navegando sobre el filo de la tópica:

Algunos docentes dan como lectura Harry Potter pensando que es bueno que los chicos lean ‘lo que les gusta’; pero podría aprovecharse esa atracción para enseñar literatura. (Bonifatti 2011: 192)

Más allá de la polémica respuesta a la primera de las cuatro preguntas (¿qué lee un chico?) que puede leerse de forma bastante clara en esta cita (lo que los chicos leen no es literatura) [3], puede leerse la intención general que guía la lectura durante todo el libro-diálogo: el método será usado de un modo bastante libre, a modo de juego no-especializado, guiado por la atracción de los chicos, para a partir de eso generar un espacio de propuestas significativas de lectura a futuro. [4]

Poco importará entonces si a un crítico especializado puede parecerle desprolijo buscar las analogías en un trabajo de close-reading detectivesco con los términos usados por la traducción un tanto pobre que los chicos manejaron (la española publicada por Salamandra, por supuesto) y ligar así “pecas” con “pecador” (“freckles” en el original, por ninguna parte vinculable al pecado en ninguno de los muchos idiomas con los que J.K. Rowling juega [5]) si de alguna manera esto termina llevando a que un prepúber aprecie un fragmento del Inferno de la Commedia de Dante.

Beedle el Bardo

Entonces, de vuelta a las preguntas iniciales: la primera (¿qué lee un chico?) está bastante supeditada a la segunda (¿para qué lee?): ante todo, busca entretenimiento, y para eso es necesario que el texto lo interpele de alguna manera. Ahí se cruzan dos aspectos problemáticos, sobre los que Bonifatti trabaja en su comentario sobre la praxis de la lectura familiar:

El primero de ellos es el hecho insoslayable de que leer es manejar una técnica, que tiene sus diferencias con la empleada para el habla. La escritura no es una puesta por escrito de la palabra hablada, implica conocer una retórica diferente, manejar algunas tradiciones, un vocabulario siempre mayor al de la oralidad y turnos de expresión infinitamente más largos. Leer es difícil. Muy difícil. Pido al lector de este artículo que recuerde, si es que puede, el trabajo que les costó su primer cuento, o su primera novela, la sensación de cansancio triunfal al llegar al “Fin” o al espacio en blanco que sigue al punto final. Leer es difícil. Muy difícil. Y hay un punto en el que implica estar solo frente a un montón de signos tejidos en un discurso poco habitual, en el que hay que pegar el salto desde el andamiaje docente o familiar, y hay que hacerlo solo. Y eso es algo que puede o no funcionar bien: porque sencillamente hay libros que no están todavía al alcance de las capacidades o del interés del pequeño lector, como el caso del Sueño de una noche de verano para la hija lectora de Rowling de Bonifatti, o como cualquier libro abandonado a los doce o trece para ser recién retomado a los veinte que el lector de este artículo tenga en mente.

Sin una buena motivación, es improbable que cualquiera sobreviva a las primeras páginas de una obra literaria. La más habitual y la más efectiva sigue siendo la lectura familiar: en ese momento crítico en el que los niños quieren parecerse a sus padres y buscan entender e imitar lo que ellos hacen, es normal que empiecen a sacar libros de los anaqueles familiares, y a tratar de leer eso que mamá acaba de devolver al estante. Y que haga falta poner algunas cosas en los estantes más altos, porque no queremos que el nene de diez lea a Henry Miller todavía. La mejor motivación posible es leer los libros que querríamos que los chicos que están a nuestro cargo lean. Y comentar las lecturas con ellos, desde espacios no formales, no marcados con el estigma de la obligación. La propuesta de Bonifatti precisamente apunta a este foco: utilizar el texto literario elegido por los chicos para, a partir de los tropos y las referencias literarias que lo pueblan, crear un sistema de lectura bastante original que permita al interlocutor adulto moverse en un espectro bastante amplio de lecturas que le son familiares, para fundar eso que luego se convertirá en la llave motivacional de la vida lectora de cualquier adulto: encontrar motivos literarios para encontrar vínculos con nuevas lecturas. Entrar a Homero por Rowling, como puede entrarse a Cortázar por Poe, y a partir de la dupla a Joyce.

El segundo aspecto problemático es, entonces, encontrar algo que a los chicos lectores les interese. Para eso, tiene que tener algún elemento que realmente los inquiete, que consiga que empiecen a interesarse por quedarse en el libro. Los buenos dibujos se agotan rápido (o se hojean sin leer), y el lenguaje fácil con historias de chicos de su edad éticamente correctos no los va a retener por más de una página y una hojeada, por lo menos no si no hay alguien que lo haya leído antes y los haya convencido de que vale la pena [6]. Con algo que los inquiete, me refiero a algo que los interpele profundamente, porque se compromete con sus miedos, con sus dilemas reales, no con los que los adultos querrían que consideren.

Es que los aspectos didáctico y ético de la literatura pensada para un público infantil (las preguntas tercera y cuarta: ¿para qué debería leer un chico?, y ¿cuál es la función que debería cumplir un adulto en ese proceso?) son siempre ligeramente problemáticos: determinar qué es lo apropiado para un chico de qué edad es un asunto estrictamente dependiente de factores ideológicos y culturales [7]. La misma Rowling se permitió teorizar satíricamente al respecto en las notas atribuidas a Albus Dumbledore en los Tales of Beedle the Bard: se comenta allí que el problema de la segregación por aspectos de sangre (entre magos y la población no mágica, con sus puntos intermedios, el mago hijo de muggles y su inverso, el squib), punto central de toda la guerra que salpica de sangre los siete libros de Harry Potter, fue en diversos momentos y con diversas excusas considerado “inapropiado” para los chicos en edad escolar para los que se supone que están pensados los relatos. A través de Dumbledore, Rowling defiende la necesidad de no simplificar ni tergiversar la realidad: declara allí, a propósito del mestizaje (cosa que bien podría ser válida para distintas objeciones morales hechas a su propia obra por tratar asuntos tales como el asesinato por odio racial):

I should therefore consider it both illogical and immoral to remove works dealing with the subject from our students’ store of knowledge (Rowling 2008: 41-42)

El diálogo constante entre literatura infantil y didáctica hace la relación entre la serie literaria y las demás lo suficientemente explícita para que los bordes, en ocasiones, se vuelvan lo suficientemente difusos como para colocar a la primera en el incómodo lugar de negar su propia existencia: desde una perspectiva que considera a la literatura como estrictamente autónoma, es bastante difícil leer textos que dejan demasiado a mano sus segundas intenciones de socialización o fijación de pautas morales, y el hecho de que el lector implícito (a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con la literatura políticamente comprometida) sea un niño, un no-igual, hace que sea más fácil arrojarla al limbo de la no-literaturidad.

Por otra parte, también es cierto que el librito que explícitamente trae una moraleja pelada sobre lo mal que está pegarle a los compañeritos o lo bueno que es lavarse los dientes los va a alejar de la lectura, mientras que el que se mete con el miedo a lo desconocido, lo prohibido, la soledad o la muerte va a entusiasmarlos más: un buen libro de aventuras con piratas y aguas profundas siempre va a tener menos problemas para conseguir jóvenes lectores entusiastas que un cuentito de tensiones minimizadas hasta el absurdo que cuente cómo el pajarito Pepito se cayó del arbolito y encontró un amiguito que lo ayudó a volar [8].

De ahí que tal vez los libros que mejor se leen entre los chicos y adolescentes sean los que traen alguna clase de controversia: los cuentos de Grimm, con sus asesinatos y sus milagros crueles, las historias de piratas de armas tomar, la historia de muerte, estados totalitarios y guerra de guerrillas que es Harry Potter, o las historias de vampiros. Si los chicos se interesan por algo que levanta un “pero” en algunos educadores preocupados, es precisamente porque ese “pero” los interpela, produce una tensión que los mantiene leyendo.

La propuesta de Bonifatti, entonces, es hacerse cargo de esos “peros”, reconocer que esos conflictos son tan viejos como, por lo menos, nuestra cultura, y que pueden proveer el puerto experiencial para zarpar hacia el descubrimiento de tierras, tiempos, lenguajes y sueños más lejanos.

Bibliografía citada

Ausubel, D. (2002) Adquisición y retención del conocimiento: una perspectiva cognitiva. Barcelona, Paidós.

Bonifatti, K. (2011) Las voces de los clásicos en Harry Potter. Buenos Aires, Biblos.

Rowling, J.K. (2008) The tales of Beedle the Bard. Nueva York, Scholastic.

Notas

[1] Esto es un resumen corto de la historia familiar de Tom Riddle, alias Lord Voldemort

[2] Las colecciones didácticas Mitos Clasificados publicadas por la editorial Cántaro, compuestas mayormente de adaptaciones de las Metamorfosis de Ovidio

[3] En línea con dos posturas un tanto naturalizadas por el sentido común académico que critiqué en mi anterior artículo sobre Harry Potter: el ninguneo teórico dirigido hacia la literatura infanto-juvenil percibida como un fenómeno en los bordes de lo literario, y la consideración de que todo el valor de una novela infantil se deriva de su potencial didáctico

[4] “Significativas” según la perspectiva cognitivista de David P. Ausubel (2002: 122), es decir “enlazable(s) con sus estructuras particulares de conocimiento de una manera no arbitraria y no lineal”: introducir los mitos no con una clase sobre mitos y comenzando desde el comienzo de la guerra de Troya, sino relacionando elementos con las lecturas previas de los chicos, para que el sistema lo formen y lo ordenen ellos.

[5] Muchísimo latín, bastante francés, algún detalle griego, algún caso un tanto aislado en alemán y, por supuesto, innúmeros juegos de palabras en inglés

[6] Norma capital: no mentirle a los chicos sobre lo que nos gusta y lo que nos parece un bodrio.

[7] Y, por consiguiente, también de mercado

[8] También en las notas a Tales of Beedle the Bard, Rowling utiliza la voz de Dumbledore para burlarse de este movimiento al comentar la existencia en el mundo mágico de una colección de versiones suavizadas hasta la idiotez de los relatos de Beedle, llamada Toadstool Tales, sobre la que incluye un fragmento y agrega: “Mrs. Bloxam’s tale has met the same response from generations of Wizarding children: uncontrollable retching, followed by an immediate demand to have the book taken from them and mashed into pulp” (Rowling 2008: 19)