Encuesta a la teoría: Primera parte

Le hicimos cuatro preguntas sobre teoría literaria a profesores e investigadores universitarios.

por Grupo Luthor

Ofrecemos la primera parte de los resultados a esta encuesta (o pequeña entrevista) con un propósito claro: empezar a responder a la pregunta sobre qué discursos circulan alrededor de la "teoría literaria" como objeto y como método de estudio en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Estos resultados deben ser considerados dentro de un contexto mayor. Un buen punto de partida -aunque limitado a quienes estuvimos allí presentes- fue el primer coloquio Actualidad de la investigación literaria, en donde una "figura clave" del panorama teórico en nuestro ámbito universitario, Jorge Panesi (titular de la cátedra de Teoría y Análisis Literario por la que pasa la gran mayoría de alumnos de Letras y ex-director de la carrera) reconocía que la investigación en teoría "pura" (no limitada a un corpus literario específico) es inexistente en la actualidad, y que las cátedras de teoría literaria suelen privilegiar la investigación sobre literatura argentina. También conviene tener en cuenta el libro publicado el año pasado por Martín Ciordia, Américo Cristófalo, Leonardo Funes, Miguel Vedda y Miguel Vitagliano, titulado Perspectivas actuales de la Investigación literaria, en donde distintos enfoques teóricos aparecen delineados con bastante nitidez, con un cierto énfasis puesto en los problemas históricos (incluyendo la historia de la teoría literaria en la argentina esbozada en el artículo de Vitagliano) y en los peligros de la forma academicista de escritura que privilegia el presente (en el artículo de Miguel Vedda, que defiende el ensayo como forma de combatir estas tendencias burocratizantes). Por último, concentrándonos ahora en un panorama menos estrictamente académico y más vinculado con la crítica literaria en general, no habría que dejar pasar la entrevista publicada en el Diario Perfil bajo el título "Las nuevas voces de la renovación crítica", en donde Damián Selci (uno de los cuatro entrevistados, junto a Sebastián Hernaiz, Cecilia Palmeiro y Juan Mendoza) declara que existe un declive "decepcionante" en la teoría literaria en general, y frente a esto propone volver a la tradición de pensar la crítica como un componente valorativo argumentado. Alternativamente, Palmeiro sostiene que la teoría desapareció en favor de los estudios culturales. Por último, entre los numerosos discursos que deberían ponerse en correlación con las respuestas aquí presentadas, no podemos dejar de aludir a los profesores de las cátedras de teoría que reconocieron su incapacidad o su desinterés por responder a nuestras preguntas sobre una disciplina que -ellos mismos reconocen- no los motiva demasiado.

No nos anticiparemos aquí a dibujar un panorama muy preciso ni tampoco a juzgar cada uno de estos discursos. Los lectores de Luthor que recuerden los dos editoriales publicados [1] fácilmente encontrarán en relación a lo dicho arriba y en relación a las respuestas que aparecen abajo puntos de contacto y diferencias significativas.

Hicimos cuatro preguntas: la primera alude al "lugar" de la teoría en los proyectos de investigación de cada uno de los entrevistados, y nos pareció especialmente interesante dada la diversidad de los mismos (algunos, como Marcelo Topuzian y Leonora Djament, vinculados con cátedras de teoría; otros, como Lucas Margarit, a las literaturas extranjeras, y Pablo Saracino, hispanomedievalista). En cierta medida, esta pregunta se inscribe dentro de otra más general -no formulada explícitamente- que es si la teoría puede o no pensarse como un objeto de estudio independiente, o si su "disolución" actual no es más que la conclusión natural de su ciclo vital, que ahora se difuminó en el ADN de todo estudio literario inteligentemente planteado.

La segunda pregunta alude a la cuestión metodológica, y busca precisar si para nuestros entrevistados las cuestiones de método y las cuestiones teóricas pertenecen al mismo plano de interrogantes. Volviendo a la cuestión anterior, la pregunta subyacente aquí sería: si la teoría no es un "objeto" de investigación en el sentido en el que lo es "la biografía en el romanticismo inglés" (por poner un ejemplo), ¿es un campo de reflexión metodológica/epistemológica?

La tercera pregunta hace hincapié en otro aspecto del mismo tema, encarado ahora desde el nivel del "concepto", con lo que queda implícita la posibilidad de pensar que la teoría, más que una epistemología en el sentido rígido y prescriptivo, o una metodología en términos de "receta", puede funcionar como el campo privilegiado de investigación conceptual, o si se prefiere, en el plano de la producción y refinamiento de las herramientas.

Por último, la cuarta pregunta alude a un tema que también surgió en el Coloquio mencionado más arriba y que regularmente reaparece en otros contextos: ¿existe una situación colonial de la teoría? ¿si yo aplico el concepto de "huella" de Derrida a Los siete locos de Roberto Arlt, esto es equivalente a aplicar modelos del FMI a la economía Argentina? ¿existe una "teoría nacional"? En general muchos de nosotros, medio en chiste medio en serio, bromeamos sobre el estilo teórico francés o la negación teórica de los españoles (como dice una entrada de TLTropes: "De la misma forma que "teórico español" es casi un oxímoron (como "inteligencia militar"), decir "teoría literaria francesa" es un pleonasmo (como "nieve blanca"): ¿existe un "estilo" teórico argentino? y si no existiera, ¿es nuestro deber nacional y popular fomentar su aparición?

Sin más preámbulos, he aquí las respuestas de Leonora Djament (LD), Lucas Margarit (LM), Pablo Saracino (PS) y Marcelo Topuzian (MT). Como quizás algunos lectores ya notaron, también entrevistamos a Jerónimo Ledesma, pero dado que él prefirió responder in extenso, finalmente sus respuestas fueron publicadas como artículo independiente en este mismo número bajo el título “La investigación como experiencia” . Agradecemos a todos los entrevistados por su colaboración.

1. Cuando encarás un nuevo proyecto de investigación (o en los que ya estés realizando), ¿qué lugar tiene la teoría literaria en tu trabajo?

LD: En los últimos años vengo trabajando las intervenciones de ensayistas muy diversos: H.A. Murena, Carlos Correas y, más recientemente, los “jóvenes” críticos de las revistas Planta y Luthor. En todos los casos, la teoría tiene para mí un papel fundamental, pero no necesariamente porque trabaje la teoría como objeto en algunos casos, sino porque pienso la teoría (más allá de todos los vaticinios de agonía o muerte que ha sufrido) como el discurso por medio del cual se puede proponer una reflexión crítica sobre cualquier discurso u objeto: sobre la literatura, sobre el ensayo, sobre el propio discurso y la propia práctica, sobre el cine o la industria cultural. Una reflexión crítica, decía, que como las Mitologías de Barthes, trate de derribar el sentido común, la doxa, y permita ver cómo funciona o cómo está armado ese discurso que tenemos por delante. (Y en ese sentido, la distinción entre teoría y crítica me parece poco operativa o, en todo caso, ambas instancias se implican entre sí).

De este manera, reflexionar sobre los modos de concebir la función del crítico que un texto postula, pensar qué operaciones y argumentaciones diseña ese crítico, delimitar y situar los debates en los que los ensayos se engarzan es pensar desde la teoría. O sobre la teoría (para seguir citando a Barthes): como en el título Sur Racine, no se trata de la reflexión sobre un objeto determinado sino más bien de la reflexión sobre una superficie a partir de la cual se ensayan diferentes coreografías. (Sobre la teoría ensayamos Racine, podría haber dicho Barthes). Lo cual me hace pensar -ahora que lo postulo así- en una definición de metáfora marxista: la teoría como base y condición de posibilidad de cualquier reflexión imaginable a partir de la cual que armamos nuestros mundos. (Por favor, evitar cualquier interpretación mecanicista.)

LM: La teoría literaria es como un motor para trabajar desde nuevas perspectivas, es decir, para pensar otras cuestiones que quizá la sola lectura de un texto literario, en algunos casos, no nos permite ver. Por otro lado, creo que hay teóricos ineludibles para cada investigador, que de una u otra manera están presentes en cada reflexión que se lleva a cabo. Lo interesante es ir sumando y utilizando aquello que nos permita acceder a la literatura desde una óptica plural. Cuando investigo, sin dudas, hay teoría detrás, así como también crítica que se escribe desde una posición teórica determinada.

PS: El lugar que ocupa la teoría literaria depende del objeto de estudio. En general, dentro de mi disciplina -la ecdótica- la teoría no suele cumplir un rol preponderante en las instancias iniciales, en las cuales lo urgente es “exhumar” el texto, hacer los cotejos de los manuscritos, etc. Ya en una instancia posterior, en la cual me dispongo a interrogar el texto obtenido en función de su circulación, presupuestos ideológicos, destinatarios, etc. será la teoría la que aportará las herramientas fundamentales para un estudio que, a partir del análisis de un caso en particular, aporte elementos para la comprensión de una problemática más amplia.

MT: Como ahora estoy intentando ocuparme de las representaciones contemporáneas de lo literario, el lugar de la teoría es necesariamente central en mi trabajo. Pero entendiéndola como lugar o espacio precisamente; digamos, como ‘campo problemático’ o ‘punto de vista’, no como cuerpo de saber más o menos constituido, marco conceptual establecido o paradigma general de investigación. Como me interesa la reflexión sobre el presente de la literatura, me resulta muy difícil apelar sin más a los ‘clásicos’ de lo que comúnmente se entiende por teoría literaria –en general, y no solo aquí en Argentina, bibliografía de entre veinte y noventa años de antigüedad– para pensar ese presente, si estamos de acuerdo en que se han producido algunos cambios en lo que se entiende hoy por ‘literatura’ respecto de los ‘años dorados’ de la teoría. Por eso creo que ella, en lo que trato de hacer, es más una fuente de interrogación que de respuesta. De hecho, me resulta muy difícil encontrar bibliografía que me sirva, porque es precisamente ese foco que la teoría siempre puso en la literatura que se estaba haciendo en su inmediata contemporaneidad –el futurismo con los formalistas rusos, el nouveau roman y sus derivaciones con el estructuralismo naciente– lo que me parece que falta hoy. Claro que hay excepciones notables, pero la generalidad del panorama es esa. Esto no puede sin embargo, al menos en mi caso, dar lugar a ningún intento de recuperación nostálgica del predicamento histórico de la teoría. Estoy seguro de que hoy, para poder hacerse cargo de esas tareas históricas, la teoría debería adoptar formas y quizás incluso formatos muy diferentes. A rastrear estas elaboraciones teóricas ‘atípicas’ me estoy queriendo dedicar.

Por otro lado, como ahora, en mi actividad docente, me ocupo solamente de enseñar literatura española contemporánea, siento a menudo que mi ‘curriculum teórico’ resulta algo anómalo ante la mirada de mis pares. Se me llegó a cuestionar, en un concurso académico, el supuesto desprecio respecto de los estudios literarios peninsulares que implicaba mi interés, inclinación o gusto por la bibliografía teórica, dando por sentado que ambos se excluirían necesariamente. Lo que se sugería, entendí yo, es que la investigación literaria puede perfectamente renunciar al punto de vista teórico para llevar a cabo su labor. Por el contrario, lo que yo busco en la bibliografía de la que me sirvo es un plus reflexivo que, incluso aunque no se enmarque disciplinarmente como teoría literaria, me parece que es constitutivo del trabajo al que me dedico.

2. Qué relación existe para vos entre la teoría literaria como disciplina y el problema general de la metodología en los estudios literarios, es decir, en la práctica concreta de análisis de textos literarios?

LD: No creo que se pueda separar la teoría de lo que ustedes llaman la metodología en los estudios literarios. (Y esa, creo, es una diferencia que tengo con Luthor o con algunos críticos de la revista). No creo que haya algo como una metodología aséptica que circula entre el texto y el crítico, y que no esté implicada con una teoría literaria. Al revés, cada teoría literaria postula directa o indirectamente una concepción sobre el estatuto de la literatura y, consecuentemente, un acercamiento específico al objeto. Así, la metodología es ideológica (no en el sentido de falsa conciencia) porque el modo de recortar un objeto, especificar un problema, establecer ejes de análisis implica ya una muy particular concepción sobre la literatura, sobre la lengua y sobre el sentido.

LM: La teoría literaria como otras disciplinas (la ciencia, la filosofía, la antropología) son parte de la práctica concreta de análisis. No es cuestión de aplicar una teoría al texto, sino que haya una relación de fluidez entre las lecturas tanto teóricas como literarias. No forzarlas, sino que jueguen en un campo de acción recíproca y puedan iluminarse o hacerse sombra una a la otra. La teoría debe ser puesta en debate por textos literarios y/o textos teóricos y a su vez un texto literario debería ser interrogado desde una posición teórica

Entonces, no creo que haya una teoría en tanto conjunto general de conocimientos o saberes y luego una crítica literaria que sería una “aplicación” a casos concretos a través de un método, sino que –como decía más arriba- teoría y crítica son interdependientes: una teoría implica un modo de pensar la literatura (y unos textos literarios concretos con los cuales dialoga) y la crítica trabaja un texto particular pero problematizando las concepciones y categorías que ese texto postula.

PS: la metodología en los estudios literarios, es decir, en la práctica concreta de análisis de textos literarios? Creo que la manera más sincera de entender este problema de manera dialéctica, de manera tal que el todo permite entender cómo funciona la parte (el caso concreto que se estudia) y viceversa.

MT: De la respuesta anterior se desprende la pertinencia de seguir enseñando teoría literaria. Cuando escucho decir que se enseña demasiada teoría en la carrera de Letras de la UBA, que tres materias y cuatro cátedras de teoría literaria son mucho, tiendo a pensar que lo que se pretende en realidad es que la carrera renuncie sin más a un aspecto central de lo que tiene de formativo para el investigador o el crítico literarios: su capacidad de interrogación –epistemológica, si se quiere– sobre la propia práctica. Se me dirá que dicho estado de interrogación no puede ser constante, y que hasta los estudios literarios deberían ser capaces de tolerar períodos de ‘ciencia normal’ (tal sería, quizás, el caso del que estamos atravesando). Lo acepto, siempre y cuando nos pongamos de antemano de acuerdo sobre el estatuto del conocimiento que producen los estudios literarios como ‘ciencia normal’. La profundidad y la necesidad de elaboración de una interrogación epistemológica sobre nuestra práctica es algo que nos debemos siempre, y que se nos presenta con claridad en las complicaciones que aparecen cada vez que tenemos que completar la sección ‘metodología’ de un plan de trabajo en investigación. De hecho, me cuesta pensar como equivalentes, al menos sin hacer antes unas cuantas aclaraciones, “la metodología en los estudios literarios” y “la práctica concreta de análisis de textos”. Desprovistos hasta de un marco problemático más o menos explícito y compartido a propósito del estatuto cognoscitivo de nuestra disciplina, siempre que nos sirvamos del término ‘método’ vamos a terminar cautivos de los sempiternos ‘complejos de inferioridad’ de las humanidades respecto de las ciencias (sean estas naturales o sociales), las cuales, por otro lado, no cesan de reevaluar ellas mismas qué entienden por ‘método’, ‘reduciéndolo’ cada vez más a algo más comparable a un ‘control de calidad’ que a un ‘programa’ o ‘plan de acción’. Acá sí me parece que se impone cuestionar un poco la pregunta –aunque se me pidió expresamente que no cayera en este verdadero lugar común de los debates en el ámbito de las humanidades–, y decir que hasta que no revisemos qué entendemos por ‘método’ desde los hoy llamados ‘estudios literarios’ (o, en todo caso, qué sería la idea de un método que incluya centralmente en su campo de aplicación los estudios literarios), difícilmente podremos llegar a una reflexión que no termine siendo reivindicativa o apologética.

Una salvaguarda usual de los estudios literarios para evitar enfrentarse de lleno a los desafíos que les están imponiendo las circunstancias (principal, aunque no solamente, los cambios más o menos recientes en la distribución disciplinar de las humanidades que se suele identificar con los estudios culturales, sin dudas ellos mismos consecuencia también del impacto de la teoría sobre el viejo universo de las Letras) es refugiarse en su supuesta ‘razón de ser’ fundamental, que sería el ‘encuentro con los textos’. Los investigadores literarios serían así, por ejemplo, ‘expertos en connotación’ capaces de acceder docta y eruditamente a los más finos matices de la expresión escrita, que se les escaparían a otra clase de investigadores o expertos. Un know-how, una expertise específica como esta serviría para redimirnos de cualquier eclecticismo, de cualquier veleidad doctrinal, de nuestra esclavitud de la moda. Así, nos dejamos ganar por una ‘fantasía tecnocrática’ muy característica de los espacios académicos de investigación, solo equiparable a la ‘fantasía política’ que nos hace a todos militantes comprometidos con cuanta causa más o menos progresista aparezca en el horizonte, simplemente a partir de la realización de nuestro trabajo académico de siempre. Pero no hay ni puede haber ‘encuentro’ desde un punto de vista meramente técnico o ‘metodológico’ (en este sentido reducido) con los textos, del mismo modo que hace falta algo más que elaborar una lectura de un texto para intervenir en política.

Por todo esto, las demandas cada vez más habituales –y comprensibles, dadas las presiones a las que están sometidos actualmente– entre los estudiantes por la incorporación al programa de la carrera de seminarios de introducción a la investigación, e incluso por la adopción de un sesgo más técnica o metodológicamente orientado por parte de las materias de teoría, me parecerán prematuras hasta que no quede claro, sobre la base de acuerdos lo más amplios posible entre todos los interesados, cómo concebimos hoy las tareas que llevamos habitualmente a cabo quienes investigamos en literatura. La teoría no nos va a dar respuestas definitivas al respecto, pero al menos va a servir –y creo que lo sigue haciendo en las materias de la carrera a ella vinculadas– para que no podamos evitar hacernos las preguntas pertinentes, tentación prescindente hoy cada vez más seductora, en apariencia. A mí me parece que sin el planteo de preguntas iniciales como estas, cualquier proyecto es inviable, al menos si se sigue pensando como investigación literaria. Solo más teoría puede servir para encarar el actual malestar en la investigación, pero con esto no me refiero a un enésimo curso sobre el formalismo ruso o la escuela de Frankfurt –reducidas o no estas ‘escuelas’ teóricas a sus aspectos más técnicos o prácticos–, sino a un cuestionamiento sostenido de nuestros presupuestos acerca de la literatura, la crítica y la investigación. Así que creo que los estudiantes deberían ir por todo, y reclamar una actualización teórica completa de las materias de teoría literaria; y no me refiero a una simple actualización bibliográfica, sino más bien a la que surgiría de enfrentarse desde una perspectiva verdaderamente teórica a los problemas más actuales de la investigación, definidos según una agenda amplia y abarcativa. Por lo que desde otros ámbitos disciplinares (particularmente entre las ciencias sociales y los estudios culturales) se puede todavía hacer con la literatura, tengo un interés grande, pero no me gusta la actitud de aquel que busca diversión ‘fuera de casa’ solo para paliar el aburrimiento de ‘dentro’. Otras prácticas y metodologías han sido siempre suelo fértil para unos estudios literarios que difícilmente han podido alguna vez reivindicar del todo una tarea o conjunto de tareas como absolutamente propios, pero siempre como consecuencia del estado de movilización o zozobra interna de la disciplina. Entiendo que los estudios literarios de hoy no son, pese a las apariencias, completamente ajenos a un estado como ese.

3. ¿Cuales son los problemas teóricos que considerás que están asociados con tu/s objeto/s de estudio?

LD: En este último tiempo que, como decía, vengo trabajando nueva crítica literaria, los problemas que se me cruzan son los referentes al estatuto de la literatura (¿existe hoy algo que todavía puede llamarse literatura?, ¿es viable y, sobre todo, productiva la categoría de posautonomía?, ¿cuál es el valor político que todavía puede tener la literatura hoy?); al estatuto de la teoría misma (¿qué es el discurso teórico hoy cuando los grandes relatos omniexplicativos como el marxismo o el estructuralismo, la Teoría –con mayúscula-, el pensamiento francés de las últimas décadas del siglo pasado, parecieran haber perdido gran parte de su fuerza explicativa?); al valor desestabilizador que pueden tener hoy todavía estos discursos (me interesa muchísimo el trabajo de “recolección de descartes” teóricos, de categorías, operaciones y filosofías que revistas como Planta y Luthor llevan a cabo, desde las nociones de totalidad, estilo o cierto marxismo lukacsiano).

LM: En la pluralidad de investigaciones que realizamos en la cátedra de Literatura inglesa son varios los problemas. El tema del género literario y las características de los relatos utópico, lo cual incluiría la especificación del discurso literario, filosófico, científico, etc. Asimismo, uno de los motivos insoslayable es el de la representación, que en el caso de las utopías nos lleva también a tener en cuenta el análisis iconográfico y de la materialidad de las diferentes publicaciones.

En mi caso particular, la investigación acerca de la naturaleza del lenguaje poético que se presenta desde las poéticas del Renacimiento hasta las reflexiones de teóricos más cercanos a nosotros como Blanchot, Hamburger o Derrida. Es interesante ver teóricos como Badiou o Rancière, los tomo ahora sólo como ejemplos, donde el límite entre el pensamiento filosófico y teórico es difuso como sucede en otros pensadores. O, el caso contrario, filósofos que podemos leer como teóricos, tal es el caso de Mauthner.

Otro aspecto que me interesa es la naturaleza del género “arte poética” como generador de pensamiento acerca de la naturaleza de la palabra. Otro problema teórico a tener en cuenta con respecto a mi investigación, es el tema de la traducción y autotraducción como materia de análisis en relación a la obra de Samuel Beckett. Con respecto a esto último he trabajado con Benjamin, Ricoeur, Steiner, etc.

PS: Los que nos dedicamos a la Edad Media siempre trabajamos con la cautela de no incurrir en ciertos anacronismos. Es decir, que conceptos como “ideología” suelen ser impugnados por quienes consideran en aquellos siglos previos a las formaciones de los Estados no puede hablarse de una cosa semejante. Así que siempre tratamos de ver en qué medida conceptos que en general fueron pensados para épocas modernas y postmodernas pueden ser aplicables al universo medieval. Actualmente el problema de la ideología y su relación con las formas narrativas es lo que me está aportando las herramientas más productivas ya que resulta un marco teórico desde el cual resulta sugerente indagar textos como los cronísticos en función de develar los presupuestos a partir de los cuales la historia de los pueblos se organiza, se narra y asume determinados sentidos solidarios con una ideología determinada y a la vez enfrentados a criterios políticos antagónicos, los cuales por su parte generarán sus propias versiones de la historia.

MT: Entiendo que contesté esta pregunta cuando me ocupé de la número 1. Pero puedo detallar: ahora, concretamente, en el marco de mi proyecto global sobre las imágenes contemporáneas de lo literario, me vi obligado a intentar una reevaluación de las relaciones teóricas, epistemológicas metodológicas entre ‘estudios literarios’ y psicoanálisis, particularmente alrededor de sus modos de tratar con lo imaginario. Las maneras en que el psicoanálisis trató lo imaginario, no uniformes ni monolíticas incluso en el recorrido intelectual de la enseñanza del propio Lacan, me parecen enormemente provocativas para unos ‘estudios literarios’ poco afines en la actualidad a la reflexión sobre las condiciones teóricas y epistemológicas de su propio ejercicio. Desde este punto de vista se entiende que considere la revista Literal, a la que me referiré en la próxima respuesta, un hito crucial de la historia de un posible ‘enfoque argentino’ de la teoría literaria. De hecho, concretamente estoy tratando de darme cuenta de si las relecturas de Lacan que han estado sirviendo recientemente de motivación teórica y crítica en otros ámbitos de las humanidades y las ciencias sociales son viables también para tratar de sacudir un poco las maneras en que entendemos hoy los estudios literarios (orientados actualmente más bien para el lado de la historia de las ideas y la sociología de la cultura, para simplificar un cuadro disciplinar que –lo sé– es más complejo e incluye también otras interesantísimas singularidades).

Por otro lado, en Literatura Española III estamos terminando de preparar un programa, que se dictará en el segundo semestre de 2012, denominado “Cosmopolitismo y transnacionalidad en la literatura española de los siglos XX y XXI”. Tímidamente todavía, sin poder desprendernos de él por nuestra preocupación por impartir algunos contenidos mínimos en lo que a literatura española contemporánea se refiere, estamos tratando en este programa de cuestionar un poco el modelo explicativo de la historiografía de las literaturas nacionales en que en general se basa el plan de estudios de la carrera de Letras. Por eso exploramos zonas en que la literatura española del presente y del pasado siglo se pensó según líneas, si no completamente ajenas, al menos algo incómodas respecto de los puntos de vista nacionales o incluso nacionalistas sobre lo literario. Y con esto –digo: al tratar de pensar la literatura tomando un poco de distancia de la ecuación ‘lengua nacional única + estética de la autonomía + periodización cronológica estable’– me parece que estamos haciendo, sin dudas, teoría.

4. ¿Pensás que existe algo como un enfoque “argentino” (o propio de la UBA, o de latinoamérica en general) de la teoría literaria? y si tu respuesta fuera que no, ¿pensás que debería haberlo?

LD: Todo discurso crítico expone de algún modo sus propias condiciones de producción. En este sentido no sé si hay algo como un “enfoque” argentino pero sí creo que esas condiciones en las que uno escribe, investiga, publica, debate, enseña están inscriptas en lo que producimos. Las dificultades para acceder a determinada bibliografía, las condiciones en las que enseñamos, la falta de encuentros de verdadero intercambio entre investigadores, pero también la distancia que da el destiempo (no en el sentido de atraso) respecto de algunos debates del hemisferio norte, la creatividad que surge de las situaciones precarias, la necesidad de encontrar categorías propias a nuestras situaciones específicas políticas y culturales, forman parte y hacen a lo que uno escribe. Parafraseando a Piglia, habría que pensar si hay un “uso” argentino o latinoamericano (más que un enfoque) de la teoría literaria. Y en ese sentido, creo que habría que pensar, entre otras cosas, en las traducciones “tempranas” que hubo en la argentina de Sartre o la escuela de Frankfurt que luego fueron leídas en España y el resto de América, pero también (para no pensar en términos de secundariedad respecto de una teoría primera europea) en los modos específicos de pensar la “dependencia” propuestos por Jorge Panesi o la concepción de delito planteada por Josefina Ludmer para pensar la literatura argentina o latinoamericana.

LM: Creo que se está conformando, lentamente, pero está ocurriendo, un “enfoque argentino” e incluso latinoamericano. A veces no nos atrevemos a discutir con la teoría canónica venida sobre todo desde Francia, Alemania o Estados Unidos. Las reacciones contra Bloom por ese canon expuesto como una especie de universal (anglosajón) fue un buen síntoma. Uno de los grandes antecedentes ha sido el de Ana María Barrenechea discutiendo la propuesta de Todorov acerca de la literatura fantástica desde un canon latinoamericano.Sí, creo que debería haber una posición teórica. La cuestión es la falta de recursos, ya que esto implica una reflexión más pausada para la producción intelectual.

PS: Francamente no lo sé. Al menos yo en mis lecturas no he detectado una especificidad propia de nuestra producción local. Y no creo que el mero localismo deba tener un enfoque propio a menos que se trate de un conjunto de problemáticas surgidas en nuestro ámbito de una productividad tal que inspire otros trabajos. Así y todo, no considero que una dinámica de esas características deba / pueda circunscribirse a nuestros límites territoriales y académicos.

MT: La revista Literal es, creo, el antecedente más claro en este sentido. No sé si la carrera de Letras posterior al 84 llegó a producir un fenómeno similar en términos de pensamiento teórico. A mí, que trabajé varios años en una cátedra de teoría literaria, siempre me sorprendió que, en general, mis colegas que enseñaban teoría conmigo se ocuparan solo de literatura argentina en sus investigaciones. Claro que lo hacían de una manera, digamos, ‘teóricamente ilustrada’, pero tanto como podrían haberlo hecho también sus colegas de las cátedras de literatura argentina, que nunca fueron completamente ajenas al teoricismo. Pero parece que siempre hubo como una imposibilidad de encarar una investigación que fuera exclusivamente teórica y no tuviera referencias directas al corpus de las literaturas argentina o latinoamericana. Siempre me sentí bastante solo cuando trabajaba en mi tesis, sin dudas hiperteoricista si se la considera en contexto, sobre el funcionamiento de la noción de autor en los estudios literarios entre, digamos, 1960 y 2000. De todos modos, sí hubo importantísimos aportes locales a la teoría, pero de carácter más bien aislado, nunca como un proyecto colectivo más o menos consistente o como apertura de un campo disciplinar nacional o regional, algo así como una ‘teoría literaria latinoamericana’. Me refiero por ejemplo a lo que en su momento hicieron Ana María Barrenechea, Noé Jitrik, Nicolás Rosa, Josefina Ludmer y Jorge Panesi, aunque luego todos renegaron, de una manera u otra, más o menos explícita e incluso ‘tirabombas’, según el caso, de la teoría como tal (o, al menos, de ella en sus manifestaciones más ‘clásicas’).

También es cierto que desde sus orígenes la teoría literaria se constituyó como avanzada de unos estudios literarios y de una literatura de alcance mundial y carácter internacionalista, para los cuales la compartimentación académica usual de los diversos ámbitos nacionales no tendría que ser nunca un presupuesto inanalizado. Por eso no me parece prioritario que la teoría que podamos y queramos hacer acá tenga que llamarse ‘argentina’ o ‘latinoamericana’. Y tampoco, por no agregarle esos adjetivos, tendría que entenderse que consideramos la teoría propiedad exclusiva de Francia o de los Estados Unidos o una simple muestra de imperialismo cultural.

Notas

[1] En el primer número ("Editorial") y en el número 8 ("Año III")