Encuesta a la teoría: Segunda parte

Continuamos la serie de entrevistas sobre teoría y metodología.

por Grupo Luthor

Continuamos con las respuestas de la entrevista sobre teoría literaria y metodología que empezamos a publicar en el número anterior. En esta ocasión nos responden Diego Bentivegna (DB), Julieta Cardigni (JC), Fabricio Forastelli (FF) e Inés de Mendonça (IM).

1. Cuando encarás un nuevo proyecto de investigación (o en los que ya estés realizando), ¿qué lugar tiene la teoría literaria en tu trabajo?

DB: Si observara con cierta distancia mi propio trabajo, diría que en un comienzo los problemas estrictamente teóricos, para llamarlos de alguna manera, no ocupan en ellos un lugar determinante. Podría justificarlo diciendo que eso se debe fundamentalmente al tipo de problemas y de investigaciones que encaro. En términos generales parto de problemas que prefiero pensar en términos de relaciones, conflictos y disputas por el sentido. Tiendo a trabajar, así, con complejos de textos en los que leo el choque de materiales, la fricción con un archivo, el estallido de las series, como uno quiera llamarlo, y es a partir de la dinámica de esos mismos materiales desde donde, en todo caso, puedo llegar a plantear algún problema que afecte a lo teórico. Por supuesto, es algo obvio que, como sucede en toda investigación, cualquier delimitación de un problema implica algún tipo de decisión teórica, que en todo caso intento que funcione como un marco, como la explicitación de los discursos desde lo que se lee, y no como una determinación hasta las últimas consecuencias que expulse como un residuo aquello que ese marco no permite pensar. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, creo que el problema que en mi caso se plantea, y que seguramente tiene que ver con mis limitaciones, es que no sabría bien pensar cuál es el lugar de la teoría, qué es, en definitiva, eso que se llama teoría. Podría, de manera intuitiva y no demasiado reflexiva, relacionar lo teórico con una serie de autores o con un conjunto de textos, con un panteón y un corpus, es decir, con un canon, en el que estarían por supuesto todo el acento francés -Derrida, Foucault, Deleuze, Barthes, Kristeva, los formalistas rusos mediados por Todorov, Genette, bla bla bla- autores como Jameson o, más recientemente, Bhabha, Antelo, Moretti o Mignolo, Agamben, Badiou o Ranciére. Se trata, en todo caso, de un conjunto de intervenciones que operan en diferentes planos y que, por razones académicas, estrictamente académico-institucionales, se piensan como “teoría”, como si hubiera ahí un trabajo de abstracción, un “desmarcarse” de los modos políticos en las que esos textos, textos filosóficos o de crítica literaria o de historia cultural, han sido pensados. Entiendo que hay una operación teórica que opera por abstracción, como un esquema de representación en un nivel visual: teoría, como recuerda Heidegger, en relación con la visión, teoría como un cierre de las potencias del ser en Parménides y Heráclito, que pone en un primer plano una lógica apoyada en lo visual que estaría en este sentido, aunque por supuesto no es necesario dar crédito en todo a Heidegger, contrapuesta a la lógica del pensamiento. En fin, aun sin lograrlo probablemente del todo, intento no dejarme interpelar por esa captura teórica, que es también geopolítica y que afecta centralmente la política de las lenguas. Habría que revistar, en este punto, el estatuto del inglés y el lugar que ocupan las políticas de publicación y de traducción en la construcción de eso que llamaos teoría.

JC: En general tiene un lugar muy importante. En principio intento siempre abordar los textos a partir de la lectura y de un trabajo muy textualista, que en el caso de los textos clásicos suma como dificultad el tema de la traducción o aun de la lectura de lenguas de corpus. En una segunda instancia considero que es necesario contar con herramientas teóricas para “hacer hablar” al texto en función de determinado enfoque, porque las obras literarias son inagotables en sus sentidos. En este punto creo que cobra mucha importancia el marco teórico con que se encare el análisis textual, y siempre intento encontrar herramientas que me permitan—sin forzar la lectura—anclarme en una perspectiva teórica y analizar con coherencia las obras con que trabajo.

En relación con los textos que estudio y la época histórica, muchas veces surgen tensiones dada la distancia espacio temporal que nos separa de la literatura grecolatina, pero creo que, si bien en el caso de los textos clásicos es más perceptible y ciertamente indiscutible, es también una ilusión pensar a veces que estamos más o menos cerca de otras manifestaciones literarias por el hecho de compartir tiempo y espacio de producción con ellas. La literatura es literatura y en este sentido los problemas son muchas veces similares. Desde ya que al mismo tiempo considero que la categoría de “contexto” es fundamental en la lectura y la interpretación, pero en el sentido en que se requiere de un estudio profundo y de su consideración a la hora del análisis; no creo, por el contrario, que haya una imposibilidad de interpretación solo por el hecho de que el contexto sea a veces menos recuperable, o fragmentario, o más lejano. En el trabajo con los textos clásicos existe siempre esa incertidumbre final, dada por estas dificultades.

FF: Cuando encaro un proyecto de investigación la teoría literaria es tanto un marco institucional (trabajo desde 1999 en los proyectos que dirigen Jorge Panesi y Silvia Delfino en el Instituto de Filología de la UBA) como un instrumento para producir y especificar el objeto y los materiales de investigación, porque la teoría nos da precisamente una visión que nunca se puede instrumentalizar ni resolver en su interior, y que es tanto una concepción de un orden o equilibrio contingente como del recorte, la ruptura o su puesta en crisis por el vínculo coproducido entre la crítica y los materiales. Por los problemas que me interesan, que básicamente tienen que ver con los vínculos históricos que configuran la relación entre autoridad y obediencia en el discurso literario y la crítica desde el siglo XX, y cómo desde allí trato de pensar los debates sobre el valor, uso la teoría como si fuera un límite o condición de posibilidad del objeto (la teoría es mi objeto) y a la vez un campo atravesado por los modos en que unas ideas o unas operaciones de la crítica son puestas en crisis por los materiales de la literatura. Una idea que me interesa, por ejemplo, es la de organización colectiva como límite de la configuración de lo “pobre lindo” en la literatura; es ver cómo desde la década del 20 la literatura no sólo provee de materiales para las disputas por la hegemonía cultural, sino que también producen pautas y modos de acción que orientan esos debates en un sentido de conducción política.

IM: Creo que cualquier crítico está haciendo teoría mientras lee. O más bien, me gustaría pensar que un buen crítico no hace sino teoría. ¿Qué es el lenguaje? ¿Qué es la literatura? ¿Cuáles son los límites, los estatutos, las formas y realizaciones de un texto, de un discurso? Aun en el texto crítico más despojado, aun en el que pretenda no haberse planteado esas preguntas, las ideas respecto de la lengua –para empezar- o la relación entre sujeto y lengua, el concepto mismo de sujeto, o de escritura están permitiendo y estructurando la tarea del lector. Los elementos y herramientas que conforman nuestro trabajo son en sí mismos construcciones teóricas por lo que dejarse hablar por una teoría o no, elegirla o cuestionarla, es un buen ejercicio para todo crítico; aun cuando no se exhiba –superficialmente- en el texto que efectivamente escriba. Luego, en términos más concretos, la lectura de lo que llamamos “teoría” es, para mí, ante todo un espacio de motivación, un lugar al que volver y desde el que partir, ¿inspiración?... Tal vez esa sea una buena forma de decirlo. Leer teoría es tan importante como leer literatura y, en más de una ocasión, esta distinción es solo una cuestión de convenciones.

2. ¿Qué relación existe para vos entre la teoría literaria como disciplina y el problema general de la metodología en los estudios literarios, es decir, en la práctica concreta de análisis de textos literarios?

DB: Entiendo que no necesariamente una investigación en el campo de los estudios literarios deba conducir de manera ineluctable al análisis de textos, como la pregunta de alguna manera presupone o da a entender. Tal como está planteada la cuestión, creo que una respuesta obvia y correcta –todo es político, todo es una construcción cultural, no hay un afuera del texto, etc-, aceptable en términos del buen sentido académico, enunciaría algo así como que no hay posibilidad de pensar una metodología sin una concepción teórica detrás y que, en última instancia, ambas tienden a confundirse. Más allá de esta obviedad, prefiero pensar que la metodología puede brindar una serie de herramientas para el análisis concreto de los textos puntuales, que para mí es lo más importante, entendiendo como análisis el modo en que el texto funciona en un marco de conflictos por la hegemonía, de disputas por el sentido, de guerra de discursos. Intento dar cuenta de eso no a partir de una metodología demasiado rígida, sino más bien de un uso, que a veces puede parecer un saqueo, de herramientas metodológicas diferentes, que son convocadas por los propios objetos que forman los cuerpos de trabajo.

JC: Creo que la relación entre la teoría y su aplicación a los textos es de carácter imprescindible; si bien en principio es una disciplina teórica, la teoría literaria no es (o al menos en mi opinión no debería serlo) una especulación en abstracto, sino que su objeto son debates y problemas en relación con la producción literaria. Es cierto que esto quizá amenaza su propia unidad como “teoría”, pero también creo que esta tensión le es constitutiva desde siempre. Creo también en un sentido creador y artístico de la teoría literaria—sin que por ello pierda su carácter sólido como apoyo en una metodología de investigación—porque me parece que una disciplina o arte que especula sobre la literatura debe tener cierta flexibilidad para tratar con objetos que no pertenecen a la realidad cotidiana (pero sí los representan como símbolos de alguna manera), y la capacidad de no perder su coherencia interna en esta operación.

En resumen, pienso que la teoría literaria colabora en la investigación de un texto literario proponiendo categorías de análisis o discusiones sobre estas categorías que pueden ser desentrañadas en los textos por medio de una u otra metodología que resulte útil y legítima para el investigador. Entre la metodología y la teoría (que en muchos casos se presentan unidas) creo que debe haber una relación de coherencia, dada por el hecho de partir de un mismo modelo que permita abordar categorías básicas; por ejemplo, lengua”, “discurso”, que son fundamentales en mis investigaciones actuales.

FF: En los últimos años he podido participar con esta discusión sobre metodología en el Departamento, y aunque no deja de ser una discusión sobre las rutinas académicas universitarias, la relación entre la crítica y análisis respecto de la metodología se volvió problemática por varios motivos. Yo no creo que se deba a una retracción o sustitución o que el avance de otras disciplinas (el nuevo historicismo, los estudios culturales, la etnografía) simplemente desplace la teoría sin alguna resistencia, porque esto implicaría pensar una institución que funciona fuera del lenguaje, pero también olvidar los modos en que el problema del lenguaje y lo estructural entran en nuestros modos de investigación. Para mí se configura como un problema porque enseño a investigar, y eso sería la metodología: un tipo de saber sobre las modalidades de investigación actuales en nuestra facultad, y que hoy sea uno de los lugares desde el que se discuten perspectivas críticas. Diría que la metodología siempre es un problema que produce la teoría porque desde su formulación histórica, como bien dicen ustedes, la teoría sería un conjunto de premisas, de rutinas, de argumentos sobre la producción de materiales y juicios o también de modos de especificación para la práctica concreta de análisis de textos literarios, aunque deberíamos admitir que la noción de “texto literario” desde el formalismo es una operación crítica. En nuestro Departamento no tenemos una metodología de trabajo única, ni una materia en el grado que se ocupe de ella. Pero mientras en la filología o las literaturas en lenguas europeas o vernáculas (pienso en el libro de Ciordia et all., en trabajos y conversaciones con Melchora Romanos y Florencia Calvo) podemos situar una clara concepción de lo metodológico como saber hacer especializado, esto no significa que desde la teoría literaria la metodología no se convierta precisamente en parte de lo que se discute si aceptamos el argumento de la coproducción de lo literario y la crítica.

IM: Creo que a veces somos presa de las mismas herramientas que podrían liberarnos, que ciertos modos de entender la teoría literaria encorsetan lecturas críticas y recortan textos. La cuestión metodológica no debería ser una demostración acerca de qué caminos sigue una lectura, si va de una perspectiva teórica determinada o va hacia otra, ni cuánto de una teoría o de un teórico toma para tu trabajo, sino más bien la honestidad intelectual y la curiosidad lectora como para no forzar los textos a entrar en el parámetro externo de ninguna imposición. Eso no quiere decir, por supuesto, que la teoría literaria carezca de metodología ni que la crítica pueda hacerse sin ella.

3. ¿Cuales son los problemas teóricos que considerás que están asociados con tu/s objeto/s de estudio?

DB: Como dije en la primera respuesta, el problema de la articulación entre políticas de las lenguas, políticas de la cultura escrita y políticas de la literatura, el problema de las hegemonías lingüístico-literarias, es para mí el problema hoy por hoy más convocante. En todo caso, creo que desde un punto de vista metodológico hay que pensar a partir de ciertas especificaciones del objeto, del planteo de un problema delimitado, o por lo menos delimitable, en un momento que, concebido en la herencia gramsciana, sea un lugar complejo en el que lo hegemónico no cierre del todo el análisis. Por supuesto que detrás de esto hay una concepción de lo literario y de la cultura, una concepción que se encuentra de manera clara en Gramsci, que viene de la geografía lingüística, del historicismo y del sindicalismo revolucionario, pero que también puede pensarse en relación con una tradición filológico-literaria que, desde Vossler y Spitzer –que deja una huella potente en Foucault- a Bajtín y los filólogos italianos como Contini o Pasolini, hacen de lo particular el punto de partida para un análisis más amplio de los textos como series literarias articuladas con otras series sociales. En resumen, el problema de la hegemonía y el de la hetoroglosia, donde lo lingüístico no está escindido de lo literario, son, para mí, los más significativos.

JC: En mi experiencia particular con la época y los textos con los que trabajo, creo que uno de los problemas principales es el de la representación y su relación con la realidad, y derivado de ello, la “verdad” o “ficción” de las obras literarias. Si bien es un problema que se vislumbra en la mayor parte de las producciones literarias de todos los tiempos, en el caso de los textos del universo grecolatino a menudo es difícil recuperar la percepción, como lectores, de si nos hallamos frente a un texto que se propone o no como ficcional, o como literario. La ficción, o la literatura (o la “literaturidad”) tal como la entendemos hoy es diferente de las nociones que se manifiestan en las reflexiones de los autores clásicos, y en este sentido creo que el problema de la representación es central, ligado al de género literario que es sin duda otro punto productivo de debate. Sobre todo porque en muchos casos los criterios formales han sido suficientes, en las literaturas clásicas, para clasificar o caracterizar ciertos géneros o tipos; sin embargo creo que el poder de alcance de estas operaciones no llega a lo explicativo sino que era de carácter descriptivo. Y por supuesto está ligado a una elección del investigador de trabajar ciertos aspectos en detrimento de otros. Pero en la medida en que se buscan otros objetivos, es también necesario adoptar nuevas reflexiones sobre estas categorías, y en este sentido la teoría literaria propone siempre debates y consideraciones interesantes.

En mi caso particular, trabajo en este momento con géneros de baja especificidad, textos de carácter enciclopédico, donde se percibe una mezcla de patrones genéricos y de los que muchas veces han surgido géneros que posteriormente adquieren mayor especificidad formal. Trabajo sobre una época (la Antigüedad Tardía) en que se produce una búsqueda de nuevos modelos, siempre en relación con los anteriores, y esta operación se verifica muy claramente en la literatura, en que la mezcla y combinación genérica es constante y se convierte casi en una marca de la producción literaria del período.

FF: Ahora mismo los problemas teóricos que me interesan están vinculados a pensar la relación entre autoridad y obediencia, cuando esta relación produce mapas de inteligibilidad y acción de la crítica respecto del mundo de la vida. Trabajo sobre los modos en que se configura la pobreza en las crisis de hegemonía y reincorporación social no para ver cómo se representa “literariamente” como mímesis, sino porque los materiales literarios de lo que llamo “lo pobre lindo” son parte de las operaciones y las tramas que han orientado históricamente las crisis y su rearticulación hegemónica como conjuro del horror y el espanto, pero también como fábula que transforma los saberes sobre el origen. Hoy me interesa el vínculo entre sublimación y epifanía, no sólo para entender cómo el lugar, las prácticas y los juicios de la crítica se han constituido históricamente desde la filología como problema de lenguaje, sino porque lo que me parece desafiante es que no haya trama sobre lo pobre que funcione sin rearticular el vínculo entre lo bello y lo feliz, y que simultáneamente no interpele el lugar del crítico cada vez que sitúa como problema tanto los modos de producción colectiva de lo literario, como las formas de la cultura política organizativa de los pobres. Me siento en casa allí donde la ironía, el espanto y lo sublime retrabajan lo patético, lo grotesco o lo paródico para tramar algo que transforma el modo en que el crítico y el escritor a veces conjuran y, a veces, transforman los materiales como conflicto.

IM: El concepto de voz (¡y qué problema!, se aceptan sugerencias al que lo tenga resuelto), la relación entre oralidad y escritura, la articulación entre imagen, texto y voz. La representación, producción, evocación o ilusión del cuerpo en la escritura, la proxemia. Obviamente la cuestión del sujeto, las inscripciones del yo en los textos verbales y visuales pero también los problemas histórico materiales de la literatura en relación con los otros discursos. La vieja y querida noción de época. Podría escribir una lista muy larga de problemas teóricos pero tal vez la cuestión ausente pero siempre imaginada sea la política.

4. ¿Pensás que existe algo como un enfoque “argentino” (o propio de la UBA, o de latinoamérica en general) de la teoría literaria? y si tu respuesta fuera que no, ¿pensás que debería haberlo?

DB: No me resulta que haya estrictamente algo así como un “enfoque argentino” o “latinoamericano” de la teoría. Obviamente, tampoco creo que sea en absoluto necesario que lo haya. Sí hay, es claro, una serie de críticos formados en el territorio de América Latina y que han intervenido de manera lúcida en elucidar cuestiones teóricas desde ese lugar geopolítico, pero con un alto grado de espececificidad en el que el peso de las tradiciones académicas y políticas de cada país es determinante. Digo, no es lo mismo pensar desde Argentina (los Lida, Barrenechea, Battistesa, Pezzoni, Rosa, sin mencionar a aquellos que hoy están en plena producción), que desde Brasil (Candido) o México (Rama, Paz) o Cuba (Lezama). Tampoco es lo mismo pensar en los años 30 y 40 en la Argentina, donde se planteaba el contacto con teorías estilísticas y filológicas con la residencia en el país de gente como Amado Alonso, Benvenuto Terracini o Antonio Tovar, y donde había una lectura atenta de la estética de Croce –muy presente en Borges-, de la noción de poesía en Heidegger –Astrada- y de la tradición tomista –Benítez, Castellani-, que pensar en otra franja histórica, con otros flujos teóricos y de traducción, como los años 60 y 70, cuando la idea de una teoría como suele entenderse hoy aparece con más estabilidad. Hablar, pues, de un “enfoque” regional o nacional creo que impediría dar cuenta de la heterogeneidad y del conflicto que hay entre las distintas posiciones. En todo caso, tal vez esté bueno ver, desde los planteos por ejemplo de Kusch, de Dussel, de Lezama Lima, cómo salir desde este lugar del campo de la teoría, cómo elaborar un modo alternativo de relacionarse con lo que se elabora en la literatura y que, tal vez, sólo como un planteo hipotética, pueda concebirse como una zona, más que de la teoría, del “pensamiento literario”, algo que veo en algunas aproximaciones de autores argentinos actuales como Link o Scavino, que trabajan con la “teoría” sin dejarse hablar del todo por ella. Quizá sea el momento de pasar de la teoría de la literatura como visión al pensamiento literario como escucha.

JC: Creo que hay un enfoque “latinoamericano” de los textos y la literatura, y que es lógico en cierta medida, ya que si consideramos que teoría y textos literarios están necesariamente ligados, así como existe una literatura latinoamericana, también las reflexiones sobre ella estarán en relación con los problemas y debates que se le presentan como típicos. Esto no quita que la teoría literaria pueda abordar obras de otras culturas, espacios y tiempos, y en este sentido es que, creo, se ve su flexibilidad: en la posibilidad de abordar debates literarios “locales” y también “universales”.

FF: Si tomamos como umbral lo discutido en el Coloquio que mencionan, me parece que sí hay un “enfoque” o “estilo” propios, pero lo más interesante para mí de esa discusión es qué protocolos y operaciones produce ese enfoque como problema que interpela las figuras del crítico tanto en un sentido disciplinario como político. Algo que se puso en crisis y se desplegó en el coloquio es la idea de lo nacional, porque en mi formación esto incluye las nociones de periferia, tercer mundo o dependencia como condición y material y no sólo como problema de fidelidad o autenticidad. Si vemos las intervenciones de Martín Ciordia o de Leonardo Funes, por ejemplo, lo que me interpela es que la práctica de análisis de textos está filtrada por las controversias del nuevo historicismo o la deconstrucción, pero esto sólo se deja leer desde el canon crítico nacional, de Borges a la filología y la ecdótica o en cada versión de “la nueva crítica” que uno lee en los periódicos o ve propuestos en los cursos de grado y posgrado. Esto podría tener que ver con que en nuestra cultura universitaria y literaria siempre hubo, como decía Pezzoni, más de una cultura. Desde una concepción de la crítica como contingencia e inestabilidad, no me parece, por otro lado, que este problema de la teoría nacional sea una preocupación singular de la universidad argentina. Los otros lugares donde trabajé también tenían este problema como umbral posible y esto podría indicar una discusión, que muchas veces parece ser meramente injuriosa pero siempre es política y teórica, sobre la “teoría continental”, la “teoría francesa” o la “teoría alemana”. Para mí sí hay una singularidad en nuestra carrera, que es el modo en que está marcada por su historia; el modo en que nuestras investigaciones se conectan con debates de la serie de la vida, de la historia o de la economía; con las prácticas de militancia políticas, estéticas y de extensión de estudiantes y docentes, investigadores; o con el hecho de que cuando doy clases tengo entre mis alumnos escritores, gestores culturales, editores, traductores, poetas o críticos que están produciendo y relaborando esos problemas que enseño e investigo.

IM: Ya se ha dicho mucho antes: el ensayo como forma compleja de escritura es un modo privilegiado del pensamiento latinoamericano y propone una relación teoría-crítica del tipo que planteaba al principio. No hace falta repetir aquí el canon de los ensayistas latinoamericanos pero sí especificar que grandes lectores de literatura latinoamericana armaron sus aparatos teóricos mientras escribían su crítica: Viñas, Rama, Ludmer, Jitrik... por citar algunos, nos muestran y enseñan formas de leer que también hacen teoría.