Editorial

Un vistazo alrededor.

por Grupo Luthor

«But the war’s just starting, and I have the greatest advantage. He thinks I’m weak.»
Lex Luthor

No existe una verdadera iniciación a la práctica del análisis cultural. Todos un buen día nos encontramos ahí, aunque no sepamos muy bien cómo, produciendo enunciados respecto de prácticas culturales y haciéndolos circular por ámbitos académicos o periodísticos en los que pretendemos apartarnos del lugar común, de la mera opinión superficial. Nos gustaría creer que la mayoría de las veces lo logramos, aun si no tenemos parámetros estables que sostengan nuestras ilusiones. Adquirimos una especie de intuición analógica, una estrategia de desplazamiento de categorías que hemos visto aplicadas a otras cosas y que parecen ser susceptibles de reacomodarse a lo que tenemos enfrente, con distintos niveles de esfuerzo por nuestra parte -y también por parte de los textos. En el fondo de esos desplazamientos, como un monumento enterrado bajo una pila de ruinosas columnas retóricas, confiamos en la figura del Genio. Lo que opinemos del romanticismo no nos impedirá especular con la posibilidad de que esa simple sumatoria de analogías críticas -conscientes o no- e inspiración personal convertirán nuestras producciones en entidades autónomas, capaces de sostenerse por si mismas independientemente de cualquier método preexistente o por venir. Y es que, aun cuando formamos bien pronto una lista de todo lo que no debemos ser (románticos, biografistas, estructuralistas, deconstruccionistas), no resulta tan fácil definir cuál podría ser nuestro horizonte de expectativas.

En la introducción a Anatomy of Criticism, Northrop Frye sostiene que la actividad del crítico académico, con su ansiedad por la especialización, pareciera depender de la creencia en el advenimiento de un Mesías teórico que algún día sea capaz de sistematizar todos esos papers, ponencias, adscripciones o tesis en un cuerpo de conocimiento integrado y sistemático. Incluso esta analogía puede resultarnos ingenua, si aceptamos, por ejemplo, que los únicos mecanismos de validación de una interpretación crítica están relacionados con su éxito para obtener réditos académicos (cargos, becas, etc.) o económicos. Cínicamente podríamos reemplazar al mesías del futuro por el claustro del presente, y concluir que el "sistema" funciona, y que su funcionalidad sostenida demuestra que no hay necesidad de reinstalar una discusión sobre el método. La elusividad de nuestro objeto (tan cómodamente instalado en lo inestable, lo inclasificable, lo rizomático, lo desintegrado), lejos de agobiarnos, nos reconforta, como autorizándonos a abandonar todo intento de sistematización.

Ahora bien, aunque sea posible vivir en estas condiciones, ¿es realmente la opción más deseable?. Quizás confundimos demasiado apresuradamente "sistematización" con "totalización" o "represión". Aspirar a una "sistematización" de la teoría puede implicar algunos riesgos, como el cientificismo o el positivismo ingenuo, pero el verdadero peligro no está en la recuperación de los métodos formales, sino en el balbuceo vacío e intrascendente de los supuestos superhéroes académicos que nos piden no afirmar, como si el ruido pudiera despertar a las bestias adormecidas por los gases del significante. De cualquier manera, no se trata de soñar con encontrar una verdad definitiva, sino simplemente de pensar cómo podemos establecer criterios de legitimidad que no dependan de la intuición analógica o de una genialidad mística, y que no pierdan ese contacto (que estimamos fructífero y necesario) con la capacidad analítica del pensamiento racional.

Frente a un objetivo como este, nos encontramos con la pregunta inevitable: ¿por dónde empezar? La respuesta que proponemos es sencilla: volver a poner el acento en el método, lo que circula entre el texto y su interpretación. Pensar de nuevo algunas herramientas clásicas de análisis (cuya utilización sistemática queda por fuera de los programas de Teoría Literaria más comunes) y abrir el juego incorporando otras nuevas, con la esperanza de hacer de nuestras producciones algo más que geniales aplicaciones de conceptos trasladados de otros textos. Aunque quizás para empezar sea necesario, en vez de pretender "superar" el aplicacionismo, hacerlo explícito y entender sus ventajas y limitaciones como procedimiento específico, pensándolo en relación con conceptos específicos provenientes de escuelas específicas. Atrevernos a averiguar qué es lo que tratamos de hacer -o lo que venimos haciendo- cuando nos lanzamos a analizar un fenómeno cultural. Dar un paso atrás frente al murmullo "post" en el que se mezclan (si bien a veces productivamente) el crítico, el teórico, el texto y el método, y tratar de aprender nuevas formas de orientarnos en el pensamiento.

La actividad teórica ofrece numerosos e innegables placeres que no dependen de su aplicabilidad, o de su capacidad para generar campos de conocimiento sistematizables. Jamás querríamos desterrar este placer de nuestras vidas, más bien queremos reencontrarlo en otro nivel.

Es imposible afirmar con certeza qué es lo que saldrá de un proyecto como este, y quizás frente a las expectativas que intentamos abrir en este primer editorial, los artículos que proponemos parezcan algo pedestres. Por un lado, no parece ser este el momento para hacer una barrida cartesiana que nos permita comenzar de cero; por el otro, reconocemos que algunos de los temas que nos interesa tratar (por ejemplo, aquellos relacionados con algunas ramas clásicas del análisis formal) carecen del potencial decorativo de expresiones como "biopolítica" o "postliteratura".

Es necesario aclarar que esta pretensión de retomar ciertas problemáticas metodológicas no implica en lo más mínimo limitar de antemano nuestro objeto de estudio, sino que, por el contrario, está volcada hacia la construcción de nuevas intervenciones críticas capaces de operar sobre objetos diversos (comics, videojuegos, cine, etc.), de ahí que hayamos utilizado una categoría tan amplia como "fenómenos culturales". De todas formas, también es nuestro objetivo presentar nuevos enfoques sobre ese heterogéneo canon que conforman los textos de los programas de estudio de nuestra Facultad, como una manera más de interrogar la formación actual del intelectual de letras.

Lex Luthor no busca destruir a Superman por considerarlo defensor de la humanidad, sino para recuperar un campo de poderes indebidamente usurpados a ella, condenándola a una situación de eterna minoridad. Ese es el complejo humanismo de Luthor. Y, salvo porque no nos identificamos con su resentimiento ni sus ambiciones corporativas, sus objetivos también son los nuestros: entender, destruir y crear.

Grupo Luthor