Mundos Ficcionales Imposibles

Representación y límites de los mundos humanos

por Guadalupe Campos

Como ya lo señaló Mariano Vilar en su artículo “Introducción a la teoría de los mundos posibles”, estamos en un momento en el que abunda la reflexión metaficcional respecto del potencial generador de mundos, en plural, de la ficción. En este contexto (que la viñeta citada de un pequeño momento meta-ficcional en Sandman permite ejemplificar) , volver sobre la teoría semántica de los mundos posibles parece una buena forma de reflexionar sobre este poder creador de (ir)realidades paralelas, y sobre la fragilidad de nuestro propio mundo, sostenido en muy gran medida sobre las espaldas del lenguaje y la representación.

Existe, sin embargo, un problema al definir la noción de “mundo posible”, que es habitual meter disimuladamente debajo de la alfombra, o matarlo rápido, como se aplasta a una cucaracha para evitar que se reproduzca abajo de la alacena. Y es que plantear la existencia de “posibles”, como la de cualquier modal, requiere la existencia de su negativo, los “imposibles”: sin la existencia de su par complementario, el término no tendría ningún valor, más que el de mero adorno retórico, para evitar usar “mundos” a secas, que tendría un intranquilizador regusto pre-teórico

Pequeño repaso teórico

Veamos, entonces, cómo desde diferentes lugares se ha intentado decir algo sobre este muy incómodo hábito de la ficción de meterse en donde la teoría no la llama, y traspasar los límites del territorio de los posibles lógicos.

En su Heterocosmica, Lubomir Doležel (1998) ya entreveía el problema: remitiéndose a Lycan, ponía en cuestión la paradoja: Si bien los mundos y objetos inconsistentes pueden ser objeto de la imaginación y la reflexión, y por ende “the distinction between ‘impossible’ and ‘inconsistent’ world is spurious”, de todas maneras “semantics ‘needs’ the concept of impossible world, once it accepts the concept of possible world” (Doležel, 1998:165).

El salto que realiza Doležel a partir de esto es, sin embargo, algo arriesgado: desde esa necesidad de plantear lo imposible una vez que las cosas se piensan en términos de posibilidad, infiere que el lenguaje es capaz de referir a objetos que, de todas formas, son imposibles en todos los mundos posibles, como el círculo cuadrado, y que esto implica que son mundos que no pueden actualizarse en la imaginación. De por sí podríamos preguntarnos qué es lo complicado de imaginar un mundo contradictorio, cuando un número grande de la población humana del planeta durante milenios no tuvo ningún problema en hacer una reproducción mental imaginaria frente a sintagmas como “y separó Dios la luz de las tinieblas” (Gn 1:4) , que implica la contradicción lógica de imaginar la luz y su ausencia mezcladas.

Para tratar sobre este punto, el de los mundos contradictorios y su imposibilidad, ya Nelson Goodman (1978) había hecho un salto, si se quiere, más radical, y había planteado dos salidas posibles para la contradicción en la configuración de un mundo: en primer lugar, el de las versiones aceptadas contradictorias del mundo, es decir, hacer que algo sea verdad en un sistema aceptado y falso en otro (pongamos por caso, la contradicción entre sistemas religiosos que poseen fieles en un mismo momento histórico, o entre teorías que no han conseguido falsarse entre sí) hace que existan dos “actual worlds” o, traduciendo como se puede, mundos actualizados que corresponden a la existencia de Jesucristo y Shiva, o uno en el que la gramática del lenguaje humano responde a condiciones innatas y otro en el que esto no ocurre en absoluto [1]. En segundo lugar, está la posibilidad de añadir “peros” que ajusten la contradicción a estados distintos del mundo: los dodos vivos son reales, pero hasta cierto momento de la historia, no en la actualidad. [2].

Por su parte, David Lewis, en Truth in fiction, había añadido entre los mundos ficcionales una distinción entre cuatro posibilidades: los mundos posibles, los imposibles por argumento, los imposibles por trama, y los inconsistentes (Lewis, 1983). En definitiva, todo lleva a una clasificación de los mismos términos: la verdad no admite contradicción directa. De este modo, el “posible ficcional” será un mundo cuya trama corresponda a un “posible lógico”. El “imposible” será o bien aquel en el que ocurran imposibles lógicos, o aquel que esté narrado aquello que no pudiese ser conocido por nadie (por ende, el narrador es imposible). Y el mundo “inconsistente” implica una salida de compromiso [3] en la que hay contradicciones entre partes diversas del libro, a veces intencionales, pero normalmente debido a errores de continuidad, como la variación de la posición de la herida de Watson en las novelas de Sherlock Holmes [4].

La verdad en estos mundos ficcionales que no se adaptan a la lógica, deberá o bien responder a un montón de “peros”, semejantes a los de Goodman, o bien responder a un criterio vacuo de verdad. Cabe recordar que algo “vacuamente verdadero” era, para Lewis, algo que no era ni verdadero ni falso, sino sencillamente indefinido, como afirmar que existen señoras argentinas madres de tres hijos en el mundo de Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie. Esto, entonces, lleva a una afirmación rápidamente problemática:

According to all three of my analyses, anything whatever is vacuously true in an impossible fiction. That seems entirely satisfactory if the impossibility is blatant: if we are dealing with a fantasy about the troubles of the man who squared the circle, or with the worst sort of incoherent time-travel story. We should not expect to have a non-trivial concept of truth in blatantly impossible fiction, or perhaps we should expect to have one only under the pretence—not to be taken too seriously— that there are impossible possible worlds as well as the possible possible worlds. (Lewis, 1983: 274-275)

Esta última afirmación, al pasar y dicha con sorna, no hace sino señalar hacia la cucaracha muerta barrida debajo de la alfombra: decir que hay señoras argentinas madres de tres hijos en el mundo de Poirot, y que hay cerdos voladores que defecan arcoiris en el de, por ejemplo, El baile de las locas de Copi, claramente no tienen el mismo nivel de verdad. Habrá que admitir, entonces, momentáneamente, que sí debemos pensar seriamente aquello de los posibles posibles y los posibles imposibles.

No-contradicción contradictoriamente contradictoria

En la noción de mundo ficcional imposible tal como la plantean Lewis, Goodman y Dolezel hay, entonces, un problema, que es, paradójicamente, el de la ilusión mimética: creer que los posibles lógicos equivalen a los posibles ficcionales, y que por ende podemos tramar una novela completa sobre cómo un hombre consigue la cuadratura del círculo y las consecuencias que esto puede tener, o (más frecuente) experimentar con una narración fuertemente contradictoria, de modo tal que nos encontremos frente a una contradicción más grande: plantear que existe un criterio de posibilidad (aun algo como las meras normas de la lógica formal) que sea funcional entre mundos implica sostener la existencia de un mundo imposible que, sin embargo, es, existe, con un nivel de realidad si se quiere mayor al de los mundos posibles potenciales jamás pensados por conciencia alguna. O sea, para poder sostener que existen mundos ficcionales imposibles realizados hay que sostener que existe un principio general de no contradicción que aplica para todo, con la excepción de la regla que demanda que exista un principio formal de no contradicción, que es necesariamente contradictoria. O, en otras palabras: si “contradictorio” equivale a “imposible”, y lo “imposible” es por definición inexistente (puesto que si no es posible, no puede existir), esto, que es por lo menos discutible para lo real, si lo aplicamos a lo ficcional equivale a decir que lo ficcional contradictorio es ficción no existente, afirmación que choca (y se contradice) con la existencia de numerosas ficciones contradictorias.

Uno podría, entonces, ir hacia una definición de compromiso, y decir que los mundos ficcionales, en sí, no son posibles ni imposibles, pero en ese caso, ¿cuál es la relevancia de remitirse, desde la teoría de la literatura, a la teoría de los mundos posibles, o desde la filosofía del lenguaje a los mundos ficcionales, si después de todo se estaría hablando de fenómenos desconectados entre sí?

Aquí cabe volver a Goodman, y a sus problemas para definir qué es, en definitiva, el un mundo real:

Yet doesn’t a right version differ from a wrong one just in applying to the world, so that rightness itself depends upon and implies a world? We might better say that ’the world’ depends upon rightness. We cannot test a version by comparing it with a world undescribed, undepicted, unperceived, but only by other means that I shall discuss later. While we may speak of determining what versions are right as ’learning about the world’, ’the world’ supposedly being that which all right versions describe, all we learn about the world is contained in right versions of it; and while the underlying world, bereft of these, need not be denied to those who love it, it is perhaps on the whole a world well lost. For some purposes, we may want to define a relation that will so sort versions into clusters that each cluster constitutes a world, and the members of the cluster are versions of that world; but for many purposes, right world-descriptions and world-depictions and world-perceptions, the ways-the-world-is, or just versions, can be treated as our worlds.’ (Goodman, 1978: 4)

Como bien señala Jerome Bruner, respecto de esta cuestión en torno a la diferencia entre mundos y versiones,

La respuesta de Goodman es oscura: parece decir a la vez que hay y que no hay una diferencia entre los mundos y las versiones. (...) Decir que cada versión correcta es un mundo y que cada versión correcta tiene un mundo que responde a ella puede ser igualmente correcto aun cuando estén en contradicción (Bruner, 1996: 107)

Es decir, que los problemas con el estatuto de lo ficcional terminan, en última instancia, afectando el de cómo entendemos lo real. Lo que por una parte es un alivio para quienes busquen la pertinencia de lo ficcional desde los estudios filosóficos, y también para los narratólogos que se preguntan por el estatuto de las construcciones de mundo en la realidad, pero, claro, por otra implica que la distinción mundo posible / imposible / ficcional o incluso real posible / real imposible / ficcional posible / ficcional imposible es defectiva.

Una posibilidad aquí sería unir teorías dispares, y decir que a su modo, tanto Goodman como Lewis tienen razón: por supuesto que existe un mundo real, como Lewis supone. El problema, aquí, está en la diferencia entre lo real y lo representable, y en este punto, Goodman tiene razón: si existe un mundo real, éste nos tiene sin cuidado, puesto que no tenemos acceso a lo real.

Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con la literatura?

Ficción eficiente, mentira deficiente

Existe un mundo real, claro, y tenemos versiones basadas en el lenguaje que expresan de diversas maneras nuestra relación como comunidad humana con él. Negar por completo su existencia y la relación entre lo real y la experiencia humana es un giro muy simpático para producir papers en serie, pero poco útil a la hora de fabricar la computadora en que el teórico los escribe. Aunque sí es cierto que, desde nuestro punto de vista humano, sólo podemos acceder a versiones parciales con distintos niveles de contradicción, es cierto que se trata de versiones que, como mínimo, nos permiten funcionar. De esas versiones, algunas son aceptadas como válidas (actualizadas), otras como caducas (versiones que fueron consideradas válidas en el pasado, como el mundo explicado según dioses griegos), otras consideradas falsas, y otras sencillamente consideradas ficcionales.

Es claro que no pedimos lo mismo de una buena mentira que lo que exigimos para una ficción funcional, y allí es donde Goodman, Lewis y Dolezel pierden algo de poder explicativo. Hay universos pensables en los que podemos situar ficciones completas que, sin embargo, distan de ser comparables con la más locamente contradictoria de nuestras versiones del mundo real [5]: evidentemente, somos menos exigentes con la verosimilitud a la hora de crear un pacto de lectura ficcional que a la de creer una pretendida versión de la realidad. Hay universos muy coherentes que, sin embargo, poseen un número demasiado elevado de elementos inexistentes en ninguna de las versiones aceptadas como reales, y que por lo tanto pueden ser considerados ficciones eficientes, pero mentiras deficientes [6].

No ampliaré en este punto, pero baste para señalar que los criterios de posibilidad que rigen la validación de versiones actuales de la realidad (o incluso, si se quiere, la validación provisoria que puede obtener una mentira eficaz) son claramente diversos y obedecen a otro tipo de normas que los criterios de validación de ficciones eficientes.

Mundos ficcionales imposibles

Es claro que si hemos de definir los imposibles ficcionales no podemos hacerlo desde los imposibles lógicos. No voy a discutir (podría hacerse, pero no en los límites de un pequeño artículo dedicado específicamente a la literatura) la pertinencia de pensar los mundos posibles estrictamente en términos de los mundos lógicos, pero si hemos de pensar en los ficcionales, la posibilidad o imposibilidad de configurar un universo claramente hay que buscarlas en otra parte. Y ese lugar debería ser, como Goodman tal vez entrevió, el lenguaje humano.

En un artículo mío publicado algunos números atrás, “Modalidad Mimética y Mundos Posibles”, planteé la existencia de lo que entonces llamé mimesis por defecto. Esto es, que para todo lo que el texto ficcional no configure explícitamente, el espacio no-narrado se llena automáticamente con los presupuestos del lector implícito sobre el mundo real, es decir, con una versión que corresponde al mundo aceptado como real en el contexto de producción y circulación de cada texto ficcional determinado. Es decir, si decimos “Juan y María se dieron la mano” nunca vamos a entender que estamos hablando de ogros y no de personas, a no ser que la ficción diga explícitamente “los ogros Juan y María se dieron la mano”. Del mismo modo, en cualquier relato que transcurra en la Tierra, salvo indicación contraria debemos entender que el mapa geográfico y político corresponde a lo que en el marco de cierto contexto de producción y circulación [7] se espera que la Tierra sea: el Adán Buenosayres de Marechal jamás menciona la existencia de Sudáfrica, pero desde que no menciona su inexistencia y transcurre en Buenos Aires en los años veinte del siglo pasado, tenemos que entender que Sudáfrica, en el mundo de esa novela, sencillamente existe. O, por poner un ejemplo más claro, sería falso decir “Solveig Amundsen tenía cola de perro”, porque la novela no lo dice, y las muchachas en ninguna ficción tendrán colas de perro a menos que al novelista se le ocurra aclararlo, por el simple hecho de que no las tienen en nuestra realidad. [8]

Esto, que permite ampliar bastante la extensión de los mundos ficcionales, implica también una limitación: por la misma naturaleza del lenguaje, que organiza nuestra experiencia en base a ciertos patrones colectivos de conocimiento [9], los mundos ficcionales están condenados a ser, como postuló Thomas Pavel, salient structures, es decir, que están construidas sobre un marco de referencia que corresponde a lo que creemos real, aunque no se correspondan del todo con él (Pavel, 1986: 56-58).

Dada la extensión de cualquier cosmovisión, aun si tomamos la de una sola persona y no la de un colectivo como el que puede representar un cierto lector implícito, es perfectamente imposible configurar un mundo ficcional que sea en todos y cada uno de sus elementos diferente al nuestro. Aun universos ficcionales que buscan una diferencia notable con el nuestro, como podría serlo el del Silmarillon de J.R.R. Tolkien [10] no escapan a esta norma: las leyes físicas básicas como la gravedad, o el comportamiento y densidad de los materiales a temperatura ambiente, o el hecho de que por haber humanos, los humanos no tendrán normalmente tres o cuatro ojos, o la correspondencia de las escenas sexuales nunca narradas con las que pueden ocurrir en nuestras expectativas sobre la realidad humana, se mantendrán.

En definitiva, esto quiere decir que sí podría pensarse en una dualidad mundos ficcionales posibles / imposibles, pero esto no tiene por qué tener que ver con la consistencia lógica de los mundos configurados: podemos pensar, imaginar y crear mundos inconsistentes, y eso los hace ficciones posibles, es decir, que pueden existir como ficción o que son ficciones potenciales. Pero ese inmenso potencial de los mundos ficcionales posibles tiene su límite: no alcanzaría el lenguaje humano ni la vida de todos los integrantes de una cultura para establecer un mundo ficcional que consiguiera desprenderse por completo de la mimesis por defecto y que fuera, por ende, completamente diferente al nuestro, o al menos no de modo tal que pudiéramos narrar una historia de ficción en él.

Podemos, en todo caso, decir “érase una vez un mundo diferente en absolutamente todos sus aspectos al nuestro”, pero la misma imposibilidad de imaginarlo sin remitirlo en nada, ni en su estructura atómica, ni en el paso mismo del tiempo, ni en la existencia de la materia, o de las entidades, al nuestro, nos cerraría ahí: para poder contar una historia, cualquiera que fuese, necesitamos un mínimo irrenunciable de lenguaje, que se habrá basado en un máximo irrenunciable de experiencia.


Bibliografía

Bruner, Jerome (1996) Realidad mental y mundos posibles. Barcelona: Gedisa.

Doležel, Lubomir (1998) Heterocosmica. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

Goodman, Nelson (1978) Ways of Worldmaking. Indianapolis: Hackett.

Lewis, David (1983) Philosophical papers: Volume 1. New York: Oxford University Press.

Vilar, Mariano (2012) “Introducción a la teoría de los mundos posibles”. En: Revista Luthor N°9. Disponible en: http://www.revistaluthor.com.ar/spi...

Pavel, Thomas (1986) Fictional Worlds. Cambridge: Harvard University Press.

La imagen citada corresponde a:

Gaiman, N.; Allred, M.; Talbot, B.; y Buckingham, M. (1993) Sandman 54: The Golden Boy. New York: DC Comics, p. 21.

Notas

[1] Es decir, que de un modo o de otro no hay forma de acceder a un mundo, sino a “versiones correctas del mundo” a partir de descripciones o puntos de vista

[2] “In some cases, apparently conflicting truths can be reconciled by clearing away an ambiguity of one sort or another. Sometimes, for example, sentences seem incompatible only because they are elliptical, and when expanded by explicit inclusion of erstwhile implicit restrictions, they plainly speak of different things or different parts of things. Statements affirming that all soldiers are equipped with bows and arrows and that none are so equipped are both true — for soldiers of different eras; the statements that the Parthenon is intact and that it is ruined are both true — for different temporal parts of the building; and the statement that the apple is white and that it is red are both true — for different spatial parts of the apple. Sentences at odds with one another get along better when kept apart. In each of these cases, the two ranges of application combine readily into a recognized kind or object; and the two statements are true in different parts or subclasses of the same world.” (Goodman, 1978: 111)

[3] Ampliada en Lewis, 1983, 276-278

[4] O, podríamos agregar, para incluir uno intencional, los dos finales posibles de Rayuela, en el cual el destino del protagonista depende del orden elegido para leer la novela

[5] la Biblia, o la enorme mayoría de los libros sagrados, por ejemplo

[6] La estafa del príncipe nigeriano que necesita de grandes transferencias bancarias, por ejemplo, es un caso especial de estas últimas: una mentira tan deficiente que sólo puede ser tomada en serio por personas que tengan problemas serios para evaluar la plausibilidad de cualquier discurso y, por ende, tengan problemas para las operaciones más básicas de auto-preservación y defensa. Que representa, si se quiere, el equivalente discursivo de asustar, para cazar, a una manada para poder detectar crías tiernas y lentas y animales heridos, fáciles de ultimar. Un caso límite, de todos modos, lo representan algunas versiones no ficcionales de la realidad que, de todas maneras, presentan todas las características de una mentira deficiente y son aceptadas por un grupo reducido de sujetos sin mayores consecuencias, siempre y cuando no generen un sistema religioso con una ortodoxia que las valide: a modo de ejemplo, tómese por caso la creencia en la existencia de una colonia extraterrestre subterránea en la que habitan seres con altísima tecnología y, a la vez, capacidades espirituales que rozan lo chamánico, la ciudad de Erks, supuestamente situada bajo el cerro Uritorco de Córdoba

[7] O un horizonte de expectativas, si se quiere

[8] Remito a quien necesite una explicación más extendida y mejor ejemplificada al apartado “Los camellos del Corán” de aquel artículo propio referido, que trata específicamente sobre esto.

[9] la amplísima mayoría, si no todos, los lectores de este artículo jamás comprobaron la existencia del planeta Neptuno, pero todos confiamos en su existencia, y eso se lo debemos estrictamente al lenguaje

[10] los “Pararrealistas” en “Modalidad mimética...”