Encuesta a la teoría: tercera parte

Cuatro nuevos entrevistados responden sobre teoría y metodología

por Grupo Luthor

Continuamos con las respuestas a la serie de entrevistas sobre teoría literaria y metodología, cuyas partes primera y segunda fueron publicadas en los números 10 y 11 de esta revista respectivamente. Decidimos cambiar la pregunta número tres, ya que varios entrevistados señalaron que resultaba algo redundante en relación a la primera. En esta ocasión nos responden Silvio Mattoni (SM), Valentín Díaz (VD), Pablo Luzuriaga (PL) y Valeria Añón (VA).

1. Cuando encarás un nuevo proyecto de investigación (o en los que ya estés realizando), ¿qué lugar tiene la teoría literaria en tu trabajo? ¿Te considerás encuadrado dentro de alguna línea teórica en particular?

SM: A primera vista, en mis proyectos de investigación no hay demasiada presencia de la “teoría literaria”, si se entiende con ese término una relación con perspectivas formalistas, estructuralistas o semiológicas. Mis conceptos para leer la literatura provienen más bien de la filosofía. Pero sucede que a veces la teoría de la literatura escamotea la filosofía de la que deriva.

En el proyecto que planeo escribir a principios de 2013, sobre poesía argentina contemporánea, mi idea era leer ciertos libros recientes bajo el ambiguo concepto de lo “novelesco”. Partiendo de la tesis del romanticismo de Jena sobre la tintura novelesca de todos los géneros en la modernidad. Por supuesto, acudiré a las definiciones personales de Barthes, que me permitirán considerar componentes históricos, autobiográficos, realistas o no, dentro de los poemas. Tal como él también pensó lo novelesco a partir del haiku. No sé si el “héroe problemático” de la novela burguesa de Lúkacs me aportará su grano de tensión sentimental. Seguramente la novela familiar de los neuróticos de Freud estará entre mis citas.

¿Línea teórica? Más bien una red de hilos, no simétrica, rota en partes, como si sobre su trama hubiese pasado una garra. Y que incluye la estética filosófica de Hegel al joven Lúkacs, de Schlegel al joven Benjamin, aunque también las teorías de los escritores, los nuevos autores que aparecieron siempre. Ahora, pienso que lo “real” tal como lo define alusivamente Clément Rosset probablemente guíe mi cuestionamiento de la representación en la poesía argentina reciente.

VD: Actualmente estoy trabajando con un tema de investigación exclusivamente teórico, si llamarlo así fuera posible. Lo que me resulta más atractivo de ese recorte es el tipo de participación que allí tiene la literatura, sobre todo porque, forzosamente, no es nunca una y por lo tanto unidades como el “autor”, la “obra” o la “literatura nacional” son siempre desautorizadas. Hay en cambio una dispersión de lo literario que hace casi imposible el aburrimiento. La literatura, en ese caso, aparece como rumor omnipresente pero puesto todo el tiempo a distancia.

Operar “teóricamente” permite trabajar con pasajes de pensamiento que establecen una relación necesaria con el arte y la literatura de su tiempo. Es decir, la teoría aparece como lugar en el que coagulan problemas y debates y por lo tanto se transforma en un objeto que permite interpelar de un modo privilegiado una situación estética determinada. Al mismo tiempo, la teoría es un campo cuyo interés se deriva de su insuficiencia, su precariedad. En ese sentido, me interesa particularmente la relación (muchas veces conflictiva) que establece con otros campos cercanos como la teoría y la historia del arte o la filosofía –campos con los que la teoría literaria comparte, en muchos casos, problemas, objetos y nombres propios, pero utilizados con una relativa especificidad.

Por otro lado, en los grupos de investigación y docencia (ambos de Literatura del siglo XX) de los que participo, la teoría ocupa siempre un lugar central, como punto de partida de la reflexión (y quizás también, vistos los resultados, como punto de llegada). Pero en ese caso está siempre presente la conformación de manojos (por definición incompletos) de novelas, poemas, cuentos, etc. que establecen con la teoría una relación nunca evidente.

PL: La teoría literaria es el centro de los proyectos de investigación que llevo a cabo. Para responder la pregunta lo mejor es hablar en concreto sobre los proyectos en los que estoy trabajando. Esta, y el resto de las preguntas que formulan, suponen un interés especial por la práctica concreta de investigación e incluso el supuesto, o la exigencia, de un límite preciso entre teoría y crítica literaria. Como otros encuestados, tampoco quisiera caer en el lugar común de cuestionar las preguntas, aunque debería decir que la mejor respuesta que leí, de todas las encuestas sobre crítica literaria en revistas argentinas que conozco, recusó dos de las cuatro preguntas que tenía que contestar: me refiero a la respuesta que dio Josefina Ludmer en la encuesta del famoso último número de Los Libros que dirigió el Toto Schmucler (septiembre de 1972). Creo que contrastar aquella encuesta con esta que nos ocupa es un buen ejercicio para reflexionar sobre el lugar en el que estamos parados cuarenta años después.

Me considero lo más lejos posible de estar encuadrado en alguna línea teórica en particular. Hace poco tiempo, en el marco de la cátedra de Teoría Literaria III (FFyL-UBA), concluí un trabajo sobre los escritores y artistas plásticos agrupados alrededor de Boedo. La pregunta que esa investigación formuló puede resumirse del siguiente modo: ¿por qué razón categorías como las de “realismo piadoso” o “didactismo” no alcanzan para explicar los monstruos de Castelnuovo o las representaciones urbanas de pintores como Barletta o Facio Hébequer? Las obras de estos artistas y escritores, leídas desde la actualidad, cuestionan las categorías que la tradición crítica construyó para leerlas. La investigación, entonces, fue realizada sobre los textos literarios, las obras plásticas y la crítica que interpretó esos objetos.

La investigación encontró una insistencia en la crítica: el supuesto de una irreductible antinomia entre realismo y vanguardia. Tras cuestionar esta dicotomía, la investigación volvió sobre las obras y encontró más de un punto en común entre la perspectiva de las vanguardias históricas y las obras de los escritores y pintores agrupados entorno a Boedo; no para encontrar el eslabón perdido de “floredo”, ni mucho menos, sino para decir que los cuentos de Castelnuovo y las pinturas de varios de los Artistas del Pueblo son anticipaciones del surrealismo y de experimentos como los que practicaría David Alfaro Siqueiros en los treinta. El naturalismo de Castelnuovo anticipa al surrealismo. Los grabados de los Artistas del Pueblo al “arte multiejemplar” de Siqueiros. (En este punto quisiera hacer un paréntesis en el relato concreto de la investigación: leer al surrealismo como continuidad del naturalismo es posible tanto “desde la perspectiva” de Lukács en los treinta, un paso aun más profundo “hacia el caos de la decadencia del arte burgués”, o desde la de Deleuze cuando lee al surrealismo en Zolá en Imagen-movimiento. Si bien ambas lecturas son completamente distantes, una y otra sirven para lo que la investigación se pregunta, ¿de qué serviría estar “encuadrado”?)

Cuestionar los protocolos teóricos de la crítica permitió a la investigación leer de otro modo los textos literarios y las obras plásticas, buscó poner en crisis al “estado de la cuestión”, asunto que intentaré comentar en la respuesta a la siguiente pregunta. La investigación tuvo como preocupación general la construcción de un protocolo de lectura por parte de la crítica durante el pasado siglo. En ese sentido un problema que podría ser definido como “teórico en estado puro”, la antinomia entre realismo y vanguardia, para la que hubo que convocar todos los nombres imaginables alrededor del problema, se volvió objeto del trabajo crítico: ¿por qué tuvo lugar esa antinomia? La dicotomía del par realismo/vanguardia por parte de la crítica fue hegemónica en nuestro país y en distintas tradiciones teórico-críticas, pero no fue el único modo de pensar ese par. ¿Por qué incluso en los principales desarrollos críticos sobre el período, realizados durante los años ochenta, nos referimos al ineludible legado de Beatriz Sarlo, imperó este modo de leer? La investigación, entonces, se preguntó por las condiciones de producción de la crítica: si en Argentina fue hegemónica una lectura antinómica del realismo respecto de la vanguardia eso se debe poder explicar. Dicho de otro modo: ¿cómo es que la crítica no leyó la superlativa “experimentación procedimental” de los artistas nucleados en Boedo? Aunque también la pregunta podría ser: ¿Por qué hoy es tan evidente que allí anidaban cruces entre realismo y vanguardia? ¿Algo que hoy se puede leer en otro momento no se podía leer? ¿Algo que hoy se puede escuchar en otro momento era inaudible? Estas preguntas hechas hacia la teoría, hacia la crítica y hacia las obras permiten volver sobre un principio que defendía Ludmer en la respuesta a la encuesta del 72: creer que la teoría es un metalenguaje de la crítica y que esta lo es de la literatura es lo que anula nuestra tarea, principio que ya tiene más de cuarenta años.

La investigación, entonces, propuso una respuesta a estas preguntas: el protocolo crítico que evaluó al realismo en términos dicotómicos respecto de la vanguardia fue hegemónico por las las urgencias y límites de la dinámica política, y de la violencia política, del campo intelectual argentino. Tengamos en cuenta que a mediados de los cuarenta H.P. Agosti había propuesto pensar en categorías como la del “realismo dinámico” y luego nadie continuó con esa línea. Leídas las obras de Boedo desde la actualidad, donde las urgencias son otras, muestran aquello que no podía verse desde la inmediata posdictadura.

VA: A priori es difícil pensar en el lugar de la teoría literaria en sí en cada investigación que encaro, ya que no suele ser un punto de partida explícito. Si bien los vínculos de la crítica en América Latina con la teoría han sido muy sólidos (en especial con los aportes de Ángel Rama o Antonio Cornejo Polar, por ejemplo), es decir que suele ser una pregunta que está presente en varios momentos de la investigación y que reaparece en la mayoría de los críticos que me interesan, lo cierto es que tiendo a trabajar a partir de una preocupación de índole más general y un cuerpo de textos o lugares textuales donde leerla, y luego vuelvo sobre la teoría en función de esa primera aproximación. No obstante, sí podría decirse que hay un marco general que encuadra todas mis investigaciones y que está vinculado, de manera directa, con las peculiaridades del corpus colonial hispanoamericano. En ese sentido, creo que la diferencia la marca tanto el objeto que estudio (la literatura colonial) como la tradición de relecturas acerca de este objeto, que presentan un giro fundamental desde la década de 1980 en adelante, y que ponen en el centro de la escena la teoría literaria. Además –y creo que esto tiene un peso específico importante- esta línea conlleva también un vínculo directo con las inflexiones de los estudios poscoloniales (en la línea Said-Guha-Bhabha-Spivak), donde buena parte de la teoría más “clásica” (es decir, aquella que aprendí como alumna en la carrera) es cuestionada o reformulada como paso fundamental para volver a pensar el corpus y el archivo. Con respecto a mi propio encuadre personal, si bien no podría afirmarlo como una línea tajante, sí me interesa en especial el cruce entre teoría, crítica, análisis textual y propuestas poscoloniales/decoloniales que está pisando fuerte en el campo (en la última década al menos). En ese marco, podría mencionar los trabajos de Walter Mignolo –muy cuestionados también, aunque que a mí me resultan provocadores y útiles al mismo tiempo- y los de Rolena Adorno, que si bien no se encuadra directamente en esa línea, sí toma varias categorías de la teoría poscolonial (en especial Hulme, Bhabha, Said) con la suficiente distancia para dar cuenta de su objeto específico sin desdibujarlo en virtud de una grilla categorial preconcebida…

2. ¿Qué relación existe para vos entre la teoría literaria como disciplina y el problema general de la metodología en los estudios literarios, es decir, en la práctica concreta de análisis de textos literarios?

SM: Dado que no me interesan los textos literarios como documentos, no los someto a análisis metodológicamente orientados. Uso el método rigurosamente ametódico que sugería Adorno. La poesía, como desde tiempos muy remotos, dialoga mejor con la filosofía (y ambas se refutan mejor mutuamente) que con la ciencia. El cientificismo de comienzos del siglo XX condena a la teoría literaria a ser cosa del pasado. La consistencia de un argumento no se medirá por sus bases, ya sean analíticas o intuitivas.

VD: En principio, de presuposición. Pero objetaría, antes que nada, la distinción. Existen, sí, diversos modos de asumir el lugar que en la propia práctica se asigna a la dimensión teórica y la visibilidad de esa inscripción. En ese sentido, creo que lo que está en juego es el problema de la temporalidad de la teoría. La versión vulgar señalaría algo así como una serie de principios a los que el lector es o debería ser fiel y que se ponen a funcionar (se actualizan) en cada ejercicio. La otra versión, que privilegia lo intuitivo o tiene como fundamento una ilusión de espontaneidad, propondría que, ante el objeto de estudio, hay ciertas cosas que el lector, de un modo “natural” quiere decir, o ya sabe, y la teoría vendría a posteriori a ofrecer un vocabulario o herramientas “concretas”. Una tercera, la que me interesa (pero no como verdad sobre lo que debería ser, sino como definición de condiciones de cualquier lectura) supone un juego de intermitencias, de contemporaneidad compleja entre una dimensión y la otra. En este sentido, ¿por qué pensar que la teoría, no como repertorio de conceptos o principios dogmáticos, sino más bien como terreno de pensamiento, como campo de problemas guiado, sí, por determinados conceptos, no es tan interpelado por sus objetos como esos objetos lo serían por parte de la teoría? O, incluso, ¿cuándo o por qué se eligen objetos? ¿Hay un más allá, o más acá, de la elección de objetos? En esa articulación lo primero que se arruina es el “origen” de la investigación.

PL: La teoría literaria como disciplina permite asignarle un espacio (académico o no) a la reflexión sobre la crítica literaria y las lecturas en general. Pero, para responder a esta pregunta me gustaría pensar el problema desde otros ángulos: ¿cuál es la relación entre la teoría literaria y la metodología en la investigación de las ciencias sociales en general? O incluso, ¿cuál es la relación entre la teoría del arte y ese problema práctico? No es mi intención responder directamente a estas preguntas que formulo, creo que eso implicaría mucho más de lo que aquí nos proponemos discutir, pero sí me interesa rodearlas o intercambiarlas por otro problema más general que es el de la función cognoscitiva del arte. ¿Qué tensiones podemos constatar entre el arte y la ciencia? ¿En qué medida la ciencia tiene un núcleo que es siempre ficcional?

¿Por qué exigirle a la investigación literaria que se parezca a la “ciencia normal” cuando esta ya hace tiempo que no se parece a sí misma?

Otro ejemplo que elude responder directamente a la pregunta: pocos años atrás José Luis Romero elaboró un “estado de la cuestión” sobre el terrorismo de Estado en Argentina donde estaban "resumidos" los conocimientos producidos sobre el período. El documento circuló entre muchos historiadores en medio del debate sobre la violencia política de los sesenta y setenta en nuestro país: por un lado, en el circuito académico se leía ese “estado de la cuestión”; por otro, en las revistas, se debatía el “No Matarás” impulsado por la carta del filósofo cordobés Oscar del Barco. Si observamos uno y otro documento llama la atención que en el “estado de la cuestión” sobre el pasado reciente no haya, en ningún lugar, alusión alguna a los distintos momentos histórico-políticos en los que fueron producidos los diversos “conocimientos” sobre los setenta y que al mismo tiempo la discusión pública sobre la violencia armada haya tardado más de treinta años en tener lugar. El hecho de que un historiador no pueda leer lo que entiende por “estado de la cuestión” como un objeto plano tiene que ver con cambios en el orden del conocimiento que durante el siglo veinte mucho tuvieron que ver con el arte y la literatura, de eso se trataba, creo, aquello de “El surrealismo como última instantánea de la inteligencia Europea”. Creo que sería un muy buen ejercicio ir al legajo “n” del Libro de los pasajes para preguntarse sobre metodología de la investigación.

Para no extenderme de más, diría que el método de investigación no puede pensarse como una serie de prácticas neutras aisladas de las perspectivas críticas y teóricas, sino que son parte del mismo problema que se pregunta por la significación literaria.

VA: Confieso que la pregunta me resulta de difícil resolución, quizá por su formulación algo dicotómica. Ahora bien, si me detengo un poco más a pensarla, podría decir que la postulación de teoría y metodología como dos dimensiones con algún grado de separación me resulta algo inadecuada para pensar la literatura colonial hispanoamericana. Digamos que tiendo a concebir la metodología como una dimensión autónoma por motivos instrumentales, en virtud de poder explicitar herramientas y modos de acercamiento, pero que en cualquier caso entiendo que teoría y metodología son una especie de Jano, y se presuponen de manera directa.

Quizá lo que más haya influido en esta forma de pensar ambas en el ámbito de los estudios literarios coloniales es el fuerte cuestionamiento a la teoría/metodología –y sus consecuencias, incluso por exclusión o silencio- desde los estudios poscoloniales. (Claro que estos tienen una recepción bastante áspera en el ámbito local, pero en cualquier caso han ido dejando su marca.)

En cualquier caso, sí reconozco que, en términos didácticos, la pregunta por la metodología (en sí misma) se presenta a cada paso, aunque la práctica suele estar tan internalizada que apenas se le destina alguna reflexión muy general, cuando en verdad a la aproximación teórica a los textos sí se le destinan espacios específicos de cada clase. Eso conduce a que los textos se aborden con metodologías textualistas bien clásicas –y con nociones de sujeto, enunciado, texto y contexto que también lo son-, más allá del encuadre teórico que se postule. En más de un sentido, ello se debe al peso, aún muy poderoso, de la teoría literaria que se ha utilizado para pensar la literatura occidental y que se replica para la literatura colonial (y prehispánica), incluso cuando se afirma lo contrario…

3. ¿Cuales son los “vicios” teóricos y/o metodológicos que considerás usuales en el trabajo con tu/s objeto/s de estudio?

SM: Poner en la elaboración del proyecto una gran cantidad de bibliografía, enciclopédica, con libros de lingüística (Benveniste no puede faltar), de psicoanálisis, de lógica (Wittgenstein), de antropología, que después no voy a utilizar. Es como un credo bibliográfico.

Y por otro lado, leo a los poetas como sujetos fuertes, justificándome en que se trata de un género donde no caben las vacilaciones, se es o no se es. Entonces, sus propias teorías, la teoría de la poesía que propone cada poema logrado, pesan más que todos los saberes que al final responden a otras experiencias. Por eso una noción laxa, personal, subjetiva, como lo “novelesco” japonés-proustiano de Barthes, puede ser más promisoria que las supuestas “categorías” de teorías muy definidas.

VD: No puedo sino leer un cierto prejuicio en la pregunta. Vicios habrá, puede haber (como hay usos infelices de la teoría), pero no es algo sobre lo que me detendría como problema en sí mismo.

Lo que sí destacaría es la tendencia que, creo, se está volviendo frecuente y que no hace sino repetir viejísimas disputas: algo así como un ataque a la teoría como espacio válido para la reflexión estética. Ese ataque, creo, se basa en una difícilmente sostenible identificación entre la teoría y la falta de rigor (sobre todo histórico), en el pudor ante lo que se considera una condición irremediablemente snob de la teoría, o, peor aún (en la medida en que responde a dogmas de la depuración que parecían abandonados), en la identificación entre la teoría y la mera escritura o el mero ornamento. Otra variable que interviene en ese ataque es la idea de la teoría como territorio extranjero. En ese caso, se sostiene algo así como una incompatibilidad entre determinados conceptos extranjeros y los objetos vernáculos –incompatibilidad en algunos casos pensada en clave imperialista. Creo que nada de eso es necesariamente cierto. Pero esto conduce a la próxima pregunta.

De todos modos, recuperando una de esas variables, reivindicaría incluso la condición “ornamental” de la teoría, en la medida en que el ornamento supone la aparición de determinados “vicios” (retóricos, económicos, escópicos, etc.) que pueden ofrecer una salida para el pensamiento. Creo que es un modo de concebir la propia práctica por fuera no sólo de la doxa, sino incluso de cualquier ilusión de transparencia o neutralidad de la lengua usada, es decir, un modo de evitar (parcialmente) la mera “comunicación”. No me refiero al oscurecimiento de la expresión sino a las implicancias metodológicas positivas que puede tener el uso de los conceptos, los nombres propios, las citas, las referencias como ornamento, como lujo y, por lo tanto, como tentación al desvío de la mirada crítica.

PL: ¿Vicios teóricos? ¿Vicios metodológicos? No logro entender qué es lo que están preguntando. ¿Qué sería un vicio teórico?, por vicio metodológico puedo llegar a pensar en algunos excesos del análisis narratológico en el que por momentos caigo cuando leo, pero no creo que la pregunta apunte a algo tan intrascendente. Si la pregunta apunta a mi propio trabajo no tengo mucho para decir, si apunta a lo que puedo ver que sucede diría eso que ya sabemos todos como el problema de la burocracia en la academia y los congresos, la cantidad de cosas que se escriben para que nadie escuche, el ninguneo generalizado, la hostilidad para el intercambio de ideas en la universidad, etc., pero insisto, creo que todos estos, si bien son temas importantes, no tienen nada que ver con esta encuesta y tienen más que ver con la administración de la vida académica, aunque por ahí me equivoque.

Si la pregunta apunta a prácticas intelectuales que están instaladas y cuestiono, entonces sí se me ocurren algunas cosas. En primer lugar, cuestiono todas las tendencias a las prácticas parricidas: creo que es necesario registrar una tradición crítica a la que pertenecemos y frente a la cual es esperable asumir algunas posiciones, pero distantes de la práctica caníbal de destruir todo lo hecho antes de uno (sobre este punto diré algo en la próxima respuesta). En ese sentido, retomo el comentario de Jerónimo Ledesma en su respuesta-artículo sobre los programas de la carrera de Letras a partir de 1985. Asimismo, descreo de la angustia por la falta de polémicas. En más de una ocasión me encontré frente a intelectuales deseosos de polémicas, impulsores de polémicas, angustiados por la falta de polémicas “verdaderas” y orgullosos de que por fin se produjera una polémica. Creo que pensar es algo distinto a “tomar posición” y que tiene más que ver con construir espacios de intercambio y diálogo, cruces, nudos, de confianza e ideas. Creo que es fantástico que haya tanta producción académica, en tesis, grupos de investigación, y que haya tanta producción fuera de la academia en la enorme cantidad de revistas que circulan por los distintos medios, especialmente los electrónicos. La variedad de proyectos editoriales y literarios es asombrosa y creo que habla de un momento realmente fantástico. Si toda esa variedad pudiera tender puentes con los proyectos del pasado lo que en potencia puede pasar es inimaginable. Cuando digo tender puentes me refiero a realizar algún tipo de operación un poco más compleja que la simple oposición. ¿Qué podemos rescatar de los años ochenta y de los noventa? ¿Qué guardan esos años que nos pueda servir para pensar lo que ahora estamos investigando y pensando? ¿Cómo explicamos las operaciones llevadas adelante en la inmediata posdictadura que hoy cuestionamos?

Si la cosa iba de asuntos como las citas y las notas al pie, diría que lo mejor es decir que eso no es lo que importa. Si importara a alguien se le puede llegar a ocurrir que por el contrario no importa, lo mismo diría del rigor y la “ética intelectual”, si lo ponemos en discusión, entonces damos pie a que alguien se le ocurra que eso a partir de ahora no importa. Sinceramente no creo que sea ni más ni menos importante que lavarse bien los dientes.

VA: Creo que parte de esta pregunta se contesta en la anterior: por un lado, la tendencia a la escasa reflexión metodológica (y a pensar la metodología más allá, o más acá, de la teoría). Por el otro lado, el uso de herramientas inadecuadas para pensar corpus que entrelazan lo oral, lo pictográfico, la manuscritura (y la escritura, claro), pero que tienen como Norte la textualidad tal como la entendemos para la literatura contemporánea. Si observan las imágenes que acompañan este texto, verán de manera clara el tipo de representación que se incluye en lo que de manera general se entiende como “literatura latinoamericana”. Estas representaciones, que nos obligan a torcer la lectura o a abrir la crítica hacia otros campos, suelen ser resueltas, una vez más, con la preeminencia de la letra de molde. Creo que ese es uno de los principales problemas (aún no resuelto por completo) que se nos presenta en la práctica cotidiana

4. ¿Pensás que existe algo como un enfoque “argentino” (o propio de la UBA, o de latinoamérica en general) de la teoría literaria? Si tu respuesta fuera que no, ¿pensás que debería haberlo?

SM: El enfoque “argentino” es como la vida “argentina”, un enciclopedismo insaciable, ansioso, que es propio quizá de algunas otras élites latinoamericanas. Lévi-Strauss les contaba asombrado a los franceses que los intelectuales sudamericanos, brasileños en particular, cambiaban de teoría como de ropa, y que citar una teoría usada era como ir a un baile con un traje gastado… Silviano Santiago, gran lector de Barthes, comentó al respecto, hace un par de años, que eso era justamente lo que había que hacer, cambiar de teorías, sacudirlas, colgarlas, seguir la moda o contradecirla y hacerse el retro, etc. ¿En qué cabeza cabe ser frankfurtiano (si esto fuera algo unitario) o estructuralista o peor aún “bajtiniano”? ¿Cómo miraríamos a la cara a César Aira con esos rótulos en la frente? Y en cuanto a mi universidad, Córdoba por desgracia no tiene puerto y las modas se instalan por décadas, se incrustan y forman monstruos. Aquí las literaturas argentinas, las cátedras que ostentan ese nombre, se leen en un arco telúrico que va desde el impresentable Kusch hasta el contornismo más ramplón. Mientras que los que se dedican a la teoría y a las metodologías de análisis, o bien no han logrado procesar la caída del estructuralismo y se aferran a teorizaciones cuadradas –como viejos comunistas que añorasen el imperio soviético–, o bien se marearon con síntesis truchas del hegelianismo (llémense Bajtín o Mukarovsky) y sondean “discursos sociales” porque no pueden decir una sola palabra sobre un poema o una novela. En términos del romanticismo “argentino”, desde Córdoba: Buenos Aires es Europa.

VD: Entiendo que lo hay, pero como algo irremediable. Si no lo hubiera significaría que no hay auténtico pensamiento (en América Latina, Argentina o cualquiera de sus universidades). Esto no supone, naturalmente, que esa condición sea interpretada siempre del mismo modo. Pero, de existir, lo latinoamericano, como lugar en el que podríamos reconocernos, es precisamente, y antes que nada, un punto de vista.

Pensado como punto de vista, lo latinoamericano (sin olvidar la dimensión imaginaria de una unidad semejante) debería reivindicarse como posibilidad de salvación. Claro que allí se pone en juego una tensión entre el punto de vista exterior (que la define como unidad, como totalidad) y el punto de vista interior (que la transita y de ese modo verifica, cada vez, su heterogeneidad y la imposibilidad de cualquier totalización). En ese sentido, la peor versión de lo latinoamericano es la que, no siempre pero en muchos casos, se define desde los estudios latinoamericanos en Europa o Estados Unidos. Es un fenómeno inicialmente académico que realiza una serie de operaciones sobre el arte y la cultura latinoamericanas cuyo resultado es la reducción de todo lo que aquí ocurre a unas pocas variables: dictaduras, crisis, populismo y alguna otra. Pero ese fenómeno inicialmente académico luego deriva en políticas de traducción, publicación y premios literarios, y por lo tanto es un círculo que cierra con una coherencia espeluznante. El destino de esas expectativas es el incumplimiento militante.

Rescatado de ese destino indigno, lo latinoamericano, por lo tanto, puede asumirse como salvación en la medida en que, en tanto punto de vista, implica, metodológicamente, la dispersión, la apropiación o la excentricidad, es decir, la abolición de la centralidad y por lo tanto de cualquier resto de la idea de periferia.

De todos modos, para pensar el problema específico que propone la pregunta (teoría literaria y América Latina) es también cierto que ese punto de vista (su presente y la tradición de la que deriva) está conformado por obras que, en muchos casos, se inscriben en la teoría de un modo particularmente problemático, disperso, degenerado. Pero eso tiene que ver, antes que nada, con tradiciones institucionales, condiciones de trabajo y sistemas de valoración y colocación.

PL: Efectivamente existe una serie de problemas teóricos recurrentes en la crítica latinoamericana, empezando en el barroco con Sor Juana, o quizás antes. Se trata de una tradición voluminosa que en el siglo XX se formalizó e incluso tomó formas institucionales. Sin mucho esfuerzo, cualquiera puede nombrar las décadas en las que fueron publicadas revistas como Marcha en Uruguay, Revista de Crítica Cultural en Chile o Punto de Vista en Argentina, por nombrar apenas algunos gigantes recientes. Pensando en el caso argentino en particular, frente a lo que habría que decir que en Buenos Aires, La Plata, Rosario o Córdoba pasan cosas distintas, también existe una tradición de problemas críticos y teóricos, que tiene un lugar privilegiado en las revistas. En la primera pregunta nombré a Héctor Schmucler, ocupó lugares centrales en revistas como Pasado y Presente, Comunicación y Cultura, Los Libros, Controversia, Artefacto y otras tantas, se trata de una figura central en nuestra tradición crítica y en Buenos Aires, al menos en la facultad de Filosofía y Letras no lo vemos mucho. En el mismo número donde Ludmer responde la encuesta, Schmucler publica “La búsqueda de la significación literaria”, una reseña sobre el volumen II de Nueva Novela Latinoamericana, la compilación de trabajos críticos sobre narrativa argentina hecha por Lafforge. El artículo de Schmucler se centra en distinguir entre la vieja y la nueva crítica; al igual que la respuesta de Ludmer, vale la pena repasarlo para ver cómo se discutía sobre los problemas metodológicos de la crítica cuarenta años atrás.

No creo que exista un enfoque común, ni en la UBA, ni en Buenos Aires, ni en Argentina, no creo que eso exista en ningún lado. A fin de cuentas, cuando pensamos en la crítica francesa, habría que preguntarse qué lugar tiene eso en Francia y, sin ir más lejos, lo mismo podríamos preguntarnos por la escuela de Frankfurt en Alemania o la de Birmingham en Inglaterra.

Para responder a la pregunta, podría remitir a un momento en nuestra tradición de problemas críticos y teóricos que es cuando Ramón Alcalde le pregunta a Jorge Abelardo Ramos cómo es posible que cuestione desde una perspectiva marxista la herencia europea en la cultura argentina, ¿Marx no es alemán acaso?

Creo que esta pregunta que formulan, y no sólo esta pregunta, supone que la teoría literaria es un metalenguaje que le indica a la crítica, que a su vez funciona como otro metalenguaje, de qué manera leer literatura. En este sentido, habría un espacio, el de la teoría, exento de historicidad donde se autorizan o desautorizan maneras de leer y ese espacio, además, tendría lugar en las academias de Europa y Estados Unidos. Sería por demás productivo leer la teoría como un producto histórico, como respuesta parcial a un presente concreto. Eso es lo que hace Raymond Williams en “Las percepciones metropolitanas y la emergencia del modernismo” cuando piensa las condiciones en las que fueron formuladas las principales ideas de la lingüística moderna, creo que es un ejercicio necesario para la reflexión de la teoría literaria. En el programa que dictamos este cuatrimestre en la cátedra de Teoría Literaria III (FFyL-UBA), propusimos un recorrido que indaga acerca de los variados vínculos entre ciencia, crítica literaria y literatura: pensar relaciones entre Galileo y Dante o entre Hermes Trismegisto y Sor Juana, la física de partículas y Borges permite reflexionar sobre la teoría como respuesta parcial a los distintos presentes incompletos.

En este momento estoy iniciando una investigación sobre la obra de Ezequiel Martínez Estrada, parto de un libro suyo muy poco explorado que es Realidad y Fantasía en Balzac, novecientas páginas de nuestro más grande ensayista dedicadas a la obra del novelista francés. Lo que me propongo buscar en los ensayos de Martínez Estrada es algo de lo que él mismo encuentra en Balzac, o cómo la literatura está en el centro de la perspectiva gnoseológica de uno de los más grandes pensadores de las ciencias sociales que tuvo nuestro país. Vale la pena recordar, en el marco de la actual exigencia de cientificismo que algunos encuestados constatan, que Gino Germani hizo un análisis de toda la obra del autor de X-Ray of the Pampas para encontrar qué había en ella de rescatable. No encontró casi nada.

VA: Creo que hay un enfoque latinoamericano de la teoría (y de la práctica crítica en general), y que se vincula con cierta posición excéntrica desde la cual se configura. No me atrevería a decir que existe un enfoque propio de la UBA, pero sí un enfoque latinoamericanista en general. Claro que eso no tiene que ver con el lugar desde el que se produzca teoría, lo cual es una verdad de perogullo aunque, sorprendentemente, muchos de los últimos debates en este campo han pasado por esa dimensión, y la apelación al locus de enunciación se ha presentado como argumento incontrastable... En cualquier caso, también hay una operación crítica por construir un enfoque latinoamericano: no siempre feliz, no siempre lograda, aunque necesaria como espacio desde el cual postular la pertinencia de ciertos objetos y enfoques frente a otros que se sobredimensionan por estar colocados en el centro del campo…