Teoría y método

¿En qué se parecen Derrida y el Heavy Metal?

por Gustavo Riva

El problema que quiero tratar en este artículo puede empezar a pensarse a partir de una anécdota que circula por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La misma transcurre durante un examen final oral que tomaba el profesor David Viñas. Un alumno había preparado un análisis de Juan Moreira aplicando las teorías de Campbell en El héroe de las mil caras. Cuando la exposición finalizó el profesor concedió que el análisis resultaba satisfactorio, estaba "bien"; pero le preguntó al estudiante si consideraba que Campbell proporcionaba el marco teórico más apropiado para analizar Juan Moreira. La respuesta era incuestionable. "Creo que sí, porque ya rendí como diez finales, todos usando El héroe de las mil caras, y siempre me fue bien."

Esta historia refleja un precepto muy extendido: hay que tener cuidado con utilizar la teoría como una maquinita: el análisis literario no se trata de tomar un texto y meterlo en una teoría sólo para volver a reconfirmarla. Sin embargo, esta advertencia está de alguna manera incompleta. Pasa por alto una diferencia importante entre teoría y método

En el rol de alumnos hemos escuchado repetidas veces una pregunta molesta y en general malintencionada: "¿Qué teoría pensás aplicar?" o variantes más refinadas como “¿Qué marco teórico estás utilizando?”. Creo que estas frases, así formuladas, no tienen sentido. La teoría, por definición, no puede aplicarse. Lo que se aplica en un análisis es un método, no una teoría, por más enmarcada o enmarcante que se la presente. Estos métodos están sustentados en una teoría, pero no se confunden con ésta.

El marco teórico también suele ser un campo a llenar en cualquier proyecto de investigación, lo cual no hace más que aumentar más la confusión. En todo caso es un término lo suficientemente impreciso que se llena con el nombre de otras investigaciones que consideramos precursores, referentes o guías de la nuestra. En todo caso, dentro de “marco teórico” se suelen incluir estos dos conceptos que quiero intentar separar, la teoría y el método. Esta distinción puede parecer un refinamiento inútil, pero creo que olvidarla conduce a algunos problemas notorios a la hora de leer y hacer crítica literaria y por eso vale la pena tenerla en cuenta. A continuación intentaré definir ambos conceptos y luego analizaré su funcionamiento dentro de las obras de algunos críticos literarios.

1- Una teoría es una serie de consideraciones básicas, parámetros, concepciones, suposiciones y prejuicios acerca de:

- la literatura
- la cultura,
- la historia
- el ser humano
- la sociedad
- en definitiva, de todo, del mundo.

Estas concepciones básicas son las que dan sentido a la tarea crítica, las que permiten identificar qué es lo que se desea obtener del análisis literario, por qué hacer crítica. Asimismo, determinan en qué manera se interpretará la descripción del texto llevada a cabo por el método de análisis, lo que usualmente llamamos conclusiones.

2- Un método de análisis es una forma de leer un texto y es de carácter descriptivo, no interpretatorio. Consiste en dos cosas:

Por un lado, en aislar fenómenos a partir de nuestra experiencia de lectura. Es decir, implica cosas tan simples como la descripción de constantes estilísticas o el reconocimiento de categorías como personajes, tiempo, acontecimiento; pero también otras más complejas como la identificiación de la estructura de la obra, o de las relaciones entre los personajes.

Por otra parte, el método determina todos los procedimientos de análisis. Por ejemplo, si se analizará solo un verso aislado, un poema entero, toda la obra de un autor, una época, etc.

En este sentido, el método, en cuanto herramienta es relativamente neutral, ideológicamente hablando (y considerando ideología en un sentido muy amplio). Me refiero a que no existen, en sí, métodos marxistas, métodos conservadores, métodos positivistas, métodos revolucionarios. Cada teoría debe apropiarse de los métodos y usarlos para sus objetivos.

Esta apropiación puede resultar más o menos consecuente y efectiva, pero se trata siempre de una apropiación. No hay una relación directa entre las herramientas descriptivas y la teoría que se sirve de ellas. Incluso un mismo método puede ser utilizado por teorías opuestas.

Un ejemplo magnífico de autoconsciencia de esta necesidad de apropiación se encuentra en The political unconcious de Fredric Jameson. Este teórico se esfuerza por formular explícitamente la teoría que subyace a sus análisis literarios. Por eso el primer capítulo de The political... comienza con consideraciones puramente “filosóficas” acerca de Hegel, Althusser y el marxismo en general. A partir de esas reflexiones Jameson pretende generar una teoría propia que justifique su accionar como crítico. Asimismo, plantea explícitamente el objetivo de su tarea desde el primer párrafo: leer los textos de manera política.

Ahora bien, los métodos que utilizará son originales de corrientes críticas cuya teoría subyacente no es el marxismo. Por ejemplo, la semiótica de Greimas, el formalismo de Propp o el estructuralismo de Levi-Strauss. Jameson se preocupa por, en primer lugar, criticar las teorías subyacentes a los análisis de esos autores y, a continuación, apropiarse de sus métodos de análisis para ponerlos al servicio de su propia teoría y de sus propios objetivos como crítico.

Por ejemplo, Jameson considera que el cuadro semiótico de Greimas es una herramienta que puede utilizar como método válido para su teoría. Pero primero se encarga de criticar el ahistoricismo con el que Greimas lo emplea. Puede ser un método válido, pero solo en cuanto se adapte a la nueva teoría.

In the case of Greimas, we will show how this apparently static analytical scheme, organized around binary oppositions rather than dialectical ones, and continuing to posit the relationship between levels in terms of homology, can be reappropiated for a historizing and dialectical criticism by designating it as the very locus and model of ideological closure. Seen in this way, the semiotic rectangle becomes a vital instrument for exploring the semantic and ideological intricacies of the text. (Jameson, 2008, p. 32) [1]

Tal vez la parte más valiosa de la operación de Jameson se da en el reutilizamiento de categorías de Northrop Frye. Porque la teoría que sostiene Frye es, en muchos sentidos, contraria al marxismo de Jameson. Para conocer un poco mejor las teorías arquetípicas dentro de las cuales se incluye la de Frye, nada mejor que leer el artículo de Mariano Vilar en este mismo número . En todo caso, baste decir que Frye posee una visión liberal-conservadora y anti-historicista. Por lo tanto, Jameson debe llevar adelante una ardua tarea de limpieza para poder utilizar su método arquetípico al servicio del marxismo. Para ver los detalles de esta tarea y el ingenioso modo en que Jameson la realiza nada mejor que consultar la propia fuente, el capítulo 2 de The political...

Sin embargo, Jameson es una excepción dentro de la teoría literaria. Muchos prefieren obviar la reflexión acerca del método como si éste fuera autoevidente. Como si su elección y utilización resultase obvia y no valiera la pena problematizarla. Es lo que sucede usualmente en nuestra formación como estudiantes de literatura. Aprendemos teorías y conclusiones de análisis puntuales, pero no solemos reflexionar conscientemente sobre el método­. El método, pareciera, solo puede aprenderse por imitación o inducción a partir de la lectura. Y, en cierta forma, eso es cierto. Leer críticamente es una actividad práctica y como tal se debe aprender a partir de la práctica: la escritura crítica misma. Pretender aprender a hacer crítica sin escribir crítica es tan ridículo como intentar aprender a nadar sin meterse en el agua. Pero, así como hay teorías, reflexiones y técnicas de natación que ayudan a perfeccionarse también deberíamos ser afectos a reflexionar acerca de los métodos de lectura.

Uno de los grandes problemas para llevar adelante esa reflexión es que muchos de los que tomamos como modelos de la crítica literaria se encuentran de alguna manera “colados” en esa calificación. Esto no pretende ser una descalificación, por el contrario, suele tratarse de los autores más sugerentes y apasionantes de nuestros planes de estudio (Benjamin, Adorno, Barthes, Foucault, Derrida, Deleuze, Agamben, Virilio, etcétera). Sin embargo, el problema es que suelen entremezclar su teoría con su método de tal manera que pareciera que debemos comprar todo el paquete.

Es necesario tener en cuenta que la brecha entre el método como conjunto de herramientas neutrales de análisis y la teoría se nota principalmente a la hora de extraer conclusiones del análisis descriptivo. Es decir, supongamos que en un poema percibimos el uso recurrente de la sinestesia y el hipérbaton. Esa constatación nos dice algo sobre la obra, pero no nos ayuda a comprenderla; esa característica precisa ser de alguna manera interpretada. Esta interpretación escapa la esfera del método y, por lo tanto, se encuentra dentro del ámbito de la teoría.

Y en muchos autores, pareciera que nos limitamos a apreciar la teoría y no su método, o a pensar que ambas cosas son indisolubles.

Creo que Derrida constituye un ejemplo excelente de nuestra recepción indiferenciada de método y teoría, pues tiene un método de lectura muy particular e identificable: la deconstrucción. Sin embargo, se suele olvidar que se trata de un método que no tiene por qué implicar toda la filosofía derrideana. Un método que, en última instancia, no es más que una forma de close-reading [2], en el que Derrida es un virtuoso. Lo magistral de muchos de sus trabajos se basa en esa habilidad para leer allí donde nadie parecía prestar atención. En aquellos pasajes en que todos los demás se quedan dormidos, Derrida descubre la clave. Los fragmentos intensamente analizados son puestos en correlación unos con otros para encontrar las contradicciones internas de la obra.

La deconstrucción es usada por Derrida para afirmar su teoría y sus ideas filosóficas. Pero eso no debería ser necesariamente así. Podríamos aprender de esa lectura cuidadosa y detallada en la búsqueda de contradicciones, pero puesta al servicio de otros principios teóricos. Y, sin embargo, parece que estamos compelidos a comprar el combo. Como si al usar el método de Derrida para abordar cualquier texto (ya sea El asno de Oro de Apuleyo, Salambó de Flaubert o No me arrepiento de este amor de Gilda) inmediatamente tuviéramos que sacar como conclusión el logocentrismo de la metafísica occidental.

Otros fenómenos culturales experimentan este mismo proceso. ¿Se puede escuchar heavy metal sin ser metalero? ¿Punk sin ser anarquista? La respuesta, tal como demuestra la historia del rock, es que sí. Se puede tocar heavy metal cristiano, y no hay, desde un punto de vista puramente musical, ninguna diferencia. Se podría hacer el experimento. Tomar un tema de Sanctuary y uno de Judas Priest, quitarles la letra y preguntarle a alguien cuál es el “satánico” y cuál el que escucharía Ned Flanders. Sería imposible encontrar parámetros objetivos para hacer esa decisión. Sin embargo, y aquí radica lo interesante, los puristas del “metaaaaaal!” no reconocerían esta semejanza. Sostendrían tercamente que la Weltanschaung metalera se puede sentir a través de la música. Que los cristianos no pueden hacer verdadero metal, que será siempre más blando.

La misma actitud expresan quienes afirman que no se puede tomar sólo una parte de un autor o una escuela. Que tomar el método implica tomar la teoría, aunque más no sea de manera escondida.

Es válido recordar, entonces, los orígenes de la deconstrucción. Como ha demostrado Faye en su libro La raison narrative (1990), el término “deconstrucción” tiene su origen no en Heidegger, sino en una revista de psiquiatría nazi dirigida por el primo de Hermann Göring y “logocentrismo” fue acuñado por el filósofo Ludwig Klages como una crítica a la supuesta tradición del “pensamiento judío”. Pero lo más sobresaliente de la tesis de Faye es que Heidegger comienza a referirse al “nihilismo de la metafísica occidental”, que tan caro será para el post-estructuralismo, a partir de los ataques de filósofos nazis, pero no para contradecirlos, sino para acercarse a su visión. [3]

No pretendo decir que la deconstrucción como método de análisis debe verse invalidado por estos más que perversos orígenes. Por el contrario, como método no implica necesariamente la adhesión a una cualquiera de las filosofías por las que anteriormente ha sido utilizado. Puede ser apropiado por cualquier otra teoría para sus propios fines, siempre y cuando realice una operación de limpieza de las teorías que antes se sirvieron de él. Este es un paso que no debe ser subestimado. El método es neutral, pero siempre está fuertemente ligado a distintas teorías. Sin esa autoconsciencia de los otros usos que ha tenido, existe el peligro de que junto con el método esas teorías anteriores aparezcan como polizones en nuestro análisis.

La deconstrucción tampoco tiene, entonces, por qué permanecer para siempre ligada a la filosofía de Derrida. Y esto no es una crítica a esa filosofía (la que, por otra parte, me parece muy interesante). Solamente se trata de dejar en claro que en los textos de Derrida hay una lección que es tal vez tan importante como sus reflexiones filosóficas: su habilidad para la lectura atenta y exhaustiva. Deberíamos aprender ese procedimiento para analizar textos antes que limitarnos a tomar cualquier obra literaria y usarla como excusa para hablar acerca de la différance.

¿Reafirmar y preocuparse por la reflexión sobre el método implica que la teoría es menos importante? Por el contrario, implica concederle toda su centralidad a la teoría, para la que el método sólo constituye una herramienta (aunque una herramienta imprescindible). Toda lectura de un texto, toda utilización de un método, debe estar sustentada en una teoría. El solo hecho de hacer crítica implica necesariamente una teoría que determine los objetivos que se pretenden alcanzar. Sin teoría ni siquiera se puede empezar a leer.

Por eso, concentrarse en el método no significa olvidar la teoría, sino ser capaz de distinguir de qué manera un determinado método de análisis es utilizado o apropiado por una determinada teoría. Ser consciente del método permite analizar la teoría que lo usa desde una perspectiva un poco menos ingenua.

Quiero finalizar el artículo mencionando la reflexión más concisa y lúcida sobre el propio método de análisis que conozco, la de Erich Auerbach en el Epílogo de Mímesis (1996).

Allí el filolólogo alemán dedica apenas un poco más de dos párrafos para explicitar el método que ha utilizado. Dentro de su reflexión sobresale una frase. “En todo caso, lo que el autor afirma debe ser hallable en el texto.” (p. 524) Esta sentencia tan imprecisa que podría utilizarse para justificar la casi absoluta arbitrariedad de cualquier lectura, también podría ser leída de otra manera: como la piedra de toque para cualquier reflexión sobre el método. ¿Qué significa que lo que afirmamos puede hallarse en el texto? ¿De qué manera el texto confirma o contradice lo que afirmamos acerca de él? Podemos responder simplemente que la intuición o el sentido común nos dan la pauta para esa correspondencia; pero pensar una respuesta un poco más elaborada puede ser un camino provechoso.

Bibliografía:

Auerbach, Erich, 1996. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. México, FCE.
Derrida, Jacques, 1967. De la grammatologie. Paris, Minuit.
Faye, Jean-Pierre, 1990. La raison narrative: langages totalitaires, critique de l’économie narrative II. Paris, Éditions Balland.
Jameson, Fredric, 2008. The political unconscious. Narrative as a socially simbolic act. London, Routledge.

Notas

[1] “En lo que respecta a Greimas, mostraremos cómo este esquema analítico aparentemente estático, organizado más por oposiciones binarias que por dialécticas, y que determina la relación entre niveles en términos de homología, puede ser reapropiado para la crítica historizante y dialéctica, designándolo como el locus mismo y el modelo de la clausura ideológica. Visto de esta manera, el cuadro semiótico se convierte en un instrumento vital para explorar las complejidades semánticas e ideológicas del texto.”

[2] Uso el término que se acuñó en el New Criticism porque es el que se ha convertido en concepto teórico, pero como método es anterior y mucho más generalizado que esta teoría.

[3] Una reseña del libro de Faye donde resume estos puntos puede encontrarse en http://home.earthlink.net/ lrgoldne...