El viejo, el niño y el burro

Editorial

por Grupo Luthor

Llegan críticas por izquierda y por derecha. Nos dicen serios y desprolijos. Nos elogian por creativos pero también dicen que recolectamos residuos teóricos. La auto-invención de Luthor, su orfandad, incomoda. Parece que no existe (o no existía) un lugar para esta voz en el diálogo entre los acólitos complacientes y las autoridades consagradas.

¿Quién lee a quién en la academia? Los profesores titulares dan sus clases, a las que asistimos. Algunos (no todos), además escriben en revistas académicas o publican libros. A veces (rara vez) incluso debaten entre ellos… pero no suele ser precisamente por cuestiones metodológicas ni teóricas. Algunos actualizan su bibliografía año a año, otros, esperan décadas, y no faltan los que consideran que eso ni siquiera vale la pena. ¿Cuándo leen los trabajos de los doctores y doctorandos jóvenes, de los graduados recientes o de los estudiantes avanzados? Cuando se trata de evaluar una monografía, o de puntuar un proyecto de investigación, o de aprobar una adscripción. Mientras, los estudiantes de posgrado miran hacia los altos cuadros del sistema académico internacional con los ojos abiertos en adoración, y rara vez se leen entre ellos si no es para corroborar por los títulos y los abstracts que todo lo que se produce en casa es espantoso (no vaya a ser cosa de perder el tiempo en escuchar las barbaridades que seguro se dicen en ese congresito X antes o después de leer la propia ponencia), y gastan desesperadamente las uñas por publicar en journals foráneos, tratando de convencerse de que es porque los de afuera son mejores y no porque los de adentro dan menos puntaje para sacar una beca y pagar el alquiler el año que viene. En tanto, los estudiantes de grado prefieren hinchar el pecho en una revista cultural, porque un paper no sirve para levantar minitas, y porque nadie enseña sino por las malas (“lamentamos informarle que su escrito no será publicado”) que una monografía no es un artículo. Además, ocupa el tiempo que cualquiera necesita para recibirse.

Molesta que una revista ose reunir producciones que provienen indistintamente de cualquiera de los rígidos estratos, y que ose usar las mismas normas de etiqueta para hacerse oír por los oídos patricios y los oídos plebeyos. Otros censuran que ensayemos el fino lenguaje de los journals y lo mezclemos con el lunfardo de nuestro claustro. ¿Qué clase de mamarracho es ese de escribir desde la academia y para, mayormente, la academia, sin respetar el sistema de castas y con un estilo destinado a que otro par de ojos humanos lo lea, aun si no lo obliga el tema que le pagan por investigar?

Volvamos entonces al punto inicial. Se le ha objetado a Luthor hasta el cansancio ser una revista que se toma sus propias preguntas en serio [1] y procura, pese a mantener un tono ciertamente más distendido que el estándar, ir más allá de la mera bravata y del comentario coyuntural para conseguir tráfico al sitio y mentions en Twitter. Luthor pretende tener algo para decir, en vez de decir algo para generar revuelo. No nos interesa impostar una pose para hacernos “famositos” entre cinco o veinte y lograr contactos para publicar intentos literarios.

Si Luthor es una revista que proviene de un ámbito académico de Letras y no es una revista cultural ¿eso la convierte inmediatamente en una revista académica? Bueno, esto tampoco está tan claro. La pregunta del millón, aquí, vendría a ser “¿qué diferencia a un journal académico de una revista o suplemento cultural?” Queda claro que revistas como Sudestada, Paco y segmentos como Radar o Ñ están entre las segundas, y Romance Philology o Poétique están entre las primeras, pero ¿qué hay en el medio? Aquí entra otro problema espinoso, que es el de la validación de los discursos en la Academia. Que hay revistas indiscutiblemente “académicas” y revistas indiscutiblemente “de divulgación” o de “comentario cultural”, es un hecho. Ahora, si preguntamos estrictamente qué es lo que hace “académica” a una revista académica, nos encontramos con respuestas y criterios diversos según el ámbito que los genere. Así, por ejemplo, hay bases de datos académicas que piden una serie de requisitos formales y genéricos [2]), y otras, como la reconocida Latindex, requieren un número de cualidades entre un grupo grande de elementos deseables, que el arquetipo de la revista académica ideal sería capaz de cubrir en su totalidad [3]. Hay dos asuntos en particular que se destacan siempre: la “pertenencia institucional” (una publicación académica tiene que estar radicada en algún instituto o Universidad) y el “referato”. Ambas categorías pueden simplificarse a un sí o un no, y en Luthor, la respuesta es dos veces no. Pero también pueden complejizarse más. No sólo es válida la pregunta de por qué esas son condiciones sine qua non de la “academicidad”, sino que cada una de ellas arrastra sus propias problemáticas. ¿Qué es la pertenencia institucional, y quién está habilitado para demarcar sus límites? Como está planteada la cuestión, el subtexto de los requerimientos de Latindex pareciera simplificar la cuestión al máximo y zanjar el asunto de la “pertenencia institucional” como si se tratase de una mera cuestión económica: alguien tiene que cobrar específicamente en concepto de esa producción, aunque más no sea el personal informático que mantiene los servers de la universidad o instituto. Si no hay dinero a nombre del proyecto, la pertenencia institucional de sus miembros a una determinada casa de estudios no pareciera, en los formularios, hacer legítimo declarar que las inquietudes y líneas de trabajo que mueven esa publicación pertenezcan a institución alguna.

¿Puede, por ejemplo, una revista académica, no tener referato? Sí, siempre y cuando haya alguna instancia de evaluación (se supone que el referato propiamente dicho sigue una serie de pautas formales que exceden la mera revisión por parte de alguien del área, y que implica una comisión de evaluadores externos), y la publicación en cuestión pertenezca a una fundación o universidad que la financie. ¿Puede una revista sin financiamiento institucional ser considerada revista académica? Sí, si tiene establecido un sistema de referato anónimo con evaluadores establecidos en universidades diferentes. ¿Y si son todos de la misma universidad y no tienen financiamiento específico para esto (caso Luthor)? Entonces es el limbo. Surge el lugar incómodo de una revista que es académica para algunos, y un monstruo híbrido para otros.

¿Entonces será que Luthor es a estos journals lo que Paco a Ñ? ¿Es posible algo como una revista académica sin referato interuniversitario propiamente dicho y sin financiamiento, a la vez? Ya ensayamos varias respuestas a estas preguntas, desde nuestros Editoriales anteriores, en el primer número y en el octavo. Estamos convencidos de la posibilidad de decir desde un espacio distinto, que sin ser el tranquilo aburrimiento de una revista de instituto de investigación tampoco devenga en las habladurías meramente coyunturales y, con muchísima suerte, simpáticas, de algunas revistas culturales. Esto surge también de nuestro interés por efectivamente leer todo lo que publicamos, por discutir tanto entre nosotros como con cada uno de quienes proponen algún artículo para nuestra revista, independientemente de que finalmente se decida (de cualquiera de las partes involucradas) publicarlo o no. ¿Plebeyos que juegan a ser reyes? Puede ser, pero estos reyes del carnaval nos tomamos nuestras responsabilidades bastante en serio, y ante la disyuntiva entre amoldarnos a los requisitos de un formulario o mantener este espacio abierto como uno de diálogo, como nuestro cuarto propio de puertas abiertas, siempre terminamos prefiriendo (no sin mucho debate interno, pero ¿hay algo en Luthor que ocurra sin mucho debate interno?) lo segundo.

Sería fácil (se hizo hasta el cansancio) cruzarse de vereda y tirar piedras. Pero una reacción así de necia solamente puede obtener resultados ramplones: llenarse la boca de palabras odiosas y mantener los brazos cruzados solo subraya la propia impotencia. El desahogo no es un subgénero de la crítica y hace rato hemos llegado a la conclusión (así lo atestigua nuestro motto) de que una crítica sin una instancia positiva, de construcción, carece de fuerza para modificar la realidad. Nuestra relación con muchos de los discursos académicos que circulan en los formatos estandarizados es compleja: los discutimos, los reseñamos, los reelaboramos. Creemos que desentendernos de la producción hegemónica sería bajar los brazos y dejar que esos espacios sigan ocupados por aquellos que criticamos. Esta apuesta política es la que permite que Luthor sea debatida dentro de los desvencijados salones de Puan 480 en el marco de un congreso de teoría y crítica literaria, pero también durante algunas fiestas hipster en ciertos antros más o menos cool de la Capital Federal.

Más allá de las exageraciones precedentes, la teoría literaria es un ámbito marginalmente estancado, respecto de disciplinas como la filología, el análisis del discurso y los estudios culturales. Sin embargo, continúa ejerciendo una función de instancia legitimadora de enunciados críticos. La teoría literaria puede estar tan muerta como Dadá, pero no deja de demarcar los límites de lo necesario y lo posible para el conjunto de discursos sobre los que vela. Y en estas condiciones se ha llegado a confundir el estancamiento del campo con una pax romana bien ganada en debates ocurridos hace treinta años. El resultado es una especie de sentido común para el cual las conclusiones de aquellos debates son tan obvias que se puede prescindir de los argumentos que llevaron a que determinadas comunidades académicas las aceptaran en aquel entonces. Desde el formalismo ruso hasta Judith Butler, pasando por Brecht, Barthes et al. se puede reconocer la insistente voluntad de desnaturalizar los hábitos, de poner de manifiesto la contingencia de lo dado; hoy en cambio estamos inmersos en una moral que repite las mismas consignas pero ha olvidado practicar la mirada extrañada sobre sí misma. Así, uno entra a una clase de teoría literaria y lo primero que escucha es “todos sabemos que la verdad no existe”. Años después, uno entra a un congreso en el que, entre literatura argentina contemporánea y otras yerbas, alguien pretende hablar desde la teoría, y lo que volvemos a escuchar es “todo lo que sabemos es que la verdad no existe, y siquiera cuestionar esa verdad última establecida ya por el gran (inserte aquí su referencia sesentista o setentista preferida) es una estupidez de cachorros”. En esta ciudad en ruinas hemos decidido levantar ladrillos antes de firmar el contrato social: trazar una villa antes de escribir La República.

Prácticamente no existe un journal académico que pueda salir cinco veces por año. Nuestra regularidad, sostenida con esfuerzo desde Septiembre de 2010, responde a la voluntad de que Luthor sea una publicación presente, interventora, que consiga un efecto sobre el campo. El costo para obtener este beneficio es alzar barreras que los comités científicos mantienen a rajatabla. Pero levantando esas barreras no solamente dejamos entrar colaboradores sino también lectores. Nuestros esfuerzos por lograr una mayor claridad metodológica también apuntan en el mismo sentido: favorecer el uso inteligente de la teoría literaria. Hoy en día todavía se pretende que los argumentos escépticos en contra de la autoridad epistemológica de la intención del hablante de Derrida, o las declaraciones panfletarias en contra del concepto de significado de Deleuze y Guattari, implican que cualquier pretensión de claridad y comunicabilidad son ilegítimas; sin embargo, el hecho de que estos mismos argumentos puedan ser enunciados con precisión en un estilo sobrio demuestra que tal inferencia es incorrecta. Se dirá quizás, como respuesta, que la cuestión del estilo es política y que la pretensión de claridad es sólo una forma delicada de promover la censura. Y es verdad que se trata de una cuestión política. Pero antes que una forma de censura, la pretensión de claridad es la voluntad de atravesar las paredes del ghetto que han crecido cada vez más altas tras años y años de hermetismo: no, no hay ninguna ventaja en que una disciplina cuente con un vocabulario propio si su única función es la de una divisa punzó, un tatuaje tumbero o una remera de la banda de rock de tu barrio.

Claro que Luthor no es la utopía/panacea igualitaria del conocimiento. A menudo los artículos que recibimos son monografías de seminarios de grado o posgrado que, aunque puedan tener interés teórico (de otra forma, ni siquiera las consideraríamos), sólo tangencialmente ponen en cuestión los presupuestos contra los que hemos despotricado en nuestros editoriales. Y aunque en nuestros comentarios a los autores intentamos hacer surgir estos problemas, no faltan ejemplos en nuestros 16 números publicados de artículos en los que esto apenas parece haberse logrado en un párrafo o dos, o en una nota al pie. El deseo de incluir voces ajenas y divergentes de las nuestras, y también, de proveer una oportunidad a los autores para plantearse cuestiones teóricas sin todas las exigencias burocráticas y formales de la academicidad en su estado más absoluto, implica a veces arriesgar cuestiones estrictamente cualitativas. De todas formas, vale la aclaración: aunque seguiremos publicando los trabajos de corte monográfico que nos resulten pertinentes, bien argumentados y en general interesantes para pensar cuestiones teóricas, nos interesa todavía más recibir colaboraciones que se jueguen a pensar problemas de este tipo desde una perspectiva más ensayística, comprometida con los intereses y las prácticas teóricas y metodológicas de quien escribe y no con las necesidades burocráticas y los recortes bibliográficos pre-establecidos de una cursada.

Nuestras vías de acceso no son meritocráticas. En esta revista habla el texto, no el curriculum. Como consejo editorial abrimos esta tribuna a quien tenga algo que decir respecto de la teoría literaria, sus usos y su metodología bajo un criterio que es el de la discusión, no el de la certificación. Quien discute elige a su interlocutor en la misma medida por sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Quien evalúa, en cambio, acepta a su evaluado por sus aciertos a pesar de sus falencias.

Hay algo en Luthor que la diferencia de los laberintos espejados de la academia, palacios de Atlante donde cada investigador persigue sus propios fantasmas sin poder ver a quienes corren a su lado. Si esa poblada soledad, ese coro de monólogos fuera lo que caracteriza a las revistas académicas, entonces Luthor no es una de ellas. Estamos demasiado ocupados en sostener la revista que queremos para preocuparnos con tratar de responder a lo que los formularios podrían exigir de nosotros.

Notas

[1] Ya causa un poco de fastidio y vergüenza ajena escuchar en charlas de estudiantes y en prosa de forista iluminado que Luthor representa algo llamado “paja intelectual”, entendiéndose como “paja” alguna clase de comportamiento arcano que los hombres y mujeres de bien nunca hacen ni deberían hacer en sus casas por el bien de la moral y las buenas costumbres.

[2] Como una hoja de estilo, una cierta extensión estándar, una frecuencia establecida, una cierta cantidad de números publicados para que los evaluadores de la base en cuestión vean que no publica recetas de cocina, y alguna pauta de evaluación de lo que se publica. Dialnet o DOAJ no tuvieron ningún “pero” a la hora de considerar a Luthor una revista académica, más allá de pedirnos explicitar nuestra hoja de estilo en alguna parte, o una copia paginada de lo que hacemos

[3] Aquí pueden consultarse los requisitos: http://www.latindex.unam.mx/documen...